La historia es enteramente
verdadera, porque la he
inventado de principio a fin
Boris Vian
Se había levantado temprano, aún no aclaraba y una bruma cubría el puerto de Valparaiso. A las nueve y diecisiete minutos, del miércoles dos de agosto, el tono de llamada del teléfono celular lo sacó de sus cavilaciones volviéndolo a la realidad. Un número desconocido en la pantalla.
«¿Quién podrá llamarme a esta hora?», «probablemente para ofrecerme algo que no quiero, ni necesito». Más por curiosidad, al sexto timbrazo, decidió atender la llamada.
—Buenos días, —respondió una voz femenina con acento nacional— ¿hablo con el inspector Ramiro San Martín?.
—Soy Ramiro San Martín y hace varios años que dejé de ser inspector. ¿En que puedo servirle?
—Mi nombre es Viviana, soy la secretaria del señor John F., gerente general de la Compañía… quien desea hablar con usted, ahora, ¿puede?.
—Sí, adelante.
—Un momento por favor, transfiero la llamada.
Mientras aparecía la voz del tal John F., su mente trabajaba tratando de encontrar indicios de esa llamada inesperada. Algunos días atrás, a fines de julio, había leído de un caso policial en el que aparecían involucrados empleados de esa compañía. En ese momento no le había prestado atención, llevaba retirado de la policía casi siete años y estaba enfrascado escribiendo su segunda novela, la cual esperaba tuviera tan buena acogida como la primera que había sido proclamada —por un conocido crítico literario—, la mejor novela policial del año escrita por un autor primerizo.
—Buenos días don Ramiro, habla John F. —escuchó una voz con acento extranjero, que no logró identificar su procedencia, ¿inglés, alemán, estadounidense, australiano?— ¿Como está usted?
—Yo muy bien y ¿usted?.
—Bien, pero con una situación inesperada, así que prefiero ir al tema de inmediato, —dijo con tono enérgico en la voz—. El motivo de mi llamada es concertar con usted una reunión, aquí en mi oficina en Santiago, para conversar sobre un hecho policial en el cual están involucrados diecisiete empleados de la compañía —y continuó— estamos buscando una persona con experiencia, que pueda ayudar a la policía en esta situación particular y nos han dado su nombre, como un experto en quien se puede confiar —sin permitir ninguna pregunta siguió hablando— ¿cuándo podríamos reunirnos?, ¿hoy miércoles o mañana?
—Vivo en Valparaiso así que me parece más apropiado mañana a las 12 ¿está bien para usted?.
—Perfecto, nos encontramos a esa hora y Viviana le enviará la dirección. Hasta pronto.
«Paniagua, mañana vamos a Santiago.
«No me atrae mucho la idea, aquí estamos bien. Claro que no estaría nada mal como dice el tango: “que te des la alegría mas bonita de encontrar la bombachita colgando de la canilla del baño”,pero eso para ti es mucho.
El resto del día lo dedicó —además de releer, por enésima vez, un par de historias policiales del Comisario Maigret— a reunir toda la información que había sido publicada en los distintos medios de comunicación sobre el tema en cuestión y se felicitó por haber atendido esa llamada. Era de los casos que le atraían. Desde que se retiró, había prestado ayuda a la policía en un par de sucesos policiales especiales. Éste, parecía ser uno de ellos.
Lloviznaba en Valparaíso cuando, el jueves temprano, tomó el bus con destino a Santiago. Cada vez le gustaba menos esa ciudad, congestionada de autos, la gente estresada, el ruido, los bocinazos, las alarmas de los autos, las sirenas y que decir de la contaminación ambiental que en agosto era el peor mes del año, hacían que valorara cada vez más su Valpo., al que se había ido a vivir en cuanto se retiró de la policía, al cumplir sesenta años de vida.
Vendió el departamento que tenía en Santiago y compró uno pequeño de dos ambientes —ubicado en la Avenida Alemania— que tenía un hermosa vista de la bahía. Para un hombre soltero, eso era suficiente. Ramiro se había divorciado hace muchos años atrás. Ella no soportó su trabajo. Comprensible por lo demás cuando se vive con una persona que depende del crimen, el cual no tiene día, ni hora de ocurrencia, no sabe de cumpleaños, aniversario de matrimonio, navidad o año nuevo y ni siquiera de nacimientos. Así que lo único que pudo salvar de esos diez años que duró el matrimonio fue una hija, quien, con el tiempo, aportó a su vida una nieta.
Faltaba un minuto para el mediodía y San Martín estaba ingresando al edificio de la Compañía…, ubicado en el sector norte de la ciudad.
En cuanto se presentó a Viviana, ésta lo hizo pasar a la oficina de John F. que de una cuantas zancadas llegó hasta la puerta a saludarlo y lo invitó a tomar asiento en un rincón donde habían cómodos sillones y una mesa de centro con revistas de la compañía. Mientras les traían café y agua que Viviana les había ofrecido, John F. inició la conversación.
—Leí su novela, me ha gustado mucho, entretenida, sorprendente el final. El personaje principal, ¿cómo se llama?.
—Inspector Paniagua.
—Interesante el personaje. ¿Es una novela autobiográfica?.
—No, para nada. Paniagua y San Martín lo único que tienen en común es que los dos, en algún momento de sus vidas, han trabajado como policías profesionales, pero en lo que concierne a sus personalidades son totalmente diferentes. Paniagua, es lo que San Martín hubiera querido ser, extrovertido, rápido en sus respuestas, ameno en las reuniones sociales, gran conquistador, bailarín de tango y salsa. Pero bueno, vamos a nuestro asunto que usted debe estar muy ocupado. Permítame que le pregunte, que es lo que quiere de mi y porqué.
—Mi interés es que este tema, del que hablamos por teléfono, se clarifique lo antes posible. Nuestra compañía es una transnacional con oficinas en distintos países, tiene su casa matriz en Oslo. Hoy día tenemos quince empleados bajo sospecha, más dos asesinados. Uno de ellos —noruego al igual que yo—, era el gerente de desarrollo y en la escala jerárquica el segundo a cargo de esta filial.
»Desde la casa matriz me han pedido que preste toda la ayuda a la policía y si ellos requieren más personal, —por supuesto que calificado— pongamos a su disposición los recursos que podamos entregar.
»Por medio de la embajada tomamos contacto con las autoridades, tanto del gobierno como de la policía y nos sugirieron su nombre, por su capacidad, disponibilidad y respeto que le tienen al interior de la policía. ¿Alguna pregunta?
—Sí, ¿es usted uno de los quince sospechosos?
—Buena pregunta. No, yo no estuve en la reunión social donde ocurrieron estos hechos tan lamentables. Me habían invitado, pero tenía un compromiso anterior con mi esposa, celebrábamos nuestro aniversario de matrimonio. Supongo que si yo fuera uno de los quince, usted no aceptaría este trabajo.
—Efectivamente. Ahora bien, como usted se puede imaginar, la policía, solo entrega información a la Fiscalía, por lo tanto, no estaré en condiciones de compartir con nadie, ni siquiera con usted, ningún tipo de información que no haya sido hecho pública por ellos. ¿Está usted de acuerdo?
—Lo comprendo, estoy consciente de ello y acepto sus condiciones. Le propongo una asesoría por un mes. Si después de ese tiempo, aún no se resuelve el caso lo conversamos de nuevo. Si se soluciona antes de ese tiempo, igual sus honorarios, que a propósito están definidos en este contrato —y le extendió un documento de unas pocas páginas—, serían por un mes. En otras palabras, confío plenamente en su profesionalismo y apego a lo legal. ¿Qué le parece?.
San Martín le dio una rápida mirada al contrato y vio una cifra que era varias veces superior al monto de su jubilación mensual. Manteniendo la calma y con tono de voz tranquilo, le dijo:
—De acuerdo y para comenzar necesito, por el momento, una copia de la ficha personal de los diecisiete involucrados, con fotografía y todos sus datos personales. Además, información corporativa de la compañía, en especial de esta filial, incluyendo organigrama e identificando las personas a cargo de cada unidad.
—La información solicitada, estará a su disposición —en formato digital— al regreso de nuestro almuerzo, si es que no tiene otro compromiso y acepta mi invitación. No conversaremos nada sobre este tema, me interesa su veta de escritor.
—Y a mi, conocer acerca de la compañía y de esta filial que usted dirige, —agregó San Martín.
Al regresar del almuerzo, en un elegante restaurante del sector —en el que John F. bebió como vikingo navegando por las frías y turbulentas aguas del mar del Norte, y habló entusiasmado de los proyectos de la Compañía…—, estaba toda la información solicitada. Mal que mal esta filial, se dedicaba a desarrollar software de alta complejidad orientado a la robótica e inteligencia artificial.
Una vez que salió de la Compañía…, entró al primer café que le pareció tranquilo y llamó a quien lo había reemplazado en la policía:
—¿Aló?
—¿Galleguillos?
—¿Cómo está jefe? Que gusto de escucharlo, no me diga que le robaron el auto, si es eso mejor llame a los pacos. No, es broma, dígame en que maldad anda y a ver si puedo servirle.
—Estoy haciendo un trabajo, en realidad hace cinco minutos que lo acepté. ¿Me puedes decir quien está a cargo del caso de la Compañía…?
—Si es el de los quince sospechosos y donde mataron a un par de colitas, está a cargo de Elvira. ¡A quien más podría haberle asignado un caso como ese que está muy enredado!. Jefe, ¿se metió en ese lío?, le deseo buena suerte y bienvenido al equipo.
—Gracias Galleguillos, te debo una cerveza. Saludos.
Buscó entre sus contactos hasta que encontró el número telefónico de Elvira
—¿Aló, con la brillante y distinguida sub inspectora Elvira?
—No soy brillante, y una mujer que anda a puros garabatos como yo no es distinguida. Jefe, estaba esperando su llamada. Me habían avisado que a lo mejor volvíamos a trabajar juntos y esta vez no se me escapa, póngase a hacer ejercicios, así que cuando nos juntamos. Si es que estás aquí en Santiago, ¿te parece bien mañana a las ocho en mi oficina?.
—Estoy en Santiago y me parece excelente esa hora, así me puedo ir a mediodía a mi querido Valpo. Esta ciudad está muy densa. Nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana y saludo a Paniagua. A propósito, aquí a todos los machos les gustaría ser como él.
«¿Viste San Martín que soy famoso?
«Claro que si, pero gracias a mi. Pórtate bien mañana con la Elvira.
Las siguientes horas las dedicó a trabajar en su nuevo caso, disfrutar algunos momentos familiares junto a su hija y nieta para terminar el día en un hotelito, en el cual a menudo se hospedaba en Santiago.
A las siete con cincuenta y cinco minutos del viernes, San Martín estaba entrando a la oficina de la sub inspectora Elvira. Mujer de un metro setenta de estatura, alrededor de cuarenta y cinco años de edad. Según él, era una mujer con una fuerte personalidad que le había permitido destacarse en un mundo de hombres. En cuanto ella lo vio, se puso de pie y salió a recibirlo. Le dio un abrazo más un beso en la mejilla, que se prolongaron más allá de lo normal, al extremo que si alguien hubiera visto esa escena de seguro sacaría conclusiones erróneas.
—¿Te casaste? —preguntó él.
—No, pero todavía con la misma pareja que conociste. Tampoco tenemos hijos entre los dos, sólo existe el de él y con eso basta. Esta profesión es así de absorbente y tú lo sabes, también pagaste su precio. ¿Qué hay de ti aparte de tu faceta de escritor? A propósito, me gustó mucho tu novela y que hayas tenido éxito. Te lo mereces.
—Agradezco tu comentario y me gustaría verte en el lanzamiento de la próxima novela que está por salir del horno —con un nuevo caso del inspector Paniagua—, ya que arrugaste para la primera.
—Gracias, haré lo posible por asistir, avísame. Ahora a trabajar. Te cuento los hechos y lo que hasta ahora sabemos. Primero, debes firmar este acuerdo de confidencialidad, en el cual te comprometes a no hablar ni en sueños de esta investigación, excepto con agentes de la policía involucrados en este caso. En realidad sólo puedes hablar conmigo, ¿ok?… Bien, ahora puedo continuar.
»Todo comenzó cuando los vecinos —del edificio ubicado en…— comenzaron a sentir un olor nauseabundo que, aseguraban, provenía del departamento signado con el número trescientos cuatro.
»Al llegar la policía —el jueves veintisiete de julio recién pasado—, pudo comprobar la veracidad de la denuncia.
»Los conserjes del edificio confirmaron que, a X —el residente del departamento en cuestión—, no lo habían visto transitar por el edificio desde el sábado veintidós y que en la noche de ese día se había realizado una reunión, al cual habían asistido dieciséis personas —doce hombres y cuatro mujeres todos empleados de la Compañía…— cuyos datos de identificación fueron debidamente registrados en el libro de ingreso-egresos de visitantes, tanto las horas de acceso como de salida de todos, con excepción de uno de ellos, Y —chileno, soltero, treinta y siete años, de profesión ingeniero con estudios de doctorado en el extranjero, experto en desarrollo de software—, que sólo registraba el ingreso.
La actitud de Elvira era relajada, hablaba con voz clara y en forma lenta pero sin pausa. No miraba apuntes y se notaba que estaba compenetrada de los detalles del caso, mientras tanto, San Martín escuchaba atento, sin tomar notas, se vanagloriaba que a pesar de la edad todavía tenía buena memoria.
»En el departamento vivía X, soltero, un metro setenta y cinco centímetros de estatura, treinta y nueve años, de nacionalidad noruega, único residente permanente, que vivía en el país desde hace seis meses atrás.
»Para los efectos de la compañía, estaba haciendo uso de su feriado legal y de acuerdo a las declaraciones de los asistentes a la reunión de aquel día sábado, viajaba a su país de origen en el hemisferio norte para pasar las vacaciones, siendo ese el motivo de la fiesta —una despedida— lo cual fue corroborado porque se encontró en la mesa de noche del dormitorio copia del pasaje aéreo, además de las declaraciones de todos los asistentes a la reunión.
»Una vez que la policía ingresó al departamento se encontró con una escena que —te juro—, nunca antes habíamos visto y puchas que hemos visto cosas raras, pero como esta ninguna.
»Tendidos en el suelo de la amplia sala de estar y comedor se encontraban dos cadáveres, uno correspondiente al residente del departamento, X, y el otro a Y el visitante que no tiene registrada la salida. Todo esto lo podrás encontrar en los videos y fotos que tenemos de la escena del crimen.
—Eso te quería preguntar, ¿cómo puedo tener acceso a la información pericial que han recolectado, interrogatorios, huellas dactilares, copia de los videos de las cámaras de vigilancia, informe forense, etc.?.
—Toda la información del caso está guardada en un servidor, al cual podrás acceder con una clave que te vamos a proporcionar y que debes cambiar por una personal siguiendo las instrucciones. Cada vez que entres al servidor quedará un registro, así como de toda la información que consultes, con día y hora de cualquier acción realizada en los archivos de ese servidor. Sólo se puede consultar y en ningún caso modificar. Estamos bastante más modernos desde que tú te fuiste. Continúo con el resumen.
»El departamento no mostraba huellas de que ahí hubiera ocurrido una lucha o desarrollado una fiesta, estaba todo limpio, ni siquiera había sangre en el suelo producto de las múltiples heridas corto punzante que habían recibido ambos cuerpos.
—Por favor detente ahí. ¿Me estás diciendo que el asesino limpió el lugar? ¿tienen el arma o elemento utilizado en los homicidios?
—Nuestra conclusión es que todo lo limpió Julito 304.
—¿Quién es ese personaje y porqué ese nombre?
—Puchas San Martín que estás atrasado. Te quedaste en el siglo pasado. Es el robot o androide, utilizado por X para recoger y limpiar todo lo que “vea” sucio, lavar la vajilla, y utensilios de cocina, recibir, servir y atender a las visitas. Además, aunque esto se hace desde bastante tiempo atrás, está programado para barrer, aspirar y limpiar el piso. Son desarrollados, fabricados y vendidos por la compañía que te contrató. Nosotros lo bautizamos con ese nombre, por ser un hecho ocurrido en el mes de julio en el departamento 304. Julito 304 es un prototipo, con aspecto de hombre, parecido a Brad Pitt, que está recién en pruebas de terreno. Lo tenía X para comprobar su funcionamiento.
—John F. el gerente general de la Compañía… está muy contento con los avances en el desarrollo del software de este producto, de hecho ha recibido felicitaciones desde la casa matriz. Lo que es yo, no me imagino compartir mi vida con un androide. Estoy mejor con Paniagua, aunque ese compadre no limpia, ni ordena nada. Claro que me entretiene. Pero en fin, cada loco con su tema. ¿Y que hay del arma utilizada en el homicidio?.
—La conclusión del médico forense es que: —se utilizó un cuchillo de cocina y que por la forma de las heridas, el asesino es uno solo, probablemente ambidiestro—.
—Mientras más avanzas en el resumen, mi interés en el caso aumenta. Así que por favor continua. Eso si, te advierto que de todas formas revisaré la información de detalle.
—No esperaba otra cosa de ti y ojalá encuentres algo que nos de una pista. Hasta ahora el asesino va ganando por lejos. Pero antes de continuar vamos a buscar un par de cafés, yo te invito y el almuerzo lo pagas tú y no como antes en que cada uno pagaba lo suyo. ¿De acuerdo?.
El acto de tomarse un café tomó más tiempo de lo normal, debido a que fueron muchas las personas, ex colegas y conocidos que se acercaron a saludar a San Martín y también a Paniagua, como algunos lo llamaron.
—Me estoy cansando de Paniagua —le dijo a Elvira y agregó— a lo mejor debo contratar a un sicario para que lo mate. Eso es, lo voy a dejar para la tercera novela.
—Por ningún motivo vayas a hacer algo así. Paniagua es entretenido, simpático, tiene muchas cosas de San Martín, aunque tú no las veas o quieras admitir. En todo caso, yo prefiero a San Martín.
—Mejor sigamos trabajando.
—No te pongas nervioso no pasa nada. Continúo. ¿Dónde estábamos?. Aaah ya sé…
Siguieron metidos en el tema hasta las trece treinta horas, después de lo cual almorzaron juntos, en un pequeño restaurante del centro hablando trivialidades. Terminado el almuerzo, ella partió a su oficina y él a su Valpo. querido.
Lo último que le dijo Elvira, en relación al caso policial, fue que: —los dos cadáveres se encontraban desnudos y a primera vista era posible deducir que habían tenido relaciones sexuales—.
—¿Por eso sería que cuando hablé ayer con Galleguillos se refirió a éste como el caso de los colitas? —comentó San Martín.
—¿Eso te dijo mi jefe?. Mal, muy mal. Tenemos instrucciones muy claras de no hablar con nadie sobre este caso, y menos emitir opiniones de ese tipo. Imagínate si un comentario de esa naturaleza llegara a oídos de un periodista y sale publicado en algún medio de comunicación. Los fiscales se nos tiran encima de una y a la yugular. Como resultado, deberíamos dedicar el tiempo a responder oficios en vez de avanzar en la investigación. Puchas que lamento que te hayas jubilado.
En su regreso a Valparaíso, San Martín dejaba que su mente vagara libremente de un tema a otro:
«Paniagua, ¿Qué piensas de todo esto?
«Si Elvira hubiera dicho que me prefiere a mi antes que a San Martín, me quedo en Santiago, la invito a cenar y después a bailar…
«Paniagua, te preguntaba por el caso y tú a la primera de cambio hablas de Elvira.
«El crimen lo vamos a resolver en una semana, es cuestión que apliquemos lógica y vamos a llegar al resultado. Pero lo de Elvira es más entretenido. ¿Cuántos cortes te tiró hoy? Por lo menos tres, comenzando por el recibimiento y todos los dejaste pasar. Eres muy gil.
«Paniagua, definitivamente voy a contratar un sicario para que te elimine. Mientras tanto, pasaremos a comprar un par de botellas de buen tinto para celebrar este trabajo caído del cielo. ¿Viste la cifra?. Mañana nos levantamos temprano para revisar toda la información que tiene la policía, así que déjame tranquilo el resto de la tarde leyendo “Maigret se equivoca”.
«Lo que es yo hubiera preferido quedarme en Santiago e ir a bailar con la Elvira. Pero bueno, tú mandas…
Eran las doce treinta del domingo y San Martín había terminado de revisar una y otra vez toda la información que tenía la policía. Necesitaba cambiar de ambiente, había trabajado —durmiendo no más de cuatro horas— desde el sábado temprano, hasta ese momento sin siquiera bañarse, ni sacarse el pijama de franela y los calcetines chilotes que usaba en invierno. El cielo estaba despejado sin ni una nube, se pronosticaban dieciséis grados como máximo. El mar a lo lejos se veía calmo y una buena caminata era lo más apropiado.
«Paniagua, vamos a caminar y almorzamos por ahí.
«¿Adonde vamos?
«Caminamos por la Avenida Alemania…
«Llegamos hasta la plaza de Los Poetas, almorzamos en el Oda Pacífico en una mesa junto al ventanal para ver la bahía. Lo mismo que vemos desde aquí. San Martín, puta que eres fome. Todos tus proyectos, planes, ideas, tienen tu impronta. Trata de cambiar, no debes quedarte pegado siempre en lo mismo. Cambia el paradigma. Sorpréndete en algo, un viaje. De seguro que cuando regresemos al departamento, te vas a poner a leer alguna novela del viejo inspector Maigret, ¿cuántas veces lo has leído?.
«Paniagua, eres brillante, te pasaste, te amo. En recompensa dime que te gustaría hacer.
«No tengo claro que hice. Ayer querías matarme y hoy me dices que me amas. En fin. Subámonos al Metrotren, nos bajamos en Caleta Abarca, caminamos por la costanera, Avenida Perú y almorzamos en cualquier boliche de por ahí. A lo mejor cae alguna turista que anda perdida, con deseos de conocer los rincones íntimos y la bohemia de Valparaíso. ¿Qué tal?…
Una vez de regreso al departamento, San Martín siguió estudiando el caso. A las nueve de la noche toma el celular para llamar a Elvira, y en ese instante recibe una llamada de ella.
—Estaba por llamarte, —le dice a Elvira.
—San Martín, ¿viste que no puedes dejar de pensar en mi?
—Sólo por cuestiones profesionales querida Elvira. Pero dime, a que se debe tu llamada.
«Que respuesta San Martín, que respuesta. Te la dejaron dando bote, a la entrada del área, listo para meter el gol. Eres muy gil.
«Paniagua, tú, callado. No molestes.
—¿Has avanzado en algo? Mira que me están presionando mucho por resultados. Todo el fin de semana hemos estado reunidos tratando de agarrar una hebra y nada. ¿Que me puedes decir?.
—Tengo una idea que necesito compartir y discutir contigo. Mientras más pienso en ella, más me convenzo que es una buena línea de investigación.
—Supongo que no la has conversado con nadie.
—Ni siquiera con Paniagua, a pesar de que fue él quien con un comentario me abrió la mente. Mañana tomo un bus a las ocho de la mañana, puedo estar en tu oficina alrededor de… las diez treinta. ¿Te parece bien?.
—Me parece pésimo. A las siete treinta estará en tu edificio, —supongo que aún vives en la Avenida Alemania— un auto de la policía para traerte hasta mi oficina. Te estaré esperando, con un café y dos medialunas.
—Ok jefa, como usted ordene. Que descanses.
A las siete veinte del lunes, San Martín se subía al coche que lo trasladó hasta las dependencias de la policía de investigaciones en Santiago. Una hora y quince minutos más tarde entraba a la sala de reuniones donde lo esperaban Elvira y sus dos ayudantes, uno de los cuales era conocido por San Martín y el otro un joven recién salido de la Escuela. Además, había un café cortado doble y dos medialunas.
En cuanto terminaron los saludos y presentaciones, Elvira dijo: —Ok San Martín, te escuchamos—.
—Como ustedes saben, un crimen tiene tres patas: motivo, medio y oportunidad. Cuando se logran identificar, el crimen está resuelto.
Mientras San Martín hablaba, Elvira y sus ayudantes estaban atentos y expectantes.
—Pienso haber definido el medio y la oportunidad, —dijo San Martín y continuó con su análisis—, lo cual es un avance. El motivo, lo buscaremos entre todos y en ese momento será más fácil identificar al asesino. La mala noticia, es que el criminal no necesariamente es uno de los quince sospechosos, aún más, puede ser que ni siquiera esté en el país…
Se analizaron cada uno de los motivos que normalmente llevan a cometer un asesinato y se cotejaron con los antecedentes que tenían. Almorzaron algo liviano en la misma sala, sin interrumpir la búsqueda del o los motivos. A media tarde tenían la solución y los pasos que debían seguir para ponerle, un rostro y un nombre al asesino.
El resto de la semana fue larga y extenuante. Se informó a la Fiscalía de cual era la línea investigativa. Se ejecutaron todas las acciones legales: incautación de información en la Compañía…, y análisis de datos. Nada quedó al azar, ni un solo cabo suelto.
El viernes en la mañana de esa misma semana y desde las dependencias de la Compañía…, Elvira y sus ayudantes procedieron a detener al ingeniero —de nacionalidad chilena—, jefe del grupo de programadores a cargo del desarrollo del software del androide, el que después de ser interrogado, y ante las contundentes pruebas que pusieron frente a él, firmó su confesión.
A mediodía de ese día, San Martín se reunió con John F.. Conversaron de los cambios que debían hacer a sus procedimientos, para que nunca más sucedieran hechos como los ocurridos recientemente. Se supone, —dijo John F.—, que los androides no debieran repetir los errores y prejuicios que acarreamos los seres humanos y utilizarlos a ellos, como herramientas para descargar nuestras fobias.
Antes de despedirse, John F. le dice a San Martín: —si no es indiscreción, ¿Quién resolvió el caso, San Martín o Paniagua? y ¿cuáles son sus próximas tareas?
—Trabajamos en equipo, somos muy unidos. En cuanto al futuro, me voy ahora mismo a mi Valpo. querido. Me espera una novela, que en cuanto la termine de escribir, partimos a Francia a conocer el pueblo Meunge-sur-Loire, lugar al que se fue a vivir el inspector Maigret, —junto a su esposa— cuando se jubiló.
«Buena idea San Martín, a lo mejor encontramos una francesita que quiera bailar tango.