Para el dolor de cabeza…

Era el primer sábado de septiembre, y Clara caminaba pausadamente por la avenida Italia. Miró su reloj, eran las trece con dieciocho minutos, todavía tenía tiempo. Había quedado de juntarse con Isabel, su mejor amiga, para almorzar en el Silvestre. Se sentía, no podemos decir que contenta pero si tranquila. A ella le gustaba septiembre, siempre le había ido bien en ese mes, además, en los prunos se asomaban los primeros brotes de la primavera que, de por si, mejora el ánimo. Se detuvo frente a una vitrina, ahí estaba esa blusa que le hacía falta para combinar con el pantalón azul claro que tanto le gustaba. Entró a la tienda y se la probó: largo de manga justo, la caída de los hombros perfecta, tal vez algo transparente para lo que acostumbraba a usar, «a la cresta, ya es hora que haga lo que yo quiera y si a los demás no les gusta o incomoda es problemas de ellos». Salió de la tienda contenta con su paquete.

En cuanto se encontró con su amiga le mostró su última adquisición:

—Preciosa tu blusa, —le dijo Isabel y agregó, ¿no será un poquito transparente?, vas a tener que usarla con un sostén blanco.

—Amiga mía, a lo mejor me la pongo con uno blanco, negro, rojo o quizás sin sostén, estoy más en la onda de hacer lo que yo quiero y como me sienta bien conmigo, si se me ven o no los pezones no me importa, es mi cuerpo.

Siguieron conversando y mientras se servían unas exquisitas ensaladas, Isabel le pregunta:

—¿Como estás con Carlos?

—Digamos que hoy no estamos, —le respondió Clara y continuó—, hace tres semanas que no se nada de él.

—¿Y que vas a hacer?

—Lo más probable es que mañana vaya a su departamento para devolverle la llave y retirar un par de libros que he dejado allá.

—¿Pero que pasa amiga? —le preguntó Isabel— y continuó: el espécimen no está nada de mal, divorciado, sin hijos, —al igual que tú— cuarenta años, deportista, buena pega, tincudo. Además te noto un poco agresiva.

—No sé, a lo mejor el problema soy yo. Se me adelantó cinco años la crisis de los cuarenta. Que se yo. Al menos estas tres semanas he estado bien y como está terminando el invierno en la semana del dieciocho me voy a tomar unos días de vacaciones para hacer un viaje que hace tiempo me lo debo.

—Ya sé, el problema está en el sexo, —afirmó Isabel— y agregó: te exige mucho o es poco.

—La verdad es que a eso yo lo llamo paracetamol.

—¿Paracetamol?… ¿Qué idea es esa?

—Cuando me duele la cabeza me tomo un paracetamol, —responde Clara y continúa— cuando tengo ganas tenemos sexo, pero eso es todo, le falta algo más y no sólo ha sido con Carlos, es lo que me ha pasado con casi todas mis parejas y a ti te consta que no he durado mucho con ninguno. Lo he conversado con el siquiatra y en su opinión debo tratar de ser yo, atreverme, sin pensar en el que dirán y en esa onda estoy ahora, no es agresividad. Por eso te digo que a lo mejor el problema soy yo. En todo caso pasemos a otros tema, cuéntame como estás tú, Eduardo, los niños.

—Ok, pero recuerda que soy tu amiga, nos conocemos desde que estábamos en kínder, así que cualesquiera sean tus problemas cuenta conmigo…

Al día siguiente, domingo, Clara llega sin previo aviso al departamento de un ambiente de Carlos. Abre la puerta y se encuentra con él, desnudo sobre la cama y a su lado una muchacha de alrededor de treinta años, tez blanca y pelo rojizo natural, apenas cubierta con la sábana.

Esos primeros segundos de sorpresa para los tres son eternos. Clara, con su boca y ojos abiertos al máximo. La muchacha tratando de cubrir su cuerpo desnudo con la sábana. Carlos, boquiabierto, llevándose la mano derecha a la frente, balbuceando, señalando a la muchacha que tiene a su lado dice: —te presento a Ana una amiga.

—Mucho gusto, —responde Clara y agrega— es sorprendente conocerte en esta situación, mi nombre es Clara, y —haciendo el gesto de entre comillas, exclama—: ex amiga de Carlos.

Cuando Clara ha terminado de hablar, Ana, sonriendo le hace un gesto con su cabeza invitándola a que se acueste entre los dos.

Clara, en forma espontánea, sin procesar su yo racional, lentamente, y ante la expresión de incredulidad y asombro de Carlos, comienza a desnudarse. Una vez desnuda, dejando ver un cuerpo bien cuidado con horas de gimnasio y deporte, se instala entre los dos y dándole la espalda a Carlos, abraza a Ana y comienza a acariciarla y besarla como nunca lo había hecho con sus parejas. Ana sólo tarda unos segundos en comenzar a responder las caricias de Clara. Ambas se entregan por completo a su pasión, olvidando la presencia de Carlos, quien de pie al lado de la cama percibe que no tiene nada que hacer ahí y después de vestirse, sin pronunciar palabra, hace abandono de su departamento…

Varias horas después Carlos regresa a su hogar, abre sigilosamente la puerta, no hay nadie, todo está en orden y sobre la mesa de centro, además de la llave de su departamento, encuentra una nota que dice:

Carlos querido, muchas gracias por presentarme a tu amiga Ana. Aunque tú no lo entenderás, te aseguro que ella no tiene nada de paracetamol.

Tu “ex amiga” Clara

 

 

 

 

 

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