Una imagen, mil recuerdos

Tu me amabas y yo te amaba.
Pero la vida separa a aquellos que se aman,
suavemente, sin hacer ruido,

Jacques Prévert

Me llamo Daniel Gallardo, chileno, fotógrafo profesional, actividad que aprendí y desarrollé en Francia adonde, por “razones administrativas”, con veinticinco años me tuve que ir a vivir en el año 1974. Regresé al país treinta y cinco años después, —mi mujer nunca quiso retornar a Chile, excepto, por una corta estadía, poco antes que falleciera su madre—. Hoy, con sesenta y siete años cumplidos, vivo en Santiago.

También me dedico a impartir cursos de fotografía y como parte del taller del año en curso solicité a mis alumnos obtener a través de la cámara, rostros, aglomeraciones, tratar de mostrar, por medio de la fotografía, la belleza de lo cotidiano. Cada uno debía traer, al menos cinco fotos instantáneas con ese tema, no podían ser retratos familiares ni personas posando.

Al revisar el trabajo entregado por Rodrigo Cortés, —el de mayor edad entre los alumnos del curso, un año menor que yo—, me encontré con la imagen más inesperada de las miles de fotografías que he visto en mi vida, al extremo que llamé de inmediato por teléfono a Rodrigo:

—Hola Rodrigo, habla Daniel, disculpa que te llame a esta hora, ¿puedes hablar?

—Sí, por supuesto, ¿en que le puedo ayudar?

—Me gustaría conversar contigo de la foto que tomaste en el parque Forestal, pero no por teléfono, ¿podría ser mañana tipo ocho de la noche?

Después de algunos segundos de silencio, para sorpresa mía Rodrigo me responde:

—Esa foto es muy importante y especial para mi, conversar sobre ella no va a ser fácil, tiene toda una historia personal, —de nuevo un silencio, aló Rodrigo, ¿estás ahí?— sí, es que … estaba pensando…, tal vez sea el momento de hacerlo, ok, dígame el lugar y yo llego.

Acordamos juntarnos en un pequeño bar, —cerca de la plaza Ñuñoa— donde podríamos conversar con calma y sin el ruido ambiental típico de los restaurantes de Santiago.

Cuando llegué al bar, Rodrigo ya estaba ahí. Ordenamos una tabla de quesos y salame para comer y una botella de Merlot para ayudar a soltar la lengua.

Mientras nos traían lo ordenado hablamos de fotografía en general y en cuanto nos llegó el vino hicimos un brindis por una buena conversación, y le dije:

—Ya Rodrigo, por favor hablemos de esta foto, —y saco de entre mis cuadernos la foto en cuestión—, me interesa saber cuando la tomaste y por que es especial para ti. Es una muy buena toma, los autos en primer plano dejando una suave estela para indicar que están en movimiento, las personas cruzando la calle, el suelo cubierto por hojas de color amarillo y otras rojizas indican que el otoño estaba en su apogeo, todo acompañado por una luminosidad especial hacen que sea una fotografía que a mi me gusta mucho. — Y agregué— hay unas mejoras de encuadre que se deben tener en cuenta, pero eso puede quedar para otra oportunidad.

Rodrigo bebe un par de sorbos de vino y comienza a hablar:

—Gracias por los elogios. La foto es de un día de otoño del 2003, lo recuerdo porque recién había comprado mi primera cámara digital réflex, una Canon de 6 mega pixeles, último modelo y quería probarla, familiarizarme con ese nuevo juguete, —usted sabe lo que es eso—.

»—La toma es desde el puente Loreto mirando hacia el sur, —como puedes ver había mucha gente alrededor— hice varios disparos probando distintos ajustes, jugando con la velocidad de los autos que pasaban por la Avenida José María Caro y las personas que, al otro lado de la avenida, cruzaban Ismael Valdés Vergara. Un par de días después revisé lo que había hecho y analicé con cuidado ésta imagen.

Rodrigo hace una pausa, bebe nuevamente y me dice:

—Nunca he hablado esto con nadie, ni siquiera con mi esposa, no sé por que se lo cuento a usted.

—Estimado, a lo mejor se debe a que los dos somos fotógrafos y tratamos con este arte provocar emociones en aquellos que ven nuestras obras. Además, la vida presenta coincidencias y sorpresas que van mucho más allá de la ficción. Por favor continúa.

»—En ese análisis observo a esta mujer que está como mirando hacia la cámara, —y me la señala con su dedo—, a la que jamás hubiera esperado encontrar en la ciudad, —y pensé, yo tampoco en esa foto y él continúa—.

»—Pocas veces he sentido esa mezcla de dolor, pena y, también de alegría. —Rodrigo hace otra pausa, sigue bebiendo como para tomar fuerza, se pasa la mano derecha por las mejillas y el mentón, siento que está nervioso, reviviendo la sorpresa de ese momento y yo conteniendo mi ansiedad, tratando de hacerlo sentirse cómodo para que siguiera con su historia, y, agrega:

»—Es la mujer que más he amado en mi vida. No sé si ella a mi, tengo mis dudas. Fue una relación hermosa, breve, a veces pienso que la he idealizado a través de los años, y puede ser porque no alcanzó a estar contaminada con la rutina diaria. Hasta el día de hoy la recuerdo con nostalgia.

Me conmueve y asombra lo que escucho, pero quiero saber más y, —tratando de mantenerme sereno—, le pido que si no tiene inconveniente me cuente como la conoció y que pasó con ella.

—Para allá voy, pero antes necesito un poco más de vino, se me está secando la garganta, —me responde y continúa:

»—La conocí a fines de febrero de 1973. Yo llevaba pocos días trabajando en la compañía, —era mi primer trabajo, recién había terminado la universidad—. Ese día coincidimos temprano en el hall del edificio esperando el ascensor. En cuanto la vi, me cautivó su rostro alargado de tez blanca, cejas bien tupidas, dos lunares al lado derecho de la boca, —que en la foto no se aprecian porque está tomado su lado izquierdo— en esos años pelo liso, negro azabache, —ahora se ve algo platinado— y especialmente su hermosa sonrisa, —tiempo después me dijo que se había sonreído al ver la cara de tonto que yo puse cuando la vi—. Literalmente la perseguí hasta que logré que fuéramos amigos, —hablábamos de cine y mucho de poesía— después, en forma natural comenzamos a pololear, a su ritmo, es decir era ella la que definía cuando nos veíamos y las circunstancias, —Rodrigo sigue bebiendo, tiene los ojos brillosos, pienso que está conteniendo el llanto, yo también, y continúa—. La última vez que estuve con ella, fue el lunes 10 de septiembre de 1973, —almorzamos juntos como lo hacíamos a menudo—, habló muy poco era muy reservada. Cuando le pregunté que le pasaba, me dijo que estaba preocupada por un asunto familiar, y que en cuanto saliera del trabajo debía irse de inmediato para su casa a buscar a su madre. El martes fue el golpe. Yo había llegado a la oficina a la hora normal, —me extrañó que ella no llegara—, así que cuando nos avisaron que, por el toque de queda, debíamos abandonar el trabajo y retornar a nuestros hogares la fui a buscar a su oficina y no la encontré. Ninguno de sus compañeros la había visto, no se había presentado.

»—Dos días después se levantó el toque de queda y volvimos a trabajar, no llegó… Desapareció, se esfumó o se evaporó, no sé. Nunca más supe de ella, fui a su casa, era hija única y su madre no sabía nada, juntos fuimos a dar cuenta a carabineros y no nos prestaron mucha atención, excepto un cabo que se nos acercó y nos dijo: —mejor váyanse para sus casas, está todo muy revuelto y hay muchos casos como los de ustedes.

»—Hice averiguaciones con los milicos y no obtuve nada. Un amigo periodista me contactó con la que en esa época era la Vicaría de la Solidaridad, y no tenían ninguna información de ella. Me cambié de trabajo y también perdí contacto con su madre. A veces pensaba que todo no había sido más que un sueño, hasta ese día de la foto en que apareció como si fuera un fantasma y trajo a mi memoria todos los recuerdos, esos inolvidables momentos juntos y también la esperanza, que poco a poco se va perdiendo, de que un día cualquiera apareciera en mi casa y me dijera:—aquí estoy—. Verla en esta foto, después de tantos años, igual de hermosa, —al menos para mi—, como si estuviera mirándome y con eso diciéndome, —perdóname—, me produjo gran pena, y también alegría por saber que estaba con vida y en el país. Recorrí el barrio Lastarria, —que era donde vivía en el año 73— con fotografía en mano preguntando en distintos edificios por ella, nadie la conocía o había visto. La busqué por Facebook y otras redes. Una vez más se había esfumado. Volví varias veces al mismo lugar del que había tomado la foto, como si con ello pudiera repetir ese día, ese instante y volví a llorar al igual que treinta años atrás…

Rodrigo calla. Vuelvo a tomar la fotografía entre mis manos y otra vez la observo con detención. Me cuesta contener la emoción. Para no llorar bebo vino y con voz entrecortada le digo a Rodrigo: —esa mujer se llama Berta y a raíz del golpe tuvo que pasar a la clandestinidad, pertenecía a las juventudes comunistas. Después salió del país, nunca fue detenida ni nada de eso.

—Sí, ese es su nombre, ¿tú la conoces?

—Claro, —Rodrigo se pone tenso, levanta la cabeza, frunce el ceño, empuña sus manos— y continúo, la conocí en Francia siempre llevaba con ella “Los Versos del Capitán”, como si fuera un libro sagrado. Cuando le pregunté por qué el apego a ese libro, me dijo que se lo había regalado un amigo chileno del cual no quiso despedirse, para no ponerlo en una situación difícil. Nunca mencionó su nombre. ¿Se lo regalaste tú?

—Yo le regalé ese libro de Neruda, supongo que será el mismo ejemplar. ¿Sabes donde está? ¿Como la puedo contactar?, sólo para cerrar un capítulo, no podemos volver atrás, pero conversar con Berta después de tanto años sería especial.

—Lo lamento mucho Rodrigo, —extiendo mi brazo por sobre la mesa y tomo su mano—, ya es tarde, Berta falleció cinco años después que le tomaste esa foto. El hombre que, difusamente, aparece en la fotografía a su lado, soy yo, era mi esposa, fue mi compañera en el exilio. Aún enferma era hermosa. Pienso que nunca te olvidó…

Nuestra vecina llamada Eco

—¿Cómo está vecino?, —me dijo ese día lunes cuando, para mi sorpresa, nos encontramos en el supermercado.

—Bien muy bien, —le respondí, mientras trataba de devolverme y huir de ella. Una señora de edad avanzada me cerraba el paso y en mi desesperación casi la envisto. Ya era tarde, por delante tenía a la anciana retándome por mi imprudencia y mala educación y en la retaguardia a la señora Eco que se acercaba a pasos agigantados con su carro lleno de mercaderías y haciéndome preguntas sin parar, unas tras otras sin esperar mis respuestas.

—Vecino, por Dios que están altos los gastos comunes, —me dijo y agregó—, usted como presidente del Comité de Administración debiera hacer algo. Usted sabe que yo soy arrendataria y por tanto no tengo ni voz ni voto, pero me gusta el edificio y los gastos comunes están cada día más alto, tiene que hacer algo, ¿no cree usted?. Además el aseo deja mucho que desear y el nochero se lo pasa durmiendo y el de la tarde, para que decir, es maleducado.

—Señora, este no es el lugar ni el momento de hablar de estos temas, si gusta lo conversamos en el edificio mismo. Ahora disculpe que tengo prisa le dije, agitando mi mano izquierda que sostenía la lista del supermercado.

—A ver, yo le ayudo, —me dice y antes que yo reaccionara me arrebata la lista e inicia su propio análisis—:

—Desde ya le digo que porotos granados congelados no hay.

—Pescado no se lo recomiendo, está muy caro no vale la pena.

—Vaya usted por el pan que sabe lo que prefieren y también por el vino.

—Yo le traigo los champiñones, tomates, espinacas, limones, si no hay molida de pollo le traigo de pavo…

Después me acompañó hasta las cajas y ella siempre hablando y hablando, se colocó detrás mío. Cuando me tocaba mi turno para pagar se despidió y se fue, supongo que a seguir con sus compras o a lo mejor a ver si encontraba otro conocido con quien practicar sus monólogos.

Ella tiene la costumbre de pasar dos o más horas diarias, conversando, en el hall de acceso al edificio con el conserje que hace turno de la mañana, porque el de la tarde, según la señora Eco, no le presta atención a sus requerimientos y quejas por lo que ha solicitado en más de una oportunidad que sea despedido.

Don Gastón, que así se llama el conserje de la mañana ya no sabe que hacer con la señora Eco y ante los reclamos de varios vecinos y en mi calidad de presidente tuve que habar con él:

—Don Gastón, formalmente le informo que tengo varios reclamos por su comportamiento, en cuanto a que usted no está haciendo su trabajo como corresponde ya que pasa horas, todos los días, conversando con la señora arrendataria del departamento 302, así que por favor si esa señora quiere estar todo el día aquí en el hall no tenemos problemas pero usted no debe quedarse ahí parado sin decirle nada. Dígale que lo disculpe pero usted tiene otras tareas que hacer y la deja ahí sola.

—Don Felipe, usted tiene toda la razón. Lo que pasa es que ella me da pena, mucha pena. Pasa todo los días sola, su marido llegaba tarde en la noche y salía a trabajar temprano, eso me lo dijo ella y no es que yo sea copuchento. La señora Eco está muy mal, más aún desde que su marido la abandonó, entonces a mi me da no se que decirle que se vaya. Yo lo hablé con mi señora y ella me dijo, y perdone las palabras, ella es muy deslenguada, —vos soy gil o hueón, te van a pegar una patada en el culo, te vay a quedar sin pega, a lo mejor esa vieja está enamorada de ti y quiere que la consueles y ella va a seguir hablando con otro, porque no le va a faltar quien le preste oreja, —y don Gastón terminó agregando— así que yo le pido que me ayude y hable usted con ella, se lo agradecería.

Un par de días después de esta conversación con don Gastón me reuní con la señora Eco. La reunión duró algo más de una hora, de las cuales yo debo haber hablado alrededor de diez minutos. Finalmente se comprometió a no distraer al conserje y que tendría en cuenta mi consejo de ir a un siquiatra para manejar sus problemas.

La situación en algo cambió, es cierto que don Gastón podía hacer su trabajo, pero la señora Eco igual pasaba horas en la conserjería esperando que llegara alguien para hablarle sobre cualquier tema: el calor, la lluvia, el cambio climático, lo cara que está la vida…

Los vecinos se calmaron con sus quejas y todos nos acostumbramos a verla en la conserjería. Pasó a formar parte del mobiliario, claro que este mueble hablaba, y, unos más que otros, algo de atención le prestábamos.

En todo caso yo cambié mi rutina, y en vez de ir los días lunes al supermercado comencé a realizar las compras los martes y no siempre iba al mismo establecimiento.

Un día sábado, al llegar alrededor del mediodía de mi habitual paseo en bicicleta, encuentro frente al edificio un camión típico de mudanza y a la señora Eco trasladando bultos hacia el camión. En cuanto me ve se acerca y me dice:

—Que bueno que lo encuentro, de todas maneras iba a ir a despedirme de usted y darle las gracias por su ayuda, —y prosigue—, ahí viene mi pareja me voy a vivir con él y quiero presentárselo, eso si, por favor, hable lento, él lee los labios es sordo mudo.

La cuenta

Siete de la tarde y entro al café. Ocupo la primera mesa que encuentro disponible. Me siento con la espalda apoyada en la pared y en cuanto el mozo se acerca ordeno lo de siempre.

Mientras espero que me traigan el pedido observo a mi alrededor. En la mesa a mi derecha, un par de señoras, que habían pasado no hace mucho los sesenta años, conversan alegres, animadamente y me de gusto ver como disfrutan la vida. A mi izquierda, mesa por medio, una pareja de jóvenes, de no más de veinticinco años, dejan que se enfríe el café que tienen al frente, mientras con ambas manos entrelazadas a través de la mesa, sólo tienen tiempo para enamorarse sin importar lo que sucede a su alrededor. Parecen como tantas otras parejas que se juntan a conversar de diversos temas: la película que van a ir a ver, el libro que están leyendo, lo que van a hacer el fin de semana, detalles del próximo viaje para el cual ya tienen los pasajes comprados, de los arreglos que deben hacer en su hogar o de los hijos.

Al frente, algo en diagonal y a una distancia de dos a tres metros, una pareja de entre treinta y cinco y cuarenta años, están consumiendo cada uno un café. Ella, a la que veo de perfil come un trozo de pie de limón, del cual se ha servido un par de bocados. Él, sentado en el lado opuesto, a quien puedo ver casi de frente, acompaña el café con una porción de torta de chocolate que está intacta. A la primera mirada esta pareja no llama mi atención. La distancia y el ruido ambiente, típico de un restaurante, me impiden escuchar lo que conversan. Él habla sin parar, como diciendo un monólogo, ella lo escucha atenta, sin interrumpirlo, con los brazos a veces cruzados o bien puestos sobre la mesa y en algunas ocasiones baja la mano izquierda para rascarse las rodillas y alisarse un poco el vestido. El rostro de él que, al observarlo con más atención, me parece el de una persona molesta, quizás muy molesta con quien tiene al frente. Comienzo a sentirme incómodo cuando él se da cuenta de que los estoy observando. Para disimular saco un lápiz y mi libreta de apuntes, comienzo a tomar notas de lo que observo, mientras que de reojo sigo curioseando lo que pasa con ellos. Me siento como un intruso que tiene pegada la oreja a la puerta de sus vecinos, me cuesta separar la vista de esta pareja. Él tiene los pies cruzados; agita el derecho en señal de nerviosismo. El movimiento de ese pie parece conectado con sus manos: mientras más rápido lo mueve, más rápido señala a la mujer con el dedo índice de la mano derecha. Ella está tensa, tiene la espalda recta, apenas rozando el respaldo de la silla, el mentón levantado. Cuando él, con el torso del cuerpo inclinado sobre la mesa, la señala con el índice acusador, ella responde señalándose a sí misma con ambas manos como preguntando —¿entonces la culpable soy yo?—, a lo cual él reacciona asintiendo con la cabeza y agitando aún más rápido el pie derecho.

No se cuántas veces él la acusó, pienso que por situaciones distintas y a todas, ella responde de la misma forma pidiendo que le confirme que es la responsable, hasta que llega un momento en que no quiere escuchar nada más y, ante un nuevo dedo índice acusador que la señala como culpable, se cubre los oídos con las manos, próxima a estallar en llanto, como con deseos de arrancarse de ese lugar.

Él, al percatarse de que ella se va a retirar, se aleja de la mesa, agita sus manos como indicándole que están conversando en paz, trata de contenerla. Ha perdido el control de la situación, ahora lo tiene la mujer. El hombre pide urgente la cuenta mientras busca en los bolsillos de la chaqueta su billetera, palpa los bolsillos de su pantalón, vuelve a revisar la chaqueta y se da cuenta de que no la tiene. Encoge los hombros y le muestra las manos vacías.

La mujer, que ahora se encuentra sentada de lado, por lo que puedo ver mejor su rostro: tiene la frente fruncida, niega con la cabeza y aprieta los labios. Con esfuerzo comienza a sacarse un anillo del dedo anular de la mano izquierda y, con el índice de su mano derecha, le indica a él que ponga también el suyo sobre la mesa. Una vez que se quita el anillo se pone de pie, toma la cartera, el celular y unos lentes, le muestra el dedo despojado del anillo como diciendo:

—De esto, yo no soy culpable.

Camina hasta donde se encuentra el mozo, a quien algo le dice señalando hacia donde estaba sentada y le entrega el anillo.

Por favor trata de ser breve

—Ahí viene Pepe —anuncia Eduardo.

—Hoy es lunes, así que traerá una nueva historia, —comenta Andrés.

En el “Café con Cuento”, pequeño restaurante ubicado cerca de la estación Tobalaba del Metro de Santiago, se juntan al mediodía, hace ya largos diez años lunes, miércoles y viernes, un grupo de ex compañeros de trabajo, todos jubilados mayores de 75 años. Ese día son ocho contertulios dispuestos a disfrutar una conversación mientras degustan un café, comentando el acontecer, aceptar las bromas y lo que habían hecho ese fin de semana.

Pepe que acostumbra ser el último en llegar, entra al café con la seguridad y desplante que caracteriza a los profesionales de marketing, su especialidad. Se sienta en una de las cabeceras del par de mesas que ocupan sus amigos y en cuanto termina de saludarlos, sin más preámbulo dice:

—No saben lo que me pasó el viernes por la tarde.

—Imposible saberlo si no andábamos contigo —acota Miguel, abogado de profesión.

—Venía del doctor, tenía hora con el urólogo. Qué desagradable, ustedes saben.

—Pepe, te agradecería que nos hicieras un resumen, tengo que estar en mi casa para almorzar a las dos —solicita Joaquín, con la premura habitual de los profesionales que han trabajado en operaciones.

—Este no sabe lo que es un resumen, así que deja lo de siempre y ándate, no termina antes de las dos treinta, —le aconseja Vicente, que como contador-auditor llevaba el control de las cuentas.

—Que esta vez se queden dos para escuchar el cuento y no pasar por mal educados, en una próxima oportunidad se quedan otros, —sugiere Manuel, que por años había trabajado en recursos humanos.

—Pepe, por favor trata de ser breve sin entrar en detalles, sólo lo esencial. La última vez que nos relataste una de tus historias, a pesar de los esfuerzos, nos quedamos dormidos y nunca nos enteramos del final porque te fuiste ofendido —solicita Rubén, como buen profesional de relaciones públicas.

—Se mandó cambiar para no pagar el café —indica el contador-auditor

—Dejen de hablar para escuchar lo que el testigo tiene que contarnos —alega Miguel.

—Considerando que quieren que les cuente lo que me pasó, voy a tratar de ser breve, si me extiendo un poco es por el bien de la historia, de esta forma ustedes se involucrarán más; desde ya les adelanto que es especial —Pepe dibuja en el aire, con ambas manos, una silueta de mujer—, y que a más de uno le hubiera gustado vivirla. También debo pedir prudencia y que mantengan las normas tácitas de confidencialidad que rigen a esta cofradía.

—Muchachos —dice Vicente—, por respeto a nuestro amigo y para llegar a nuestros hogares a almorzar y no a cenar, con el correspondiente malhumor de nuestras esposas, dejemos hablar a Pepe y el que interrumpa su relato paga una ronda de café a todos, ¿de acuerdo?

—Buena idea —dice Andrés, y agrega con la precisión que caracteriza a un ingeniero—: y que el relato no se extienda más allá de ciertos minutos, en caso contrario, si excede el tiempo acordado habrá de pagar él una ronda de café el próximo miércoles o cuando asista.

—Si no hay oposición se timbra el acuerdo, —dice Miguel golpeando con el codo la mesa en señal de caso cerrado.

—Un momento, ¿cuánto tiempo otorgaremos a Pepe? —rectifica Vicente.

—Vicente tiene razón, —señala Manuel y agregó —considerando que ya es la una de la tarde y conociendo la eficiencia del trabajador, propongo que otorguemos a Pepe siete u ocho minutos para contar su caso.

—Es muy poco tiempo, quince minutos sería lo mínimo y aún así tendré que saltarme varias partes —reclama Pepe.

—Parece que esto va para largo, si queremos que nos sigan reservando mesas, pidamos otra ronda de café —sugiere Vicente.

Mientras se hace un nuevo pedido, Eduardo que está sentado en el extremo opuesto a Pepe, y que había estado concentrado en su teléfono inteligente, ajeno a la conversación de sus amigos, manifiesta:

—Colegas, noticia de última hora, por favor presten atención a esto —todas las miradas se concentraron en Eduardo, a quien consideran un hombre ponderado, normalmente callado. Si pedía la atención era por algo que valía la pena escuchar, como lo había demostrado siempre desde su cargo en el área de planificación. Eduardo se ajusta los lentes, aclara la voz con un sorbo de la soda que le habían servido y comienza a leer—: Ha sido detenida por la policía una mujer de treinta y ocho años, de complexión esbelta que vestía con ropa de marca y se dedicaba a embaucar hombres, principalmente de la tercera edad que conducían autos de alto valor económico. Para realizar sus fechorías recurría a distintas argucias, la más utilizada era convencer a su víctima de que necesitaba ayuda para salvar la vida, y, que era imprescindible que la trasladara de urgencia hasta su domicilio con el fin de que pudiera tomar unos medicamentos que había olvidado traer con ella. En el trayecto, según el testimonio de las víctimas de esta argucia, la presunta delincuente realizaba diversos movimientos en señal de que se sentía mal, pero que tan sólo eran para ir mostrando al desnudo partes de su cuerpo. Una vez que llegaban a la dirección que había entregado la mujer, ella simulaba que se desvanecía, solicitando a su acompañante ayuda para llegar hasta el interior de la vivienda, donde después de ingerir una serie de cápsulas que imitaban medicamentos y que, según constató la policía sólo eran pastillas de menta o propoleo, procedía a utilizar sus encantos femeninos, para agradecer el favor que le había hecho su ocasional víctima. Todo terminaba con los dos teniendo actos sexuales, que dejaban extenuado al anciano durmiendo, quien, al despertar, se encontraba solo en la habitación y sobre el velador una tarjeta firmada por la mujer: “Gracias por el coche. No estuviste nada mal para tu edad.”.

»La policía estima que existen más casos que las denuncias hasta ahora recibidas, esto debido a la vergüenza de las víctimas y las posibles consecuencias familiares o de escarnio social.

Una vez que Eduardo termina de leer la noticia, todos ríen y opinan sobre lo acontecido, concuerdan que a ninguno de ellos les pasaría algo igual ya que son zorros viejos, con mucha calle y, lo más importante, que no hay mujer que alguna vez los haya dejado extenuados. Creen que todas las víctimas de dicha mujer tendrían que ser “unos viejos calientes” y por tal motivo se merecían lo que les había pasado. En ese instante y sólo entonces se percatan de que Pepe no se encuentra ya en el café.

Lo del Puse Bar

Hace muchos, muchos años atrás, recorriendo la loca geografía urbanística y arquitectónica de los cerros de Valparaíso, encontré el Puse Bar cuyo nombre nunca he olvidado porque afuera tenía un letrero que decía:

SE DAN BESOS GRATIS

OFERTA POR TIEMPO INDEFINIDO

Y yo, que pertenezco a la religión que tiene por dogma que por cada beso bien recibido la vida se extiende un mes, me vi impelido a traspasar muchas veces el umbral de ese bar.

El recuerdo viene a mi memoria porque me llegó una carta dirigida a todos los afiliados de las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP), mediante la cual informaban una nueva disposición de la Superintendencia de Pensiones, que en resumen consiste en que las personas que, de aquí en adelante, opten por una pensión de renta vitalicia, deberán presentar para acogerse a esa modalidad de retiro una declaración jurada ante notario que señale que, jamás han entrado a un lugar  que ofrezca besos gratis —explícitamente se debe mencionar el Puse Bar—, o que no han sido diagnosticadas de filemamanía.

La carta además incluye que esta instrucción, se basa en estudios realizados por científicos que han determinado que los besos provocan una prolongación de la vida, —como si yo no lo supiera—. Además señala que esta situación está plenamente comprobada por la longevidad de varios pensionados afilados al sistema de pensiones, —parece que hubiera un error en esta última palabra para referirse a los cotizantes o bien una expresión proveniente del sub consciente del alto ejecutivo que firma la carta—.

También se indica en la misiva, que ésta situación pone en riesgo la viabilidad del sistema de pensiones, —increíble, a lo mejor ahora incluyen la felicidad en el cálculo del PIB , pero no es todo, y continúa—, las personas que sufran de esa enfermedad, o que hayan ingresado a algún establecimiento que ofrezca besos gratis y que deseen acogerse a una pensión de renta vitalicia, serán tratadas como casos especiales en el cálculo del monto mensual de su pensión, —¿qué tal? —.

La parte más grave para mi es la que se refiere a los actuales pensionados bajo esta modalidad de renta vitalicia, —en la que estoy yo— que deben presentar la misma declaración jurada y dan un plazo de seis meses para hacerlo y de no presentarlo asumirán que uno sufre de esa enfermedad rara o que han asistido al tipo de bares como el Puse Bar y se procederá a un recálculo de su pensión, —hijos de la gran… —

A pesar de las dificultades que tengo para caminar me fui a dar una vuelta al Puse Bar, y me encontré con la agradable sorpresa que gran cantidad de personas se habían congregado frente al local, la mayoría jóvenes, y todos se estaban besando. Desde un escenario improvisado los dueños del bar, pareja descendientes de croatas, los animaban a continuar con este acto espontáneo, mientras de fondo se escuchaba la adaptación de la canción del Quilapayún:

“El pueblo besuqueándose, jamás será vencido,

el pueblo besuqueándose, jamás será vencido…”

Hice abandono del lugar, alegre y con la grata sensación de comprobar que aún habían jóvenes dispuestos a luchar por la felicidad. Eso si que antes de llegar a mi residencia pasé por una notaría.

En todo caso, un par de besitos más no me vendrían nada de mal.

Cosas de niños

El vendedor de conchitas

Rovinj, es una ciudad ubicada a orillas del mar Adriático en la provincia de Istria de Croacia, cerca de la frontera con Italia. La ciudad antigua fue construida sobre una colina y en la parte superior, dominando toda la ciudad, se encuentra la iglesia de Santa Eufemia que data de 1736, una de las tantas atracciones que ofrece la ciudad a los miles de turistas que llegan cada año a ese lugar.

La ciudad se desarrolló sin ningún plan regulador. Cada uno construyó su casa, como y donde pudo, formando un sin número de rincones que se van descubriendo al recorrer sus calles de adoquines.

En uno de esos rincones y bajo la sombra, quizás del único árbol que se encuentra en la ladera de la colina, estaba instalado el vendedor de conchitas. Sentado sobre una estera, enfrente de él una bandeja de color morado y sobre ella siete u ocho conchitas de ostión, choritos, estrella de mar. Su actitud relajada, paciente, y la expresión de su rostro indicando que es dura la vida de un vendedor ambulante, llamó mi atención, así que me acerqué a conversar con él.

—Hola.

—Hola.

—¿Estas conchitas son tuyas?

—Sí.

—¿Las vendes?

—Sí.

—¿Cuánto cuestan?

—No sé, lo que me den.

—¿Has vendido muchas hoy?

—No, nada.

—¿Y que vas a hacer con el dinero?

—Voy a ir a Chile.

—Pero Chile está muy lejos.

—Sí sé, yo voy a ir, además yo se ir. Puedo ir solo. Ya fui, con mi mamá, mi papá y mi hermana.

—¿Cómo vas a Chile?

—En un avión hasta un lugar y ahí otro avión para llegar a Chile.

—¿Cómo se llama ese otro lugar donde cambias a otro avión?

—No sé, cuando yo fui estaba durmiendo. Mi papá me dijo que podía preguntarle a esas señoritas que dan comida en el avión.

—¿Quién está en Chile?

—Vicente, es mi primo. Además, yo quiero jugar en la piscina con el monstruo marino.

—¿No le tienes miedo a ese monstruo marino?

—No, es mi amigo. Ahora ya se nadar, así que me voy a hundir y como él es viejito le cuesta mucho moverse en el agua, voy a ir por detrás y me voy a subir por su espalda mientras Vicente lo ataca por delante.

—¿Qué edad tienes?

—Cinco años. Señor, ¿me va a comprar conchitas? Hoy no he vendido nada.

—Claro que si. Toma aquí tienes, y yo te regalo las conchitas. Chao nos vemos.

Al regresar de mi visita a la iglesia, pasé a ver si aún estaba el vendedor de conchitas. Se encontraba en el mismo lugar, pero además de las conchitas ahora tenía unos dulces y nuevamente conversé con él.

—Hola, ¿los dulces están a la venta?

—No, son para mi.

—Vaya, yo había entendido que estabas juntando dinero para ir a Chile a reencontrarte con tu primo y jugar con el monstruo marino.

—Sí, pero mi papá me dijo que el monstruo marino viene a Rovinj. Lo vamos a atacar los dos con mi hermana, pero él no sabe eso. Nosotros conocemos bien este mar.

—Me alegro, chao nos vemos

—Señor, ¿me va a comprar conchitas? Hoy no he vendido nada.


 

Primero bailemos y después vemos

Cuando su madre lo fue a despertar, él ya se estaba vistiendo. En esa oportunidad había cambiado, el pantalón deportivo por su mejor pantalón de cotelé, ese que viste cuando tiene que ir a un cumpleaños o a otras situaciones formales, y una camisa blanca de manga larga que tiene anudado una corbata del tipo “humita”, en reemplazo de su polera favorita de star wars. Completaba su vestimenta con una chaqueta negra corta, como los chalecos que usaban nuestros abuelos y como calzado, zapatillas azules, recientemente compradas. Se miró al espejo y se pasó la mano por su pelo liso para tener un peinado natural, su partidura al medio hacía que su pelo cayera sobre ambos extremos de su frente. Los ojos le brillaban y había algo de nerviosismo en todo su cuerpo. Estaba listo para enfrentar el día.

Camino a la escuela, sus padres, le preguntaron a que se debía esa tenida.

—Es que hoy me voy a casar con Nika, respondió …

En la tarde, cuando lo fueron a buscar al jardín infantil, la mayor curiosidad de sus padres era saber como le había ido con Nika.

Su respuesta los sorprendió, —no me voy a enamorar de ella, porque me dijo que yo soy un bebé, —y agregó—así que le pedí a Carla que nos casemos mañana.

—¿Y ella que te dijo?

—Que mañana primero bailemos y después vemos.

—¿Y tú que vas a hacer?

—Pshhhh, bailar y después ver.

—¿Y que vas a ver?

—No sé, lo que haya que ver.

Cuando al día siguiente en la tarde lo fueron a buscar, la cuestión era saber que había pasado entre Carla y él, así que después de las conversaciones normales le preguntaron derechamente por ella.

—Nada, solo bla, bla, bla, así que mañana me pongo mi pantalón de buzo, la polera de star wars y las zapatillas viejas para jugar al fútbol con mis amigos.

2016 – 2017

Estimadas/os amigas/os, en enero del  año pasado, comencé a publicar y compartir con ustedes lo que he escrito.

A la fecha he ingresado 29 temas distintos, sin ningún hilo conductor, espero con ellos haber sacado una sonrisa o traer algún recuerdo a la mente de ustedes que es finalmente mi objetivo.

Agradezco los comentarios que me han hecho, ya sea en el mismo blog o en forma personal, han sido motivadores para seguir escribiendo y tratando de mejorar.

De más está decirles que para mi escribir ha sido altamente gratificante, lo he disfrutado mucho y espero seguir haciéndolo.

Tres microcuentos, de los incluidos en el blog han sido publicados en la sección de Microcuentos del diario digital El Definido (www:eldefinido.cl) que cada día presenta uno distinto.

Les anuncio que el blog permanecerá cerrado durante enero y febrero.  Si ustedes necesitan de mi porque están aburridos o insomnes les recomiendo, al igual que el verano pasado, que vuelvan a leer lo que ya está en el blog, no falla, receta infalible para el insomnio, no tan efectiva para la cura del aburrimiento.

A todos ustedes les deseo un excelente año 2017, familiar y personal.

Descansen y disfruten del verano, carguen las pilas que se viene un año especial.

Nos vemos en marzo

POR UN BESO

En cuanto llegué del colegio tomé la bici y me fui a dar vueltas por el barrio. De pronto la vi, estaba en la esquina de Gamero con Independencia. Mi corazón se aceleró y apuré las pedaleadas. Le ofrecí llevarla a casa. Me miró con esos ojos grandes color café y sonrió, quise besarla pero me contuve.

—¿Damos una vuelta?

—Ok, pero una larga.

—Buena idea —respondí, más contento que un perro con dos colas.

Partimos, ella se sentó de lado, en el marco de la bici, en ese espacio entre el sillín y el manubrio. Yo, feliz

De repente, giró su cara hacia mí. Sus labios me parecían el más maduro y jugoso de los duraznos.  Ella entreabrió la boca y sin pensarlo la besé…

 

Desperté en el hospital. A mi lado ella me miraba preocupada y divertida. Le pregunté como estaba.

—Bien —contestó, a pesar de que tenía el antebrazo izquierdo enyesado, las rodillas parchadas y el uniforme del liceo roto.

—¿Y la bici? —pregunté.

—Mejor que tú.

—¿En qué estábamos?

Acercó su boca y disfruté de sus labios tibios. Los porrazos pasan, los besos quedan en el recuerdo y en un relato.

DE BICICLETAS (I)

EL GIRO DE ITALIA

 Soy el primer chileno en correr el Giro de Italia. Día marcado desde el año anterior  al inicio del entrenamiento. Esta es mi etapa. 180 kilómetros, 5.500 metros de desnivel. Cimas famosas por delante, Campolongo, Pordoi, Sella, Gardena, Falzarego más el mítico Giau. La estrategia clara y el equipo está conmigo. Anoche no dormí bien, nadie duerme bien en las Dolomitas.

Partimos. Acelera el vehículo del comisario, todos a máximo para estar adelante y evitar las caídas. Ninguno de los competidores conversa, todos serios, concentrados. Es de esos días en que cualquier cosa puede pasar. Son muchos descensos, todos técnicos, peligrosos, a alta velocidad, un descuido, adiós Giro y probablemente el resto de la temporada.

Van quedando atrás todos los puertos. La meta, en la cumbre del Falzarego, previo el Giau, con sus 10 Km, 14% pendiente promedio y rampas sobre el 20%. Con mi equipo, los nueve, somos los primeros en iniciar el ascenso. El pelotón es una larga culebra multicolor. Faltan 4 Km. para la meta. Mis rivales sufren, yo siento que mis piernas están bien. Entramos a una curva cerrada, en U (un tornanti), y acelero. Abro una brecha, varios tratan de alcanzar mi rueda, no lo logran.

Voy pedaleando al máximo, la meta está cerca a sólo 600 metros. Los fanáticos me van abriendo la ruta, gritan, aplauden y me alientan. Cruzo la meta, alzo los brazos y grito.

Mi mujer me zamarrea, -despierta tienes pesadillas-. No, le digo, es que gané una etapa del Giro d’Italia.

Me dice, -¡huevón!-. Se da vuelta y sigue durmiendo.  Yo, sonrío.

 

PERSEVERANCIA

 Gamero con Maruri, lugar habitual de los encuentros del grupo del barrio, ahí llegábamos a pie, en bici o en patines. Martín, al llegar siempre hacía lo mismo, con la bici aún en movimiento se paraba sobre los pedales, tomaba con la mano el sillín y saltaba hacia atrás, cayendo de pie y sin soltar la bici, quedaba detenido en medio del grupo recibiendo los aplausos de todos, especialmente de las chicas. Era el campeón, arrogante, con aire de superioridad. Honestamente, le tenía envidia y su actitud triunfalista me molestaba. Un día se me acerca Ximena, me dice al oído, -inténtalo tú- y me da un beso en la mejilla.

Temprano al día siguiente partí a un lugar apropiado y me puse a practicar. Después de tres sacadas de cresta, suspendí por ese día el entrenamiento, pero volví al siguiente más varios otros. Tras diecisiete porrazos más dos pantalones rotos, logré dominar la técnica. Estaba listo.

Un día, cuando el grupo estaba reunido, Martín y Ximena incluidos, hice mi entrada triunfal. Pelotudo que soy, terminé despanzurrado en el suelo.  La bici estrellada contra una pared. El grupo entero riéndose de mi, machucones por todos lados, pero mi mayor dolor fue ver a Ximena, alejándose tomada de la mano de Martín.

GABRIELA

Estaba sentada en la sala de embarque del aeropuerto de Santiago, esperando la salida de su vuelo con destino a París. Era una mujer de aspecto interesante, pelo crespo, color negro azabache, ojos color café, nariz levemente aguileña que, junto a pómulos salientes y un mentón cuadrado le daban carácter a su rostro, atenuado por cierta tristeza en la mirada. Vestía pantalones grises, sueltos, cómodos para viajar, camisa blanca, chaleco sin mangas color burdeos, chaquetón 3/4 azul, zapatos de taco bajo. Completaban su indumentaria una cartera, no muy grande, de esas que se cuelgan al hombro, porta documentos sencillo y un típico impermeable color crema. No se había vuelto a casar. Amores, algunos, sin mayor trascendencia que no habían dejado huellas.

Gabriela, interrumpió la lectura de “El general en su laberinto” y miró su reloj. Faltaban aún, al menos, diez minutos para que anunciaran el embarque.

Observó a su alrededor y en ese momento lo vio. Sus miradas se cruzaron, tal vez, por una décima de segundo. No supo porqué, pero un escalofrío recorrió su espalda.

Recordó su primer viaje a París. Había ocurrido, veinticinco años atrás, a fines de 1.974 con sólo 23 años recién cumplidos.

En esa oportunidad viajó con su hija Amalia que, a esa fecha, tenía un año y algo más de vida. Hacía tres meses que no la veía, desde que la secuestraron junto a su marido Gonzalo. Sus padres, que durante su detención habían quedado a cargo de ella, se la entregaron poco antes de pasar por policía internacional junto al decreto de expulsión de ambas.

De su marido, no sabía nada. La última vez que estuvo con él, debe haber sido unos 15 días después del secuestro. Los pusieron frente a frente y les dijeron que se despidieran. –Espérame- le dijo él y agregó -perdóname por haberte metido en esto-.

Ahora viajaba a un congreso en Ginebra, invitada a exponer sobre el impacto del libre mercado en las sociedades latinoamericanas.

Antes estaría algunos días con Amalia en París. Su hija, nunca quiso regresar a Chile, se sentía más francesa que chilena, además, quiso estudiar filosofía igual que su padre y para eso nada mejor que La Sorbona. En cambio ella, había vuelto al país en 1.993, con su título académico de doctorado en Sociología y se desempañaba, desde entonces, en un organismo internacional.

En cuanto anuncian el embarque, Gabriela se pone de pie, quiere ser de las primeras en abordar el avión, sentarse en su puesto y dejar que tranquilamente transcurran las horas que dura el vuelo hasta su destino. Una vez más mira su tarjeta de embarque. Confirma su asiento, 17-B, pasillo, sector de sólo dos asientos. Se pregunta, -¿Quién será mi acompañante?-, -ojalá que nadie-, se responde, y en cualquier caso da lo mismo ya que, inmediatamente, después de la cena se tomará una pastilla para dormir y despertará poco antes de aterrizar en Charles de Gaulle.

Están por cerrar las puertas del avión, nadie ocupa el 17-A, parece que es su día de suerte.

De pronto lo ve, es el mismo hombre con el que cruzó una mirada en la sala de embarque. Él, camina lentamente por el pasillo, mirando la numeración de las filas en busca de su lugar. Se detiene al lado de ella y caballerosamente le dice, –buenas tarde, ¿me da permiso por favor?-. Al escuchar ese timbre de voz, se pone nerviosa. Se levanta para darle la pasada. Cuando él se mueve para pasar a su asiento, ella siente ese olor del perfume que lo tiene impregnado en todo su cuerpo. Comienza a temblar. Él estira los brazos y dice, -señora, ¿la puedo ayudar?-. Gabriela grita desesperada -¡¡No me toque!!, ¡¡no me toque!!, ¡¡no vuelva a tocarme nunca jamás!!-. Las convulsiones aumentan y comienza a vomitar, vomita y sigue vomitando encima del hombre que se protege la cara y se revuelca para evitar el vómito. Gabriela hace un esfuerzo para controlar sus esfínteres y todo, todo el dolor, la angustia, el vejamen, las violaciones sufridas, y en el nombre de sus compañeras y compañeros que pasaron por lo mismo que ella y también en el de su marido que nunca apareció, sigue vomitando sobre el cuerpo del hombre que los torturó en Londres 38, sanando un poco, tan sólo un poco, porque hay dolores y penas que quedan para siempre.

Gabriela, seguirá esperando … ya no a su marido, sino que a la señora de los ojos vendados, que tiene en su mano derecha una espada y en la izquierda una balanza, que se llama Justicia. Ahí están puestas sus energías.