Solcito de invierno

Llegué a trabajar a esa área de la empresa recién egresado de la universidad, por allá a fines de los años sesenta, sin ninguna experiencia laboral.

Una cosa era ser contratado para desempeñarse ahí, otra muy distinta es que uno fuera aceptado por el grupo. No valía el origen social, ni la universidad en la que uno había estudiado, sólo contaba la capacidad que se tenía la cual cada día se ponía a prueba hasta que se ganaba el respeto y aceptación de todos.

Este era un grupo conformado por alrededor de treinta hombres y una sola mujer, Ester, que en esa época tendría veinticinco años más menos, soltera, simpática y una fuerte personalidad. Aceptaba los piropos con elegancia, pero pobre del que intentara ir un poco más allá, podía quedar en vergüenza delante de todos.

Llevaba trabajando en esa área siete u ocho meses y había logrado una buena integración en el grupo, cuando se presentó una situación especial.

Como siempre, el bus salía a la siete menos cuarto de la esquina de Amunátegui con Alameda para recorrer, cada día, los pocos más de cien kilómetros hasta nuestro lugar de trabajo al sur de Melipilla. Ahí estaban sentados con cara de sueño varios de mis compañeros, entre otros el Huacho Correa —le decían así debido a su fealdad, se corría la voz que debido a eso su padre nunca quiso reconocerlo y su madre lo dio en adopción.

El Huacho era todo un personaje, su cara grande rectangular, cejas bien tupidas, pelo de color negro tieso como clavos, ojos grandes saltones y la mandíbula inferior con un prognatismo pronunciado, confirmaban que su apodo estaba bien puesto, pero bastaba que se pusiera a cantar para que todo el mundo olvidara su fealdad. Tenía una voz preciosa y se sabía todas las canciones de la época, boleros, tangos, rancheras y si eso no fuera suficiente, tenía mucha gracia para declamar hermosos poemas de amores olvidados y sufridos. Era tal su encanto que embrujaba a las mujeres, pocas eran las que se resistían a sus encantos.

Ester esperaba el bus en la plaza Italia y en cuanto subió esa mañana, todos comenzaron a cuchichear, a pegarse en los codos para que la observáramos.

A pesar de que no había unanimidad, en cuanto a que si Ester tenía o no bonitas piernas, para ninguno fue aceptable que esa mañana apareciera vestida con pantalones en vez de falda.

En el bus, Ester, normalmente se sentaba en el primer asiento, y se enfrascaba en la lectura del libro de turno, que también era su forma de decir: —no quiero que nadie me moleste—. Así que para tratar el tema de la vestimenta de ella, se realizó una reunión de urgencia en la parte trasera.

—Si permitimos esto tan sólo una vez, no le vamos a ver nunca más las piernecitas y con lo que a mi me gustan esos tobillos firmes y para que decir de las pantorrillas, —dijo el Huacho que fue el primero en hablar y agregó—, no saben ustedes cuantas noches he soñado que me despierto y las tengo aquí, suavecitas, calientitas —y colocó sus manos sobre el vientre, mientras entornaba los ojos, movía lentamente su cabeza de un lado a otro y se mordía el labio inferior.

El Maleta de Gásfiter, que decía las verdades sin anestesia y por eso el sobrenombre, dijo —yo hablo con ella y le digo que …

Antes que terminara de hablar varios saltaron de inmediato oponiéndose a esa opción. —Este hueón va a dejar la cagada— decía uno y otro añadía, —sería como echarle bencina a la hoguera.

El Rascabuchas, —que no se caracterizaba por opiniones inteligentes— sugirió presentar el caso al sindicato. Todos lo miramos con cara de sorpresa por propuesta tan absurda y el Maleta de Gásfiter sin despeinarse le dice: —compadre, siga calladito rascándose las que le dije que eso usted lo hace bien.

El Richi, tipo respetado y muy querido por todos tomó la palabra:

—Yo tengo al candidato para que hable con ella, es tranquilo, diplomático y no se por qué, me tinca que la Estercita lo escucharía con atención —y señalándome a mi, agrega—, el Flaco.

—No es mala idea —dijo el Maleta de Gásfiter y termina con su sentencia final—, Flaquito, aquí te las estay jugando el todo por el todo, no podís fallar.

Todos aprobaron la propuesta, el único que se opuso fui yo, pero mis argumentos no fueron escuchados, así que me vi en la obligación de aceptar la misión.

El Gitano, —tenía ese sobrenombre porque nadie sabía en que casa ni con quien iba a dormir esa noche— me preguntó: —Flaco, ¿cuál es la estrategia?

—Si estuviéramos en Santiago, la invitaría a almorzar o a servirse un cafecito con unos pastelitos a la salida de la oficina, pero aquí…

—A ver, a ver —dijo el Huacho—, Flaquito, con cuidado, no se esté pasando de listo.

—Huacho, tú sabís que para mi la Ester es un solcito de invierno, alumbra pero no entibia. Además, a ti no te pesca mucho, le respondí.

—Mira Flaco, esa frutita jugosa en algún momento caerá, es cuestión de tiempo, —contestó medio mosqueado el Huacho.

—Bueno si hay tanto problema, que otro se haga cargo de esta situación.

—Nada que ver, Flaquito, usted está a cargo de la misión y diga como podemos ayudar, —acotó el Maletín de Gasfiter y continuó—, Huacho, lo siento, tenís que apoyar no más y seguir trabajando el bla, bla, a mi también me tinca que esa frutita no quiere nada contigo.

—Voy hablar con ella a la hora de almuerzo. Necesito que me dejen una mesa solo para los dos. Cuando la Ester los invite a almorzar ustedes se hacen los lesos, que tienen un equipo fallado, que no pueden, cualquier excusa. ¿Estamos?.

—¡Estamos!— Dijeron todos y se disolvió la reunión.

Al día siguiente, mientras nos acercábamos a plaza Italia la expectación aumentaba. Para mi tranquilidad, Ester vestía falda en vez de pantalones. Todos de forma disimulada me felicitaron, algunos me dieron una palmada en el hombro, otros levantaban el pulgar. El hecho es que me gané la aceptación final del grupo y una sonrisa de agradecimiento del Huacho.

Dos años después, el Huacho Correa cantaba “Somos Novios”, de Armando Manzanero, en la fiesta de matrimonio a la que, Estercita y yo,  lo habíamos invitado.

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Viernes, diecinueve de septiembre de 1969

En ese segundo, todos mis segundos

En ese segundo, sólo un segundo

En ese segundo, la Nada

Alfonso Pino P.

A un departamento del edificio ubicado frente a la plaza de Linares, en la provincia del Maule, llegaron a vivir en mayo del año 1969 un matrimonio joven y sus dos hijos —una niña de tres años y cuatro meses de edad y un niño de tan sólo un mes de vida—. De todo el equipaje que llevaban, cuidaban con esmero una maleta atiborrada de proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas.

El viernes, diecinueve de septiembre de ese mismo año, ellos, más los padres y la hermana de él partieron en una citroneta, por un camino secundario, con destino a las Termas de Panimávida. Día de campo que comenzaba a llenarse de flores.

Juan Riba Holgado y Sylvia Barrera Correa. Él nació en 1944. Ella dos años después. Él, pelo castaño, tez blanca, varonilmente buen mozo, simpático, divertido, querido, respetado por compañeros y amigos. Ella trae de Copiapó, la tez morena, el pelo color azabache y liso, ojos color café grandes, dulzura en la mirada.

En el año 1960, con las melodías y letras de las canciones de Elvis Presley, The Platters, Ray Charles, Los Cuatro Ases entre otros, Juan y Sylvia comenzaron a pololear. Lentamente se fueron enamorando. Cada año que pasaba, el amor era más intenso. Juan y Sylvia, Sylvia y Juan se amaron. Se amaron con pasión. Se amaron con ternura. Se amaron con la irresponsabilidad de la juventud.  Guardaron con celo un secreto. Sin que nadie se diera cuenta, ni los padres de ellos, ni sus hermanas, ni sus amigos. Para sorpresa de todos, el 1 de diciembre de 1965 nació Marcela. Es el primer fruto del amor de Juan y Sylvia que al año siguiente se casan. Él continuó con sus estudios de agronomía, que cursaba en la Universidad Católica y una vez que se recibió de Ingeniero Agrónomo lo contrataron en la CORA (Corporación de Reforma Agraria) de Linares. Se fueron a vivir a esa ciudad, eran cuatro, en abril del año 1969 había nacido Juan Andrés, el segundo hijo de esta pareja. Juan conducía la citroneta, era un conductor experto. Sylvia, a su lado, llevaba en brazos a su hija Marcela.

Asunción, hermana de Juan. Muchacha silenciosa, callada. En una familia donde se hablaba fuerte, nunca se le escuchó levantar la voz. Estudiosa, buena alumna. Siempre al lado de su madre, ayudándole a ovillar la lana. No molestaba, no era problema. Se suponía que su vida transcurriría segura y tranquila. En dos meses, ese tiempo desde que salió del colegio hasta que entró a estudiar leyes a la U de Chile, Asunción cambió. Ya no era una niña, era una mujercita. Los demás ya no piensan por ella, eso se acabó y va tomando sus propias decisiones. La Universidad tiene eso que te acerca a otras vivencias, la diversidad enriquece. Descubrió que existían otras realidades, más allá del mundo tranquilo y ordenado del hogar familiar. A diferencia del resto de su familia, orientó su pensamiento político hacia la izquierda, se relacionó con muchachos que pertenecían al partido comunista. El año 1969, uno de ellos tuvo la suerte de conquistarla. Ella era toda vitalidad, encantadora, tierna. En la citroneta, Asunción, la muchacha de veintiún años,  va sentada atrás de Sylvia. Con seguridad mirando el paisaje, encantada con el inicio de la primavera y pensando en ese joven que la esperaba en Santiago.

Juan Riba Selva y Dora Holgado Martín. Padres de Juan y Asunción. Dora la cocinera. Capaz de preparar la mejor paella para un regimiento hambriento. Dora la que se apegaba al cuerpo de su marido en el pasodoble, los dos se movían como si fueran uno solo entre las parejas que bailaban, celebrando el día de San Juan, en el living de la casa de Serrano Nº 472. Dora la tejedora, sus manos aleteaban como si fueran las alas de un colibrí al tejer los chales que luego vendía a la tienda Peñalba. Es ella la que va sentada en la citroneta detrás de su hijo, tal vez pensando que su vida entraba en otra etapa, más tranquila. Su hijo mayor casado, dos nietos y su hija en la Universidad, éxito impensado para ella que no terminó la secundaria.  Juan padre, no sólo de sus hijos, también de aquellos que por circunstancias de la vida nos faltó uno. Galante, caballero, atento con las mujeres, jóvenes o mayores. Juan el carpintero, el electricista. Juan el querendón con los hijos propios y ajenos. Juan el de la sonrisa y la palabra de aliento, el que estaba siempre dispuesto a ayudar. Juan el que no sabe de horas, para él, el tiempo era relativo, una hora no tenía sesenta minutos sino lo que duraba una conversación o una botella de vino. Juan, el abuelo, el yayo de todos. En la citroneta va sentado atrás, al centro. Lleva en sus brazos a su nieto Juan Andrés. En esos brazos, el niño, a pesar de tener sólo tres meses de edad, se debía sentir seguro, lo cuidaba su yayo, el que probablemente le pellizcaba con cariño la nariz y también las mejillas.

La ruta a las Termas de Panimávida estaba despejada. No tenían prisa, se movían a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora.

En sentido contrario se acerca un convoy militar, compuesto por cuatro o cinco camiones —regresan a Linares de un desfile en Colbún—.

El convoy y la citroneta están cada vez más cerca. Pasa el primer camión. Los vehículos militares se mueven a muy corta distancia uno de otro. Los militares van riendo, se hacen gestos de un camión al otro. Repentinamente, sin causa alguna, el tercer vehículo del convoy se abre hacia su izquierda. El camión cubre toda la pista contraria. Juan tuvo menos de un segundo para reaccionar, lo intentó. El camión militar impactó a la citroneta haciéndola retroceder varios metros.

El lugar es un caos, fierros retorcidos, quejidos. Dos personas con vida, el yayo y Juan Andrés.

El niño fallece antes de llegar al hospital de Linares adonde, mal herido y en estado grave es trasladado el yayo Juan.

Los demás, Juan, Sylvia, Marcelita, Asunción y Dora fallecieron en el mismo lugar del accidente.

Al día siguiente, varios autos acompañan a los tres vehículos que transportan los féretros de regreso a Santiago. ¿En cuánto tiempo se recorrieron  esos trescientos kilómetros?. En horas, meses, años, en silencios profundos, en millones de lágrimas derramadas en la ruta. Un llanto para no olvidarlos nunca.

Tres meses después, el yayo Juan pudo ser trasladado desde el hospital en Linares a Santiago, al hogar de su hermano Germán y de su cuñada María, hermana de su esposa Dora, donde pasó varios meses más postrado hasta lograr su recuperación física.

El yayo Juan, nunca preguntó por su esposa o sus hijos y nietos. El yayo Juan continuó por el resto de sus días, hasta el 2 de diciembre del 2005, repartiendo cariño, amor y sonrisas. ¿Cómo soportó el sufrimiento, el dolor de perder a toda su familia?, es una incógnita. Se transformó en el yayo, el abuelo de todos.

 

Septiembre

El invierno da sus últimos estertores resistiéndose a entregar el fruto de sus lluvias.

El ciclo de la vida vence y podemos disfrutar la voluptuosidad de la naturaleza.

Los gritos alegres y aromáticos de los aromos anuncian que se acerca la primavera.

A los sones de trompetas, las añañucas inician el desfile.

Pasan alegres los dedales de oro, cimbrándose al compás de las últimas brisas del invierno.

Los tropaeolum tricolor muestran sus colores rojo, azul y amarillo, justificando que los llamen “soldaditos”.

Las alstroemerias se acicalan para lucir hermosas.

Cientos de pequeñas flores azules, rosadas, rojas, blancas, amarillas las acompañan en silencio, llenando montes y llanuras, ofreciendo una hermosa paleta de colores.

Desde la orilla del camino saludan los huilles, también las lánguidas pasitheas.

Por aquí y por allá se asoman las orquídeas.

Apoyadas en las rocas, indiferentes al desfile, se asolean las garras de león.

Canelos, pataguas, peumos, corontillos, quillayes, chañares, muestran sus mejores trajes en esta fiesta de la naturaleza.

Añoso, desgreñado, cansado de tiempo y olvido cubre con flores amarillas el espino su digna pobreza.

La araucaria, el alerce y la palma, se yerguen orgullosas y vigilantes.

Cruzan la comarca una bandada de tordos.

El chercán, como siempre, apuradito prepara desordenadamente el nido para su cría.

Familias de codornices se juntan para ser parte de la fiesta.

La tenca ordena y cuida el desfile, mientras la turca marca el compás.

Alegres cantan los chirigües.

Septiembre, mes de recuerdos, algunos muy tristes, otros alegres.  Mes de nacimientos, el tuyo y el mío.

Pero hubo uno, que fue de sangre, fuego, odio, asesinatos, venganza, rabia, discursos. Ruido de metralleta, explosión de una bomba, llanto de un niño, grito desesperado y desgarrador de una mujer, toque de queda, exilio de un amigo y de otros que aún no sabemos donde están. Septiembre triste en mi tierra, ese que no debemos olvidar para jamás repetir, el que nos tiene todavía entrampados. EL DE 1973.

Para el dolor de cabeza…

Era el primer sábado de septiembre, y Clara caminaba pausadamente por la avenida Italia. Miró su reloj, eran las trece con dieciocho minutos, todavía tenía tiempo. Había quedado de juntarse con Isabel, su mejor amiga, para almorzar en el Silvestre. Se sentía, no podemos decir que contenta pero si tranquila. A ella le gustaba septiembre, siempre le había ido bien en ese mes, además, en los prunos se asomaban los primeros brotes de la primavera que, de por si, mejora el ánimo. Se detuvo frente a una vitrina, ahí estaba esa blusa que le hacía falta para combinar con el pantalón azul claro que tanto le gustaba. Entró a la tienda y se la probó: largo de manga justo, la caída de los hombros perfecta, tal vez algo transparente para lo que acostumbraba a usar, «a la cresta, ya es hora que haga lo que yo quiera y si a los demás no les gusta o incomoda es problemas de ellos». Salió de la tienda contenta con su paquete.

En cuanto se encontró con su amiga le mostró su última adquisición:

—Preciosa tu blusa, —le dijo Isabel y agregó, ¿no será un poquito transparente?, vas a tener que usarla con un sostén blanco.

—Amiga mía, a lo mejor me la pongo con uno blanco, negro, rojo o quizás sin sostén, estoy más en la onda de hacer lo que yo quiero y como me sienta bien conmigo, si se me ven o no los pezones no me importa, es mi cuerpo.

Siguieron conversando y mientras se servían unas exquisitas ensaladas, Isabel le pregunta:

—¿Como estás con Carlos?

—Digamos que hoy no estamos, —le respondió Clara y continuó—, hace tres semanas que no se nada de él.

—¿Y que vas a hacer?

—Lo más probable es que mañana vaya a su departamento para devolverle la llave y retirar un par de libros que he dejado allá.

—¿Pero que pasa amiga? —le preguntó Isabel— y continuó: el espécimen no está nada de mal, divorciado, sin hijos, —al igual que tú— cuarenta años, deportista, buena pega, tincudo. Además te noto un poco agresiva.

—No sé, a lo mejor el problema soy yo. Se me adelantó cinco años la crisis de los cuarenta. Que se yo. Al menos estas tres semanas he estado bien y como está terminando el invierno en la semana del dieciocho me voy a tomar unos días de vacaciones para hacer un viaje que hace tiempo me lo debo.

—Ya sé, el problema está en el sexo, —afirmó Isabel— y agregó: te exige mucho o es poco.

—La verdad es que a eso yo lo llamo paracetamol.

—¿Paracetamol?… ¿Qué idea es esa?

—Cuando me duele la cabeza me tomo un paracetamol, —responde Clara y continúa— cuando tengo ganas tenemos sexo, pero eso es todo, le falta algo más y no sólo ha sido con Carlos, es lo que me ha pasado con casi todas mis parejas y a ti te consta que no he durado mucho con ninguno. Lo he conversado con el siquiatra y en su opinión debo tratar de ser yo, atreverme, sin pensar en el que dirán y en esa onda estoy ahora, no es agresividad. Por eso te digo que a lo mejor el problema soy yo. En todo caso pasemos a otros tema, cuéntame como estás tú, Eduardo, los niños.

—Ok, pero recuerda que soy tu amiga, nos conocemos desde que estábamos en kínder, así que cualesquiera sean tus problemas cuenta conmigo…

Al día siguiente, domingo, Clara llega sin previo aviso al departamento de un ambiente de Carlos. Abre la puerta y se encuentra con él, desnudo sobre la cama y a su lado una muchacha de alrededor de treinta años, tez blanca y pelo rojizo natural, apenas cubierta con la sábana.

Esos primeros segundos de sorpresa para los tres son eternos. Clara, con su boca y ojos abiertos al máximo. La muchacha tratando de cubrir su cuerpo desnudo con la sábana. Carlos, boquiabierto, llevándose la mano derecha a la frente, balbuceando, señalando a la muchacha que tiene a su lado dice: —te presento a Ana una amiga.

—Mucho gusto, —responde Clara y agrega— es sorprendente conocerte en esta situación, mi nombre es Clara, y —haciendo el gesto de entre comillas, exclama—: ex amiga de Carlos.

Cuando Clara ha terminado de hablar, Ana, sonriendo le hace un gesto con su cabeza invitándola a que se acueste entre los dos.

Clara, en forma espontánea, sin procesar su yo racional, lentamente, y ante la expresión de incredulidad y asombro de Carlos, comienza a desnudarse. Una vez desnuda, dejando ver un cuerpo bien cuidado con horas de gimnasio y deporte, se instala entre los dos y dándole la espalda a Carlos, abraza a Ana y comienza a acariciarla y besarla como nunca lo había hecho con sus parejas. Ana sólo tarda unos segundos en comenzar a responder las caricias de Clara. Ambas se entregan por completo a su pasión, olvidando la presencia de Carlos, quien de pie al lado de la cama percibe que no tiene nada que hacer ahí y después de vestirse, sin pronunciar palabra, hace abandono de su departamento…

Varias horas después Carlos regresa a su hogar, abre sigilosamente la puerta, no hay nadie, todo está en orden y sobre la mesa de centro, además de la llave de su departamento, encuentra una nota que dice:

Carlos querido, muchas gracias por presentarme a tu amiga Ana. Aunque tú no lo entenderás, te aseguro que ella no tiene nada de paracetamol.

Tu “ex amiga” Clara

 

 

 

 

 

La carta

Querido(a) NN:

Espero que no te moleste que te diga querido(a) y tampoco que te trate de tú. Es que son tantas las veces que nos hemos encontrado, que he llegado a quererte y considerarme tu amiga.

Recuerdo una vez en el Metro, una mañana de invierno. Nos miramos por casualidad, varias personas entre tú y yo. Te bajaste en una de las estaciones y desde el andén me buscaste y me encontraste. En la estación siguiente descendí y al salir a la superficie la mañana estaba fría, cielo encapotado anunciando lluvia, me sentí extrañamente más contenta que de costumbre.

¿Bastará para sentirse feliz, un cruce de miradas y un intercambio de sonrisas?

También hubo una ocasión en que quedaste detenido(a) con tu auto obstruyendo el paso de peatones. Te miré con cara enojada y con un gesto te demostré mi malestar. Tú, en vez de hacerte el leso(a), o mirar para otro lado como si no te importaran los ciudadanos de a pie, con cara compungida juntaste tus manos y pediste perdón reconociendo tu falta.

Seguí caminando contenta, nos habíamos entendido.

Un día ibas en bicicleta e interrumpiendo, a mi juicio, el tráfico vehicular. Yo, atrasada a mi reunión, no sólo hice sonar la bocina para que te hicieras a un lado, además te insulté. Me miraste sorprendido(a), y en vez de responder mi grosería con otras de igual o más calibre, me lanzaste un beso, desarmándome por completa e indicándome que fui tonta y mal educada.

Aprendí la lección, voy más tranquila por la vida y a los insultos respondo con un beso.

¿Te acuerdas de esa vez que querías girar a la izquierda y nadie te daba la pasada y con un gesto me dijiste que querías doblar?. Me sentí bien siendo amable, y fue grato recibir la señal de agradecimiento que me devolviste cuando con gestos te indiqué: —adelante, tú primero—.

Cuando nos encontremos nuevamente. Podré estar enferma, o anciana, quizás concentrada en mis quehaceres, triste o alegre, pero lista para recibir y corresponder una sonrisa tuya. ¿Un beso?… los extraños no se besan. ¿Un abrazo?… como si fuera la noche de año nuevo, la única oportunidad en que todos se abrazan con todos, familiares, amigos, desconocidos. Olvidaba que también nos abrazamos y nos sentimos hermanos, cuando nuestra selección de fútbol gana un partido importante o clasifica a un mundial.

Te confieso que a mi, me basta para ser feliz con que seamos amables, y para eso… cuenta conmigo.

Un gran abrazo, nos vemos

Doña Juana y el Maestro

Ese día lunes 25 de marzo de 1957, lo único que él deseaba después de un mes de viajar en tren era llegar pronto a casa, ver a su familia, a sus nietos y dormir al lado de su esposa sintiendo el calorcito de su cuerpo. Estaba cansado, había pasado mala noche, con frío y presentía que venía un invierno duro, que a los sesenta y cinco años se hacía aun más difícil de soportar. Le dolía todo el cuerpo, sentía escalofríos y es probable que tuviera fiebre.

—Maestro, ¿va donde la tía? Le preguntó, la noche anterior, uno de los jóvenes que trabajaba con él.

Antes que él respondiera, otro agregó,

—Maestro, recuerde que mañana es lunes, el nocturno nos pasa a buscar tempranito para llevarnos a Santiago y tiene que llegar con ganas, no vaya a dejar mal parado a los ferrocarriles de la patria.

—Sólo voy a despedirme de la doña, uno nunca sabe si volverá, media jarrita de vino tinto caliente con naranja, para pasar el frío de esta ciudad, nada más. En cuanto a ti José, te puedo decir que con mi vieja nunca nos han faltado las ganas, ¿o tú “creí” que los seis chiquillos son obra del espíritu santo?, —fue la respuesta del Maestro.

A doña Juana, como él la llamaba, y no tía como le decía todo el mundo, la conoció cuatro años atrás en el primer viaje que hizo como empleado de la Cooperativa. Habían llegado a Rancagua un día viernes y al día siguiente lo llevaron sus colegas a que conociera “La Aurora del Alelí”. El local estaba lleno de parroquianos, las muchachas se multiplicaban entre los mineros que, como todos los fines de semana bajaban desde la mina, con dinero y mucho entusiasmo, y los empleados de Ferrocarriles del Estado, que por esos años tenía en Rancagua un centro importante de actividad con sus ramales a Sewell, Coltauco y Doñihue.

De repente sin saber como ni porqué, lo que a menudo sucede en esos lugares, la discusión entre un minero y otro del ferrocarril comenzó a subir de tono. Cuando ya estaban frente a frente, cada uno con una botella en la mano dispuestos a todo, para decidir quién era el primero en pasar una hora con Mireya la reina del local, apareció doña Juana, la dueña del prostíbulo.

Un par de gritos de doña Juana, más un trago y una muchacha buena moza a cada uno de los pendencieros le bastaron para resolver el problema, sin antes advertirles que si no se comportaban bien, pasarían el fin de semana en la comisaría y todos sabían que tenía muy buenos amigos en la policía.

Después de ese incidente, doña Juana se acercó a la mesa que compartía con sus amigos para darle la bienvenida al local y sus colegas lo presentaron como el Maestro.

—¿Profesor? —preguntó doña Juana.

Él, de inmediato aclaró que era un vendedor de telas, empleado de la Cooperativa de Ferrocarriles del Estado, cubriendo el tramo entre Santiago hasta Constitución.

Sus compañeros de trabajo agregaron, que el apodo de Maestro se debía a que podía decir con los ojos cerrados tan sólo con el tacto, el tipo de tela que estaba tocando y, hasta ahora, nunca lo habían visto equivocarse.

—Que bien —dijo ella y agregó, —¿podríamos hacer una pruebita?, así distraemos a los clientes y aprovechamos que olviden la discusión anterior.

El Maestro, seguro de sus capacidades de inmediato aceptó el reto. En cuanto se enteraron los parroquianos del acto que se iba a realizar, le vendaron la vista y como por arte de magia aparecieron distintos retazos de géneros.

Se acomodaron las mesas. En el centro del salón el Maestro. Algunos parroquianos sentados a su alrededor, otros se encaramaron en las sillas o mesas. A medida que corría la prueba se hacían apuestas, dos jarras de vino o chicha que esta vez se equivoca gritaba uno. Póngale además dos “sánguches” de pernil con palta y tomate decía otro, que a esta también le “achunta”. El Maestro, ante cada pedazo de género que le pasaban se tomaba su tiempo en decir el tipo de tela que analizaba aumentando la tensión, lo que hacía que algunos se pusieran nerviosos.

—Acabe pronto Maestro “pa” que siga con la otra, decía uno.

—Si es que se la puede, se escuchaba de otro rincón.

—Claro que se la puede, es de ferrocarriles y no minero, gritaban desde el fondo.

—“Aonde” llegaste tren expreso, que “pasai” de largo en todas las estaciones, se escuchaba como respuesta.

—Pregúntale a tu hermana, era la réplica inmediata.

La fiesta era total. El muchacho del piano ya no tocaba rancheras, tampoco boleros, solo aporreaba el piano con toda su fuerza cada vez que el Maestro entregaba su veredicto.

El resultado fue todo un éxito, el Maestro no se equivocó ni una sola vez, indicó el tipo de género que en cada ocasión le habían pasado, popelinas, brocados, cretonas, sedas, percal, tocuyo, algodón, casimir y varios más, incluso en muchos casos dijo hasta el color del género e hizo una descripción de ellas.

Doña Juana que durante todo el espectáculo había permanecido de pie al lado del Maestro, estaba extasiada observándolo acariciar las telas, la sensualidad, delicadeza que había en sus movimientos, la forma como sus dedos hurgueteaban el paño, recorriendo cada trama con cariño, buscando el sentido de cada hilo, incluso a veces hasta les tomaba el olor, y se imaginó esas manos nómades por su espalda y su vientre, peregrinando, suave y lentamente por cada pliegue de su piel, con ternura, buscando el placer de ambos y no como esas manos brutas, con prisas, manos cuyos dueños no tenían nombre ni rostro que se recordara, manos que pasaron sobre ella como si fuera un mueble tosco de desecho, abandonado, manos apuradas para pagar y desaparecer.

Doña Juana, una vez que el Maestro terminó de recibir las felicitaciones y aplausos de los parroquianos, lo fue a buscar y se lo llevó a su dormitorio. Con el tiempo doña Juana descubrió que el Maestro, no sólo se había escurrido por entre sus muslos, también se había ido a cobijar en su corazón de mujer madura que hacía muchos siglos no sabía del cariño de un hombre. Esperaba con ansias la llegada del tren, viniera del norte o del sur, que dejaba dos vagones en Rancagua, uno con las telas a vender más un coche dormitorio que era el hogar del Maestro en esos viajes. Él, cada vez que llegaba a la ciudad, en cuanto se desocupaba, aunque más no fuera un ratito, iba a saludarla y a saber de su vida.

Doña Juana nunca le dijo al Maestro nada sobre sus sentimientos, sabía que tenía esposa e hijos y que a su modo él la quería y respetaba pero que su vida, su hogar, responsabilidades estaban en Santiago. Era consciente que el Maestro no abandonaría a su familia por la dueña de un lupanar, aunque esta fuera la mejor casa de “huifas” de la calle La Aurora, donde estaban las muchachas más lindas.

Doña Juana se conformaba con las visitas que el Maestro le hacía cuando pasaba por Rancagua, haciéndola sentir mujer con su derecho a amar. Claro que de vez en cuando, se daba la licencia de soñar despierta con la idea que el Maestro llegara un día, con un ramito de alelíes en las manos, y sin previo aviso le dijera la más hermosa declaración de amor que ella se podía imaginar:

—Doña Juana, le cuento que me contrataron para vender telas en el negocio del turco que está aquí en la plaza de Rancagua. ¿Tendrá usted un cuartito que me alquile?…

Cuatro meses después de ese domingo de fines de marzo, le avisaron a doña Juana que el Maestro había fallecido víctima de la epidemia de influenza, que azotó al país ese invierno de 1957. Al día siguiente apareció colgado en la puerta del burdel un letrero que decía, “CERRADO POR DUELO… DE AMOR”.

Desde ese día, nadie ha vuelto a ver a doña Juana. Algunos de los que fueron asiduos clientes de “La Aurora del Alelí”, dicen que se fue para el norte, otros que se suicidó y no faltan aquellos que por los excesos de chicha y vino, cuentan que en las noches de luna llena la han visto caminar por calle La Aurora de Rancagua, tomada del brazo del Maestro.

 

NOTA: Relato finalista, entre trescientos diecinueve trabajos que se presentaron al XIV Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, organizado por la Ilustre Municipalidad de Lebu.

Una imagen, mil recuerdos

Tu me amabas y yo te amaba.
Pero la vida separa a aquellos que se aman,
suavemente, sin hacer ruido,

Jacques Prévert

Me llamo Daniel Gallardo, chileno, fotógrafo profesional, actividad que aprendí y desarrollé en Francia adonde, por “razones administrativas”, con veinticinco años me tuve que ir a vivir en el año 1974. Regresé al país treinta y cinco años después, —mi mujer nunca quiso retornar a Chile, excepto, por una corta estadía, poco antes que falleciera su madre—. Hoy, con sesenta y siete años cumplidos, vivo en Santiago.

También me dedico a impartir cursos de fotografía y como parte del taller del año en curso solicité a mis alumnos obtener a través de la cámara, rostros, aglomeraciones, tratar de mostrar, por medio de la fotografía, la belleza de lo cotidiano. Cada uno debía traer, al menos cinco fotos instantáneas con ese tema, no podían ser retratos familiares ni personas posando.

Al revisar el trabajo entregado por Rodrigo Cortés, —el de mayor edad entre los alumnos del curso, un año menor que yo—, me encontré con la imagen más inesperada de las miles de fotografías que he visto en mi vida, al extremo que llamé de inmediato por teléfono a Rodrigo:

—Hola Rodrigo, habla Daniel, disculpa que te llame a esta hora, ¿puedes hablar?

—Sí, por supuesto, ¿en que le puedo ayudar?

—Me gustaría conversar contigo de la foto que tomaste en el parque Forestal, pero no por teléfono, ¿podría ser mañana tipo ocho de la noche?

Después de algunos segundos de silencio, para sorpresa mía Rodrigo me responde:

—Esa foto es muy importante y especial para mi, conversar sobre ella no va a ser fácil, tiene toda una historia personal, —de nuevo un silencio, aló Rodrigo, ¿estás ahí?— sí, es que … estaba pensando…, tal vez sea el momento de hacerlo, ok, dígame el lugar y yo llego.

Acordamos juntarnos en un pequeño bar, —cerca de la plaza Ñuñoa— donde podríamos conversar con calma y sin el ruido ambiental típico de los restaurantes de Santiago.

Cuando llegué al bar, Rodrigo ya estaba ahí. Ordenamos una tabla de quesos y salame para comer y una botella de Merlot para ayudar a soltar la lengua.

Mientras nos traían lo ordenado hablamos de fotografía en general y en cuanto nos llegó el vino hicimos un brindis por una buena conversación, y le dije:

—Ya Rodrigo, por favor hablemos de esta foto, —y saco de entre mis cuadernos la foto en cuestión—, me interesa saber cuando la tomaste y por que es especial para ti. Es una muy buena toma, los autos en primer plano dejando una suave estela para indicar que están en movimiento, las personas cruzando la calle, el suelo cubierto por hojas de color amarillo y otras rojizas indican que el otoño estaba en su apogeo, todo acompañado por una luminosidad especial hacen que sea una fotografía que a mi me gusta mucho. — Y agregué— hay unas mejoras de encuadre que se deben tener en cuenta, pero eso puede quedar para otra oportunidad.

Rodrigo bebe un par de sorbos de vino y comienza a hablar:

—Gracias por los elogios. La foto es de un día de otoño del 2003, lo recuerdo porque recién había comprado mi primera cámara digital réflex, una Canon de 6 mega pixeles, último modelo y quería probarla, familiarizarme con ese nuevo juguete, —usted sabe lo que es eso—.

»—La toma es desde el puente Loreto mirando hacia el sur, —como puedes ver había mucha gente alrededor— hice varios disparos probando distintos ajustes, jugando con la velocidad de los autos que pasaban por la Avenida José María Caro y las personas que, al otro lado de la avenida, cruzaban Ismael Valdés Vergara. Un par de días después revisé lo que había hecho y analicé con cuidado ésta imagen.

Rodrigo hace una pausa, bebe nuevamente y me dice:

—Nunca he hablado esto con nadie, ni siquiera con mi esposa, no sé por que se lo cuento a usted.

—Estimado, a lo mejor se debe a que los dos somos fotógrafos y tratamos con este arte provocar emociones en aquellos que ven nuestras obras. Además, la vida presenta coincidencias y sorpresas que van mucho más allá de la ficción. Por favor continúa.

»—En ese análisis observo a esta mujer que está como mirando hacia la cámara, —y me la señala con su dedo—, a la que jamás hubiera esperado encontrar en la ciudad, —y pensé, yo tampoco en esa foto y él continúa—.

»—Pocas veces he sentido esa mezcla de dolor, pena y, también de alegría. —Rodrigo hace otra pausa, sigue bebiendo como para tomar fuerza, se pasa la mano derecha por las mejillas y el mentón, siento que está nervioso, reviviendo la sorpresa de ese momento y yo conteniendo mi ansiedad, tratando de hacerlo sentirse cómodo para que siguiera con su historia, y, agrega:

»—Es la mujer que más he amado en mi vida. No sé si ella a mi, tengo mis dudas. Fue una relación hermosa, breve, a veces pienso que la he idealizado a través de los años, y puede ser porque no alcanzó a estar contaminada con la rutina diaria. Hasta el día de hoy la recuerdo con nostalgia.

Me conmueve y asombra lo que escucho, pero quiero saber más y, —tratando de mantenerme sereno—, le pido que si no tiene inconveniente me cuente como la conoció y que pasó con ella.

—Para allá voy, pero antes necesito un poco más de vino, se me está secando la garganta, —me responde y continúa:

»—La conocí a fines de febrero de 1973. Yo llevaba pocos días trabajando en la compañía, —era mi primer trabajo, recién había terminado la universidad—. Ese día coincidimos temprano en el hall del edificio esperando el ascensor. En cuanto la vi, me cautivó su rostro alargado de tez blanca, cejas bien tupidas, dos lunares al lado derecho de la boca, —que en la foto no se aprecian porque está tomado su lado izquierdo— en esos años pelo liso, negro azabache, —ahora se ve algo platinado— y especialmente su hermosa sonrisa, —tiempo después me dijo que se había sonreído al ver la cara de tonto que yo puse cuando la vi—. Literalmente la perseguí hasta que logré que fuéramos amigos, —hablábamos de cine y mucho de poesía— después, en forma natural comenzamos a pololear, a su ritmo, es decir era ella la que definía cuando nos veíamos y las circunstancias, —Rodrigo sigue bebiendo, tiene los ojos brillosos, pienso que está conteniendo el llanto, yo también, y continúa—. La última vez que estuve con ella, fue el lunes 10 de septiembre de 1973, —almorzamos juntos como lo hacíamos a menudo—, habló muy poco era muy reservada. Cuando le pregunté que le pasaba, me dijo que estaba preocupada por un asunto familiar, y que en cuanto saliera del trabajo debía irse de inmediato para su casa a buscar a su madre. El martes fue el golpe. Yo había llegado a la oficina a la hora normal, —me extrañó que ella no llegara—, así que cuando nos avisaron que, por el toque de queda, debíamos abandonar el trabajo y retornar a nuestros hogares la fui a buscar a su oficina y no la encontré. Ninguno de sus compañeros la había visto, no se había presentado.

»—Dos días después se levantó el toque de queda y volvimos a trabajar, no llegó… Desapareció, se esfumó o se evaporó, no sé. Nunca más supe de ella, fui a su casa, era hija única y su madre no sabía nada, juntos fuimos a dar cuenta a carabineros y no nos prestaron mucha atención, excepto un cabo que se nos acercó y nos dijo: —mejor váyanse para sus casas, está todo muy revuelto y hay muchos casos como los de ustedes.

»—Hice averiguaciones con los milicos y no obtuve nada. Un amigo periodista me contactó con la que en esa época era la Vicaría de la Solidaridad, y no tenían ninguna información de ella. Me cambié de trabajo y también perdí contacto con su madre. A veces pensaba que todo no había sido más que un sueño, hasta ese día de la foto en que apareció como si fuera un fantasma y trajo a mi memoria todos los recuerdos, esos inolvidables momentos juntos y también la esperanza, que poco a poco se va perdiendo, de que un día cualquiera apareciera en mi casa y me dijera:—aquí estoy—. Verla en esta foto, después de tantos años, igual de hermosa, —al menos para mi—, como si estuviera mirándome y con eso diciéndome, —perdóname—, me produjo gran pena, y también alegría por saber que estaba con vida y en el país. Recorrí el barrio Lastarria, —que era donde vivía en el año 73— con fotografía en mano preguntando en distintos edificios por ella, nadie la conocía o había visto. La busqué por Facebook y otras redes. Una vez más se había esfumado. Volví varias veces al mismo lugar del que había tomado la foto, como si con ello pudiera repetir ese día, ese instante y volví a llorar al igual que treinta años atrás…

Rodrigo calla. Vuelvo a tomar la fotografía entre mis manos y otra vez la observo con detención. Me cuesta contener la emoción. Para no llorar bebo vino y con voz entrecortada le digo a Rodrigo: —esa mujer se llama Berta y a raíz del golpe tuvo que pasar a la clandestinidad, pertenecía a las juventudes comunistas. Después salió del país, nunca fue detenida ni nada de eso.

—Sí, ese es su nombre, ¿tú la conoces?

—Claro, —Rodrigo se pone tenso, levanta la cabeza, frunce el ceño, empuña sus manos— y continúo, la conocí en Francia siempre llevaba con ella “Los Versos del Capitán”, como si fuera un libro sagrado. Cuando le pregunté por qué el apego a ese libro, me dijo que se lo había regalado un amigo chileno del cual no quiso despedirse, para no ponerlo en una situación difícil. Nunca mencionó su nombre. ¿Se lo regalaste tú?

—Yo le regalé ese libro de Neruda, supongo que será el mismo ejemplar. ¿Sabes donde está? ¿Como la puedo contactar?, sólo para cerrar un capítulo, no podemos volver atrás, pero conversar con Berta después de tanto años sería especial.

—Lo lamento mucho Rodrigo, —extiendo mi brazo por sobre la mesa y tomo su mano—, ya es tarde, Berta falleció cinco años después que le tomaste esa foto. El hombre que, difusamente, aparece en la fotografía a su lado, soy yo, era mi esposa, fue mi compañera en el exilio. Aún enferma era hermosa. Pienso que nunca te olvidó…

Nuestra vecina llamada Eco

—¿Cómo está vecino?, —me dijo ese día lunes cuando, para mi sorpresa, nos encontramos en el supermercado.

—Bien muy bien, —le respondí, mientras trataba de devolverme y huir de ella. Una señora de edad avanzada me cerraba el paso y en mi desesperación casi la envisto. Ya era tarde, por delante tenía a la anciana retándome por mi imprudencia y mala educación y en la retaguardia a la señora Eco que se acercaba a pasos agigantados con su carro lleno de mercaderías y haciéndome preguntas sin parar, unas tras otras sin esperar mis respuestas.

—Vecino, por Dios que están altos los gastos comunes, —me dijo y agregó—, usted como presidente del Comité de Administración debiera hacer algo. Usted sabe que yo soy arrendataria y por tanto no tengo ni voz ni voto, pero me gusta el edificio y los gastos comunes están cada día más alto, tiene que hacer algo, ¿no cree usted?. Además el aseo deja mucho que desear y el nochero se lo pasa durmiendo y el de la tarde, para que decir, es maleducado.

—Señora, este no es el lugar ni el momento de hablar de estos temas, si gusta lo conversamos en el edificio mismo. Ahora disculpe que tengo prisa le dije, agitando mi mano izquierda que sostenía la lista del supermercado.

—A ver, yo le ayudo, —me dice y antes que yo reaccionara me arrebata la lista e inicia su propio análisis—:

—Desde ya le digo que porotos granados congelados no hay.

—Pescado no se lo recomiendo, está muy caro no vale la pena.

—Vaya usted por el pan que sabe lo que prefieren y también por el vino.

—Yo le traigo los champiñones, tomates, espinacas, limones, si no hay molida de pollo le traigo de pavo…

Después me acompañó hasta las cajas y ella siempre hablando y hablando, se colocó detrás mío. Cuando me tocaba mi turno para pagar se despidió y se fue, supongo que a seguir con sus compras o a lo mejor a ver si encontraba otro conocido con quien practicar sus monólogos.

Ella tiene la costumbre de pasar dos o más horas diarias, conversando, en el hall de acceso al edificio con el conserje que hace turno de la mañana, porque el de la tarde, según la señora Eco, no le presta atención a sus requerimientos y quejas por lo que ha solicitado en más de una oportunidad que sea despedido.

Don Gastón, que así se llama el conserje de la mañana ya no sabe que hacer con la señora Eco y ante los reclamos de varios vecinos y en mi calidad de presidente tuve que habar con él:

—Don Gastón, formalmente le informo que tengo varios reclamos por su comportamiento, en cuanto a que usted no está haciendo su trabajo como corresponde ya que pasa horas, todos los días, conversando con la señora arrendataria del departamento 302, así que por favor si esa señora quiere estar todo el día aquí en el hall no tenemos problemas pero usted no debe quedarse ahí parado sin decirle nada. Dígale que lo disculpe pero usted tiene otras tareas que hacer y la deja ahí sola.

—Don Felipe, usted tiene toda la razón. Lo que pasa es que ella me da pena, mucha pena. Pasa todo los días sola, su marido llegaba tarde en la noche y salía a trabajar temprano, eso me lo dijo ella y no es que yo sea copuchento. La señora Eco está muy mal, más aún desde que su marido la abandonó, entonces a mi me da no se que decirle que se vaya. Yo lo hablé con mi señora y ella me dijo, y perdone las palabras, ella es muy deslenguada, —vos soy gil o hueón, te van a pegar una patada en el culo, te vay a quedar sin pega, a lo mejor esa vieja está enamorada de ti y quiere que la consueles y ella va a seguir hablando con otro, porque no le va a faltar quien le preste oreja, —y don Gastón terminó agregando— así que yo le pido que me ayude y hable usted con ella, se lo agradecería.

Un par de días después de esta conversación con don Gastón me reuní con la señora Eco. La reunión duró algo más de una hora, de las cuales yo debo haber hablado alrededor de diez minutos. Finalmente se comprometió a no distraer al conserje y que tendría en cuenta mi consejo de ir a un siquiatra para manejar sus problemas.

La situación en algo cambió, es cierto que don Gastón podía hacer su trabajo, pero la señora Eco igual pasaba horas en la conserjería esperando que llegara alguien para hablarle sobre cualquier tema: el calor, la lluvia, el cambio climático, lo cara que está la vida…

Los vecinos se calmaron con sus quejas y todos nos acostumbramos a verla en la conserjería. Pasó a formar parte del mobiliario, claro que este mueble hablaba, y, unos más que otros, algo de atención le prestábamos.

En todo caso yo cambié mi rutina, y en vez de ir los días lunes al supermercado comencé a realizar las compras los martes y no siempre iba al mismo establecimiento.

Un día sábado, al llegar alrededor del mediodía de mi habitual paseo en bicicleta, encuentro frente al edificio un camión típico de mudanza y a la señora Eco trasladando bultos hacia el camión. En cuanto me ve se acerca y me dice:

—Que bueno que lo encuentro, de todas maneras iba a ir a despedirme de usted y darle las gracias por su ayuda, —y prosigue—, ahí viene mi pareja me voy a vivir con él y quiero presentárselo, eso si, por favor, hable lento, él lee los labios es sordo mudo.

La cuenta

Siete de la tarde y entro al café. Ocupo la primera mesa que encuentro disponible. Me siento con la espalda apoyada en la pared y en cuanto el mozo se acerca ordeno lo de siempre.

Mientras espero que me traigan el pedido observo a mi alrededor. En la mesa a mi derecha, un par de señoras, que habían pasado no hace mucho los sesenta años, conversan alegres, animadamente y me de gusto ver como disfrutan la vida. A mi izquierda, mesa por medio, una pareja de jóvenes, de no más de veinticinco años, dejan que se enfríe el café que tienen al frente, mientras con ambas manos entrelazadas a través de la mesa, sólo tienen tiempo para enamorarse sin importar lo que sucede a su alrededor. Parecen como tantas otras parejas que se juntan a conversar de diversos temas: la película que van a ir a ver, el libro que están leyendo, lo que van a hacer el fin de semana, detalles del próximo viaje para el cual ya tienen los pasajes comprados, de los arreglos que deben hacer en su hogar o de los hijos.

Al frente, algo en diagonal y a una distancia de dos a tres metros, una pareja de entre treinta y cinco y cuarenta años, están consumiendo cada uno un café. Ella, a la que veo de perfil come un trozo de pie de limón, del cual se ha servido un par de bocados. Él, sentado en el lado opuesto, a quien puedo ver casi de frente, acompaña el café con una porción de torta de chocolate que está intacta. A la primera mirada esta pareja no llama mi atención. La distancia y el ruido ambiente, típico de un restaurante, me impiden escuchar lo que conversan. Él habla sin parar, como diciendo un monólogo, ella lo escucha atenta, sin interrumpirlo, con los brazos a veces cruzados o bien puestos sobre la mesa y en algunas ocasiones baja la mano izquierda para rascarse las rodillas y alisarse un poco el vestido. El rostro de él que, al observarlo con más atención, me parece el de una persona molesta, quizás muy molesta con quien tiene al frente. Comienzo a sentirme incómodo cuando él se da cuenta de que los estoy observando. Para disimular saco un lápiz y mi libreta de apuntes, comienzo a tomar notas de lo que observo, mientras que de reojo sigo curioseando lo que pasa con ellos. Me siento como un intruso que tiene pegada la oreja a la puerta de sus vecinos, me cuesta separar la vista de esta pareja. Él tiene los pies cruzados; agita el derecho en señal de nerviosismo. El movimiento de ese pie parece conectado con sus manos: mientras más rápido lo mueve, más rápido señala a la mujer con el dedo índice de la mano derecha. Ella está tensa, tiene la espalda recta, apenas rozando el respaldo de la silla, el mentón levantado. Cuando él, con el torso del cuerpo inclinado sobre la mesa, la señala con el índice acusador, ella responde señalándose a sí misma con ambas manos como preguntando —¿entonces la culpable soy yo?—, a lo cual él reacciona asintiendo con la cabeza y agitando aún más rápido el pie derecho.

No se cuántas veces él la acusó, pienso que por situaciones distintas y a todas, ella responde de la misma forma pidiendo que le confirme que es la responsable, hasta que llega un momento en que no quiere escuchar nada más y, ante un nuevo dedo índice acusador que la señala como culpable, se cubre los oídos con las manos, próxima a estallar en llanto, como con deseos de arrancarse de ese lugar.

Él, al percatarse de que ella se va a retirar, se aleja de la mesa, agita sus manos como indicándole que están conversando en paz, trata de contenerla. Ha perdido el control de la situación, ahora lo tiene la mujer. El hombre pide urgente la cuenta mientras busca en los bolsillos de la chaqueta su billetera, palpa los bolsillos de su pantalón, vuelve a revisar la chaqueta y se da cuenta de que no la tiene. Encoge los hombros y le muestra las manos vacías.

La mujer, que ahora se encuentra sentada de lado, por lo que puedo ver mejor su rostro: tiene la frente fruncida, niega con la cabeza y aprieta los labios. Con esfuerzo comienza a sacarse un anillo del dedo anular de la mano izquierda y, con el índice de su mano derecha, le indica a él que ponga también el suyo sobre la mesa. Una vez que se quita el anillo se pone de pie, toma la cartera, el celular y unos lentes, le muestra el dedo despojado del anillo como diciendo:

—De esto, yo no soy culpable.

Camina hasta donde se encuentra el mozo, a quien algo le dice señalando hacia donde estaba sentada y le entrega el anillo.

Por favor trata de ser breve

—Ahí viene Pepe —anuncia Eduardo.

—Hoy es lunes, así que traerá una nueva historia, —comenta Andrés.

En el “Café con Cuento”, pequeño restaurante ubicado cerca de la estación Tobalaba del Metro de Santiago, se juntan al mediodía, hace ya largos diez años lunes, miércoles y viernes, un grupo de ex compañeros de trabajo, todos jubilados mayores de 75 años. Ese día son ocho contertulios dispuestos a disfrutar una conversación mientras degustan un café, comentando el acontecer, aceptar las bromas y lo que habían hecho ese fin de semana.

Pepe que acostumbra ser el último en llegar, entra al café con la seguridad y desplante que caracteriza a los profesionales de marketing, su especialidad. Se sienta en una de las cabeceras del par de mesas que ocupan sus amigos y en cuanto termina de saludarlos, sin más preámbulo dice:

—No saben lo que me pasó el viernes por la tarde.

—Imposible saberlo si no andábamos contigo —acota Miguel, abogado de profesión.

—Venía del doctor, tenía hora con el urólogo. Qué desagradable, ustedes saben.

—Pepe, te agradecería que nos hicieras un resumen, tengo que estar en mi casa para almorzar a las dos —solicita Joaquín, con la premura habitual de los profesionales que han trabajado en operaciones.

—Este no sabe lo que es un resumen, así que deja lo de siempre y ándate, no termina antes de las dos treinta, —le aconseja Vicente, que como contador-auditor llevaba el control de las cuentas.

—Que esta vez se queden dos para escuchar el cuento y no pasar por mal educados, en una próxima oportunidad se quedan otros, —sugiere Manuel, que por años había trabajado en recursos humanos.

—Pepe, por favor trata de ser breve sin entrar en detalles, sólo lo esencial. La última vez que nos relataste una de tus historias, a pesar de los esfuerzos, nos quedamos dormidos y nunca nos enteramos del final porque te fuiste ofendido —solicita Rubén, como buen profesional de relaciones públicas.

—Se mandó cambiar para no pagar el café —indica el contador-auditor

—Dejen de hablar para escuchar lo que el testigo tiene que contarnos —alega Miguel.

—Considerando que quieren que les cuente lo que me pasó, voy a tratar de ser breve, si me extiendo un poco es por el bien de la historia, de esta forma ustedes se involucrarán más; desde ya les adelanto que es especial —Pepe dibuja en el aire, con ambas manos, una silueta de mujer—, y que a más de uno le hubiera gustado vivirla. También debo pedir prudencia y que mantengan las normas tácitas de confidencialidad que rigen a esta cofradía.

—Muchachos —dice Vicente—, por respeto a nuestro amigo y para llegar a nuestros hogares a almorzar y no a cenar, con el correspondiente malhumor de nuestras esposas, dejemos hablar a Pepe y el que interrumpa su relato paga una ronda de café a todos, ¿de acuerdo?

—Buena idea —dice Andrés, y agrega con la precisión que caracteriza a un ingeniero—: y que el relato no se extienda más allá de ciertos minutos, en caso contrario, si excede el tiempo acordado habrá de pagar él una ronda de café el próximo miércoles o cuando asista.

—Si no hay oposición se timbra el acuerdo, —dice Miguel golpeando con el codo la mesa en señal de caso cerrado.

—Un momento, ¿cuánto tiempo otorgaremos a Pepe? —rectifica Vicente.

—Vicente tiene razón, —señala Manuel y agregó —considerando que ya es la una de la tarde y conociendo la eficiencia del trabajador, propongo que otorguemos a Pepe siete u ocho minutos para contar su caso.

—Es muy poco tiempo, quince minutos sería lo mínimo y aún así tendré que saltarme varias partes —reclama Pepe.

—Parece que esto va para largo, si queremos que nos sigan reservando mesas, pidamos otra ronda de café —sugiere Vicente.

Mientras se hace un nuevo pedido, Eduardo que está sentado en el extremo opuesto a Pepe, y que había estado concentrado en su teléfono inteligente, ajeno a la conversación de sus amigos, manifiesta:

—Colegas, noticia de última hora, por favor presten atención a esto —todas las miradas se concentraron en Eduardo, a quien consideran un hombre ponderado, normalmente callado. Si pedía la atención era por algo que valía la pena escuchar, como lo había demostrado siempre desde su cargo en el área de planificación. Eduardo se ajusta los lentes, aclara la voz con un sorbo de la soda que le habían servido y comienza a leer—: Ha sido detenida por la policía una mujer de treinta y ocho años, de complexión esbelta que vestía con ropa de marca y se dedicaba a embaucar hombres, principalmente de la tercera edad que conducían autos de alto valor económico. Para realizar sus fechorías recurría a distintas argucias, la más utilizada era convencer a su víctima de que necesitaba ayuda para salvar la vida, y, que era imprescindible que la trasladara de urgencia hasta su domicilio con el fin de que pudiera tomar unos medicamentos que había olvidado traer con ella. En el trayecto, según el testimonio de las víctimas de esta argucia, la presunta delincuente realizaba diversos movimientos en señal de que se sentía mal, pero que tan sólo eran para ir mostrando al desnudo partes de su cuerpo. Una vez que llegaban a la dirección que había entregado la mujer, ella simulaba que se desvanecía, solicitando a su acompañante ayuda para llegar hasta el interior de la vivienda, donde después de ingerir una serie de cápsulas que imitaban medicamentos y que, según constató la policía sólo eran pastillas de menta o propoleo, procedía a utilizar sus encantos femeninos, para agradecer el favor que le había hecho su ocasional víctima. Todo terminaba con los dos teniendo actos sexuales, que dejaban extenuado al anciano durmiendo, quien, al despertar, se encontraba solo en la habitación y sobre el velador una tarjeta firmada por la mujer: “Gracias por el coche. No estuviste nada mal para tu edad.”.

»La policía estima que existen más casos que las denuncias hasta ahora recibidas, esto debido a la vergüenza de las víctimas y las posibles consecuencias familiares o de escarnio social.

Una vez que Eduardo termina de leer la noticia, todos ríen y opinan sobre lo acontecido, concuerdan que a ninguno de ellos les pasaría algo igual ya que son zorros viejos, con mucha calle y, lo más importante, que no hay mujer que alguna vez los haya dejado extenuados. Creen que todas las víctimas de dicha mujer tendrían que ser “unos viejos calientes” y por tal motivo se merecían lo que les había pasado. En ese instante y sólo entonces se percatan de que Pepe no se encuentra ya en el café.