Emilia Tellez

Diez de la mañana de un miércoles cualquiera de verano. Hola patrón buenos días, espere aquí, la patrona ya se va. Ahora patrón tire la cola pa’ tras, eso, ahora todo pa’ adelante, quiébrese más, pegadito al árbol, así me deja hueco pa’ otro cliente. Richards toma las llaves del auto por si hay que moverlo. ¡Hoy todo fresquito, la reineta regalá! ¡El congrio colorado, mueve la cola y saluda, listo pa’ el caldillo!. ¡Fresca, fresca la corvina! ¡y pa’ que decir de las machas y almejas!. ¡Está lindo el salmón, calidad chilena!. ¡Aquí están los mejores pejerreyes!. ¡Están re buenos los melones, elija tunas o calameños le tenemos!. ¡De Paine vienen, vienen de Paine las sandías, pase y pruebe, puro jugo, dulces las sandías!. ¡Buenas, buenas las frutillas, solo pa’ clientes con criterio formado!. Dos kilos de papas por favor. De estas le doy patrón, la calidad va por dentro, en la casa lo van a aplaudir, me dice el flaco y me mira con una sonrisa sincera en su rostro, dejando al descubierto su boca donde faltan varios dientes, mientras el ayudante un gordo que algún problema mental debe tener abre la bolsa de plástico para tomar las papas, sin antes mirarme con sus ojos redondos, y diciéndome con un gesto que esas son las buenas. De Limache, de Limache aquí están los mejores tomates, caserita que se le ofrece, elija usted misma, todo está fresquito. Camino hasta la casera de las verduras. Busco en el bolsillo el listado que hicimos ayer y no lo encuentro, ¡mierda!, otra vez lo olvidé. Que le damos caserito, no me diga que otra vez olvidó la lista. Así nomás es, pero vamos de memoria que se puede. Lleve estos choclos, están de miedo pa’ cocido y un kilito de granados, quedará como rey, las dos lechugas de siempre, le doy una escarola y otra marinera que están de miedo. Dame dos berenjenas de las que estén duritas, —¿así como estas?— me dice y se mira el pecho. No sé, tendría que tocarlas para saber como están, —chií y después viene la patrona y me saca la cresta mejor no lleve berenjenas, además usted me dijo una vez que no le gustaban—, zapallos italianos y un corte del otro también, cinco cebollas moradas, llévese las seis por cinco lucas, bueno ya, hoy estoy fácil, cilantro dos atados para el arroz verde, cebollines y tomates con eso me voy. Cuídese casero nos vemos el próximo miércoles. Adiós y no ofrezca tanto las berenjenas. No patrón sólo a usted pero que no se entere la patrona. Hola patrón ¿todo bien?, ¿la patrona?, ¿qué le doy?, todo está re bueno. Rosita, págate de cinco mil ochocientos con diez lucas. Rosita, ¿cuánto le debo por el kilo y medio de frutillas?, ¿no va a llevar queque?, chií está re bueno mi queque, además le tengo humitas y pastel de choclo, no ve que hay que diversificarse Aquí, aquí al buen queque de la Rosita. Vanemie, dos melones tunas al señor. ¿Trabajan los haitianos?. Sí señor mucho más que los chilenos, tienen hambre y no paran de trabajar, mire usted a los chilenitos esos paraos ahí sin hacer nada, ahora se creen gerentes. Llapo Lucho sácate las manos de los bolsillos y ordena allá atrás los limones. Ya pues niños chicoteen los caracoles que la cosa está lenta. Rosita, ¿cómo están las cerezas? Muy buenas, pruebe. Kilo y medio de cerezas, dame un surtido de duraznos, dos docenas, menos conserveros, cinco paltas, un kilo de frutillas. Con esto me voy. Agrégale cinco plátanos. Le saco la cuenta ya. Rosita págate de ocho mil trescientos con diez lucas. Rosita te vas a volver loca. Ya estoy medio loca. A lo mejor enamorada. Nunca tan loca, tengo un pololo, con eso me basta. Me levanto a las cinco de la mañana, cargamos los camiones mientras mi hermano se va a la Vega. En la tarde de vuelta a la casa, descargar los camiones, revisar la fruta, botar la que está mala, sacar las cuentas, comer algo y a acostarse, no me queda tiempo pa’ el amor. Chao casero nos vemos el miércoles, saludo a la señora. Cargo las dos bolsas y me ve el Richards. Yo le llevo las bolsas. ¿Ese es tú hijo? Sí, el concho, tiene 24 años y me salió chueco. ¿Cómo así? es del Chuncho y yo del Colo pero igual lo quiero. Ahí está la pierna, también acomodando autos, este es un emprendimiento familiar —como dicen ahora—. Tengo cuatro hijos y tres nietos de una de mis hijas y yo ya le dije, para la cosa mira que hay hartos condones, después tení que educarlos y tienen que ir a la universidad, no van a ser acomodadores de autos en la feria como yo, no po, si uno quiere que progresen. Fíjese que una de la nietas en octavo tiene cuatro compañeras embarazadas, no hay salud, los papás tienen trece, catorce años. Adiós patrón y que tenga una buena semana, nos vemos el próximo miércoles aquí en la feria de Emilia Téllez, si el pulento no dice otra cosa.

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La viuda negra y sus viuditas

La investigación de la policía y el resultado de la autopsia que se realizó en la ciudad de Castro demostraron, sin lugar a duda ninguna, que el Pancho, —nacido y criado en una pequeña isla distante a dos horas de navegación de la capital provincial del archipiélago de Chiloé— había fallecido en su hogar, el lunes treinta de enero del año dos mil doce alrededor de las veinte horas, a raíz de mordeduras —mientras cortaba alfalfa para el forraje de sus animales—, cuyas características correspondían a las ocasionadas por la araña del trigo.

El informe pericial indicaba que: —la ropa y el calzado del difunto mostraban trazas claras de haber sido utilizadas en esa faena—. Además agregaba: —no se han encontrado los ejemplares de la o las arañas, lo cual no es extraño ya que esto habría ocurrido en el trigal, y los síntomas de estas mordeduras se sienten algunas horas después de ocurridos los hechos—.

De acuerdo con el expediente judicial, la esposa y sus tres hijas le habían prestado al occiso la asistencia apropiada, —considerando las circunstancias del lugar, que no cuenta con atención primaria de salud, el aislamiento físico y la carencia de servicios de comunicaciones que permitan ayuda médica adecuada y oportuna para este tipo de casos—.

El fin de semana anterior, se había celebrado en la isla la tradicional fiesta anual costumbrista, donde el Pancho se había lucido cantando y tocando el acordeón. Por su parte, doña María, la madre, Justiniana la hija mayor, de dieciocho años y Ernestina la menor de doce años recién cumplidos, se afanaron preparando su especialidad: el mejor pulmay que se conocía en la isla, con un caldo que todos decían —podía resucitar hasta un muerto—, pero que no fue suficiente para que el Pancho, esposo de doña María y padre de las niñas, sobreviviera a ese accidente que le costó la vida —como fue catalogado por la Fiscalía—.

Mientras su madre y hermanas preparaban el curanto, y su padre animaba la fiesta, Rosario, de tan sólo quince años, se dedicaba a los quehaceres domésticos y a preparar chapalele que llevaba hasta la plaza del pueblo; recorrido que hacía lentamente para aprovechar el tiempo en su gran afición: —la búsqueda y recolección de insectos, escarabajos, arañas, que los colocaba, algunos vivos otros muertos, en un insectario que guardaba en un lugar seguro, junto a los aperos, herramientas y otros elementos utilizados en la agricultura, lejos del alcance y la vista de cualquier visitante ajeno a la familia.

El día domingo, una vez terminado el encuentro costumbrista, —como era habitual— las mujeres se retiraron a sus casas y los hombres continuaron bebiendo, celebrando el éxito de la fiesta que cada año atraía más y más turistas. Ese veintinueve de enero no fue la excepción, y tampoco escuchar —como a menudo lo hacía los sábados en que los hombres se juntaban a beber en la cantina—, las maldiciones de Pancho porque Dios no le había dado ni siquiera un hijo varón, en vez de eso, tres mujeres. También era normal oírlo exclamar que el que mandaba en su casa era él, solo él y pobre de la yegua o potranca que no le sirviera con prontitud lo que pedía u ordenara.

Cuando el cuerpo del Pancho, una vez terminada la autopsia, retornó de Castro para ser sepultado en la isla, todo el pueblo asistió al funeral. Fue en ese momento cuando la gente comenzó a murmurar sobre la extraña actitud de su familia.

La esposa del difunto, vestida de riguroso negro —si hasta un velo le cubría el rostro— y sus tres hijas, con recatadas vestimentas, eran las que encabezaban el cortejo —que se hace a pie desde la iglesia hasta el cementerio— pero nadie, nadie, las vio derramar, en ningún momento, ni una sola lágrima y tampoco mostraron congoja durante el velorio que tuvo lugar la noche anterior.

No faltó la vecina que hizo ver este hecho a otras mujeres de la comunidad. A lo mejor se debió —decían las que eran más amigas de la señora María— a que hubo que preparar mucha comida para tantísima gente que vino de otros lugares, y quien va a tener tiempo pa’ llorar en esas condiciones.

Otra añadió más antecedentes y contó que: —mientras el pobre Pancho “toavía” estaba en Castro —y no sé pa’ que llevarlo de aquí pa’ allá si el hombre ya estaba siendo juzgado por el Altísimo— , fui a visitar a doña María por si necesitaba algo y no me van a creer ustedes, desde la casa de doña Feliciana a la que pasé a saludar —que está lejazo de la casa del “finao”—, se escuchaba música extranjera a todo volumen. —Hace varios días que pasa eso, si hasta yo la he escuchado y eso que estoy media sorda, —me dijo doña Feliciana y agregó— tan buen hombre que era el Pancho, siempre listo pa’ ayudar en cualquier minga, aquí o en otra isla. Claro que a veces tenía la mano pesada con doña María y las hijas, especialmente con la Rosarito, que camina tan re lento y siempre mirando el suelo.

Las murmuraciones continuaron con el tiempo, al extremo que a la señora María y sus hijas, se las comenzó a llamar como la Viuda Negra y sus Viuditas. Cierto que esta familia con sus actitudes fomentaba los rumores, tanto era así que algunas personas comentaban que antes de cumplir un mes de enterrado el Pancho, su viuda y sus tres hijas vestían llamativas tenidas de colores, e incluso con polleras afirmadas sólo por tirantes, en ese verano que había sido especialmente caluroso.

Así fue como, algunos meses después de la muerte del Pancho, el pueblo entero llegó a la conclusión que en ese lamentable hecho, no había gato encerrado si no más bien, una araña suelta en el momento oportuno.

Sólo dos personas que, por su investidura, estuvieron relacionadas con el caso sabían o sospechaban lo que pudo haber sucedido.

Uno era el cura, confesor de todo el pueblo, que cuando alguien tocaba el tema de la muerte del Pancho, decía con esa entonación de letanía típica de los sacerdotes: —Dios siempre encuentra la forma adecuada de castigar los pecados del hombre—, levantaba la mirada al cielo y en un susurro apenas audible, exclamaba —Señor, perdona mis pecados— y hacía, tres veces, la señal de la cruz.

El otro, era el Fiscal asignado a este caso que en cuanto llegó a la casa del Pancho —al proceder a interrogar a su mujer e hijas—, le llamó la atención la forma que éstas rodeaban y cuidaban a su madre, en un acto de máxima protección y unión.

—¿Como se hizo esos moretones que tiene en los brazos?, —le preguntó el Fiscal a la señora María.

Antes que ella respondiera, intervino Justiniana diciendo: —mi mamá sufre de vértigo y problemas de mareo, pierde el equilibrio y se cae, con decirle que ni a la lancha se puede subir —y agregó— en el hospital de Castro, una doctorsita que la revisó le dijo que tenía problemas en el “oído del medio” o algo aquí en “la cuchara”, —y con la mano derecha señalaba en el pecho la zona del corazón— ¿me entiende usted?.

—Me imagino que normalmente pierde el equilibrio los días sábado en la noche cuando tu papá regresa de la cantina —dijo el Fiscal.

A ese comentario, las cuatro mujeres al unísono, además de mantenerse en silencio bajaron las cabezas y quedaron mirando al suelo, en una tácita señal de afirmación. Solo Rosario lo miró de reojo…

Dos años después, un día de inicio de marzo, se encuentra temprano en la mañana el Fiscal del caso de Pancho —ahora a cargo de la oficina Regional de esa repartición pública—, bebiendo su primer café y leyendo uno de los diarios de la zona. En la sección Sociedad se encuentra con una fotografía donde se ve a Rosario, junto a su madre y hermanas, recibiendo la bendición del cura. La nota que acompaña a la foto, indica que: “Rosario, se embarca en el transbordador a Castro para iniciar sus estudios en la Facultad de Ciencias de una Universidad en la ciudad de Valdivia, y así hacer realidad su gran sueño que es ser entomóloga. Sus estudios han sido posible gracias a una beca lograda, entre otras cosas, por llegar a formar el más grande e importante insectario que se conoce en todo el archipiélago de Chiloé, —en el cual cada ejemplar está debidamente clasificado con el nombre científico y popular—, donde destancan los dos únicos especímenes hembras de  latrodectus mactans, —más conocida como viuda negra o araña del trigo que se han encontrado en la isla”.

El Fiscal sonríe, recuerda que: «las declaraciones de las cuatro mujeres de como habían ocurrido los hechos, fueron consistentes y coherentes, sin existir contradicciones entre ellas y que, a lo mejor, la gente de la isla tenía razón cuando se refería a la muerte del Pancho; porque dos picaduras de araña del trigo —en un mismo sujeto—, no es casualidad». Deja el periódico a un lado, bebe el resto de café y —cerrando en su conciencia el caso del Pancho—, da inicio a su día laboral.

El anciano que quería escribir un cuento sobre un perro llamado Bruno

Instalado en su escritorio —temprano en la mañana de un día viernes cualquiera—, con el procesador de palabras abierto se disponía a escribir sobre un perro llamado Bruno. «¿Por que acerca de un perro y además que su nombre sea Bruno?», «a lo mejor ha sido parte de un sueño que no recuerdo, vaya a saber uno de que lugar vienen las ideas, dicen que son como semillas que se depositan en la mente de uno, esperando las condiciones propicias para su germinación», —se dijo a si mismo.

Miró a través de la ventana, y dejó vagar su mente. Por los resquicios de su memoria fueron apareciendo, desordenadas en el tiempo, escenas de sus ochenta y cinco años de vida. En algunos momentos sonrió, en otros tuvo que pasar sus manos por lo ojos para secar unas lágrimas. De repente apareció la imagen de aquel día, en que sus hijos se habían atrevido a plantear el deseo de contar con una mascota.

Fue durante un almuerzo de domingo, el ambiente estaba relajado, la conversación amena cuando Irene —la menor de los tres que tendría en esa época ocho o nueve años dijo solemnemente:

—Queremos pedirles algo —y miró a sus hermanos para preguntarles—, ¿quién soy?

—Eres la vocera —le dijo Javier en tono apenas audible y su hermano Mario agregó—, club hermanos unidos…

—Aahh ya, ahora me acuerdo, —Irene inspiró profundo para tomar valor y comenzó su petición—. Como vocera del club “Los Hermanos Unidos” humildemente solicitamos contar con un perrito macho —y terminó agregando—, nosotros nos comprometemos hacernos cargo de su cuidado.

—Me parece bien que quieran tener un perrito, pero ustedes tres, primero deben demostrar que son responsables con sus cosas, —exclamó su esposa, para continuar—, tú —le dice a Mario que es el mayor—, debieras dar el ejemplo, tu pieza es un asco por el desorden, ni siquiera encuentras tus cuadernos, ¿vas a comprometerte a hacerte cargo de un perrito? —y continuó— tú, Javier, que apenas puedes con tus deberes escolares ¿serás capaz de asumir más tareas?. No y no, mientras yo viva no habrá un perro, gato, ni ninguna mascota en esta casa. Me basta con todo lo que se debe hacer, para agregar más trabajo y motivos de problemas. —Mirando a su marido dijo—: No se que opinas tú.

—Estoy en pleno acuerdo contigo —y él agregó—. Me llama la atención que ustedes dos que se creen tan machitos, tan hombres, se escondan detrás de su hermana para hacer una petición como ésta y de seguro no le contaron lo que pasó con los hámsters, ¿lo hicieron?. Irene ¿te contaron que pasó con los hamsters?, —los dos hermanos bajaron la cabeza y se miraban de reojo—. No, claro que no te contaron. Resulta que cuando aún no habías nacido, este par, al igual que ahora, pidieron una mascota y les traje dos hamsters, uno para cada uno, con el compromiso que debían cuidar de ellos. Escucha bien que pasó: a los pocos días se murió uno de los animales y estos dos, que se creen muy hombres, se peleaban el hámster muerto en vez del que estaba vivo, tan sólo para librarse de sus compromisos. Esos son tus hermanos.

«¿Qué habré querido decirles con eso de que se creían tan machos?, —se preguntó y continuó—. Hoy, después de tantos años y lo vivido ¿les diría lo mismo?», y vino a su memoria ese día tan especial que cambió su forma de pensar, de ver el mundo, a las personas, instituciones y principalmente a si mismo con sus propios prejuicios.

Estaba con su esposa solos los dos en casa, y llegó Javier, que a esa fecha tendría veinticinco años, preguntó por sus hermanos y cuando le contaron que habían salido, dijo:

—Necesito hablar con ustedes, para mi es muy importante. No se como lo van a tomar, especialmente tú, papá, pero ya no doy más, llevo años pasándolo mal, escondiéndome, sufriendo, llorando en las noches. Espero que me entiendan y en todo caso yo siempre los amaré. —Y sin más preámbulos agregó—: soy homosexual, sí, soy gay y no puedo ni quiero seguir ocultándolo.

Su esposa saltó del asiento para abalanzarse sobre su hijo, abrazarlo, decirle lo mucho que lo amaba y que lo único que debía hacer era tratar de ser feliz.

Eso es lo que más admiraba de su mujer, —siempre sabía que hacer en esas situaciones difíciles, era como si lo tuviera todo pensado y decidido de antes—. En cambio él, se levantó lentamente del asiento, abrazó fuerte a su hijo, le dio un beso, y en silencio abandonó la sala de estar…

Escuchó a su esposa que, en la habitación contigua exclamaba: —¡Hijo, que alegría!, ¡Que, emoción!, ¡Felicitaciones, te amo, los esperamos!, cuando ella llegó a su escritorio le dijo:

—Dos buenas noticias, la primera, vienen a almorzar Javier y Héctor.

—Excelente, hace tiempo que no los vemos y los estaba extrañando. No me vas a creer, hoy me acordé mucho de él. ¿Y la segunda?

—En realidad son dos más, afírmate. Decidieron casarse y además trae su nuevo libro de cuentos, que lo tituló: “Andanzas de un perro llamado Bruno” —y agregó—,vamos, acompáñame, tengo almuerzo para los cuatro, falta el aperitivo.

El anciano miró la página de Word vacía, excepto por el título: El Bruno. Cerró la aplicación e hizo click en la pestaña de “No guardar”, y alegre caminó hasta la cocina a preparar el pisco sour para festejar a su hijo con su pareja.

Solcito de invierno

Llegué a trabajar a esa área de la empresa recién egresado de la universidad, por allá a fines de los años sesenta, sin ninguna experiencia laboral.

Una cosa era ser contratado para desempeñarse ahí, otra muy distinta es que uno fuera aceptado por el grupo. No valía el origen social, ni la universidad en la que uno había estudiado, sólo contaba la capacidad que se tenía la cual cada día se ponía a prueba hasta que se ganaba el respeto y aceptación de todos.

Este era un grupo conformado por alrededor de treinta hombres y una sola mujer, Ester, que en esa época tendría veinticinco años más menos, soltera, simpática y una fuerte personalidad. Aceptaba los piropos con elegancia, pero pobre del que intentara ir un poco más allá, podía quedar en vergüenza delante de todos.

Llevaba trabajando en esa área siete u ocho meses y había logrado una buena integración en el grupo, cuando se presentó una situación especial.

Como siempre, el bus salía a la siete menos cuarto de la esquina de Amunátegui con Alameda para recorrer, cada día, los pocos más de cien kilómetros hasta nuestro lugar de trabajo al sur de Melipilla. Ahí estaban sentados con cara de sueño varios de mis compañeros, entre otros el Huacho Correa —le decían así debido a su fealdad, se corría la voz que debido a eso su padre nunca quiso reconocerlo y su madre lo dio en adopción.

El Huacho era todo un personaje, su cara grande rectangular, cejas bien tupidas, pelo de color negro tieso como clavos, ojos grandes saltones y la mandíbula inferior con un prognatismo pronunciado, confirmaban que su apodo estaba bien puesto, pero bastaba que se pusiera a cantar para que todo el mundo olvidara su fealdad. Tenía una voz preciosa y se sabía todas las canciones de la época, boleros, tangos, rancheras y si eso no fuera suficiente, tenía mucha gracia para declamar hermosos poemas de amores olvidados y sufridos. Era tal su encanto que embrujaba a las mujeres, pocas eran las que se resistían a sus encantos.

Ester esperaba el bus en la plaza Italia y en cuanto subió esa mañana, todos comenzaron a cuchichear, a pegarse en los codos para que la observáramos.

A pesar de que no había unanimidad, en cuanto a que si Ester tenía o no bonitas piernas, para ninguno fue aceptable que esa mañana apareciera vestida con pantalones en vez de falda.

En el bus, Ester, normalmente se sentaba en el primer asiento, y se enfrascaba en la lectura del libro de turno, que también era su forma de decir: —no quiero que nadie me moleste—. Así que para tratar el tema de la vestimenta de ella, se realizó una reunión de urgencia en la parte trasera.

—Si permitimos esto tan sólo una vez, no le vamos a ver nunca más las piernecitas y con lo que a mi me gustan esos tobillos firmes y para que decir de las pantorrillas, —dijo el Huacho que fue el primero en hablar y agregó—, no saben ustedes cuantas noches he soñado que me despierto y las tengo aquí, suavecitas, calientitas —y colocó sus manos sobre el vientre, mientras entornaba los ojos, movía lentamente su cabeza de un lado a otro y se mordía el labio inferior.

El Maleta de Gásfiter, que decía las verdades sin anestesia y por eso el sobrenombre, dijo —yo hablo con ella y le digo que …

Antes que terminara de hablar varios saltaron de inmediato oponiéndose a esa opción. —Este hueón va a dejar la cagada— decía uno y otro añadía, —sería como echarle bencina a la hoguera.

El Rascabuchas, —que no se caracterizaba por opiniones inteligentes— sugirió presentar el caso al sindicato. Todos lo miramos con cara de sorpresa por propuesta tan absurda y el Maleta de Gásfiter sin despeinarse le dice: —compadre, siga calladito rascándose las que le dije que eso usted lo hace bien.

El Richi, tipo respetado y muy querido por todos tomó la palabra:

—Yo tengo al candidato para que hable con ella, es tranquilo, diplomático y no se por qué, me tinca que la Estercita lo escucharía con atención —y señalándome a mi, agrega—, el Flaco.

—No es mala idea —dijo el Maleta de Gásfiter y termina con su sentencia final—, Flaquito, aquí te las estay jugando el todo por el todo, no podís fallar.

Todos aprobaron la propuesta, el único que se opuso fui yo, pero mis argumentos no fueron escuchados, así que me vi en la obligación de aceptar la misión.

El Gitano, —tenía ese sobrenombre porque nadie sabía en que casa ni con quien iba a dormir esa noche— me preguntó: —Flaco, ¿cuál es la estrategia?

—Si estuviéramos en Santiago, la invitaría a almorzar o a servirse un cafecito con unos pastelitos a la salida de la oficina, pero aquí…

—A ver, a ver —dijo el Huacho—, Flaquito, con cuidado, no se esté pasando de listo.

—Huacho, tú sabís que para mi la Ester es un solcito de invierno, alumbra pero no entibia. Además, a ti no te pesca mucho, le respondí.

—Mira Flaco, esa frutita jugosa en algún momento caerá, es cuestión de tiempo, —contestó medio mosqueado el Huacho.

—Bueno si hay tanto problema, que otro se haga cargo de esta situación.

—Nada que ver, Flaquito, usted está a cargo de la misión y diga como podemos ayudar, —acotó el Maletín de Gasfiter y continuó—, Huacho, lo siento, tenís que apoyar no más y seguir trabajando el bla, bla, a mi también me tinca que esa frutita no quiere nada contigo.

—Voy hablar con ella a la hora de almuerzo. Necesito que me dejen una mesa solo para los dos. Cuando la Ester los invite a almorzar ustedes se hacen los lesos, que tienen un equipo fallado, que no pueden, cualquier excusa. ¿Estamos?.

—¡Estamos!— Dijeron todos y se disolvió la reunión.

Al día siguiente, mientras nos acercábamos a plaza Italia la expectación aumentaba. Para mi tranquilidad, Ester vestía falda en vez de pantalones. Todos de forma disimulada me felicitaron, algunos me dieron una palmada en el hombro, otros levantaban el pulgar. El hecho es que me gané la aceptación final del grupo y una sonrisa de agradecimiento del Huacho.

Dos años después, el Huacho Correa cantaba “Somos Novios”, de Armando Manzanero, en la fiesta de matrimonio a la que, Estercita y yo,  lo habíamos invitado.

Viernes, diecinueve de septiembre de 1969

En ese segundo, todos mis segundos

En ese segundo, sólo un segundo

En ese segundo, la Nada

Alfonso Pino P.

A un departamento del edificio ubicado frente a la plaza de Linares, en la provincia del Maule, llegaron a vivir en mayo del año 1969 un matrimonio joven y sus dos hijos —una niña de tres años y cuatro meses de edad y un niño de tan sólo un mes de vida—. De todo el equipaje que llevaban, cuidaban con esmero una maleta atiborrada de proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas.

El viernes, diecinueve de septiembre de ese mismo año, ellos, más los padres y la hermana de él partieron en una citroneta, por un camino secundario, con destino a las Termas de Panimávida. Día de campo que comenzaba a llenarse de flores.

Juan Riba Holgado y Sylvia Barrera Correa. Él nació en 1944. Ella dos años después. Él, pelo castaño, tez blanca, varonilmente buen mozo, simpático, divertido, querido, respetado por compañeros y amigos. Ella trae de Copiapó, la tez morena, el pelo color azabache y liso, ojos color café grandes, dulzura en la mirada.

En el año 1960, con las melodías y letras de las canciones de Elvis Presley, The Platters, Ray Charles, Los Cuatro Ases entre otros, Juan y Sylvia comenzaron a pololear. Lentamente se fueron enamorando. Cada año que pasaba, el amor era más intenso. Juan y Sylvia, Sylvia y Juan se amaron. Se amaron con pasión. Se amaron con ternura. Se amaron con la irresponsabilidad de la juventud.  Guardaron con celo un secreto. Sin que nadie se diera cuenta, ni los padres de ellos, ni sus hermanas, ni sus amigos. Para sorpresa de todos, el 1 de diciembre de 1965 nació Marcela. Es el primer fruto del amor de Juan y Sylvia que al año siguiente se casan. Él continuó con sus estudios de agronomía, que cursaba en la Universidad Católica y una vez que se recibió de Ingeniero Agrónomo lo contrataron en la CORA (Corporación de Reforma Agraria) de Linares. Se fueron a vivir a esa ciudad, eran cuatro, en abril del año 1969 había nacido Juan Andrés, el segundo hijo de esta pareja. Juan conducía la citroneta, era un conductor experto. Sylvia, a su lado, llevaba en brazos a su hija Marcela.

Asunción, hermana de Juan. Muchacha silenciosa, callada. En una familia donde se hablaba fuerte, nunca se le escuchó levantar la voz. Estudiosa, buena alumna. Siempre al lado de su madre, ayudándole a ovillar la lana. No molestaba, no era problema. Se suponía que su vida transcurriría segura y tranquila. En dos meses, ese tiempo desde que salió del colegio hasta que entró a estudiar leyes a la U de Chile, Asunción cambió. Ya no era una niña, era una mujercita. Los demás ya no piensan por ella, eso se acabó y va tomando sus propias decisiones. La Universidad tiene eso que te acerca a otras vivencias, la diversidad enriquece. Descubrió que existían otras realidades, más allá del mundo tranquilo y ordenado del hogar familiar. A diferencia del resto de su familia, orientó su pensamiento político hacia la izquierda, se relacionó con muchachos que pertenecían al partido comunista. El año 1969, uno de ellos tuvo la suerte de conquistarla. Ella era toda vitalidad, encantadora, tierna. En la citroneta, Asunción, la muchacha de veintiún años,  va sentada atrás de Sylvia. Con seguridad mirando el paisaje, encantada con el inicio de la primavera y pensando en ese joven que la esperaba en Santiago.

Juan Riba Selva y Dora Holgado Martín. Padres de Juan y Asunción. Dora la cocinera. Capaz de preparar la mejor paella para un regimiento hambriento. Dora la que se apegaba al cuerpo de su marido en el pasodoble, los dos se movían como si fueran uno solo entre las parejas que bailaban, celebrando el día de San Juan, en el living de la casa de Serrano Nº 472. Dora la tejedora, sus manos aleteaban como si fueran las alas de un colibrí al tejer los chales que luego vendía a la tienda Peñalba. Es ella la que va sentada en la citroneta detrás de su hijo, tal vez pensando que su vida entraba en otra etapa, más tranquila. Su hijo mayor casado, dos nietos y su hija en la Universidad, éxito impensado para ella que no terminó la secundaria.  Juan padre, no sólo de sus hijos, también de aquellos que por circunstancias de la vida nos faltó uno. Galante, caballero, atento con las mujeres, jóvenes o mayores. Juan el carpintero, el electricista. Juan el querendón con los hijos propios y ajenos. Juan el de la sonrisa y la palabra de aliento, el que estaba siempre dispuesto a ayudar. Juan el que no sabe de horas, para él, el tiempo era relativo, una hora no tenía sesenta minutos sino lo que duraba una conversación o una botella de vino. Juan, el abuelo, el yayo de todos. En la citroneta va sentado atrás, al centro. Lleva en sus brazos a su nieto Juan Andrés. En esos brazos, el niño, a pesar de tener sólo tres meses de edad, se debía sentir seguro, lo cuidaba su yayo, el que probablemente le pellizcaba con cariño la nariz y también las mejillas.

La ruta a las Termas de Panimávida estaba despejada. No tenían prisa, se movían a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora.

En sentido contrario se acerca un convoy militar, compuesto por cuatro o cinco camiones —regresan a Linares de un desfile en Colbún—.

El convoy y la citroneta están cada vez más cerca. Pasa el primer camión. Los vehículos militares se mueven a muy corta distancia uno de otro. Los militares van riendo, se hacen gestos de un camión al otro. Repentinamente, sin causa alguna, el tercer vehículo del convoy se abre hacia su izquierda. El camión cubre toda la pista contraria. Juan tuvo menos de un segundo para reaccionar, lo intentó. El camión militar impactó a la citroneta haciéndola retroceder varios metros.

El lugar es un caos, fierros retorcidos, quejidos. Dos personas con vida, el yayo y Juan Andrés.

El niño fallece antes de llegar al hospital de Linares adonde, mal herido y en estado grave es trasladado el yayo Juan.

Los demás, Juan, Sylvia, Marcelita, Asunción y Dora fallecieron en el mismo lugar del accidente.

Al día siguiente, varios autos acompañan a los tres vehículos que transportan los féretros de regreso a Santiago. ¿En cuánto tiempo se recorrieron  esos trescientos kilómetros?. En horas, meses, años, en silencios profundos, en millones de lágrimas derramadas en la ruta. Un llanto para no olvidarlos nunca.

Tres meses después, el yayo Juan pudo ser trasladado desde el hospital en Linares a Santiago, al hogar de su hermano Germán y de su cuñada María, hermana de su esposa Dora, donde pasó varios meses más postrado hasta lograr su recuperación física.

El yayo Juan, nunca preguntó por su esposa o sus hijos y nietos. El yayo Juan continuó por el resto de sus días, hasta el 2 de diciembre del 2005, repartiendo cariño, amor y sonrisas. ¿Cómo soportó el sufrimiento, el dolor de perder a toda su familia?, es una incógnita. Se transformó en el yayo, el abuelo de todos.

 

Septiembre

El invierno da sus últimos estertores resistiéndose a entregar el fruto de sus lluvias.

El ciclo de la vida vence y podemos disfrutar la voluptuosidad de la naturaleza.

Los gritos alegres y aromáticos de los aromos anuncian que se acerca la primavera.

A los sones de trompetas, las añañucas inician el desfile.

Pasan alegres los dedales de oro, cimbrándose al compás de las últimas brisas del invierno.

Los tropaeolum tricolor muestran sus colores rojo, azul y amarillo, justificando que los llamen “soldaditos”.

Las alstroemerias se acicalan para lucir hermosas.

Cientos de pequeñas flores azules, rosadas, rojas, blancas, amarillas las acompañan en silencio, llenando montes y llanuras, ofreciendo una hermosa paleta de colores.

Desde la orilla del camino saludan los huilles, también las lánguidas pasitheas.

Por aquí y por allá se asoman las orquídeas.

Apoyadas en las rocas, indiferentes al desfile, se asolean las garras de león.

Canelos, pataguas, peumos, corontillos, quillayes, chañares, muestran sus mejores trajes en esta fiesta de la naturaleza.

Añoso, desgreñado, cansado de tiempo y olvido cubre con flores amarillas el espino su digna pobreza.

La araucaria, el alerce y la palma, se yerguen orgullosas y vigilantes.

Cruzan la comarca una bandada de tordos.

El chercán, como siempre, apuradito prepara desordenadamente el nido para su cría.

Familias de codornices se juntan para ser parte de la fiesta.

La tenca ordena y cuida el desfile, mientras la turca marca el compás.

Alegres cantan los chirigües.

Septiembre, mes de recuerdos, algunos muy tristes, otros alegres.  Mes de nacimientos, el tuyo y el mío.

Pero hubo uno, que fue de sangre, fuego, odio, asesinatos, venganza, rabia, discursos. Ruido de metralleta, explosión de una bomba, llanto de un niño, grito desesperado y desgarrador de una mujer, toque de queda, exilio de un amigo y de otros que aún no sabemos donde están. Septiembre triste en mi tierra, ese que no debemos olvidar para jamás repetir, el que nos tiene todavía entrampados. EL DE 1973.

Para el dolor de cabeza…

Era el primer sábado de septiembre, y Clara caminaba pausadamente por la avenida Italia. Miró su reloj, eran las trece con dieciocho minutos, todavía tenía tiempo. Había quedado de juntarse con Isabel, su mejor amiga, para almorzar en el Silvestre. Se sentía, no podemos decir que contenta pero si tranquila. A ella le gustaba septiembre, siempre le había ido bien en ese mes, además, en los prunos se asomaban los primeros brotes de la primavera que, de por si, mejora el ánimo. Se detuvo frente a una vitrina, ahí estaba esa blusa que le hacía falta para combinar con el pantalón azul claro que tanto le gustaba. Entró a la tienda y se la probó: largo de manga justo, la caída de los hombros perfecta, tal vez algo transparente para lo que acostumbraba a usar, «a la cresta, ya es hora que haga lo que yo quiera y si a los demás no les gusta o incomoda es problemas de ellos». Salió de la tienda contenta con su paquete.

En cuanto se encontró con su amiga le mostró su última adquisición:

—Preciosa tu blusa, —le dijo Isabel y agregó, ¿no será un poquito transparente?, vas a tener que usarla con un sostén blanco.

—Amiga mía, a lo mejor me la pongo con uno blanco, negro, rojo o quizás sin sostén, estoy más en la onda de hacer lo que yo quiero y como me sienta bien conmigo, si se me ven o no los pezones no me importa, es mi cuerpo.

Siguieron conversando y mientras se servían unas exquisitas ensaladas, Isabel le pregunta:

—¿Como estás con Carlos?

—Digamos que hoy no estamos, —le respondió Clara y continuó—, hace tres semanas que no se nada de él.

—¿Y que vas a hacer?

—Lo más probable es que mañana vaya a su departamento para devolverle la llave y retirar un par de libros que he dejado allá.

—¿Pero que pasa amiga? —le preguntó Isabel— y continuó: el espécimen no está nada de mal, divorciado, sin hijos, —al igual que tú— cuarenta años, deportista, buena pega, tincudo. Además te noto un poco agresiva.

—No sé, a lo mejor el problema soy yo. Se me adelantó cinco años la crisis de los cuarenta. Que se yo. Al menos estas tres semanas he estado bien y como está terminando el invierno en la semana del dieciocho me voy a tomar unos días de vacaciones para hacer un viaje que hace tiempo me lo debo.

—Ya sé, el problema está en el sexo, —afirmó Isabel— y agregó: te exige mucho o es poco.

—La verdad es que a eso yo lo llamo paracetamol.

—¿Paracetamol?… ¿Qué idea es esa?

—Cuando me duele la cabeza me tomo un paracetamol, —responde Clara y continúa— cuando tengo ganas tenemos sexo, pero eso es todo, le falta algo más y no sólo ha sido con Carlos, es lo que me ha pasado con casi todas mis parejas y a ti te consta que no he durado mucho con ninguno. Lo he conversado con el siquiatra y en su opinión debo tratar de ser yo, atreverme, sin pensar en el que dirán y en esa onda estoy ahora, no es agresividad. Por eso te digo que a lo mejor el problema soy yo. En todo caso pasemos a otros tema, cuéntame como estás tú, Eduardo, los niños.

—Ok, pero recuerda que soy tu amiga, nos conocemos desde que estábamos en kínder, así que cualesquiera sean tus problemas cuenta conmigo…

Al día siguiente, domingo, Clara llega sin previo aviso al departamento de un ambiente de Carlos. Abre la puerta y se encuentra con él, desnudo sobre la cama y a su lado una muchacha de alrededor de treinta años, tez blanca y pelo rojizo natural, apenas cubierta con la sábana.

Esos primeros segundos de sorpresa para los tres son eternos. Clara, con su boca y ojos abiertos al máximo. La muchacha tratando de cubrir su cuerpo desnudo con la sábana. Carlos, boquiabierto, llevándose la mano derecha a la frente, balbuceando, señalando a la muchacha que tiene a su lado dice: —te presento a Ana una amiga.

—Mucho gusto, —responde Clara y agrega— es sorprendente conocerte en esta situación, mi nombre es Clara, y —haciendo el gesto de entre comillas, exclama—: ex amiga de Carlos.

Cuando Clara ha terminado de hablar, Ana, sonriendo le hace un gesto con su cabeza invitándola a que se acueste entre los dos.

Clara, en forma espontánea, sin procesar su yo racional, lentamente, y ante la expresión de incredulidad y asombro de Carlos, comienza a desnudarse. Una vez desnuda, dejando ver un cuerpo bien cuidado con horas de gimnasio y deporte, se instala entre los dos y dándole la espalda a Carlos, abraza a Ana y comienza a acariciarla y besarla como nunca lo había hecho con sus parejas. Ana sólo tarda unos segundos en comenzar a responder las caricias de Clara. Ambas se entregan por completo a su pasión, olvidando la presencia de Carlos, quien de pie al lado de la cama percibe que no tiene nada que hacer ahí y después de vestirse, sin pronunciar palabra, hace abandono de su departamento…

Varias horas después Carlos regresa a su hogar, abre sigilosamente la puerta, no hay nadie, todo está en orden y sobre la mesa de centro, además de la llave de su departamento, encuentra una nota que dice:

Carlos querido, muchas gracias por presentarme a tu amiga Ana. Aunque tú no lo entenderás, te aseguro que ella no tiene nada de paracetamol.

Tu “ex amiga” Clara

 

 

 

 

 

La carta

Querido(a) NN:

Espero que no te moleste que te diga querido(a) y tampoco que te trate de tú. Es que son tantas las veces que nos hemos encontrado, que he llegado a quererte y considerarme tu amiga.

Recuerdo una vez en el Metro, una mañana de invierno. Nos miramos por casualidad, varias personas entre tú y yo. Te bajaste en una de las estaciones y desde el andén me buscaste y me encontraste. En la estación siguiente descendí y al salir a la superficie la mañana estaba fría, cielo encapotado anunciando lluvia, me sentí extrañamente más contenta que de costumbre.

¿Bastará para sentirse feliz, un cruce de miradas y un intercambio de sonrisas?

También hubo una ocasión en que quedaste detenido(a) con tu auto obstruyendo el paso de peatones. Te miré con cara enojada y con un gesto te demostré mi malestar. Tú, en vez de hacerte el leso(a), o mirar para otro lado como si no te importaran los ciudadanos de a pie, con cara compungida juntaste tus manos y pediste perdón reconociendo tu falta.

Seguí caminando contenta, nos habíamos entendido.

Un día ibas en bicicleta e interrumpiendo, a mi juicio, el tráfico vehicular. Yo, atrasada a mi reunión, no sólo hice sonar la bocina para que te hicieras a un lado, además te insulté. Me miraste sorprendido(a), y en vez de responder mi grosería con otras de igual o más calibre, me lanzaste un beso, desarmándome por completa e indicándome que fui tonta y mal educada.

Aprendí la lección, voy más tranquila por la vida y a los insultos respondo con un beso.

¿Te acuerdas de esa vez que querías girar a la izquierda y nadie te daba la pasada y con un gesto me dijiste que querías doblar?. Me sentí bien siendo amable, y fue grato recibir la señal de agradecimiento que me devolviste cuando con gestos te indiqué: —adelante, tú primero—.

Cuando nos encontremos nuevamente. Podré estar enferma, o anciana, quizás concentrada en mis quehaceres, triste o alegre, pero lista para recibir y corresponder una sonrisa tuya. ¿Un beso?… los extraños no se besan. ¿Un abrazo?… como si fuera la noche de año nuevo, la única oportunidad en que todos se abrazan con todos, familiares, amigos, desconocidos. Olvidaba que también nos abrazamos y nos sentimos hermanos, cuando nuestra selección de fútbol gana un partido importante o clasifica a un mundial.

Te confieso que a mi, me basta para ser feliz con que seamos amables, y para eso… cuenta conmigo.

Un gran abrazo, nos vemos

Doña Juana y el Maestro

Ese día lunes 25 de marzo de 1957, lo único que él deseaba después de un mes de viajar en tren era llegar pronto a casa, ver a su familia, a sus nietos y dormir al lado de su esposa sintiendo el calorcito de su cuerpo. Estaba cansado, había pasado mala noche, con frío y presentía que venía un invierno duro, que a los sesenta y cinco años se hacía aun más difícil de soportar. Le dolía todo el cuerpo, sentía escalofríos y es probable que tuviera fiebre.

—Maestro, ¿va donde la tía? Le preguntó, la noche anterior, uno de los jóvenes que trabajaba con él.

Antes que él respondiera, otro agregó,

—Maestro, recuerde que mañana es lunes, el nocturno nos pasa a buscar tempranito para llevarnos a Santiago y tiene que llegar con ganas, no vaya a dejar mal parado a los ferrocarriles de la patria.

—Sólo voy a despedirme de la doña, uno nunca sabe si volverá, media jarrita de vino tinto caliente con naranja, para pasar el frío de esta ciudad, nada más. En cuanto a ti José, te puedo decir que con mi vieja nunca nos han faltado las ganas, ¿o tú “creí” que los seis chiquillos son obra del espíritu santo?, —fue la respuesta del Maestro.

A doña Juana, como él la llamaba, y no tía como le decía todo el mundo, la conoció cuatro años atrás en el primer viaje que hizo como empleado de la Cooperativa. Habían llegado a Rancagua un día viernes y al día siguiente lo llevaron sus colegas a que conociera “La Aurora del Alelí”. El local estaba lleno de parroquianos, las muchachas se multiplicaban entre los mineros que, como todos los fines de semana bajaban desde la mina, con dinero y mucho entusiasmo, y los empleados de Ferrocarriles del Estado, que por esos años tenía en Rancagua un centro importante de actividad con sus ramales a Sewell, Coltauco y Doñihue.

De repente sin saber como ni porqué, lo que a menudo sucede en esos lugares, la discusión entre un minero y otro del ferrocarril comenzó a subir de tono. Cuando ya estaban frente a frente, cada uno con una botella en la mano dispuestos a todo, para decidir quién era el primero en pasar una hora con Mireya la reina del local, apareció doña Juana, la dueña del prostíbulo.

Un par de gritos de doña Juana, más un trago y una muchacha buena moza a cada uno de los pendencieros le bastaron para resolver el problema, sin antes advertirles que si no se comportaban bien, pasarían el fin de semana en la comisaría y todos sabían que tenía muy buenos amigos en la policía.

Después de ese incidente, doña Juana se acercó a la mesa que compartía con sus amigos para darle la bienvenida al local y sus colegas lo presentaron como el Maestro.

—¿Profesor? —preguntó doña Juana.

Él, de inmediato aclaró que era un vendedor de telas, empleado de la Cooperativa de Ferrocarriles del Estado, cubriendo el tramo entre Santiago hasta Constitución.

Sus compañeros de trabajo agregaron, que el apodo de Maestro se debía a que podía decir con los ojos cerrados tan sólo con el tacto, el tipo de tela que estaba tocando y, hasta ahora, nunca lo habían visto equivocarse.

—Que bien —dijo ella y agregó, —¿podríamos hacer una pruebita?, así distraemos a los clientes y aprovechamos que olviden la discusión anterior.

El Maestro, seguro de sus capacidades de inmediato aceptó el reto. En cuanto se enteraron los parroquianos del acto que se iba a realizar, le vendaron la vista y como por arte de magia aparecieron distintos retazos de géneros.

Se acomodaron las mesas. En el centro del salón el Maestro. Algunos parroquianos sentados a su alrededor, otros se encaramaron en las sillas o mesas. A medida que corría la prueba se hacían apuestas, dos jarras de vino o chicha que esta vez se equivoca gritaba uno. Póngale además dos “sánguches” de pernil con palta y tomate decía otro, que a esta también le “achunta”. El Maestro, ante cada pedazo de género que le pasaban se tomaba su tiempo en decir el tipo de tela que analizaba aumentando la tensión, lo que hacía que algunos se pusieran nerviosos.

—Acabe pronto Maestro “pa” que siga con la otra, decía uno.

—Si es que se la puede, se escuchaba de otro rincón.

—Claro que se la puede, es de ferrocarriles y no minero, gritaban desde el fondo.

—“Aonde” llegaste tren expreso, que “pasai” de largo en todas las estaciones, se escuchaba como respuesta.

—Pregúntale a tu hermana, era la réplica inmediata.

La fiesta era total. El muchacho del piano ya no tocaba rancheras, tampoco boleros, solo aporreaba el piano con toda su fuerza cada vez que el Maestro entregaba su veredicto.

El resultado fue todo un éxito, el Maestro no se equivocó ni una sola vez, indicó el tipo de género que en cada ocasión le habían pasado, popelinas, brocados, cretonas, sedas, percal, tocuyo, algodón, casimir y varios más, incluso en muchos casos dijo hasta el color del género e hizo una descripción de ellas.

Doña Juana que durante todo el espectáculo había permanecido de pie al lado del Maestro, estaba extasiada observándolo acariciar las telas, la sensualidad, delicadeza que había en sus movimientos, la forma como sus dedos hurgueteaban el paño, recorriendo cada trama con cariño, buscando el sentido de cada hilo, incluso a veces hasta les tomaba el olor, y se imaginó esas manos nómades por su espalda y su vientre, peregrinando, suave y lentamente por cada pliegue de su piel, con ternura, buscando el placer de ambos y no como esas manos brutas, con prisas, manos cuyos dueños no tenían nombre ni rostro que se recordara, manos que pasaron sobre ella como si fuera un mueble tosco de desecho, abandonado, manos apuradas para pagar y desaparecer.

Doña Juana, una vez que el Maestro terminó de recibir las felicitaciones y aplausos de los parroquianos, lo fue a buscar y se lo llevó a su dormitorio. Con el tiempo doña Juana descubrió que el Maestro, no sólo se había escurrido por entre sus muslos, también se había ido a cobijar en su corazón de mujer madura que hacía muchos siglos no sabía del cariño de un hombre. Esperaba con ansias la llegada del tren, viniera del norte o del sur, que dejaba dos vagones en Rancagua, uno con las telas a vender más un coche dormitorio que era el hogar del Maestro en esos viajes. Él, cada vez que llegaba a la ciudad, en cuanto se desocupaba, aunque más no fuera un ratito, iba a saludarla y a saber de su vida.

Doña Juana nunca le dijo al Maestro nada sobre sus sentimientos, sabía que tenía esposa e hijos y que a su modo él la quería y respetaba pero que su vida, su hogar, responsabilidades estaban en Santiago. Era consciente que el Maestro no abandonaría a su familia por la dueña de un lupanar, aunque esta fuera la mejor casa de “huifas” de la calle La Aurora, donde estaban las muchachas más lindas.

Doña Juana se conformaba con las visitas que el Maestro le hacía cuando pasaba por Rancagua, haciéndola sentir mujer con su derecho a amar. Claro que de vez en cuando, se daba la licencia de soñar despierta con la idea que el Maestro llegara un día, con un ramito de alelíes en las manos, y sin previo aviso le dijera la más hermosa declaración de amor que ella se podía imaginar:

—Doña Juana, le cuento que me contrataron para vender telas en el negocio del turco que está aquí en la plaza de Rancagua. ¿Tendrá usted un cuartito que me alquile?…

Cuatro meses después de ese domingo de fines de marzo, le avisaron a doña Juana que el Maestro había fallecido víctima de la epidemia de influenza, que azotó al país ese invierno de 1957. Al día siguiente apareció colgado en la puerta del burdel un letrero que decía, “CERRADO POR DUELO… DE AMOR”.

Desde ese día, nadie ha vuelto a ver a doña Juana. Algunos de los que fueron asiduos clientes de “La Aurora del Alelí”, dicen que se fue para el norte, otros que se suicidó y no faltan aquellos que por los excesos de chicha y vino, cuentan que en las noches de luna llena la han visto caminar por calle La Aurora de Rancagua, tomada del brazo del Maestro.

 

NOTA: Relato finalista, entre trescientos diecinueve trabajos que se presentaron al XIV Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, organizado por la Ilustre Municipalidad de Lebu.

Una imagen, mil recuerdos

Tu me amabas y yo te amaba.
Pero la vida separa a aquellos que se aman,
suavemente, sin hacer ruido,

Jacques Prévert

Me llamo Daniel Gallardo, chileno, fotógrafo profesional, actividad que aprendí y desarrollé en Francia adonde, por “razones administrativas”, con veinticinco años me tuve que ir a vivir en el año 1974. Regresé al país treinta y cinco años después, —mi mujer nunca quiso retornar a Chile, excepto, por una corta estadía, poco antes que falleciera su madre—. Hoy, con sesenta y siete años cumplidos, vivo en Santiago.

También me dedico a impartir cursos de fotografía y como parte del taller del año en curso solicité a mis alumnos obtener a través de la cámara, rostros, aglomeraciones, tratar de mostrar, por medio de la fotografía, la belleza de lo cotidiano. Cada uno debía traer, al menos cinco fotos instantáneas con ese tema, no podían ser retratos familiares ni personas posando.

Al revisar el trabajo entregado por Rodrigo Cortés, —el de mayor edad entre los alumnos del curso, un año menor que yo—, me encontré con la imagen más inesperada de las miles de fotografías que he visto en mi vida, al extremo que llamé de inmediato por teléfono a Rodrigo:

—Hola Rodrigo, habla Daniel, disculpa que te llame a esta hora, ¿puedes hablar?

—Sí, por supuesto, ¿en que le puedo ayudar?

—Me gustaría conversar contigo de la foto que tomaste en el parque Forestal, pero no por teléfono, ¿podría ser mañana tipo ocho de la noche?

Después de algunos segundos de silencio, para sorpresa mía Rodrigo me responde:

—Esa foto es muy importante y especial para mi, conversar sobre ella no va a ser fácil, tiene toda una historia personal, —de nuevo un silencio, aló Rodrigo, ¿estás ahí?— sí, es que … estaba pensando…, tal vez sea el momento de hacerlo, ok, dígame el lugar y yo llego.

Acordamos juntarnos en un pequeño bar, —cerca de la plaza Ñuñoa— donde podríamos conversar con calma y sin el ruido ambiental típico de los restaurantes de Santiago.

Cuando llegué al bar, Rodrigo ya estaba ahí. Ordenamos una tabla de quesos y salame para comer y una botella de Merlot para ayudar a soltar la lengua.

Mientras nos traían lo ordenado hablamos de fotografía en general y en cuanto nos llegó el vino hicimos un brindis por una buena conversación, y le dije:

—Ya Rodrigo, por favor hablemos de esta foto, —y saco de entre mis cuadernos la foto en cuestión—, me interesa saber cuando la tomaste y por que es especial para ti. Es una muy buena toma, los autos en primer plano dejando una suave estela para indicar que están en movimiento, las personas cruzando la calle, el suelo cubierto por hojas de color amarillo y otras rojizas indican que el otoño estaba en su apogeo, todo acompañado por una luminosidad especial hacen que sea una fotografía que a mi me gusta mucho. — Y agregué— hay unas mejoras de encuadre que se deben tener en cuenta, pero eso puede quedar para otra oportunidad.

Rodrigo bebe un par de sorbos de vino y comienza a hablar:

—Gracias por los elogios. La foto es de un día de otoño del 2003, lo recuerdo porque recién había comprado mi primera cámara digital réflex, una Canon de 6 mega pixeles, último modelo y quería probarla, familiarizarme con ese nuevo juguete, —usted sabe lo que es eso—.

»—La toma es desde el puente Loreto mirando hacia el sur, —como puedes ver había mucha gente alrededor— hice varios disparos probando distintos ajustes, jugando con la velocidad de los autos que pasaban por la Avenida José María Caro y las personas que, al otro lado de la avenida, cruzaban Ismael Valdés Vergara. Un par de días después revisé lo que había hecho y analicé con cuidado ésta imagen.

Rodrigo hace una pausa, bebe nuevamente y me dice:

—Nunca he hablado esto con nadie, ni siquiera con mi esposa, no sé por que se lo cuento a usted.

—Estimado, a lo mejor se debe a que los dos somos fotógrafos y tratamos con este arte provocar emociones en aquellos que ven nuestras obras. Además, la vida presenta coincidencias y sorpresas que van mucho más allá de la ficción. Por favor continúa.

»—En ese análisis observo a esta mujer que está como mirando hacia la cámara, —y me la señala con su dedo—, a la que jamás hubiera esperado encontrar en la ciudad, —y pensé, yo tampoco en esa foto y él continúa—.

»—Pocas veces he sentido esa mezcla de dolor, pena y, también de alegría. —Rodrigo hace otra pausa, sigue bebiendo como para tomar fuerza, se pasa la mano derecha por las mejillas y el mentón, siento que está nervioso, reviviendo la sorpresa de ese momento y yo conteniendo mi ansiedad, tratando de hacerlo sentirse cómodo para que siguiera con su historia, y, agrega:

»—Es la mujer que más he amado en mi vida. No sé si ella a mi, tengo mis dudas. Fue una relación hermosa, breve, a veces pienso que la he idealizado a través de los años, y puede ser porque no alcanzó a estar contaminada con la rutina diaria. Hasta el día de hoy la recuerdo con nostalgia.

Me conmueve y asombra lo que escucho, pero quiero saber más y, —tratando de mantenerme sereno—, le pido que si no tiene inconveniente me cuente como la conoció y que pasó con ella.

—Para allá voy, pero antes necesito un poco más de vino, se me está secando la garganta, —me responde y continúa:

»—La conocí a fines de febrero de 1973. Yo llevaba pocos días trabajando en la compañía, —era mi primer trabajo, recién había terminado la universidad—. Ese día coincidimos temprano en el hall del edificio esperando el ascensor. En cuanto la vi, me cautivó su rostro alargado de tez blanca, cejas bien tupidas, dos lunares al lado derecho de la boca, —que en la foto no se aprecian porque está tomado su lado izquierdo— en esos años pelo liso, negro azabache, —ahora se ve algo platinado— y especialmente su hermosa sonrisa, —tiempo después me dijo que se había sonreído al ver la cara de tonto que yo puse cuando la vi—. Literalmente la perseguí hasta que logré que fuéramos amigos, —hablábamos de cine y mucho de poesía— después, en forma natural comenzamos a pololear, a su ritmo, es decir era ella la que definía cuando nos veíamos y las circunstancias, —Rodrigo sigue bebiendo, tiene los ojos brillosos, pienso que está conteniendo el llanto, yo también, y continúa—. La última vez que estuve con ella, fue el lunes 10 de septiembre de 1973, —almorzamos juntos como lo hacíamos a menudo—, habló muy poco era muy reservada. Cuando le pregunté que le pasaba, me dijo que estaba preocupada por un asunto familiar, y que en cuanto saliera del trabajo debía irse de inmediato para su casa a buscar a su madre. El martes fue el golpe. Yo había llegado a la oficina a la hora normal, —me extrañó que ella no llegara—, así que cuando nos avisaron que, por el toque de queda, debíamos abandonar el trabajo y retornar a nuestros hogares la fui a buscar a su oficina y no la encontré. Ninguno de sus compañeros la había visto, no se había presentado.

»—Dos días después se levantó el toque de queda y volvimos a trabajar, no llegó… Desapareció, se esfumó o se evaporó, no sé. Nunca más supe de ella, fui a su casa, era hija única y su madre no sabía nada, juntos fuimos a dar cuenta a carabineros y no nos prestaron mucha atención, excepto un cabo que se nos acercó y nos dijo: —mejor váyanse para sus casas, está todo muy revuelto y hay muchos casos como los de ustedes.

»—Hice averiguaciones con los milicos y no obtuve nada. Un amigo periodista me contactó con la que en esa época era la Vicaría de la Solidaridad, y no tenían ninguna información de ella. Me cambié de trabajo y también perdí contacto con su madre. A veces pensaba que todo no había sido más que un sueño, hasta ese día de la foto en que apareció como si fuera un fantasma y trajo a mi memoria todos los recuerdos, esos inolvidables momentos juntos y también la esperanza, que poco a poco se va perdiendo, de que un día cualquiera apareciera en mi casa y me dijera:—aquí estoy—. Verla en esta foto, después de tantos años, igual de hermosa, —al menos para mi—, como si estuviera mirándome y con eso diciéndome, —perdóname—, me produjo gran pena, y también alegría por saber que estaba con vida y en el país. Recorrí el barrio Lastarria, —que era donde vivía en el año 73— con fotografía en mano preguntando en distintos edificios por ella, nadie la conocía o había visto. La busqué por Facebook y otras redes. Una vez más se había esfumado. Volví varias veces al mismo lugar del que había tomado la foto, como si con ello pudiera repetir ese día, ese instante y volví a llorar al igual que treinta años atrás…

Rodrigo calla. Vuelvo a tomar la fotografía entre mis manos y otra vez la observo con detención. Me cuesta contener la emoción. Para no llorar bebo vino y con voz entrecortada le digo a Rodrigo: —esa mujer se llama Berta y a raíz del golpe tuvo que pasar a la clandestinidad, pertenecía a las juventudes comunistas. Después salió del país, nunca fue detenida ni nada de eso.

—Sí, ese es su nombre, ¿tú la conoces?

—Claro, —Rodrigo se pone tenso, levanta la cabeza, frunce el ceño, empuña sus manos— y continúo, la conocí en Francia siempre llevaba con ella “Los Versos del Capitán”, como si fuera un libro sagrado. Cuando le pregunté por qué el apego a ese libro, me dijo que se lo había regalado un amigo chileno del cual no quiso despedirse, para no ponerlo en una situación difícil. Nunca mencionó su nombre. ¿Se lo regalaste tú?

—Yo le regalé ese libro de Neruda, supongo que será el mismo ejemplar. ¿Sabes donde está? ¿Como la puedo contactar?, sólo para cerrar un capítulo, no podemos volver atrás, pero conversar con Berta después de tanto años sería especial.

—Lo lamento mucho Rodrigo, —extiendo mi brazo por sobre la mesa y tomo su mano—, ya es tarde, Berta falleció cinco años después que le tomaste esa foto. El hombre que, difusamente, aparece en la fotografía a su lado, soy yo, era mi esposa, fue mi compañera en el exilio. Aún enferma era hermosa. Pienso que nunca te olvidó…