La carta

Querido(a) NN:

Espero que no te moleste que te diga querido(a) y tampoco que te trate de tú. Es que son tantas las veces que nos hemos encontrado, que he llegado a quererte y considerarme tu amiga.

Recuerdo una vez en el Metro, una mañana de invierno. Nos miramos por casualidad, varias personas entre tú y yo. Te bajaste en una de las estaciones y desde el andén me buscaste y me encontraste. En la estación siguiente descendí y al salir a la superficie la mañana estaba fría, cielo encapotado anunciando lluvia, me sentí extrañamente más contenta que de costumbre.

¿Bastará para sentirse feliz, un cruce de miradas y un intercambio de sonrisas?

También hubo una ocasión en que quedaste detenido(a) con tu auto obstruyendo el paso de peatones. Te miré con cara enojada y con un gesto te demostré mi malestar. Tú, en vez de hacerte el leso(a), o mirar para otro lado como si no te importaran los ciudadanos de a pie, con cara compungida juntaste tus manos y pediste perdón reconociendo tu falta.

Seguí caminando contenta, nos habíamos entendido.

Un día ibas en bicicleta e interrumpiendo, a mi juicio, el tráfico vehicular. Yo, atrasada a mi reunión, no sólo hice sonar la bocina para que te hicieras a un lado, además te insulté. Me miraste sorprendido(a), y en vez de responder mi grosería con otras de igual o más calibre, me lanzaste un beso, desarmándome por completa e indicándome que fui tonta y mal educada.

Aprendí la lección, voy más tranquila por la vida y a los insultos respondo con un beso.

¿Te acuerdas de esa vez que querías girar a la izquierda y nadie te daba la pasada y con un gesto me dijiste que querías doblar?. Me sentí bien siendo amable, y fue grato recibir la señal de agradecimiento que me devolviste cuando con gestos te indiqué: —adelante, tú primero—.

Cuando nos encontremos nuevamente. Podré estar enferma, o anciana, quizás concentrada en mis quehaceres, triste o alegre, pero lista para recibir y corresponder una sonrisa tuya. ¿Un beso?… los extraños no se besan. ¿Un abrazo?… como si fuera la noche de año nuevo, la única oportunidad en que todos se abrazan con todos, familiares, amigos, desconocidos. Olvidaba que también nos abrazamos y nos sentimos hermanos, cuando nuestra selección de fútbol gana un partido importante o clasifica a un mundial.

Te confieso que a mi, me basta para ser feliz con que seamos amables, y para eso… cuenta conmigo.

Un gran abrazo, nos vemos

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Doña Juana y el Maestro

Ese día lunes 25 de marzo de 1957, lo único que él deseaba después de un mes de viajar en tren era llegar pronto a casa, ver a su familia, a sus nietos y dormir al lado de su esposa sintiendo el calorcito de su cuerpo. Estaba cansado, había pasado mala noche, con frío y presentía que venía un invierno duro, que a los sesenta y cinco años se hacía aun más difícil de soportar. Le dolía todo el cuerpo, sentía escalofríos y es probable que tuviera fiebre.

—Maestro, ¿va donde la tía? Le preguntó, la noche anterior, uno de los jóvenes que trabajaba con él.

Antes que él respondiera, otro agregó,

—Maestro, recuerde que mañana es lunes, el nocturno nos pasa a buscar tempranito para llevarnos a Santiago y tiene que llegar con ganas, no vaya a dejar mal parado a los ferrocarriles de la patria.

—Sólo voy a despedirme de la doña, uno nunca sabe si volverá, media jarrita de vino tinto caliente con naranja, para pasar el frío de esta ciudad, nada más. En cuanto a ti José, te puedo decir que con mi vieja nunca nos han faltado las ganas, ¿o tú “creí” que los seis chiquillos son obra del espíritu santo?, —fue la respuesta del Maestro.

A doña Juana, como él la llamaba, y no tía como le decía todo el mundo, la conoció cuatro años atrás en el primer viaje que hizo como empleado de la Cooperativa. Habían llegado a Rancagua un día viernes y al día siguiente lo llevaron sus colegas a que conociera “La Aurora del Alelí”. El local estaba lleno de parroquianos, las muchachas se multiplicaban entre los mineros que, como todos los fines de semana bajaban desde la mina, con dinero y mucho entusiasmo, y los empleados de Ferrocarriles del Estado, que por esos años tenía en Rancagua un centro importante de actividad con sus ramales a Sewell, Coltauco y Doñihue.

De repente sin saber como ni porqué, lo que a menudo sucede en esos lugares, la discusión entre un minero y otro del ferrocarril comenzó a subir de tono. Cuando ya estaban frente a frente, cada uno con una botella en la mano dispuestos a todo, para decidir quién era el primero en pasar una hora con Mireya la reina del local, apareció doña Juana, la dueña del prostíbulo.

Un par de gritos de doña Juana, más un trago y una muchacha buena moza a cada uno de los pendencieros le bastaron para resolver el problema, sin antes advertirles que si no se comportaban bien, pasarían el fin de semana en la comisaría y todos sabían que tenía muy buenos amigos en la policía.

Después de ese incidente, doña Juana se acercó a la mesa que compartía con sus amigos para darle la bienvenida al local y sus colegas lo presentaron como el Maestro.

—¿Profesor? —preguntó doña Juana.

Él, de inmediato aclaró que era un vendedor de telas, empleado de la Cooperativa de Ferrocarriles del Estado, cubriendo el tramo entre Santiago hasta Constitución.

Sus compañeros de trabajo agregaron, que el apodo de Maestro se debía a que podía decir con los ojos cerrados tan sólo con el tacto, el tipo de tela que estaba tocando y, hasta ahora, nunca lo habían visto equivocarse.

—Que bien —dijo ella y agregó, —¿podríamos hacer una pruebita?, así distraemos a los clientes y aprovechamos que olviden la discusión anterior.

El Maestro, seguro de sus capacidades de inmediato aceptó el reto. En cuanto se enteraron los parroquianos del acto que se iba a realizar, le vendaron la vista y como por arte de magia aparecieron distintos retazos de géneros.

Se acomodaron las mesas. En el centro del salón el Maestro. Algunos parroquianos sentados a su alrededor, otros se encaramaron en las sillas o mesas. A medida que corría la prueba se hacían apuestas, dos jarras de vino o chicha que esta vez se equivoca gritaba uno. Póngale además dos “sánguches” de pernil con palta y tomate decía otro, que a esta también le “achunta”. El Maestro, ante cada pedazo de género que le pasaban se tomaba su tiempo en decir el tipo de tela que analizaba aumentando la tensión, lo que hacía que algunos se pusieran nerviosos.

—Acabe pronto Maestro “pa” que siga con la otra, decía uno.

—Si es que se la puede, se escuchaba de otro rincón.

—Claro que se la puede, es de ferrocarriles y no minero, gritaban desde el fondo.

—“Aonde” llegaste tren expreso, que “pasai” de largo en todas las estaciones, se escuchaba como respuesta.

—Pregúntale a tu hermana, era la réplica inmediata.

La fiesta era total. El muchacho del piano ya no tocaba rancheras, tampoco boleros, solo aporreaba el piano con toda su fuerza cada vez que el Maestro entregaba su veredicto.

El resultado fue todo un éxito, el Maestro no se equivocó ni una sola vez, indicó el tipo de género que en cada ocasión le habían pasado, popelinas, brocados, cretonas, sedas, percal, tocuyo, algodón, casimir y varios más, incluso en muchos casos dijo hasta el color del género e hizo una descripción de ellas.

Doña Juana que durante todo el espectáculo había permanecido de pie al lado del Maestro, estaba extasiada observándolo acariciar las telas, la sensualidad, delicadeza que había en sus movimientos, la forma como sus dedos hurgueteaban el paño, recorriendo cada trama con cariño, buscando el sentido de cada hilo, incluso a veces hasta les tomaba el olor, y se imaginó esas manos nómades por su espalda y su vientre, peregrinando, suave y lentamente por cada pliegue de su piel, con ternura, buscando el placer de ambos y no como esas manos brutas, con prisas, manos cuyos dueños no tenían nombre ni rostro que se recordara, manos que pasaron sobre ella como si fuera un mueble tosco de desecho, abandonado, manos apuradas para pagar y desaparecer.

Doña Juana, una vez que el Maestro terminó de recibir las felicitaciones y aplausos de los parroquianos, lo fue a buscar y se lo llevó a su dormitorio. Con el tiempo doña Juana descubrió que el Maestro, no sólo se había escurrido por entre sus muslos, también se había ido a cobijar en su corazón de mujer madura que hacía muchos siglos no sabía del cariño de un hombre. Esperaba con ansias la llegada del tren, viniera del norte o del sur, que dejaba dos vagones en Rancagua, uno con las telas a vender más un coche dormitorio que era el hogar del Maestro en esos viajes. Él, cada vez que llegaba a la ciudad, en cuanto se desocupaba, aunque más no fuera un ratito, iba a saludarla y a saber de su vida.

Doña Juana nunca le dijo al Maestro nada sobre sus sentimientos, sabía que tenía esposa e hijos y que a su modo él la quería y respetaba pero que su vida, su hogar, responsabilidades estaban en Santiago. Era consciente que el Maestro no abandonaría a su familia por la dueña de un lupanar, aunque esta fuera la mejor casa de “huifas” de la calle La Aurora, donde estaban las muchachas más lindas.

Doña Juana se conformaba con las visitas que el Maestro le hacía cuando pasaba por Rancagua, haciéndola sentir mujer con su derecho a amar. Claro que de vez en cuando, se daba la licencia de soñar despierta con la idea que el Maestro llegara un día, con un ramito de alelíes en las manos, y sin previo aviso le dijera la más hermosa declaración de amor que ella se podía imaginar:

—Doña Juana, le cuento que me contrataron para vender telas en el negocio del turco que está aquí en la plaza de Rancagua. ¿Tendrá usted un cuartito que me alquile?…

Cuatro meses después de ese domingo de fines de marzo, le avisaron a doña Juana que el Maestro había fallecido víctima de la epidemia de influenza, que azotó al país ese invierno de 1957. Al día siguiente apareció colgado en la puerta del burdel un letrero que decía, “CERRADO POR DUELO… DE AMOR”.

Desde ese día, nadie ha vuelto a ver a doña Juana. Algunos de los que fueron asiduos clientes de “La Aurora del Alelí”, dicen que se fue para el norte, otros que se suicidó y no faltan aquellos que por los excesos de chicha y vino, cuentan que en las noches de luna llena la han visto caminar por calle La Aurora de Rancagua, tomada del brazo del Maestro.

 

NOTA: Relato finalista, entre trescientos diecinueve trabajos que se presentaron al XIV Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, organizado por la Ilustre Municipalidad de Lebu.