Solcito de invierno

Llegué a trabajar a esa área de la empresa recién egresado de la universidad, por allá a fines de los años sesenta, sin ninguna experiencia laboral.

Una cosa era ser contratado para desempeñarse ahí, otra muy distinta es que uno fuera aceptado por el grupo. No valía el origen social, ni la universidad en la que uno había estudiado, sólo contaba la capacidad que se tenía la cual cada día se ponía a prueba hasta que se ganaba el respeto y aceptación de todos.

Este era un grupo conformado por alrededor de treinta hombres y una sola mujer, Ester, que en esa época tendría veinticinco años más menos, soltera, simpática y una fuerte personalidad. Aceptaba los piropos con elegancia, pero pobre del que intentara ir un poco más allá, podía quedar en vergüenza delante de todos.

Llevaba trabajando en esa área siete u ocho meses y había logrado una buena integración en el grupo, cuando se presentó una situación especial.

Como siempre, el bus salía a la siete menos cuarto de la esquina de Amunátegui con Alameda para recorrer, cada día, los pocos más de cien kilómetros hasta nuestro lugar de trabajo al sur de Melipilla. Ahí estaban sentados con cara de sueño varios de mis compañeros, entre otros el Huacho Correa —le decían así debido a su fealdad, se corría la voz que debido a eso su padre nunca quiso reconocerlo y su madre lo dio en adopción.

El Huacho era todo un personaje, su cara grande rectangular, cejas bien tupidas, pelo de color negro tieso como clavos, ojos grandes saltones y la mandíbula inferior con un prognatismo pronunciado, confirmaban que su apodo estaba bien puesto, pero bastaba que se pusiera a cantar para que todo el mundo olvidara su fealdad. Tenía una voz preciosa y se sabía todas las canciones de la época, boleros, tangos, rancheras y si eso no fuera suficiente, tenía mucha gracia para declamar hermosos poemas de amores olvidados y sufridos. Era tal su encanto que embrujaba a las mujeres, pocas eran las que se resistían a sus encantos.

Ester esperaba el bus en la plaza Italia y en cuanto subió esa mañana, todos comenzaron a cuchichear, a pegarse en los codos para que la observáramos.

A pesar de que no había unanimidad, en cuanto a que si Ester tenía o no bonitas piernas, para ninguno fue aceptable que esa mañana apareciera vestida con pantalones en vez de falda.

En el bus, Ester, normalmente se sentaba en el primer asiento, y se enfrascaba en la lectura del libro de turno, que también era su forma de decir: —no quiero que nadie me moleste—. Así que para tratar el tema de la vestimenta de ella, se realizó una reunión de urgencia en la parte trasera.

—Si permitimos esto tan sólo una vez, no le vamos a ver nunca más las piernecitas y con lo que a mi me gustan esos tobillos firmes y para que decir de las pantorrillas, —dijo el Huacho que fue el primero en hablar y agregó—, no saben ustedes cuantas noches he soñado que me despierto y las tengo aquí, suavecitas, calientitas —y colocó sus manos sobre el vientre, mientras entornaba los ojos, movía lentamente su cabeza de un lado a otro y se mordía el labio inferior.

El Maleta de Gásfiter, que decía las verdades sin anestesia y por eso el sobrenombre, dijo —yo hablo con ella y le digo que …

Antes que terminara de hablar varios saltaron de inmediato oponiéndose a esa opción. —Este hueón va a dejar la cagada— decía uno y otro añadía, —sería como echarle bencina a la hoguera.

El Rascabuchas, —que no se caracterizaba por opiniones inteligentes— sugirió presentar el caso al sindicato. Todos lo miramos con cara de sorpresa por propuesta tan absurda y el Maleta de Gásfiter sin despeinarse le dice: —compadre, siga calladito rascándose las que le dije que eso usted lo hace bien.

El Richi, tipo respetado y muy querido por todos tomó la palabra:

—Yo tengo al candidato para que hable con ella, es tranquilo, diplomático y no se por qué, me tinca que la Estercita lo escucharía con atención —y señalándome a mi, agrega—, el Flaco.

—No es mala idea —dijo el Maleta de Gásfiter y termina con su sentencia final—, Flaquito, aquí te las estay jugando el todo por el todo, no podís fallar.

Todos aprobaron la propuesta, el único que se opuso fui yo, pero mis argumentos no fueron escuchados, así que me vi en la obligación de aceptar la misión.

El Gitano, —tenía ese sobrenombre porque nadie sabía en que casa ni con quien iba a dormir esa noche— me preguntó: —Flaco, ¿cuál es la estrategia?

—Si estuviéramos en Santiago, la invitaría a almorzar o a servirse un cafecito con unos pastelitos a la salida de la oficina, pero aquí…

—A ver, a ver —dijo el Huacho—, Flaquito, con cuidado, no se esté pasando de listo.

—Huacho, tú sabís que para mi la Ester es un solcito de invierno, alumbra pero no entibia. Además, a ti no te pesca mucho, le respondí.

—Mira Flaco, esa frutita jugosa en algún momento caerá, es cuestión de tiempo, —contestó medio mosqueado el Huacho.

—Bueno si hay tanto problema, que otro se haga cargo de esta situación.

—Nada que ver, Flaquito, usted está a cargo de la misión y diga como podemos ayudar, —acotó el Maletín de Gasfiter y continuó—, Huacho, lo siento, tenís que apoyar no más y seguir trabajando el bla, bla, a mi también me tinca que esa frutita no quiere nada contigo.

—Voy hablar con ella a la hora de almuerzo. Necesito que me dejen una mesa solo para los dos. Cuando la Ester los invite a almorzar ustedes se hacen los lesos, que tienen un equipo fallado, que no pueden, cualquier excusa. ¿Estamos?.

—¡Estamos!— Dijeron todos y se disolvió la reunión.

Al día siguiente, mientras nos acercábamos a plaza Italia la expectación aumentaba. Para mi tranquilidad, Ester vestía falda en vez de pantalones. Todos de forma disimulada me felicitaron, algunos me dieron una palmada en el hombro, otros levantaban el pulgar. El hecho es que me gané la aceptación final del grupo y una sonrisa de agradecimiento del Huacho.

Dos años después, el Huacho Correa cantaba “Somos Novios”, de Armando Manzanero, en la fiesta de matrimonio a la que, Estercita y yo,  lo habíamos invitado.

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Viernes, diecinueve de septiembre de 1969

En ese segundo, todos mis segundos

En ese segundo, sólo un segundo

En ese segundo, la Nada

Alfonso Pino P.

A un departamento del edificio ubicado frente a la plaza de Linares, en la provincia del Maule, llegaron a vivir en mayo del año 1969 un matrimonio joven y sus dos hijos —una niña de tres años y cuatro meses de edad y un niño de tan sólo un mes de vida—. De todo el equipaje que llevaban, cuidaban con esmero una maleta atiborrada de proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas.

El viernes, diecinueve de septiembre de ese mismo año, ellos, más los padres y la hermana de él partieron en una citroneta, por un camino secundario, con destino a las Termas de Panimávida. Día de campo que comenzaba a llenarse de flores.

Juan Riba Holgado y Sylvia Barrera Correa. Él nació en 1944. Ella dos años después. Él, pelo castaño, tez blanca, varonilmente buen mozo, simpático, divertido, querido, respetado por compañeros y amigos. Ella trae de Copiapó, la tez morena, el pelo color azabache y liso, ojos color café grandes, dulzura en la mirada.

En el año 1960, con las melodías y letras de las canciones de Elvis Presley, The Platters, Ray Charles, Los Cuatro Ases entre otros, Juan y Sylvia comenzaron a pololear. Lentamente se fueron enamorando. Cada año que pasaba, el amor era más intenso. Juan y Sylvia, Sylvia y Juan se amaron. Se amaron con pasión. Se amaron con ternura. Se amaron con la irresponsabilidad de la juventud.  Guardaron con celo un secreto. Sin que nadie se diera cuenta, ni los padres de ellos, ni sus hermanas, ni sus amigos. Para sorpresa de todos, el 1 de diciembre de 1965 nació Marcela. Es el primer fruto del amor de Juan y Sylvia que al año siguiente se casan. Él continuó con sus estudios de agronomía, que cursaba en la Universidad Católica y una vez que se recibió de Ingeniero Agrónomo lo contrataron en la CORA (Corporación de Reforma Agraria) de Linares. Se fueron a vivir a esa ciudad, eran cuatro, en abril del año 1969 había nacido Juan Andrés, el segundo hijo de esta pareja. Juan conducía la citroneta, era un conductor experto. Sylvia, a su lado, llevaba en brazos a su hija Marcela.

Asunción, hermana de Juan. Muchacha silenciosa, callada. En una familia donde se hablaba fuerte, nunca se le escuchó levantar la voz. Estudiosa, buena alumna. Siempre al lado de su madre, ayudándole a ovillar la lana. No molestaba, no era problema. Se suponía que su vida transcurriría segura y tranquila. En dos meses, ese tiempo desde que salió del colegio hasta que entró a estudiar leyes a la U de Chile, Asunción cambió. Ya no era una niña, era una mujercita. Los demás ya no piensan por ella, eso se acabó y va tomando sus propias decisiones. La Universidad tiene eso que te acerca a otras vivencias, la diversidad enriquece. Descubrió que existían otras realidades, más allá del mundo tranquilo y ordenado del hogar familiar. A diferencia del resto de su familia, orientó su pensamiento político hacia la izquierda, se relacionó con muchachos que pertenecían al partido comunista. El año 1969, uno de ellos tuvo la suerte de conquistarla. Ella era toda vitalidad, encantadora, tierna. En la citroneta, Asunción, la muchacha de veintiún años,  va sentada atrás de Sylvia. Con seguridad mirando el paisaje, encantada con el inicio de la primavera y pensando en ese joven que la esperaba en Santiago.

Juan Riba Selva y Dora Holgado Martín. Padres de Juan y Asunción. Dora la cocinera. Capaz de preparar la mejor paella para un regimiento hambriento. Dora la que se apegaba al cuerpo de su marido en el pasodoble, los dos se movían como si fueran uno solo entre las parejas que bailaban, celebrando el día de San Juan, en el living de la casa de Serrano Nº 472. Dora la tejedora, sus manos aleteaban como si fueran las alas de un colibrí al tejer los chales que luego vendía a la tienda Peñalba. Es ella la que va sentada en la citroneta detrás de su hijo, tal vez pensando que su vida entraba en otra etapa, más tranquila. Su hijo mayor casado, dos nietos y su hija en la Universidad, éxito impensado para ella que no terminó la secundaria.  Juan padre, no sólo de sus hijos, también de aquellos que por circunstancias de la vida nos faltó uno. Galante, caballero, atento con las mujeres, jóvenes o mayores. Juan el carpintero, el electricista. Juan el querendón con los hijos propios y ajenos. Juan el de la sonrisa y la palabra de aliento, el que estaba siempre dispuesto a ayudar. Juan el que no sabe de horas, para él, el tiempo era relativo, una hora no tenía sesenta minutos sino lo que duraba una conversación o una botella de vino. Juan, el abuelo, el yayo de todos. En la citroneta va sentado atrás, al centro. Lleva en sus brazos a su nieto Juan Andrés. En esos brazos, el niño, a pesar de tener sólo tres meses de edad, se debía sentir seguro, lo cuidaba su yayo, el que probablemente le pellizcaba con cariño la nariz y también las mejillas.

La ruta a las Termas de Panimávida estaba despejada. No tenían prisa, se movían a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora.

En sentido contrario se acerca un convoy militar, compuesto por cuatro o cinco camiones —regresan a Linares de un desfile en Colbún—.

El convoy y la citroneta están cada vez más cerca. Pasa el primer camión. Los vehículos militares se mueven a muy corta distancia uno de otro. Los militares van riendo, se hacen gestos de un camión al otro. Repentinamente, sin causa alguna, el tercer vehículo del convoy se abre hacia su izquierda. El camión cubre toda la pista contraria. Juan tuvo menos de un segundo para reaccionar, lo intentó. El camión militar impactó a la citroneta haciéndola retroceder varios metros.

El lugar es un caos, fierros retorcidos, quejidos. Dos personas con vida, el yayo y Juan Andrés.

El niño fallece antes de llegar al hospital de Linares adonde, mal herido y en estado grave es trasladado el yayo Juan.

Los demás, Juan, Sylvia, Marcelita, Asunción y Dora fallecieron en el mismo lugar del accidente.

Al día siguiente, varios autos acompañan a los tres vehículos que transportan los féretros de regreso a Santiago. ¿En cuánto tiempo se recorrieron  esos trescientos kilómetros?. En horas, meses, años, en silencios profundos, en millones de lágrimas derramadas en la ruta. Un llanto para no olvidarlos nunca.

Tres meses después, el yayo Juan pudo ser trasladado desde el hospital en Linares a Santiago, al hogar de su hermano Germán y de su cuñada María, hermana de su esposa Dora, donde pasó varios meses más postrado hasta lograr su recuperación física.

El yayo Juan, nunca preguntó por su esposa o sus hijos y nietos. El yayo Juan continuó por el resto de sus días, hasta el 2 de diciembre del 2005, repartiendo cariño, amor y sonrisas. ¿Cómo soportó el sufrimiento, el dolor de perder a toda su familia?, es una incógnita. Se transformó en el yayo, el abuelo de todos.