Viernes, diecinueve de septiembre de 1969

En ese segundo, todos mis segundos

En ese segundo, sólo un segundo

En ese segundo, la Nada

Alfonso Pino P.

A un departamento del edificio ubicado frente a la plaza de Linares, en la provincia del Maule, llegaron a vivir en mayo del año 1969 un matrimonio joven y sus dos hijos —una niña de tres años y cuatro meses de edad y un niño de tan sólo un mes de vida—. De todo el equipaje que llevaban, cuidaban con esmero una maleta atiborrada de proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas.

El viernes, diecinueve de septiembre de ese mismo año, ellos, más los padres y la hermana de él partieron en una citroneta, por un camino secundario, con destino a las Termas de Panimávida. Día de campo que comenzaba a llenarse de flores.

Juan Riba Holgado y Sylvia Barrera Correa. Él nació en 1944. Ella dos años después. Él, pelo castaño, tez blanca, varonilmente buen mozo, simpático, divertido, querido, respetado por compañeros y amigos. Ella trae de Copiapó, la tez morena, el pelo color azabache y liso, ojos color café grandes, dulzura en la mirada.

En el año 1960, con las melodías y letras de las canciones de Elvis Presley, The Platters, Ray Charles, Los Cuatro Ases entre otros, Juan y Sylvia comenzaron a pololear. Lentamente se fueron enamorando. Cada año que pasaba, el amor era más intenso. Juan y Sylvia, Sylvia y Juan se amaron. Se amaron con pasión. Se amaron con ternura. Se amaron con la irresponsabilidad de la juventud.  Guardaron con celo un secreto. Sin que nadie se diera cuenta, ni los padres de ellos, ni sus hermanas, ni sus amigos. Para sorpresa de todos, el 1 de diciembre de 1965 nació Marcela. Es el primer fruto del amor de Juan y Sylvia que al año siguiente se casan. Él continuó con sus estudios de agronomía, que cursaba en la Universidad Católica y una vez que se recibió de Ingeniero Agrónomo lo contrataron en la CORA (Corporación de Reforma Agraria) de Linares. Se fueron a vivir a esa ciudad, eran cuatro, en abril del año 1969 había nacido Juan Andrés, el segundo hijo de esta pareja. Juan conducía la citroneta, era un conductor experto. Sylvia, a su lado, llevaba en brazos a su hija Marcela.

Asunción, hermana de Juan. Muchacha silenciosa, callada. En una familia donde se hablaba fuerte, nunca se le escuchó levantar la voz. Estudiosa, buena alumna. Siempre al lado de su madre, ayudándole a ovillar la lana. No molestaba, no era problema. Se suponía que su vida transcurriría segura y tranquila. En dos meses, ese tiempo desde que salió del colegio hasta que entró a estudiar leyes a la U de Chile, Asunción cambió. Ya no era una niña, era una mujercita. Los demás ya no piensan por ella, eso se acabó y va tomando sus propias decisiones. La Universidad tiene eso que te acerca a otras vivencias, la diversidad enriquece. Descubrió que existían otras realidades, más allá del mundo tranquilo y ordenado del hogar familiar. A diferencia del resto de su familia, orientó su pensamiento político hacia la izquierda, se relacionó con muchachos que pertenecían al partido comunista. El año 1969, uno de ellos tuvo la suerte de conquistarla. Ella era toda vitalidad, encantadora, tierna. En la citroneta, Asunción, la muchacha de veintiún años,  va sentada atrás de Sylvia. Con seguridad mirando el paisaje, encantada con el inicio de la primavera y pensando en ese joven que la esperaba en Santiago.

Juan Riba Selva y Dora Holgado Martín. Padres de Juan y Asunción. Dora la cocinera. Capaz de preparar la mejor paella para un regimiento hambriento. Dora la que se apegaba al cuerpo de su marido en el pasodoble, los dos se movían como si fueran uno solo entre las parejas que bailaban, celebrando el día de San Juan, en el living de la casa de Serrano Nº 472. Dora la tejedora, sus manos aleteaban como si fueran las alas de un colibrí al tejer los chales que luego vendía a la tienda Peñalba. Es ella la que va sentada en la citroneta detrás de su hijo, tal vez pensando que su vida entraba en otra etapa, más tranquila. Su hijo mayor casado, dos nietos y su hija en la Universidad, éxito impensado para ella que no terminó la secundaria.  Juan padre, no sólo de sus hijos, también de aquellos que por circunstancias de la vida nos faltó uno. Galante, caballero, atento con las mujeres, jóvenes o mayores. Juan el carpintero, el electricista. Juan el querendón con los hijos propios y ajenos. Juan el de la sonrisa y la palabra de aliento, el que estaba siempre dispuesto a ayudar. Juan el que no sabe de horas, para él, el tiempo era relativo, una hora no tenía sesenta minutos sino lo que duraba una conversación o una botella de vino. Juan, el abuelo, el yayo de todos. En la citroneta va sentado atrás, al centro. Lleva en sus brazos a su nieto Juan Andrés. En esos brazos, el niño, a pesar de tener sólo tres meses de edad, se debía sentir seguro, lo cuidaba su yayo, el que probablemente le pellizcaba con cariño la nariz y también las mejillas.

La ruta a las Termas de Panimávida estaba despejada. No tenían prisa, se movían a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora.

En sentido contrario se acerca un convoy militar, compuesto por cuatro o cinco camiones —regresan a Linares de un desfile en Colbún—.

El convoy y la citroneta están cada vez más cerca. Pasa el primer camión. Los vehículos militares se mueven a muy corta distancia uno de otro. Los militares van riendo, se hacen gestos de un camión al otro. Repentinamente, sin causa alguna, el tercer vehículo del convoy se abre hacia su izquierda. El camión cubre toda la pista contraria. Juan tuvo menos de un segundo para reaccionar, lo intentó. El camión militar impactó a la citroneta haciéndola retroceder varios metros.

El lugar es un caos, fierros retorcidos, quejidos. Dos personas con vida, el yayo y Juan Andrés.

El niño fallece antes de llegar al hospital de Linares adonde, mal herido y en estado grave es trasladado el yayo Juan.

Los demás, Juan, Sylvia, Marcelita, Asunción y Dora fallecieron en el mismo lugar del accidente.

Al día siguiente, varios autos acompañan a los tres vehículos que transportan los féretros de regreso a Santiago. ¿En cuánto tiempo se recorrieron  esos trescientos kilómetros?. En horas, meses, años, en silencios profundos, en millones de lágrimas derramadas en la ruta. Un llanto para no olvidarlos nunca.

Tres meses después, el yayo Juan pudo ser trasladado desde el hospital en Linares a Santiago, al hogar de su hermano Germán y de su cuñada María, hermana de su esposa Dora, donde pasó varios meses más postrado hasta lograr su recuperación física.

El yayo Juan, nunca preguntó por su esposa o sus hijos y nietos. El yayo Juan continuó por el resto de sus días, hasta el 2 de diciembre del 2005, repartiendo cariño, amor y sonrisas. ¿Cómo soportó el sufrimiento, el dolor de perder a toda su familia?, es una incógnita. Se transformó en el yayo, el abuelo de todos.

 

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4 comments

  1. caranis@entelchile.net · octubre 2

    Un triste relato, a veces la vida es muy cruel. De todos modos, al menos Yayo -después de 35 años- se reunió con su familia.
    La muerte es universal, inevitable e irreversible, pero lo que a veces nos preocupa es la circunstancia en que podríamos fallecer.

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  2. alfonsopino · octubre 2

    Carlos, muchas gracias por tu comentario. Efectivamente, son las circunstancias las que hacen de la muerte un caso especial.

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  3. Carmen Riba · octubre 3

    Y 48 años después, el dolor es el mismo o más grande aún.

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    • alfonsopino · octubre 3

      Si, son penas para toda la vida, también risas, alegrías y lecciones de vida. Gracias por tu comentario.

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