DESPUES DE MISA DE 12

En cuanto salí de la iglesia, una vez terminada la misa de 12 de ese domingo de abril, me llamó la atención. Estaba sentado en el banco de la plaza, que está cerca de la vara donde había atado su caballo, en actitud relajada como si estuviera esperando a alguien.

Pinta de huaso ladino tenía el hombre. Vestía pantalón azul oscuro, zapatos de color negro de media caña, camisa de franela y una chaqueta gruesa para protegerse del frío que ya se hacía presente en el mes de abril, anunciando un duro invierno. Cubría su cabeza con un sombrero de fieltro de ala ancha color negro, como los que usa mi padre cuando llueve.

Para ir a mi casa debía al salir de la iglesia, doblar a la izquierda y encaminarme a la calle que baja en el sentido de la Palma, alejándome de donde estaba él. En lugar de hacer eso, sin pensarlo, crucé la plaza y me dirigí hacia el camino que lleva a la Hacienda Lolol, lo cual me obligaba a pasar por delante del forastero. A medida que me acercaba, aumenté un poquito el normal movimiento cadencioso de mis caderas.

Cuando llegué frente a él, descubre su cabeza, dejando ver su pelo negro levemente rizado, y dice con voz de cantante de boleros, -¿me permitirá esta hermosa flor, que no se de que primavera huyó para alegrar el otoño, que la acompañe en su andar?-

Mi cuerpo entero se estremeció, mis mejillas, que son regordetas, ardían y me las imaginaba rojas cual granada.

Me detuve, y sosteniéndole la mirada, le pregunté,-¿y usted quien es?-

-A mi me llaman El Afuerino-, me contestó.

-¿Y hasta adonde me quiere acompañar?

-A una mujer, que me la imagino dulce y tierna como el primer amor, la acompaño por todo el camino que usted lo desee-, me respondió.

Y yo la tonta le creí. Me invitó a subirme a su caballo. Puse un pie en el estribo y afirmada de su brazo me subí al anca de su yegua baya. Él, la conducía con mano firme y rienda corta. Yo lo abrazaba por la cintura. Buen andar tenía el animal y al trote suave el pueblo de Lolol fue quedando atrás.

Cabalgamos hasta una loma, la del Roble Huacho, terrenos de mi padre.

Desde ahí se tiene una hermosa vista del paisaje típico de esta zona de Colchagua, de Chile central. Abajo, un estero que recorre plácidamente el valle. Terrenos recién arados esperando que caigan las primeras lluvias, para poder plantar las semillas de garbanzos, sandías, melones, choclos. Tanto al norte como al sur del valle, colinas de mediana altura corren paralelas al estero, enmarcándolo con los colores rojizos y amarillentos del otoño. De ahí en más, en ese mismo lugar construimos nuestro hogar…

Cinco años más tarde, al mediodía de un día de julio, sentada en el pescante de la carreta, con mis dos hijos al lado, llevaba a El Afuerino atrás. Las riendas sueltas en mis manos, le indicaban a la yegua baya que nos llevara, sin prisa, con paso lento de vuelta a Lolol.

Al llegar a la plaza, la yegua se detuvo. De la iglesia salieron en ese momento dos beatas vestidas de negro, que en cuanto me vieron se persignaron tres veces como si estuvieran viendo al diablo. Por respeto a mis hijos, solo pensé para mis adentros y no les grité, -viejas de mierda, que se han imaginado-.

Detrás de ellas salió el señor cura, se acercó y sin respetar mi dolor, me dijo, -Magdalena, ¿cuando volverás a misa y a confesarte?-.

Padre, le espeté, no he tenido tiempo para venir a misa. Tampoco lo tuvimos para casarnos por la iglesia y apuraditos lo hicimos por el civil, aprovechando la visita que nos hizo el Oficial del Registro Civil, mi tío, cuando nació el menor que ahora está a mi lado. Ese día, además de unirnos en matrimonio, por la leyes de este país, aprovechamos de inscribir a los dos críos y El Afuerino les dio su apellido. Es cierto que no hemos bautizados a los niños, eso lo decidirán ellos cuando tengan discernimiento, mientras tanto, yo los educaré para que libres puedan elegir su camino como hombres de bien.

En cuanto a los pecados, el único que recuerdo haber cometido, fue el de aquel domingo de abril en que yo, la tonta, a El Afuerino le creí que me iba a acompañar por todo mi camino. Con esto padre me doy por confesada.

Ahora disculpe usted, que en el cementerio me esperan mis parientes y nuestros amigos, porque El Afuerino, en tierras de Lolol, en paz descansará.

Adiós.

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A LOLOL LOS BOLETOS

EL NOSTÁLGICO

más que noticias, recuerdos

A LOLOL LOS BOLETOS

EL NOSTÁLGICO, entrega, en exclusiva, el relato de una historia que contó un suscriptor, a quien conocemos desde hace muchos años. Él es un buen tipo, que duda cabe, lo cual no quita que a veces sus comentarios sean poco claros. A menudo se le puede encontrar sentado en una mecedora, con la mirada en el infinito y cuando uno le consulta qué está haciendo responde, –pensando-. Una vez le pregunté en qué estaba pensando, y me contestó, -en nada, esa es la mejor manera de pensar-.

En vista de esto, la veracidad de los hechos de este relato son de exclusiva responsabilidad de mi fuente de información, cuya identidad no puedo, ni debo, ni quiero revelar, aunque ello implique enfrentarme a la justicia. Si este fuera el caso, confío en la benevolencia del juez y que tenga presente la personalidad de este ser, que puede confundir realidad con ficción, especialmente si nos referimos a sucesos que ocurrieron a inicios de la década del 50 del siglo pasado. Además en su defensa, y también en la mía, alegaría que los recuerdos son delicados, frágiles y por más que uno los haya guardado con sumo cuidado en esa caja imaginaria de nuestra conciencia, al extraerlos de ella es fácil que se mezclen involuntariamente unos con otros, creando un caleidoscopio de situaciones, provocando que en la medida que avanzamos en un relato, vayan apareciendo colores de otras historias.

Por Francis Castle

A continuación la transcripción, prácticamente textual, del relato de nuestro lector. Tan sólo tiene pequeñas modificaciones, ya que he privilegiado su contenido en la forma y en el fondo. Aclaro que cualquier coincidencia de los hechos que se relatan con personas verdaderas no es casualidad.

-Niños, -mañana a Lolol los boletos-, nos dijo nuestra madre, aquel día 12 de enero del año 1953, cuando tenía 10 años y algunos meses de edad. Junto a mi hermano, dos y medio años menor que yo, saltamos de alegría y nos colgamos a su cuello, abrazándola y besándola.

-Inmediatamente nos pusimos con mi hermano a la tarea de ordenar nuestro equipaje, lo cual, considerando que la situación económica familiar era de escasos recursos, en concordancia a los de una profesora de educación básica, viuda y con dos hijos pequeños, nos demoramos muy poco tiempo en tener todo listo, sencillamente, no teníamos mucho donde escoger y poca ropa de repuesto. Más tiempo nos tomó decidir qué libros llevaríamos para entretenernos, en el largo viaje que implicaba en esos años ir hasta ese pueblo ubicado, en la provincia de Colchagua, a no más de 215 kilómetros al sur de Santiago.

-Temprano nos fuimos a acostar ese día, mientras nuestra madre se quedaba preparando lo que sería nuestra alimentación hasta llegar a Lolol.

-A las 6:30 de la mañana del día siguiente estábamos en pie para lavarnos y prepararnos para partir. En ese momento nos dimos cuenta que nuestro almuerzo del día sería la gallina castellana, que era la regalona de mi hermano, cuyas plumas estaban en el basurero al lado de la cocina. Una hora después salimos de la casa para tomar la micro hasta la Plaza Almagro, lugar de partida del bus a Santa Cruz.

-Mi madre, cargada con paquetes, bolsos y canasto con comida, parecía árbol de navidad, así que me dice, -hijo, tú responsabilidad es cuidar de tu hermano-. En ese momento lamenté, más que nunca, no ser grande y tener fuerza como para llevar yo todos los bolsos y dejar a mi madre que cuidara de él, siendo que era ella la que, refiriéndose a mi hermano, a menudo decía, -parece que este chiquillo tuviera pidulles, no se queda nunca quieto-.

-Dos boletos había comprado mi mamá, así que nos instalamos en un asiento los tres, peleándonos con mi hermano quien se sentaba al lado de la ventanilla. –Quince minutos cada uno- dijo mi madre. -¿Qué son 15 minutos?-, preguntó mi hermano, y yo le digo, mostrándole mi reloj, -mira, el bus partirá a las 9, en ese momento este puntero grande estará aquí en el 12, eso será dentro de 10 minutos, yo me siento primero al lado de la ventanilla, cuando este puntero grande llegue aquí al número 6, serán 15 minutos, después te toca a ti y cuando este mismo puntero llegue al número nueve, me vuelve a tocar a mi-. Antes que terminara de hablar, estaba recibiendo, de parte de mi vieja, el correspondiente coscorrón en la cabeza, y me dice, -nunca te aproveches de la ignorancia de una persona y menos de la de tu hermano-. Así que nos fuimos turnando cada quince minutos.

-A mediodía llegamos a Santa Cruz, nos instalamos en la plaza a esperar el bus que finalmente nos llevaría a Lolol. Teníamos un par de horas de espera, tiempo suficiente para almorzar, así que sentados en un banco de la plaza, mi madre abre el canasto y nos comienza a pasar las presas de la gallina castellana, media marraqueta y un huevo duro por cabeza. Para beber, leche de una botella de vidrio con tapa de cartón, que esta noble mujer había acarreado desde Santiago. Una vez que terminamos de comer, nos lavamos las manos y la cara en la pileta que estaba al centro de la plaza.

-Cuarenta kilómetros deben separar a Lolol de Santa Cruz. A la salida de esta ciudad comenzaba, en esos años, el camino de tierra, angosto, lleno de calamina, baches y bamboleo del bus.

-Al poco andar, se inicia la cuesta de La Lajuela. Por las noches la cruzaban bandoleros y rufianes, pistola y daga al cinto, llevando ganado robado o para ir a beber y divertirse donde el clandestino, que además de vino, chicha y charqui, tenía unas muchachas que atendían también a la policía.  El bus iba lleno, algunos pasajeros de pie. Lentamente vamos subiendo la cuesta, en cada curva el bus cruje entero y se ladea hacia el abismo. Va perdiendo fuerza, para poner primera prácticamente se debe detener, alguna mujeres gritan, otras rezan. Cacarean las gallinas que van en el techo, como pidiendo que les abran las puertas de los canastos, que saben volar y que este cuento no va con ellas. Mientras tanto, el cobrador recorre el bus cobrando el pasaje y diciendo, -no vaya a ser que nos caigamos al precipicio y alguno no pague y se vaya gratis al cielo o al infierno-. El bus se detiene, debe dejar pasar a una carreta, que tirada por bueyes baja la cuesta. Arriba en la cumbre, los artesanos exhiben los sombreros de teatina hechos a mano, y diviso un bonete parecido al que debería estar esperándome en la casa de los tíos.

-Entramos a Lolol, pasamos por el costado de la plaza y de la iglesia. Al pasar frente al retén de policía, doblamos a la derecha y después de recorrer tres cuadras largas, finalmente llegamos a la casa de nuestros anfitriones, el tío Nibaldo y su esposa, la tía Chela, hermana de mi padre ya fallecido, nos salen a recibir y a dar la bienvenida.

-Adentro mis dos primas, Anita y María Eugenia, nos saludan con abrazos y besos. Anita, que en esos años era mayor que yo, y que ahora me entero es menor (parece que hizo un viaje, a la velocidad de la luz, en una nave espacial a la constelación de Orión, por lo que al regresar a la Tierra llegó más joven que yo), me dice, -qué bueno que llegaste, en la noche nos juntaremos en el altillo, viene Mañungo el contador de historias, es viernes 13 con noche de luna llena, así que afírmate y que no te vaya a pasar lo mismo del año pasado-.

-Lo mío fueron sólo unas gotitas en el pantalón- le dije y agregué, -en cambio tú, saliste corriendo porque te estabas defecando de susto-.

-Bueno ya, no discutamos más y recuerda, nos acostamos vestidos y cuando escuchemos tres golpes bien seguidos en la ventana más dos separados, es la señal de Mañungo, vas tú, María Eugenia y yo, si tú quieres puedes invitar a tu hermano, siempre que confíes en él, aunque pienso que es muy chico, todavía cree en el Viejito Pascuero-.

-Claro que confío en mi hermano, yo le explico-, fue mi respuesta inmediata y enérgica. Lo que nunca le dije a mi prima es que, en ese instante, en forma brutal, me había enterado que el Viejo Pascuero no existía.

-La casa de los tíos era una típica casa de campo. Ubicada en un terreno de una hectárea y algo más de superficie, en el camino que va hacia la Palma, que corre de oriente a poniente. Cuatro escalones construidos sobre piedra, permitían acceder al corredor exterior de la casa. A continuación, hacia el poniente, se encontraba el acceso para los carruajes, las carretas de bueyes y los caballos. Le seguía la chacra que surtía de tomates, choclos, lechugas, ají, tomillo, cilantro, perejil, ajo, menta, poleo, matico, toronjil y otras cosas a la numerosa familia que era recibida en el verano. Más allá venía el sector de añosos, grandes y frondosos perales. Entre los perales y la pirca de adobe que delimitaba la propiedad con la calle, habían construido en madera un altillo, desde el cual se podía ver a las personas que circulaban, ya sea caminando, a caballo o en carruajes, o bien gritarles o lanzarles algún proyectil, que normalmente era una pera, sin que ellos nos vieran. Cuerdas y columpios colgaban de las ramas de los perales, conformando un lugar de entretención en el cual podíamos dar rienda suelta a nuestra imaginación, inventado juegos y aventuras.

-Desde el altillo, mirando hacia el norte y al otro lado de la calle, se encontraba una pirca ancha de piedra, después de la cual había un extenso terreno cubierto con espinos.

-Cerca de medianoche escuchamos los golpes en la ventana. Todos los primos dormíamos en la misma gran pieza en camarotes o camas individuales. En silencio nos levantamos, nos abrigamos y salimos sin hacer ruido.

-Era noche de luna llena, sin ni una nube en el cielo. La luminosidad de la luna provocaba claroscuros y los árboles y arbustos proyectaban sus sombras, las que variaban de formas al moverse sus ramas con la suave brisa que había esa noche de enero.

-Al cruzar la chacra, los tres espantapájaros que habían, nos saludaron e indicaron que iba a ser una noche de terror.

-Mañungo nos esperaba en el altillo, sentado, arropado en su manta de castilla, con un pitillo encendido entre los labios y su gata negra que descansaba sobre la pirca.

-En cuanto llegamos y después de saludarnos, Mañungo nos dice, -a sentarse niños y en silencio escuchen esta historia-.

-Los hermanos Cándido y Faustino, venían de Santa Cruz, tranquilamente montando sus caballos, era una noche como la de hoy, despejada con luna llena. Habían terminado de bajar La Lajuela, cuando, a orilla del camino, vieron a una mujer vestida de blanco que les rogó que la llevaran hasta la Hacienda de Lolol. Cándido la subió al anca de su animal y le preguntó a quien visitaría en ese lugar, a lo que ella contestó -a mi abuela Lastenia-. Cándido, con voz temblorosa, le dice que la tal señora había fallecido ese día y que ellos iban al funeral. La mujer, de un salto, se para sobre el anca del caballo y acercando su boca al cuello de Cándido, dice en voz alta, -para que mi abuela resucite debo llevar sangre caliente de tu corazón- y le entierra en el pecho un cuchillo. Faustino al ver esto, gira su caballo y parte a todo galope de vuelta a Santa Cruz, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Poco rato después de este hecho, Luchín, el peón que trabaja en esta casa, la de don Nibaldo, regresaba a la suya con exceso de copas en el cuerpo, después de haber estado bebiendo en la taberna de Labraña, tropieza, a la entrada del cementerio, con el cuerpo de Cándido, destrozado y desmembrado por la acción de los carroñeros. Mira a su alrededor, ve a los muertos salir de sus tumbas y que comienzan a bailar. Se le pasa la borrachera y mientras corre despavorido hacia su hogar, seguido de los dos perros que lo acompañaban, Cabrón y Putamadre, jura y vuelve a jurar por su madre que nunca más volverá a beber. La gata negra que siempre anda conmigo, comenzó a engrifarse, desde el bosquete de espinos, que está ahí enfrente, una bandada de perdices despavoridas alzaron el vuelo. Cruzan la luna llena, extrañas imágenes de mujeres de negro cabalgando sobre unas escobas. Son las brujas de Lolol, que en ese bosquete de espinos, se reúnen para dar inicio a su viaje al aquelarre que todos los viernes se realiza en Vichuquén. Fue en una de esas noches qué Lionso, cuando tenía la edad de este pendejo (señalando a mi hermano que ni saliva podía tragar), al escuchar ruido se acercó para ver que pasaba. Las brujas de Lolol, para castigar la curiosidad de Lionso le arrancaron los ojos y por eso que el pobre hombre vaga por las calles del pueblo pidiendo que lo ayuden y que le den comida.

-A lo lejos, comenzó a cantar un gallo que se había desvelado, anunciando con mucha anticipación el amanecer de un nuevo día y que era hora de ir a dormir. Mañungo, saltó sobre su caballo, que lo había dejado amarrado en la corta vara que había para esos propósitos cerca del altillo, y desapareció en la noche con su gata negra sentada en su hombro izquierdo.

-De regreso a la casa, íbamos los cuatro bien abrazados protegiéndonos unos con otros. Los perros aullaban, enceguecidos por la luz de la luna. Mi hermano, que tiritaba de miedo y tenía los ojos tan abiertos que no se le veía ni la nariz ni la boca, en un susurro me decía, -no vengo nunca más a esta “huea”-. María Eugenia, de puro nervio, seguía comiéndose las uñas que ya no tenía. Por su parte Anita, apretaba con tanta fuerza mi brazo, que impedía la circulación de sangre y se me estaba poniendo morado, mientras que del puro susto, mis testículos, se peleaban con las amígdalas un espacio en mi garganta. Al cruzar la chacra, los tres espantapájaros se estaban riendo de nosotros y nos decían adiós agitando sus sombreros.

EL NOSTÁLGICO, para verificar la verdad de lo relatado por nuestro suscriptor, se reunió con María Eugenia, quien contó que no tenía recuerdos de los sucesos que narra su primo, y agregó que nunca se ha comido las uñas. Por su parte, Anita señaló, -se sabe que una noche Luchín tuvo una experiencia muy fuerte, por lo cual nunca más ingirió licor. La última vez que lo vimos fue para el funeral de la menor de las hermanas de mi mamá, vestía terno, camisa y corbata. Además, había cambiado las ojotas por zapatos negros de buen andar-. Y continúa diciendo que, -Mañungo, al que le gustaba contar historias y don Lionso existieron, éste último era ciego, y de mano suelta. Una vez mi mamá le ayudó a cruzar la calle y don Lionso le pasaba la mano por la espalda y le decía, -debe ser usted muy buenamoza, aunque mucho hueso y poca carne tiene-. Por último agregó, un tanto molesta, que nunca se ha quitado la edad y que está orgullosa de ser la mayor de los primos.

El hermano de mi conocido, aportó más información. Me confirmó que hicieron junto a su madre varios viajes a Lolol. No recordaba nada del tema de la gallina castellana, y en relación a esa noche de cuentos en el altillo, aseguró que nunca estuvo en ella. Lo que sí recuerda, y tiene muy presente, es que hubo una oportunidad en que llegaron a Lolol y al día siguiente su hermano, amaneció empapado en sudor y con 40 grados de temperatura, por lo cual estuvo una semana en cama hasta que se le pasó la fiebre.

Esto es lo que nuestro curioso lector me relató y la información adicional que he recabado. No he podido hablar con él nuevamente, ha vuelto a su estado de meditación profunda.

Juzguen ustedes mismos la veracidad de los hechos narrados y saquen sus propias conclusiones.

En lo que a mi respecta, en este viaje a los recuerdos, una vez más concuerdo con Segismundo (1) cuando dice:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

 (1) Personaje central de la obra “La Vida es Sueño” de Calderón de La Barca