Nuestra vecina llamada Eco

—¿Cómo está vecino?, —me dijo ese día lunes cuando, para mi sorpresa, nos encontramos en el supermercado.

—Bien muy bien, —le respondí, mientras trataba de devolverme y huir de ella. Una señora de edad avanzada me cerraba el paso y en mi desesperación casi la envisto. Ya era tarde, por delante tenía a la anciana retándome por mi imprudencia y mala educación y en la retaguardia a la señora Eco que se acercaba a pasos agigantados con su carro lleno de mercaderías y haciéndome preguntas sin parar, unas tras otras sin esperar mis respuestas.

—Vecino, por Dios que están altos los gastos comunes, —me dijo y agregó—, usted como presidente del Comité de Administración debiera hacer algo. Usted sabe que yo soy arrendataria y por tanto no tengo ni voz ni voto, pero me gusta el edificio y los gastos comunes están cada día más alto, tiene que hacer algo, ¿no cree usted?. Además el aseo deja mucho que desear y el nochero se lo pasa durmiendo y el de la tarde, para que decir, es maleducado.

—Señora, este no es el lugar ni el momento de hablar de estos temas, si gusta lo conversamos en el edificio mismo. Ahora disculpe que tengo prisa le dije, agitando mi mano izquierda que sostenía la lista del supermercado.

—A ver, yo le ayudo, —me dice y antes que yo reaccionara me arrebata la lista e inicia su propio análisis—:

—Desde ya le digo que porotos granados congelados no hay.

—Pescado no se lo recomiendo, está muy caro no vale la pena.

—Vaya usted por el pan que sabe lo que prefieren y también por el vino.

—Yo le traigo los champiñones, tomates, espinacas, limones, si no hay molida de pollo le traigo de pavo…

Después me acompañó hasta las cajas y ella siempre hablando y hablando, se colocó detrás mío. Cuando me tocaba mi turno para pagar se despidió y se fue, supongo que a seguir con sus compras o a lo mejor a ver si encontraba otro conocido con quien practicar sus monólogos.

Ella tiene la costumbre de pasar dos o más horas diarias, conversando, en el hall de acceso al edificio con el conserje que hace turno de la mañana, porque el de la tarde, según la señora Eco, no le presta atención a sus requerimientos y quejas por lo que ha solicitado en más de una oportunidad que sea despedido.

Don Gastón, que así se llama el conserje de la mañana ya no sabe que hacer con la señora Eco y ante los reclamos de varios vecinos y en mi calidad de presidente tuve que habar con él:

—Don Gastón, formalmente le informo que tengo varios reclamos por su comportamiento, en cuanto a que usted no está haciendo su trabajo como corresponde ya que pasa horas, todos los días, conversando con la señora arrendataria del departamento 302, así que por favor si esa señora quiere estar todo el día aquí en el hall no tenemos problemas pero usted no debe quedarse ahí parado sin decirle nada. Dígale que lo disculpe pero usted tiene otras tareas que hacer y la deja ahí sola.

—Don Felipe, usted tiene toda la razón. Lo que pasa es que ella me da pena, mucha pena. Pasa todo los días sola, su marido llegaba tarde en la noche y salía a trabajar temprano, eso me lo dijo ella y no es que yo sea copuchento. La señora Eco está muy mal, más aún desde que su marido la abandonó, entonces a mi me da no se que decirle que se vaya. Yo lo hablé con mi señora y ella me dijo, y perdone las palabras, ella es muy deslenguada, —vos soy gil o hueón, te van a pegar una patada en el culo, te vay a quedar sin pega, a lo mejor esa vieja está enamorada de ti y quiere que la consueles y ella va a seguir hablando con otro, porque no le va a faltar quien le preste oreja, —y don Gastón terminó agregando— así que yo le pido que me ayude y hable usted con ella, se lo agradecería.

Un par de días después de esta conversación con don Gastón me reuní con la señora Eco. La reunión duró algo más de una hora, de las cuales yo debo haber hablado alrededor de diez minutos. Finalmente se comprometió a no distraer al conserje y que tendría en cuenta mi consejo de ir a un siquiatra para manejar sus problemas.

La situación en algo cambió, es cierto que don Gastón podía hacer su trabajo, pero la señora Eco igual pasaba horas en la conserjería esperando que llegara alguien para hablarle sobre cualquier tema: el calor, la lluvia, el cambio climático, lo cara que está la vida…

Los vecinos se calmaron con sus quejas y todos nos acostumbramos a verla en la conserjería. Pasó a formar parte del mobiliario, claro que este mueble hablaba, y, unos más que otros, algo de atención le prestábamos.

En todo caso yo cambié mi rutina, y en vez de ir los días lunes al supermercado comencé a realizar las compras los martes y no siempre iba al mismo establecimiento.

Un día sábado, al llegar alrededor del mediodía de mi habitual paseo en bicicleta, encuentro frente al edificio un camión típico de mudanza y a la señora Eco trasladando bultos hacia el camión. En cuanto me ve se acerca y me dice:

—Que bueno que lo encuentro, de todas maneras iba a ir a despedirme de usted y darle las gracias por su ayuda, —y prosigue—, ahí viene mi pareja me voy a vivir con él y quiero presentárselo, eso si, por favor, hable lento, él lee los labios es sordo mudo.

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La cuenta

Siete de la tarde y entro al café. Ocupo la primera mesa que encuentro disponible. Me siento con la espalda apoyada en la pared y en cuanto el mozo se acerca ordeno lo de siempre.

Mientras espero que me traigan el pedido observo a mi alrededor. En la mesa a mi derecha, un par de señoras, que habían pasado no hace mucho los sesenta años, conversan alegres, animadamente y me de gusto ver como disfrutan la vida. A mi izquierda, mesa por medio, una pareja de jóvenes, de no más de veinticinco años, dejan que se enfríe el café que tienen al frente, mientras con ambas manos entrelazadas a través de la mesa, sólo tienen tiempo para enamorarse sin importar lo que sucede a su alrededor. Parecen como tantas otras parejas que se juntan a conversar de diversos temas: la película que van a ir a ver, el libro que están leyendo, lo que van a hacer el fin de semana, detalles del próximo viaje para el cual ya tienen los pasajes comprados, de los arreglos que deben hacer en su hogar o de los hijos.

Al frente, algo en diagonal y a una distancia de dos a tres metros, una pareja de entre treinta y cinco y cuarenta años, están consumiendo cada uno un café. Ella, a la que veo de perfil come un trozo de pie de limón, del cual se ha servido un par de bocados. Él, sentado en el lado opuesto, a quien puedo ver casi de frente, acompaña el café con una porción de torta de chocolate que está intacta. A la primera mirada esta pareja no llama mi atención. La distancia y el ruido ambiente, típico de un restaurante, me impiden escuchar lo que conversan. Él habla sin parar, como diciendo un monólogo, ella lo escucha atenta, sin interrumpirlo, con los brazos a veces cruzados o bien puestos sobre la mesa y en algunas ocasiones baja la mano izquierda para rascarse las rodillas y alisarse un poco el vestido. El rostro de él que, al observarlo con más atención, me parece el de una persona molesta, quizás muy molesta con quien tiene al frente. Comienzo a sentirme incómodo cuando él se da cuenta de que los estoy observando. Para disimular saco un lápiz y mi libreta de apuntes, comienzo a tomar notas de lo que observo, mientras que de reojo sigo curioseando lo que pasa con ellos. Me siento como un intruso que tiene pegada la oreja a la puerta de sus vecinos, me cuesta separar la vista de esta pareja. Él tiene los pies cruzados; agita el derecho en señal de nerviosismo. El movimiento de ese pie parece conectado con sus manos: mientras más rápido lo mueve, más rápido señala a la mujer con el dedo índice de la mano derecha. Ella está tensa, tiene la espalda recta, apenas rozando el respaldo de la silla, el mentón levantado. Cuando él, con el torso del cuerpo inclinado sobre la mesa, la señala con el índice acusador, ella responde señalándose a sí misma con ambas manos como preguntando —¿entonces la culpable soy yo?—, a lo cual él reacciona asintiendo con la cabeza y agitando aún más rápido el pie derecho.

No se cuántas veces él la acusó, pienso que por situaciones distintas y a todas, ella responde de la misma forma pidiendo que le confirme que es la responsable, hasta que llega un momento en que no quiere escuchar nada más y, ante un nuevo dedo índice acusador que la señala como culpable, se cubre los oídos con las manos, próxima a estallar en llanto, como con deseos de arrancarse de ese lugar.

Él, al percatarse de que ella se va a retirar, se aleja de la mesa, agita sus manos como indicándole que están conversando en paz, trata de contenerla. Ha perdido el control de la situación, ahora lo tiene la mujer. El hombre pide urgente la cuenta mientras busca en los bolsillos de la chaqueta su billetera, palpa los bolsillos de su pantalón, vuelve a revisar la chaqueta y se da cuenta de que no la tiene. Encoge los hombros y le muestra las manos vacías.

La mujer, que ahora se encuentra sentada de lado, por lo que puedo ver mejor su rostro: tiene la frente fruncida, niega con la cabeza y aprieta los labios. Con esfuerzo comienza a sacarse un anillo del dedo anular de la mano izquierda y, con el índice de su mano derecha, le indica a él que ponga también el suyo sobre la mesa. Una vez que se quita el anillo se pone de pie, toma la cartera, el celular y unos lentes, le muestra el dedo despojado del anillo como diciendo:

—De esto, yo no soy culpable.

Camina hasta donde se encuentra el mozo, a quien algo le dice señalando hacia donde estaba sentada y le entrega el anillo.