Lo del Puse Bar

Hace muchos, muchos años atrás, recorriendo la loca geografía urbanística y arquitectónica de los cerros de Valparaíso, encontré el Puse Bar cuyo nombre nunca he olvidado porque afuera tenía un letrero que decía:

SE DAN BESOS GRATIS

OFERTA POR TIEMPO INDEFINIDO

Y yo, que pertenezco a la religión que tiene por dogma que por cada beso bien recibido la vida se extiende un mes, me vi impelido a traspasar muchas veces el umbral de ese bar.

El recuerdo viene a mi memoria porque me llegó una carta dirigida a todos los afiliados de las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP), mediante la cual informaban una nueva disposición de la Superintendencia de Pensiones, que en resumen consiste en que las personas que, de aquí en adelante, opten por una pensión de renta vitalicia, deberán presentar para acogerse a esa modalidad de retiro una declaración jurada ante notario que señale que, jamás han entrado a un lugar  que ofrezca besos gratis —explícitamente se debe mencionar el Puse Bar—, o que no han sido diagnosticadas de filemamanía.

La carta además incluye que esta instrucción, se basa en estudios realizados por científicos que han determinado que los besos provocan una prolongación de la vida, —como si yo no lo supiera—. Además señala que esta situación está plenamente comprobada por la longevidad de varios pensionados afilados al sistema de pensiones, —parece que hubiera un error en esta última palabra para referirse a los cotizantes o bien una expresión proveniente del sub consciente del alto ejecutivo que firma la carta—.

También se indica en la misiva, que ésta situación pone en riesgo la viabilidad del sistema de pensiones, —increíble, a lo mejor ahora incluyen la felicidad en el cálculo del PIB , pero no es todo, y continúa—, las personas que sufran de esa enfermedad, o que hayan ingresado a algún establecimiento que ofrezca besos gratis y que deseen acogerse a una pensión de renta vitalicia, serán tratadas como casos especiales en el cálculo del monto mensual de su pensión, —¿qué tal? —.

La parte más grave para mi es la que se refiere a los actuales pensionados bajo esta modalidad de renta vitalicia, —en la que estoy yo— que deben presentar la misma declaración jurada y dan un plazo de seis meses para hacerlo y de no presentarlo asumirán que uno sufre de esa enfermedad rara o que han asistido al tipo de bares como el Puse Bar y se procederá a un recálculo de su pensión, —hijos de la gran… —

A pesar de las dificultades que tengo para caminar me fui a dar una vuelta al Puse Bar, y me encontré con la agradable sorpresa que gran cantidad de personas se habían congregado frente al local, la mayoría jóvenes, y todos se estaban besando. Desde un escenario improvisado los dueños del bar, pareja descendientes de croatas, los animaban a continuar con este acto espontáneo, mientras de fondo se escuchaba la adaptación de la canción del Quilapayún:

“El pueblo besuqueándose, jamás será vencido,

el pueblo besuqueándose, jamás será vencido…”

Hice abandono del lugar, alegre y con la grata sensación de comprobar que aún habían jóvenes dispuestos a luchar por la felicidad. Eso si que antes de llegar a mi residencia pasé por una notaría.

En todo caso, un par de besitos más no me vendrían nada de mal.

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Cosas de niños

El vendedor de conchitas

Rovinj, es una ciudad ubicada a orillas del mar Adriático en la provincia de Istria de Croacia, cerca de la frontera con Italia. La ciudad antigua fue construida sobre una colina y en la parte superior, dominando toda la ciudad, se encuentra la iglesia de Santa Eufemia que data de 1736, una de las tantas atracciones que ofrece la ciudad a los miles de turistas que llegan cada año a ese lugar.

La ciudad se desarrolló sin ningún plan regulador. Cada uno construyó su casa, como y donde pudo, formando un sin número de rincones que se van descubriendo al recorrer sus calles de adoquines.

En uno de esos rincones y bajo la sombra, quizás del único árbol que se encuentra en la ladera de la colina, estaba instalado el vendedor de conchitas. Sentado sobre una estera, enfrente de él una bandeja de color morado y sobre ella siete u ocho conchitas de ostión, choritos, estrella de mar. Su actitud relajada, paciente, y la expresión de su rostro indicando que es dura la vida de un vendedor ambulante, llamó mi atención, así que me acerqué a conversar con él.

—Hola.

—Hola.

—¿Estas conchitas son tuyas?

—Sí.

—¿Las vendes?

—Sí.

—¿Cuánto cuestan?

—No sé, lo que me den.

—¿Has vendido muchas hoy?

—No, nada.

—¿Y que vas a hacer con el dinero?

—Voy a ir a Chile.

—Pero Chile está muy lejos.

—Sí sé, yo voy a ir, además yo se ir. Puedo ir solo. Ya fui, con mi mamá, mi papá y mi hermana.

—¿Cómo vas a Chile?

—En un avión hasta un lugar y ahí otro avión para llegar a Chile.

—¿Cómo se llama ese otro lugar donde cambias a otro avión?

—No sé, cuando yo fui estaba durmiendo. Mi papá me dijo que podía preguntarle a esas señoritas que dan comida en el avión.

—¿Quién está en Chile?

—Vicente, es mi primo. Además, yo quiero jugar en la piscina con el monstruo marino.

—¿No le tienes miedo a ese monstruo marino?

—No, es mi amigo. Ahora ya se nadar, así que me voy a hundir y como él es viejito le cuesta mucho moverse en el agua, voy a ir por detrás y me voy a subir por su espalda mientras Vicente lo ataca por delante.

—¿Qué edad tienes?

—Cinco años. Señor, ¿me va a comprar conchitas? Hoy no he vendido nada.

—Claro que si. Toma aquí tienes, y yo te regalo las conchitas. Chao nos vemos.

Al regresar de mi visita a la iglesia, pasé a ver si aún estaba el vendedor de conchitas. Se encontraba en el mismo lugar, pero además de las conchitas ahora tenía unos dulces y nuevamente conversé con él.

—Hola, ¿los dulces están a la venta?

—No, son para mi.

—Vaya, yo había entendido que estabas juntando dinero para ir a Chile a reencontrarte con tu primo y jugar con el monstruo marino.

—Sí, pero mi papá me dijo que el monstruo marino viene a Rovinj. Lo vamos a atacar los dos con mi hermana, pero él no sabe eso. Nosotros conocemos bien este mar.

—Me alegro, chao nos vemos

—Señor, ¿me va a comprar conchitas? Hoy no he vendido nada.


 

Primero bailemos y después vemos

Cuando su madre lo fue a despertar, él ya se estaba vistiendo. En esa oportunidad había cambiado, el pantalón deportivo por su mejor pantalón de cotelé, ese que viste cuando tiene que ir a un cumpleaños o a otras situaciones formales, y una camisa blanca de manga larga que tiene anudado una corbata del tipo “humita”, en reemplazo de su polera favorita de star wars. Completaba su vestimenta con una chaqueta negra corta, como los chalecos que usaban nuestros abuelos y como calzado, zapatillas azules, recientemente compradas. Se miró al espejo y se pasó la mano por su pelo liso para tener un peinado natural, su partidura al medio hacía que su pelo cayera sobre ambos extremos de su frente. Los ojos le brillaban y había algo de nerviosismo en todo su cuerpo. Estaba listo para enfrentar el día.

Camino a la escuela, sus padres, le preguntaron a que se debía esa tenida.

—Es que hoy me voy a casar con Nika, respondió …

En la tarde, cuando lo fueron a buscar al jardín infantil, la mayor curiosidad de sus padres era saber como le había ido con Nika.

Su respuesta los sorprendió, —no me voy a enamorar de ella, porque me dijo que yo soy un bebé, —y agregó—así que le pedí a Carla que nos casemos mañana.

—¿Y ella que te dijo?

—Que mañana primero bailemos y después vemos.

—¿Y tú que vas a hacer?

—Pshhhh, bailar y después ver.

—¿Y que vas a ver?

—No sé, lo que haya que ver.

Cuando al día siguiente en la tarde lo fueron a buscar, la cuestión era saber que había pasado entre Carla y él, así que después de las conversaciones normales le preguntaron derechamente por ella.

—Nada, solo bla, bla, bla, así que mañana me pongo mi pantalón de buzo, la polera de star wars y las zapatillas viejas para jugar al fútbol con mis amigos.