POR UN BESO

En cuanto llegué del colegio tomé la bici y me fui a dar vueltas por el barrio. De pronto la vi, estaba en la esquina de Gamero con Independencia. Mi corazón se aceleró y apuré las pedaleadas. Le ofrecí llevarla a casa. Me miró con esos ojos grandes color café y sonrió, quise besarla pero me contuve.

—¿Damos una vuelta?

—Ok, pero una larga.

—Buena idea —respondí, más contento que un perro con dos colas.

Partimos, ella se sentó de lado, en el marco de la bici, en ese espacio entre el sillín y el manubrio. Yo, feliz

De repente, giró su cara hacia mí. Sus labios me parecían el más maduro y jugoso de los duraznos.  Ella entreabrió la boca y sin pensarlo la besé…

 

Desperté en el hospital. A mi lado ella me miraba preocupada y divertida. Le pregunté como estaba.

—Bien —contestó, a pesar de que tenía el antebrazo izquierdo enyesado, las rodillas parchadas y el uniforme del liceo roto.

—¿Y la bici? —pregunté.

—Mejor que tú.

—¿En qué estábamos?

Acercó su boca y disfruté de sus labios tibios. Los porrazos pasan, los besos quedan en el recuerdo y en un relato.

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