El inspector San Martín ¿o Paniagua?

La historia es enteramente

 verdadera, porque la he

 inventado de principio a fin

Boris Vian

Se había levantado temprano, aún no aclaraba y una bruma cubría el puerto de Valparaiso. A las nueve y diecisiete minutos, del miércoles dos de agosto, el tono de llamada del teléfono celular lo sacó de sus cavilaciones volviéndolo a la realidad. Un número desconocido en la pantalla.

«¿Quién podrá llamarme a esta hora?», «probablemente para ofrecerme algo que no quiero, ni necesito». Más por curiosidad, al sexto timbrazo, decidió atender la llamada.

—Buenos días, —respondió una voz femenina con acento nacional— ¿hablo con el inspector Ramiro San Martín?.

—Soy Ramiro San Martín y hace varios años que dejé de ser inspector. ¿En que puedo servirle?

—Mi nombre es Viviana, soy la secretaria del señor John F., gerente general de la Compañía… quien desea hablar con usted, ahora, ¿puede?.

—Sí, adelante.

—Un momento por favor, transfiero la llamada.

Mientras aparecía la voz del tal John F., su mente trabajaba tratando de encontrar indicios de esa llamada inesperada. Algunos días atrás, a fines de julio, había leído de un caso policial en el que aparecían involucrados empleados de esa compañía. En ese momento no le había prestado atención, llevaba retirado de la policía casi siete años y estaba enfrascado escribiendo su segunda novela, la cual esperaba tuviera tan buena acogida como la primera que había sido proclamada —por un conocido crítico literario—, la mejor novela policial del año escrita por un autor primerizo.

—Buenos días don Ramiro, habla John F. —escuchó una voz con acento extranjero, que no logró identificar su procedencia, ¿inglés, alemán, estadounidense, australiano?— ¿Como está usted?

—Yo muy bien y ¿usted?.

—Bien, pero con una situación inesperada, así que prefiero ir al tema de inmediato, —dijo con tono enérgico en la voz—.  El motivo de mi llamada es concertar con usted una reunión, aquí en mi oficina en Santiago, para conversar sobre un hecho policial en el cual están involucrados diecisiete empleados de la compañía —y continuó— estamos buscando una persona con experiencia, que pueda ayudar a la policía en esta situación particular y nos han dado su nombre, como un experto en quien se puede confiar —sin permitir ninguna pregunta siguió hablando— ¿cuándo podríamos reunirnos?, ¿hoy miércoles o mañana?

—Vivo en Valparaiso así que me parece más apropiado mañana a las 12 ¿está bien para usted?.

—Perfecto, nos encontramos a esa hora y Viviana le enviará la dirección. Hasta pronto.

«Paniagua, mañana vamos a Santiago.

«No me atrae mucho la idea, aquí estamos bien. Claro que no estaría nada mal como dice el tango: “que te des la alegría mas bonita de encontrar la bombachita colgando de la canilla del baño”,pero eso para ti es mucho.

El resto del día lo dedicó —además de releer, por enésima vez, un par de historias policiales del Comisario Maigret— a reunir toda la información que había sido publicada en los distintos medios de comunicación sobre el tema en cuestión y se felicitó por haber atendido esa llamada. Era de los casos que le atraían. Desde que se retiró, había prestado ayuda a la policía en un par de sucesos policiales especiales. Éste, parecía ser uno de ellos.

Lloviznaba en Valparaíso cuando, el jueves temprano, tomó el bus con destino a Santiago. Cada vez le gustaba menos esa ciudad, congestionada de autos, la gente estresada, el ruido, los bocinazos, las alarmas de los autos, las sirenas y que decir de la contaminación ambiental que en agosto era el peor mes del año, hacían que valorara cada vez más su Valpo., al que se había ido a vivir en cuanto se retiró de la policía, al cumplir sesenta años de vida.

Vendió el departamento que tenía en Santiago y compró uno pequeño de dos ambientes —ubicado en la Avenida Alemania— que tenía un hermosa vista de la bahía. Para un hombre soltero, eso era suficiente. Ramiro se había divorciado hace muchos años atrás. Ella no soportó su trabajo. Comprensible por lo demás cuando se vive con una persona que depende del crimen, el cual no tiene día, ni hora de ocurrencia, no sabe de cumpleaños, aniversario de matrimonio, navidad o año nuevo y ni siquiera de nacimientos. Así que lo único que pudo salvar de esos diez años que duró el matrimonio fue una hija, quien, con el tiempo, aportó a su vida una nieta.

Faltaba un minuto para el mediodía y San Martín estaba ingresando al edificio de la Compañía…, ubicado en el sector norte de la ciudad.

En cuanto se presentó a Viviana, ésta lo hizo pasar a la oficina de John F. que de una cuantas zancadas llegó hasta la puerta a saludarlo y lo invitó a tomar asiento en un rincón donde habían cómodos sillones y una mesa de centro con revistas de la compañía. Mientras les traían café y agua que Viviana les había ofrecido, John F. inició la conversación.

—Leí su novela, me ha gustado mucho, entretenida, sorprendente el final. El personaje principal, ¿cómo se llama?.

—Inspector Paniagua.

—Interesante el personaje. ¿Es una novela autobiográfica?.

—No, para nada. Paniagua y San Martín lo único que tienen en común es que los dos, en algún momento de sus vidas, han trabajado como policías profesionales, pero en lo que concierne a sus personalidades son totalmente diferentes. Paniagua, es lo que San Martín hubiera querido ser, extrovertido, rápido en sus respuestas, ameno en las reuniones sociales, gran conquistador, bailarín de tango y salsa. Pero bueno, vamos a nuestro asunto que usted debe estar muy ocupado. Permítame que le pregunte, que es lo que quiere de mi y porqué.

—Mi interés es que este tema, del que hablamos por teléfono, se clarifique lo antes posible. Nuestra compañía es una transnacional con oficinas en distintos países, tiene su casa matriz en Oslo. Hoy día tenemos quince empleados bajo sospecha, más dos asesinados. Uno de ellos —noruego al igual que yo—, era el gerente de desarrollo y en la escala jerárquica el segundo a cargo de esta filial.

»Desde la casa matriz me han pedido que preste toda la ayuda a la policía y si ellos requieren más personal, —por supuesto que calificado— pongamos a su disposición los recursos que podamos entregar.

»Por medio de la embajada tomamos contacto con las autoridades, tanto del gobierno como de la policía y nos sugirieron su nombre, por su capacidad, disponibilidad y respeto que le tienen al interior de la policía. ¿Alguna pregunta?

—Sí, ¿es usted uno de los quince sospechosos?

—Buena pregunta. No, yo no estuve en la reunión social donde ocurrieron estos hechos tan lamentables. Me habían invitado, pero tenía un compromiso anterior con mi esposa, celebrábamos nuestro aniversario de matrimonio. Supongo que si yo fuera uno de los quince, usted no aceptaría este trabajo.

—Efectivamente. Ahora bien, como usted se puede imaginar, la policía, solo entrega información a la Fiscalía, por lo tanto, no estaré en condiciones de compartir con nadie, ni siquiera con usted, ningún tipo de información que no haya sido hecho pública por ellos. ¿Está usted de acuerdo?

—Lo comprendo, estoy consciente de ello y acepto sus condiciones. Le propongo una asesoría por un mes. Si después de ese tiempo, aún no se resuelve el caso lo conversamos de nuevo. Si se soluciona antes de ese tiempo, igual sus honorarios, que a propósito están definidos en este contrato —y le extendió un documento de unas pocas páginas—, serían por un mes. En otras palabras, confío plenamente en su profesionalismo y apego a lo legal. ¿Qué le parece?.

San Martín le dio una rápida mirada al contrato y vio una cifra que era varias veces superior al monto de su jubilación mensual. Manteniendo la calma y con tono de voz tranquilo, le dijo:

—De acuerdo y para comenzar necesito, por el momento, una copia de la ficha personal de los diecisiete involucrados, con fotografía y todos sus datos personales. Además, información corporativa de la compañía, en especial de esta filial, incluyendo organigrama e identificando las personas a cargo de cada unidad.

—La información solicitada, estará a su disposición —en formato digital— al regreso de nuestro almuerzo, si es que no tiene otro compromiso y acepta mi invitación. No conversaremos nada sobre este tema, me interesa su veta de escritor.

—Y a mi, conocer acerca de la compañía y de esta filial que usted dirige, —agregó San Martín.

Al regresar del almuerzo, en un elegante restaurante del sector —en el que John F. bebió como vikingo navegando por las frías y turbulentas aguas del mar del Norte, y habló entusiasmado de los proyectos de la Compañía…—, estaba toda la información solicitada. Mal que mal esta filial, se dedicaba a desarrollar software de alta complejidad orientado a la robótica e inteligencia artificial.

Una vez que salió de la Compañía…, entró al primer café que le pareció tranquilo y llamó a quien lo había reemplazado en la policía:

—¿Aló?

—¿Galleguillos?

—¿Cómo está jefe? Que gusto de escucharlo, no me diga que le robaron el auto, si es eso mejor llame a los pacos. No, es broma, dígame en que maldad anda y a ver si puedo servirle.

—Estoy haciendo un trabajo, en realidad hace cinco minutos que lo acepté. ¿Me puedes decir quien está a cargo del caso de la Compañía…?

—Si es el de los quince sospechosos y donde mataron a un par de colitas, está a cargo de Elvira. ¡A quien más podría haberle asignado un caso como ese que está muy enredado!. Jefe, ¿se metió en ese lío?, le deseo buena suerte y bienvenido al equipo.

—Gracias Galleguillos, te debo una cerveza. Saludos.

Buscó entre sus contactos hasta que encontró el número telefónico de Elvira

—¿Aló, con la brillante y distinguida sub inspectora Elvira?

—No soy brillante, y una mujer que anda a puros garabatos como yo no es distinguida. Jefe, estaba esperando su llamada. Me habían avisado que a lo mejor volvíamos a trabajar juntos y esta vez no se me escapa, póngase a hacer ejercicios, así que cuando nos juntamos. Si es que estás aquí en Santiago, ¿te parece bien mañana a las ocho en mi oficina?.

—Estoy en Santiago y me parece excelente esa hora, así me puedo ir a mediodía a mi querido Valpo. Esta ciudad está muy densa. Nos vemos mañana.

—Nos vemos mañana y saludo a Paniagua. A propósito, aquí a todos los machos les gustaría ser como él.

«¿Viste San Martín que soy famoso?

«Claro que si, pero gracias a mi. Pórtate bien mañana con la Elvira.

Las siguientes horas las dedicó a trabajar en su nuevo caso, disfrutar algunos momentos familiares junto a su hija y nieta para terminar el día en un hotelito, en el cual a menudo se hospedaba en Santiago.

A las siete con cincuenta y cinco minutos del viernes, San Martín estaba entrando a la oficina de la sub inspectora Elvira. Mujer de un metro setenta de estatura, alrededor de cuarenta y cinco años de edad. Según él, era una mujer con una fuerte personalidad que le había permitido destacarse en un mundo de hombres. En cuanto ella lo vio, se puso de pie y salió a recibirlo. Le dio un abrazo más un beso en la mejilla, que se prolongaron más allá de lo normal, al extremo que si alguien hubiera visto esa escena de seguro sacaría conclusiones erróneas.

—¿Te casaste? —preguntó él.

—No, pero todavía con la misma pareja que conociste. Tampoco tenemos hijos entre los dos, sólo existe el de él y con eso basta. Esta profesión es así de absorbente y tú lo sabes, también pagaste su precio. ¿Qué hay de ti aparte de tu faceta de escritor? A propósito, me gustó mucho tu novela y que hayas tenido éxito. Te lo mereces.

—Agradezco tu comentario y me gustaría verte en el lanzamiento de la próxima novela que está por salir del horno —con un nuevo caso del inspector Paniagua—, ya que arrugaste para la primera.

—Gracias, haré lo posible por asistir, avísame. Ahora a trabajar. Te cuento los hechos y lo que hasta ahora sabemos. Primero, debes firmar este acuerdo de confidencialidad, en el cual te comprometes a no hablar ni en sueños de esta investigación, excepto con agentes de la policía involucrados en este caso. En realidad sólo puedes hablar conmigo, ¿ok?… Bien, ahora puedo continuar.

»Todo comenzó cuando los vecinos —del edificio ubicado en…— comenzaron a sentir un olor nauseabundo que, aseguraban, provenía del departamento signado con el número trescientos cuatro.

»Al llegar la policía —el jueves veintisiete de julio recién pasado—, pudo comprobar la veracidad de la denuncia.

»Los conserjes del edificio confirmaron que, a X —el residente del departamento en cuestión—, no lo habían visto transitar por el edificio desde el sábado veintidós y que en la noche de ese día se había realizado una reunión, al cual habían asistido dieciséis personas —doce hombres y cuatro mujeres todos empleados de la Compañía…— cuyos datos de identificación fueron debidamente registrados en el libro de ingreso-egresos de visitantes, tanto las horas de acceso como de salida de todos, con excepción de uno de ellos, Y —chileno, soltero, treinta y siete años, de profesión ingeniero con estudios de doctorado en el extranjero, experto en desarrollo de software—, que sólo registraba el ingreso.

La actitud de Elvira era relajada, hablaba con voz clara y en forma lenta pero sin pausa. No miraba apuntes y se notaba que estaba compenetrada de los detalles del caso, mientras tanto, San Martín escuchaba atento, sin tomar notas, se vanagloriaba que a pesar de la edad todavía tenía buena memoria.

»En el departamento vivía X, soltero, un metro setenta y cinco centímetros de estatura, treinta y nueve años, de nacionalidad noruega, único residente permanente, que vivía en el país desde hace seis meses atrás.

»Para los efectos de la compañía, estaba haciendo uso de su feriado legal y de acuerdo a las declaraciones de los asistentes a la reunión de aquel día sábado, viajaba a su país de origen en el hemisferio norte para pasar las vacaciones, siendo ese el motivo de la fiesta —una despedida— lo cual fue corroborado porque se encontró en la mesa de noche del dormitorio copia del pasaje aéreo, además de las declaraciones de todos los asistentes a la reunión.

»Una vez que la policía ingresó al departamento se encontró con una escena que —te juro—, nunca antes habíamos visto y puchas que hemos visto cosas raras, pero como esta ninguna.

»Tendidos en el suelo de la amplia sala de estar y comedor se encontraban dos cadáveres, uno correspondiente al residente del departamento, X, y el otro a Y el visitante que no tiene registrada la salida. Todo esto lo podrás encontrar en los videos y fotos que tenemos de la escena del crimen.

—Eso te quería preguntar, ¿cómo puedo tener acceso a la información pericial que han recolectado, interrogatorios, huellas dactilares, copia de los videos de las cámaras de vigilancia, informe forense, etc.?.

—Toda la información del caso está guardada en un servidor, al cual podrás acceder con una clave que te vamos a proporcionar y que debes cambiar por una personal siguiendo las instrucciones. Cada vez que entres al servidor quedará un registro, así como de toda la información que consultes, con día y hora de cualquier acción realizada en los archivos de ese servidor. Sólo se puede consultar y en ningún caso modificar. Estamos bastante más modernos desde que tú te fuiste. Continúo con el resumen.

»El departamento no mostraba huellas de que ahí hubiera ocurrido una lucha o desarrollado una fiesta, estaba todo limpio, ni siquiera había sangre en el suelo producto de las múltiples heridas corto punzante que habían recibido ambos cuerpos.

—Por favor detente ahí. ¿Me estás diciendo que el asesino limpió el lugar? ¿tienen el arma o elemento utilizado en los homicidios?

—Nuestra conclusión es que todo lo limpió Julito 304.

—¿Quién es ese personaje y porqué ese nombre?

—Puchas San Martín que estás atrasado. Te quedaste en el siglo pasado. Es el robot o androide, utilizado por X para recoger y limpiar todo lo que “vea” sucio, lavar la vajilla, y utensilios de cocina, recibir, servir y atender a las visitas. Además, aunque esto se hace desde bastante tiempo atrás, está programado para barrer, aspirar y limpiar el piso. Son desarrollados, fabricados y vendidos por la compañía que te contrató. Nosotros lo bautizamos con ese nombre, por ser un hecho ocurrido en el mes de julio en el departamento 304. Julito 304 es un prototipo, con aspecto de hombre, parecido a Brad Pitt, que está recién en pruebas de terreno. Lo tenía X para comprobar su funcionamiento.

—John F. el gerente general de la Compañía… está muy contento con los avances en el desarrollo del software de este producto, de hecho ha recibido felicitaciones desde la casa matriz. Lo que es yo, no me imagino compartir mi vida con un androide. Estoy mejor con Paniagua, aunque ese compadre no limpia, ni ordena nada. Claro que me entretiene. Pero en fin, cada loco con su tema. ¿Y que hay del arma utilizada en el homicidio?.

—La conclusión del médico forense es que: —se utilizó un cuchillo de cocina y que  por la forma de las heridas, el asesino es uno solo, probablemente ambidiestro—.

—Mientras más avanzas en el resumen, mi interés en el caso aumenta. Así que por favor continua. Eso si, te advierto que de todas formas revisaré la información de detalle.

—No esperaba otra cosa de ti y ojalá encuentres algo que nos de una pista. Hasta ahora el asesino va ganando por lejos. Pero antes de continuar vamos a buscar un par de cafés, yo te invito y el almuerzo lo pagas tú y no como antes en que cada uno pagaba lo suyo. ¿De acuerdo?.

El acto de tomarse un café tomó más tiempo de lo normal, debido a que fueron muchas las personas, ex colegas y conocidos que se acercaron a saludar a San Martín y también a Paniagua, como algunos lo llamaron.

—Me estoy cansando de Paniagua —le dijo a Elvira y agregó— a lo mejor debo contratar a un sicario para que lo mate. Eso es, lo voy a dejar para la tercera novela.

—Por ningún motivo vayas a hacer algo así. Paniagua es entretenido, simpático, tiene muchas cosas de San Martín, aunque tú no las veas o quieras admitir. En todo caso, yo prefiero a San Martín.

—Mejor sigamos trabajando.

—No te pongas nervioso no pasa nada. Continúo. ¿Dónde estábamos?. Aaah ya sé…

Siguieron metidos en el tema hasta las trece treinta horas, después de lo cual almorzaron juntos, en un pequeño restaurante del centro hablando trivialidades. Terminado el almuerzo, ella partió a su oficina y él a su Valpo. querido.

Lo último que le dijo Elvira, en relación al caso policial, fue que: —los dos cadáveres se encontraban desnudos y a primera vista era posible deducir que habían tenido relaciones sexuales—.

—¿Por eso sería que cuando hablé ayer con Galleguillos se refirió a éste como el caso de los colitas? —comentó San Martín.

—¿Eso te dijo mi jefe?. Mal, muy mal. Tenemos instrucciones muy claras de no hablar con nadie sobre este caso, y menos emitir opiniones de ese tipo. Imagínate si un comentario de esa naturaleza llegara a oídos de un periodista y sale publicado en algún medio de comunicación. Los fiscales se nos tiran encima de una y a la yugular. Como resultado, deberíamos dedicar el tiempo a responder oficios en vez de avanzar en la investigación. Puchas que lamento que te hayas jubilado.

En su regreso a Valparaíso, San Martín dejaba que su mente vagara libremente de un tema a otro:

«Paniagua, ¿Qué piensas de todo esto?

«Si Elvira hubiera dicho que me prefiere a mi antes que a San Martín, me quedo en Santiago, la invito a cenar y después a bailar…

«Paniagua, te preguntaba por el caso y tú a la primera de cambio hablas de Elvira.

«El crimen lo vamos a resolver en una semana, es cuestión que apliquemos lógica y vamos a llegar al resultado. Pero lo de Elvira es más entretenido. ¿Cuántos cortes te tiró hoy? Por lo menos tres, comenzando por el recibimiento y todos los dejaste pasar. Eres muy gil.

«Paniagua, definitivamente voy a contratar un sicario para que te elimine. Mientras tanto, pasaremos a comprar un par de botellas de buen tinto para celebrar este trabajo caído del cielo. ¿Viste la cifra?. Mañana nos levantamos temprano para revisar toda la información que tiene la policía, así que déjame tranquilo el resto de la tarde leyendo “Maigret se equivoca”.

«Lo que es yo hubiera preferido quedarme en Santiago e ir a bailar con la Elvira. Pero bueno, tú mandas…

Eran las doce treinta del domingo y San Martín había terminado de revisar una y otra vez toda la información que tenía la policía. Necesitaba cambiar de ambiente, había trabajado —durmiendo no más de cuatro horas— desde el sábado temprano, hasta ese momento sin siquiera bañarse, ni sacarse el pijama de franela y los calcetines chilotes que usaba en invierno. El cielo estaba despejado sin ni una nube, se pronosticaban dieciséis grados como máximo. El mar a lo lejos se veía calmo y una buena caminata era lo más apropiado.

«Paniagua, vamos a caminar y almorzamos por ahí.

«¿Adonde vamos?

«Caminamos por la Avenida Alemania…

«Llegamos hasta la plaza de Los Poetas, almorzamos en el Oda Pacífico en una mesa junto al ventanal para ver la bahía. Lo mismo que vemos desde aquí. San Martín, puta que eres fome. Todos tus proyectos, planes, ideas, tienen tu impronta. Trata de cambiar, no debes quedarte pegado siempre en lo mismo. Cambia el paradigma. Sorpréndete en algo, un viaje. De seguro que cuando regresemos al departamento, te vas a poner a leer alguna novela del viejo inspector Maigret, ¿cuántas veces lo has leído?.

«Paniagua, eres brillante, te pasaste, te amo. En recompensa dime que te gustaría hacer.

«No tengo claro que hice. Ayer querías matarme y hoy me dices que me amas. En fin. Subámonos al Metrotren, nos bajamos en Caleta Abarca, caminamos por la costanera, Avenida Perú y almorzamos en cualquier boliche de por ahí. A lo mejor cae alguna turista que anda perdida, con deseos de conocer los rincones íntimos y la bohemia de Valparaíso. ¿Qué tal?…

Una vez de regreso al departamento, San Martín siguió estudiando el caso. A las nueve de la noche toma el celular para llamar a Elvira, y en ese instante recibe una llamada de ella.

—Estaba por llamarte, —le dice a Elvira.

—San Martín, ¿viste que no puedes dejar de pensar en mi?

—Sólo por cuestiones profesionales querida Elvira. Pero dime, a que se debe tu llamada.

«Que respuesta San Martín, que respuesta. Te la dejaron dando bote, a la entrada del área, listo para meter el gol. Eres muy gil.

«Paniagua, tú, callado. No molestes.

—¿Has avanzado en algo? Mira que me están presionando mucho por resultados. Todo el fin de semana hemos estado reunidos tratando de agarrar una hebra y nada. ¿Que me puedes decir?.

—Tengo una idea que necesito compartir y discutir contigo. Mientras más pienso en ella, más me convenzo que es una buena línea de investigación.

—Supongo que no la has conversado con nadie.

—Ni siquiera con Paniagua, a pesar de que fue él quien con un comentario me abrió la mente. Mañana tomo un bus a las ocho de la mañana, puedo estar en tu oficina alrededor de… las diez treinta. ¿Te parece bien?.

—Me parece pésimo. A las siete treinta estará en tu edificio, —supongo que aún vives en la Avenida Alemania— un auto de la policía para traerte hasta mi oficina. Te estaré esperando, con un café y dos medialunas.

—Ok jefa, como usted ordene. Que descanses.

A las siete veinte del lunes, San Martín se subía al coche que lo trasladó hasta las dependencias de la policía de investigaciones en Santiago. Una hora y quince minutos más tarde entraba a la sala de reuniones donde lo esperaban Elvira y sus dos ayudantes, uno de los cuales era conocido por San Martín y el otro un joven recién salido de la Escuela. Además, había un café cortado doble y dos medialunas.

En cuanto terminaron los saludos y presentaciones, Elvira dijo: —Ok San Martín, te escuchamos—.

—Como ustedes saben, un crimen tiene tres patas: motivo, medio y oportunidad. Cuando se logran identificar, el crimen está resuelto.

Mientras San Martín hablaba, Elvira y sus ayudantes estaban atentos y expectantes.

—Pienso haber definido el medio y la oportunidad, —dijo San Martín y continuó con su análisis—, lo cual es un avance. El motivo, lo buscaremos entre todos y en ese momento será más fácil identificar al asesino. La mala noticia, es que el criminal no necesariamente es uno de los quince sospechosos, aún más, puede ser que ni siquiera esté en el país…

Se analizaron cada uno de los motivos que normalmente llevan a cometer un asesinato y se cotejaron con los antecedentes que tenían. Almorzaron algo liviano en la misma sala, sin interrumpir la búsqueda del o los motivos. A media tarde tenían la solución y los pasos que debían seguir para ponerle, un rostro y un nombre al asesino.

El resto de la semana fue larga y extenuante. Se informó a la Fiscalía de cual era la línea investigativa. Se ejecutaron todas las acciones legales: incautación de información en la Compañía…, y análisis de datos. Nada quedó al azar, ni un solo cabo suelto.

El viernes en la mañana de esa misma semana y desde las dependencias de la Compañía…, Elvira y sus ayudantes procedieron a detener al ingeniero —de nacionalidad chilena—, jefe del grupo de programadores a cargo del desarrollo del software del androide, el que después de ser interrogado, y ante las contundentes pruebas que pusieron frente a él, firmó su confesión.

A mediodía de ese día, San Martín se reunió con John F.. Conversaron de los cambios que debían hacer a sus procedimientos, para que nunca más sucedieran hechos como los ocurridos recientemente. Se supone, —dijo John F.—, que los androides no debieran repetir los errores y prejuicios que acarreamos los seres humanos y utilizarlos a ellos, como herramientas para descargar nuestras fobias.

Antes de despedirse, John F. le dice a San Martín: —si no es indiscreción, ¿Quién resolvió el caso, San Martín o Paniagua? y ¿cuáles son sus próximas tareas?

—Trabajamos en equipo, somos muy unidos. En cuanto al futuro, me voy ahora mismo a mi Valpo. querido. Me espera una novela, que en cuanto la termine de escribir, partimos a Francia a conocer el pueblo Meunge-sur-Loire, lugar al que se fue a vivir el inspector Maigret, —junto a su esposa— cuando se jubiló.

«Buena idea San Martín, a lo mejor encontramos una francesita que quiera bailar tango.

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El culpable fue Eladio Rojas

Vuelven de nuevo los recuerdos,

las horas jóvenes que di

y desde el mar llega un fantasma

hecho de cosas que amé y perdí.

(Los Pájaros Perdidos)

Mario Trejo – Astor Piazzolla

Ricardo Gallardo pase a toma de muestras —se escucha por unos parlantes—.

«¿Será él?, ¿cuantos años atrás?, ¿sería capaz de reconocerlo?, ¿me reconocería?, claro que podría ser él, ahora calvo, barrigón, pero el mismo perfil.

Él desaparece tras una puerta, la misma que deberá cruzar ella cuando la llamen para hacerse el exámen de sangre, que le solicitó el cardiólogo.

Observa a su alrededor. Al frente una anciana tejiendo, que la mira y sonríe.

«¿Se estará riendo de mi?.

La anciana le dice:  —El culpable fue Eladio Rojas, ¿no cierto?.

—Fue el dieciséis de junio de mil novecientos sesenta y dos —dice ella y agrega— nunca lo olvidaré.

—¿Y donde estabas?.

—En la casa de Manuel, era el único que tenía televisión en el barrio, —y continúa:

»Estábamos los dos de pie con la espalda apoyada en la pared, en un rincón de la sala de estar que estaba llena de amigos y vecinos. Habían cerrado las cortinas para oscurecer la habitación. A mi me gustaba mucho Ricardo, a menudo venía a mi casa, —era compañero de mi hermano en la universidad. Antes que terminara el primer tiempo me había tomado la mano y nos hacíamos cariños.

—No me digas nada, al minuto noventa Eladio Rojas convierte el gol de Chile.

—Sí, sí. Y él me abrazó y me besó, yo sentía que me desmayaba. No quería que me soltara. Todos saltaban alrededor y nos abrazaban y él seguía besándome y sus manos, sus manos no se quedaban quietas y yo aferrada a él.

—Tú también te fuiste con ellos a la plaza Italia, al carnaval, a celebrar el tercer puesto de Chile en el mundial, —afirma la anciana.

—Siiií, los dos íbamos abrazados y nos besábamos a cada rato. Él me llevó a la pensión donde vivía, —toda su familia era del norte— ahí estuvimos horas, los dos solos.

»Cuando ya era de noche me fue a dejar a casa. Me contó que al mes siguiente partía a Estados Unidos, a estudiar, se había ganado una beca y todos estaban orgullosos de él, —imagínate, de Vallenar a Boston— me dijo.

»Me faltaban seis meses para terminar la secundaria. Del colegio me pasaba a su hospedaje. No estudiaba, lo único que quería era estar con él, aprovechar ese mes. Me dijo: —te juro que cada semana te enviaré una carta.

—Tú te retiraste del colegio porque estabas embarazada, —dice la anciana con una expresión de disgusto en el rostro.

—Y la panza comenzó a crecerme, tú te diste cuenta de todo, me dijiste que había sido una tonta, te pusiste a llorar. Estabas más preocupada de lo que dijeran tus amigas que de mi. Hablaste con tu cura para que me confesara, pero yo no había cometido ningún pecado.

»Yo quería tener ese niño, me dijeron que había sido niña. Me sentí mal y aborté. Sí, nació muerta, no se si nació, y a él nunca le conté, yo lo amaba.

—¡Él te mintió, nunca te escribió!

—Cada semana recibía una carta, después se distanciaron, las leía una y otra vez, llegué a decirlas de memoria pero nunca se las respondí, tampoco le conté a nadie que me escribía. Aquí en la cartera tengo la última que me escribió, ¿quieres que te la lea?.

»No la encuentro, no sé donde la tengo. No, no puedo haberla perdido, ¿qué habrá pasado?.

—Hija, ahí viene —susurra la anciana.

Despierta sobresaltada, transpirando, agitada y escucha.

—¡Abuela!, ¡abuela!,  —es la voz de una niña, que desde el baño pide ayuda.

El Rucio

Vivo en un condominio formado por un conjunto de edificios de tres pisos, que rodean un parque con grandes árboles añosos. La convivencia es buena, sana y lo pasamos muy bien, especialmente en agosto.

Hacía días que el departamento del tercer piso del edificio, en diagonal al nuestro, estaba vacío. Así que no me extrañó cuando vi —ese día de fines del mes de julio— que llegaba un camión de mudanza.

Lo interesante es que estaba en el balcón recostada, aprovechando el solcito suave que alumbraba desde el norte, cuando lo vi en el balcón del departamento que les acabo de mencionar. Buena facha tenía el Rucio como lo bauticé, por su pelo largo de un color rubio casi blanco.

Haciendo como que no lo había visto, me paré y di unos pasos por el balcón. De reojo me di cuenta que había llamado su atención, así que seguí mostrándome como si no hubiera nadie más alrededor y que yo fuera la única especie en el mundo, claro que disimuladamente seguía observándolo hasta que en un momento dado me detuve y lo miré, cierto que en una forma algo desfachatada como diciéndole ¡¡ohhh que sorpresa vecino bienvenido!!. Él, se puso muy alegre y le hice un gesto como de invitación a lo que respondió mirando a su alrededor y viendo como podía llegar hasta mi balcón. Eso me gustó mucho porque mostraba su interés, audacia y decisión. Caminó de un lado a otro, se subió a la baranda de la reja del balcón, calculando la distancia que  había hasta el árbol que tenía más cerca. Para ayudarlo me paré sobre la baranda de mi balcón y salté desde ahí hasta mi propio árbol, el que he utilizado muchas veces para llegar hasta la calle. En cuanto estuve en el árbol salté de vuelta hacia mi balcón para ver que hacía él. Mi corazón estuvo a punto de explotar cuando vi que saltaba al árbol y bajaba hasta el suelo. Mientras cruzaba la calle apareció el Tomy y el Rucio corrió como seguramente nunca lo había hecho antes, sin saber que el Tomy es bueno, inofensivo y juguetón. El hecho es que no supo como llegó hasta mi balcón.

Ahí estuvimos toda la tarde jugueteando. Cuando ya se ponía el sol, estábamos los dos tendidos en el suelo y él, acurrucado a mi espalda, me pasaba su lengua suave por mi cabeza y mejillas. Yo, con los ojos cerrados disfrutando ese momento tan especial. De pronto abro los ojos y observo el cielo rojo, como si hubiera el más grande incendio a nivel planetario. Ver ese espectáculo tan precioso, junto a las caricias del Rucio me llevó, sin medir consecuencias, a exclamar ¡¡¡Guaaauu!!!

Grande fue mi sorpresa al sentir y ver al Rucio dar un salto, su columna doblada como un arco, el hermoso pelo engrifado, la cola rígida y levantada y sus pupilas, al centro de sus ojos negros, estaban más rojas que el mismo cielo.

Sin decirme nada, —en realidad no era necesario—, se subió a la baranda del balcón, saltó al árbol y bajó a la calle.

La última vez que lo vi, fue arrancando del Tomy…

Está claro que nunca voy a entender a los gatos, son tan machistas.

Imágenes

Lanzaron tres dados sobre la mesa. Aparecen tres imágenes distintas. La primera es un puente, la segunda una pirámide, no sé que es la tercera. Debo escribir algo. Las cinco compañeras del taller de escritura todas concentradas, su lápices vuelan sobre el papel. No sé que es la tercera imagen. Una es un puente, ya lo sé, de madera como el que hay camino a Rungue. Nos dieron veinte minutos para escribir el cuento, ¿cuantos llevamos?, no tomé la hora ¿serán siete u ocho?, ¿y la tercera imagen, que es?. Los tablones anchos a lo largo del puente, todos lo cruzan caminando, yo en la bici. Mierda, ¿qué imagen es?. Meto la rueda delantera en la separación entre ellos, al suelo, esguince de rodilla. Pero la tercera, no tengo tiempo, y no sé que es. Ellas escriben, tachan y vuelven a escribir, saben lo que están haciendo y yo todavía no doy con la tecla adecuada. Estoy sudando. Debo calmarme, pensar. No, se trata de sentir. Deben quedar siete minutos. La primera puente, la segunda pirámide, como la del Sol, es muy agotador subirla y terrorífico bajarla. La pendiente es muy fuerte debo bajar con cuidado. Concéntrate, siento miedo, estoy aterrado. Trata de encontrar el significado de la tercera imagen. Estoy entero mojado, debo bajar como sea, ¿sentado?, no llegaré nunca, pero si me paro el vértigo, tengo deseos de saltar. ¿Cuántos minutos faltan?, tres dice una de ellas y escriben y escriben, cada una lleva como una página. Voy a volar y salto, quiero alcanzar una estrella. ¡Esa, esa es la tercera imagen! y caigo, sigo cayendo, me voy a estrellar. ¡¡¡Nooooo!!!.

Me zamarrean, despierta amor, —dice mi mujer y agrega— parece que tuviste una pesadilla.

Sí, ya pasó, estoy bien. Sigue durmiendo, gracias. Un beso.

Emilia Tellez

Diez de la mañana de un miércoles cualquiera de verano. Hola patrón buenos días, espere aquí, la patrona ya se va. Ahora patrón tire la cola pa’ tras, eso, ahora todo pa’ adelante, quiébrese más, pegadito al árbol, así me deja hueco pa’ otro cliente. Richards toma las llaves del auto por si hay que moverlo. ¡Hoy todo fresquito, la reineta regalá! ¡El congrio colorado, mueve la cola y saluda, listo pa’ el caldillo!. ¡Fresca, fresca la corvina! ¡y pa’ que decir de las machas y almejas!. ¡Está lindo el salmón, calidad chilena!. ¡Aquí están los mejores pejerreyes!. ¡Están re buenos los melones, elija tunas o calameños le tenemos!. ¡De Paine vienen, vienen de Paine las sandías, pase y pruebe, puro jugo, dulces las sandías!. ¡Buenas, buenas las frutillas, solo pa’ clientes con criterio formado!. Dos kilos de papas por favor. De estas le doy patrón, la calidad va por dentro, en la casa lo van a aplaudir, me dice el flaco y me mira con una sonrisa sincera en su rostro, dejando al descubierto su boca donde faltan varios dientes, mientras el ayudante un gordo que algún problema mental debe tener abre la bolsa de plástico para tomar las papas, sin antes mirarme con sus ojos redondos, y diciéndome con un gesto que esas son las buenas. De Limache, de Limache aquí están los mejores tomates, caserita que se le ofrece, elija usted misma, todo está fresquito. Camino hasta la casera de las verduras. Busco en el bolsillo el listado que hicimos ayer y no lo encuentro, ¡mierda!, otra vez lo olvidé. Que le damos caserito, no me diga que otra vez olvidó la lista. Así nomás es, pero vamos de memoria que se puede. Lleve estos choclos, están de miedo pa’ cocido y un kilito de granados, quedará como rey, las dos lechugas de siempre, le doy una escarola y otra marinera que están de miedo. Dame dos berenjenas de las que estén duritas, —¿así como estas?— me dice y se mira el pecho. No sé, tendría que tocarlas para saber como están, —chií y después viene la patrona y me saca la cresta mejor no lleve berenjenas, además usted me dijo una vez que no le gustaban—, zapallos italianos y un corte del otro también, cinco cebollas moradas, llévese las seis por cinco lucas, bueno ya, hoy estoy fácil, cilantro dos atados para el arroz verde, cebollines y tomates con eso me voy. Cuídese casero nos vemos el próximo miércoles. Adiós y no ofrezca tanto las berenjenas. No patrón sólo a usted pero que no se entere la patrona. Hola patrón ¿todo bien?, ¿la patrona?, ¿qué le doy?, todo está re bueno. Rosita, págate de cinco mil ochocientos con diez lucas. Rosita, ¿cuánto le debo por el kilo y medio de frutillas?, ¿no va a llevar queque?, chií está re bueno mi queque, además le tengo humitas y pastel de choclo, no ve que hay que diversificarse Aquí, aquí al buen queque de la Rosita. Vanemie, dos melones tunas al señor. ¿Trabajan los haitianos?. Sí señor mucho más que los chilenos, tienen hambre y no paran de trabajar, mire usted a los chilenitos esos paraos ahí sin hacer nada, ahora se creen gerentes. Llapo Lucho sácate las manos de los bolsillos y ordena allá atrás los limones. Ya pues niños chicoteen los caracoles que la cosa está lenta. Rosita, ¿cómo están las cerezas? Muy buenas, pruebe. Kilo y medio de cerezas, dame un surtido de duraznos, dos docenas, menos conserveros, cinco paltas, un kilo de frutillas. Con esto me voy. Agrégale cinco plátanos. Le saco la cuenta ya. Rosita págate de ocho mil trescientos con diez lucas. Rosita te vas a volver loca. Ya estoy medio loca. A lo mejor enamorada. Nunca tan loca, tengo un pololo, con eso me basta. Me levanto a las cinco de la mañana, cargamos los camiones mientras mi hermano se va a la Vega. En la tarde de vuelta a la casa, descargar los camiones, revisar la fruta, botar la que está mala, sacar las cuentas, comer algo y a acostarse, no me queda tiempo pa’ el amor. Chao casero nos vemos el miércoles, saludo a la señora. Cargo las dos bolsas y me ve el Richards. Yo le llevo las bolsas. ¿Ese es tú hijo? Sí, el concho, tiene 24 años y me salió chueco. ¿Cómo así? es del Chuncho y yo del Colo pero igual lo quiero. Ahí está la pierna, también acomodando autos, este es un emprendimiento familiar —como dicen ahora—. Tengo cuatro hijos y tres nietos de una de mis hijas y yo ya le dije, para la cosa mira que hay hartos condones, después tení que educarlos y tienen que ir a la universidad, no van a ser acomodadores de autos en la feria como yo, no po, si uno quiere que progresen. Fíjese que una de la nietas en octavo tiene cuatro compañeras embarazadas, no hay salud, los papás tienen trece, catorce años. Adiós patrón y que tenga una buena semana, nos vemos el próximo miércoles aquí en la feria de Emilia Téllez, si el pulento no dice otra cosa.

La viuda negra y sus viuditas

La investigación de la policía y el resultado de la autopsia que se realizó en la ciudad de Castro demostraron, sin lugar a duda ninguna, que el Pancho, —nacido y criado en una pequeña isla distante a dos horas de navegación de la capital provincial del archipiélago de Chiloé— había fallecido en su hogar, el lunes treinta de enero del año dos mil doce alrededor de las veinte horas, a raíz de mordeduras —mientras cortaba alfalfa para el forraje de sus animales—, cuyas características correspondían a las ocasionadas por la araña del trigo.

El informe pericial indicaba que: —la ropa y el calzado del difunto mostraban trazas claras de haber sido utilizadas en esa faena—. Además agregaba: —no se han encontrado los ejemplares de la o las arañas, lo cual no es extraño ya que esto habría ocurrido en el trigal, y los síntomas de estas mordeduras se sienten algunas horas después de ocurridos los hechos—.

De acuerdo con el expediente judicial, la esposa y sus tres hijas le habían prestado al occiso la asistencia apropiada, —considerando las circunstancias del lugar, que no cuenta con atención primaria de salud, el aislamiento físico y la carencia de servicios de comunicaciones que permitan ayuda médica adecuada y oportuna para este tipo de casos—.

El fin de semana anterior, se había celebrado en la isla la tradicional fiesta anual costumbrista, donde el Pancho se había lucido cantando y tocando el acordeón. Por su parte, doña María, la madre, Justiniana la hija mayor, de dieciocho años y Ernestina la menor de doce años recién cumplidos, se afanaron preparando su especialidad: el mejor pulmay que se conocía en la isla, con un caldo que todos decían —podía resucitar hasta un muerto—, pero que no fue suficiente para que el Pancho, esposo de doña María y padre de las niñas, sobreviviera a ese accidente que le costó la vida —como fue catalogado por la Fiscalía—.

Mientras su madre y hermanas preparaban el curanto, y su padre animaba la fiesta, Rosario, de tan sólo quince años, se dedicaba a los quehaceres domésticos y a preparar chapalele que llevaba hasta la plaza del pueblo; recorrido que hacía lentamente para aprovechar el tiempo en su gran afición: —la búsqueda y recolección de insectos, escarabajos, arañas, que los colocaba, algunos vivos otros muertos, en un insectario que guardaba en un lugar seguro, junto a los aperos, herramientas y otros elementos utilizados en la agricultura, lejos del alcance y la vista de cualquier visitante ajeno a la familia.

El día domingo, una vez terminado el encuentro costumbrista, —como era habitual— las mujeres se retiraron a sus casas y los hombres continuaron bebiendo, celebrando el éxito de la fiesta que cada año atraía más y más turistas. Ese veintinueve de enero no fue la excepción, y tampoco escuchar —como a menudo lo hacía los sábados en que los hombres se juntaban a beber en la cantina—, las maldiciones de Pancho porque Dios no le había dado ni siquiera un hijo varón, en vez de eso, tres mujeres. También era normal oírlo exclamar que el que mandaba en su casa era él, solo él y pobre de la yegua o potranca que no le sirviera con prontitud lo que pedía u ordenara.

Cuando el cuerpo del Pancho, una vez terminada la autopsia, retornó de Castro para ser sepultado en la isla, todo el pueblo asistió al funeral. Fue en ese momento cuando la gente comenzó a murmurar sobre la extraña actitud de su familia.

La esposa del difunto, vestida de riguroso negro —si hasta un velo le cubría el rostro— y sus tres hijas, con recatadas vestimentas, eran las que encabezaban el cortejo —que se hace a pie desde la iglesia hasta el cementerio— pero nadie, nadie, las vio derramar, en ningún momento, ni una sola lágrima y tampoco mostraron congoja durante el velorio que tuvo lugar la noche anterior.

No faltó la vecina que hizo ver este hecho a otras mujeres de la comunidad. A lo mejor se debió —decían las que eran más amigas de la señora María— a que hubo que preparar mucha comida para tantísima gente que vino de otros lugares, y quien va a tener tiempo pa’ llorar en esas condiciones.

Otra añadió más antecedentes y contó que: —mientras el pobre Pancho “toavía” estaba en Castro —y no sé pa’ que llevarlo de aquí pa’ allá si el hombre ya estaba siendo juzgado por el Altísimo— , fui a visitar a doña María por si necesitaba algo y no me van a creer ustedes, desde la casa de doña Feliciana a la que pasé a saludar —que está lejazo de la casa del “finao”—, se escuchaba música extranjera a todo volumen. —Hace varios días que pasa eso, si hasta yo la he escuchado y eso que estoy media sorda, —me dijo doña Feliciana y agregó— tan buen hombre que era el Pancho, siempre listo pa’ ayudar en cualquier minga, aquí o en otra isla. Claro que a veces tenía la mano pesada con doña María y las hijas, especialmente con la Rosarito, que camina tan re lento y siempre mirando el suelo.

Las murmuraciones continuaron con el tiempo, al extremo que a la señora María y sus hijas, se las comenzó a llamar como la Viuda Negra y sus Viuditas. Cierto que esta familia con sus actitudes fomentaba los rumores, tanto era así que algunas personas comentaban que antes de cumplir un mes de enterrado el Pancho, su viuda y sus tres hijas vestían llamativas tenidas de colores, e incluso con polleras afirmadas sólo por tirantes, en ese verano que había sido especialmente caluroso.

Así fue como, algunos meses después de la muerte del Pancho, el pueblo entero llegó a la conclusión que en ese lamentable hecho, no había gato encerrado si no más bien, una araña suelta en el momento oportuno.

Sólo dos personas que, por su investidura, estuvieron relacionadas con el caso sabían o sospechaban lo que pudo haber sucedido.

Uno era el cura, confesor de todo el pueblo, que cuando alguien tocaba el tema de la muerte del Pancho, decía con esa entonación de letanía típica de los sacerdotes: —Dios siempre encuentra la forma adecuada de castigar los pecados del hombre—, levantaba la mirada al cielo y en un susurro apenas audible, exclamaba —Señor, perdona mis pecados— y hacía, tres veces, la señal de la cruz.

El otro, era el Fiscal asignado a este caso que en cuanto llegó a la casa del Pancho —al proceder a interrogar a su mujer e hijas—, le llamó la atención la forma que éstas rodeaban y cuidaban a su madre, en un acto de máxima protección y unión.

—¿Como se hizo esos moretones que tiene en los brazos?, —le preguntó el Fiscal a la señora María.

Antes que ella respondiera, intervino Justiniana diciendo: —mi mamá sufre de vértigo y problemas de mareo, pierde el equilibrio y se cae, con decirle que ni a la lancha se puede subir —y agregó— en el hospital de Castro, una doctorcita que la revisó le dijo que tenía problemas en el “oído del medio” o algo aquí en “la cuchara”, —y con la mano derecha señalaba en el pecho la zona del corazón— ¿me entiende usted?.

—Me imagino que normalmente pierde el equilibrio los días sábado en la noche cuando tu papá regresa de la cantina —dijo el Fiscal.

A ese comentario, las cuatro mujeres al unísono, además de mantenerse en silencio bajaron las cabezas y quedaron mirando al suelo, en una tácita señal de afirmación. Solo Rosario lo miró de reojo…

Dos años después, un día de inicio de marzo, se encuentra temprano en la mañana el Fiscal del caso de Pancho —ahora a cargo de la oficina Regional de esa repartición pública—, bebiendo su primer café y leyendo uno de los diarios de la zona. En la sección Sociedad se encuentra con una fotografía donde se ve a Rosario, junto a su madre y hermanas, recibiendo la bendición del cura. La nota que acompaña a la foto, indica que: “Rosario, se embarca en el transbordador a Castro para iniciar sus estudios en la Facultad de Ciencias de una Universidad en la ciudad de Valdivia, y así hacer realidad su gran sueño que es ser entomóloga. Sus estudios han sido posible gracias a una beca lograda, entre otras cosas, por llegar a formar el más grande e importante insectario que se conoce en todo el archipiélago de Chiloé, —en el cual cada ejemplar está debidamente clasificado con el nombre científico y popular—, donde destancan los dos únicos especímenes hembras de  latrodectus mactans, —más conocida como viuda negra o araña del trigo que se han encontrado en la isla”.

El Fiscal sonríe, recuerda que: «las declaraciones de las cuatro mujeres de como habían ocurrido los hechos, fueron consistentes y coherentes, sin existir contradicciones entre ellas y que, a lo mejor, la gente de la isla tenía razón cuando se refería a la muerte del Pancho; porque dos picaduras de araña del trigo —en un mismo sujeto—, no es casualidad». Deja el periódico a un lado, bebe el resto de café y —cerrando en su conciencia el caso del Pancho—, da inicio a su día laboral.

El anciano que quería escribir un cuento sobre un perro llamado Bruno

Instalado en su escritorio —temprano en la mañana de un día viernes cualquiera—, con el procesador de palabras abierto se disponía a escribir sobre un perro llamado Bruno. «¿Por que acerca de un perro y además que su nombre sea Bruno?», «a lo mejor ha sido parte de un sueño que no recuerdo, vaya a saber uno de que lugar vienen las ideas, dicen que son como semillas que se depositan en la mente de uno, esperando las condiciones propicias para su germinación», —se dijo a si mismo.

Miró a través de la ventana, y dejó vagar su mente. Por los resquicios de su memoria fueron apareciendo, desordenadas en el tiempo, escenas de sus ochenta y cinco años de vida. En algunos momentos sonrió, en otros tuvo que pasar sus manos por lo ojos para secar unas lágrimas. De repente apareció la imagen de aquel día, en que sus hijos se habían atrevido a plantear el deseo de contar con una mascota.

Fue durante un almuerzo de domingo, el ambiente estaba relajado, la conversación amena cuando Irene —la menor de los tres que tendría en esa época ocho o nueve años dijo solemnemente:

—Queremos pedirles algo —y miró a sus hermanos para preguntarles—, ¿quién soy?

—Eres la vocera —le dijo Javier en tono apenas audible y su hermano Mario agregó—, club hermanos unidos…

—Aahh ya, ahora me acuerdo, —Irene inspiró profundo para tomar valor y comenzó su petición—. Como vocera del club “Los Hermanos Unidos” humildemente solicitamos contar con un perrito macho —y terminó agregando—, nosotros nos comprometemos hacernos cargo de su cuidado.

—Me parece bien que quieran tener un perrito, pero ustedes tres, primero deben demostrar que son responsables con sus cosas, —exclamó su esposa, para continuar—, tú —le dice a Mario que es el mayor—, debieras dar el ejemplo, tu pieza es un asco por el desorden, ni siquiera encuentras tus cuadernos, ¿vas a comprometerte a hacerte cargo de un perrito? —y continuó— tú, Javier, que apenas puedes con tus deberes escolares ¿serás capaz de asumir más tareas?. No y no, mientras yo viva no habrá un perro, gato, ni ninguna mascota en esta casa. Me basta con todo lo que se debe hacer, para agregar más trabajo y motivos de problemas. —Mirando a su marido dijo—: No se que opinas tú.

—Estoy en pleno acuerdo contigo —y él agregó—. Me llama la atención que ustedes dos que se creen tan machitos, tan hombres, se escondan detrás de su hermana para hacer una petición como ésta y de seguro no le contaron lo que pasó con los hámsters, ¿lo hicieron?. Irene ¿te contaron que pasó con los hamsters?, —los dos hermanos bajaron la cabeza y se miraban de reojo—. No, claro que no te contaron. Resulta que cuando aún no habías nacido, este par, al igual que ahora, pidieron una mascota y les traje dos hamsters, uno para cada uno, con el compromiso que debían cuidar de ellos. Escucha bien que pasó: a los pocos días se murió uno de los animales y estos dos, que se creen muy hombres, se peleaban el hámster muerto en vez del que estaba vivo, tan sólo para librarse de sus compromisos. Esos son tus hermanos.

«¿Qué habré querido decirles con eso de que se creían tan machos?, —se preguntó y continuó—. Hoy, después de tantos años y lo vivido ¿les diría lo mismo?», y vino a su memoria ese día tan especial que cambió su forma de pensar, de ver el mundo, a las personas, instituciones y principalmente a si mismo con sus propios prejuicios.

Estaba con su esposa solos los dos en casa, y llegó Javier, que a esa fecha tendría veinticinco años, preguntó por sus hermanos y cuando le contaron que habían salido, dijo:

—Necesito hablar con ustedes, para mi es muy importante. No se como lo van a tomar, especialmente tú, papá, pero ya no doy más, llevo años pasándolo mal, escondiéndome, sufriendo, llorando en las noches. Espero que me entiendan y en todo caso yo siempre los amaré. —Y sin más preámbulos agregó—: soy homosexual, sí, soy gay y no puedo ni quiero seguir ocultándolo.

Su esposa saltó del asiento para abalanzarse sobre su hijo, abrazarlo, decirle lo mucho que lo amaba y que lo único que debía hacer era tratar de ser feliz.

Eso es lo que más admiraba de su mujer, —siempre sabía que hacer en esas situaciones difíciles, era como si lo tuviera todo pensado y decidido de antes—. En cambio él, se levantó lentamente del asiento, abrazó fuerte a su hijo, le dio un beso, y en silencio abandonó la sala de estar…

Escuchó a su esposa que, en la habitación contigua exclamaba: —¡Hijo, que alegría!, ¡Que, emoción!, ¡Felicitaciones, te amo, los esperamos!, cuando ella llegó a su escritorio le dijo:

—Dos buenas noticias, la primera, vienen a almorzar Javier y Héctor.

—Excelente, hace tiempo que no los vemos y los estaba extrañando. No me vas a creer, hoy me acordé mucho de él. ¿Y la segunda?

—En realidad son dos más, afírmate. Decidieron casarse y además trae su nuevo libro de cuentos, que lo tituló: “Andanzas de un perro llamado Bruno” —y agregó—,vamos, acompáñame, tengo almuerzo para los cuatro, falta el aperitivo.

El anciano miró la página de Word vacía, excepto por el título: El Bruno. Cerró la aplicación e hizo click en la pestaña de “No guardar”, y alegre caminó hasta la cocina a preparar el pisco sour para festejar a su hijo con su pareja.

Solcito de invierno

Llegué a trabajar a esa área de la empresa recién egresado de la universidad, por allá a fines de los años sesenta, sin ninguna experiencia laboral.

Una cosa era ser contratado para desempeñarse ahí, otra muy distinta es que uno fuera aceptado por el grupo. No valía el origen social, ni la universidad en la que uno había estudiado, sólo contaba la capacidad que se tenía la cual cada día se ponía a prueba hasta que se ganaba el respeto y aceptación de todos.

Este era un grupo conformado por alrededor de treinta hombres y una sola mujer, Ester, que en esa época tendría veinticinco años más menos, soltera, simpática y una fuerte personalidad. Aceptaba los piropos con elegancia, pero pobre del que intentara ir un poco más allá, podía quedar en vergüenza delante de todos.

Llevaba trabajando en esa área siete u ocho meses y había logrado una buena integración en el grupo, cuando se presentó una situación especial.

Como siempre, el bus salía a la siete menos cuarto de la esquina de Amunátegui con Alameda para recorrer, cada día, los pocos más de cien kilómetros hasta nuestro lugar de trabajo al sur de Melipilla. Ahí estaban sentados con cara de sueño varios de mis compañeros, entre otros el Huacho Correa —le decían así debido a su fealdad, se corría la voz que debido a eso su padre nunca quiso reconocerlo y su madre lo dio en adopción.

El Huacho era todo un personaje, su cara grande rectangular, cejas bien tupidas, pelo de color negro tieso como clavos, ojos grandes saltones y la mandíbula inferior con un prognatismo pronunciado, confirmaban que su apodo estaba bien puesto, pero bastaba que se pusiera a cantar para que todo el mundo olvidara su fealdad. Tenía una voz preciosa y se sabía todas las canciones de la época, boleros, tangos, rancheras y si eso no fuera suficiente, tenía mucha gracia para declamar hermosos poemas de amores olvidados y sufridos. Era tal su encanto que embrujaba a las mujeres, pocas eran las que se resistían a sus encantos.

Ester esperaba el bus en la plaza Italia y en cuanto subió esa mañana, todos comenzaron a cuchichear, a pegarse en los codos para que la observáramos.

A pesar de que no había unanimidad, en cuanto a que si Ester tenía o no bonitas piernas, para ninguno fue aceptable que esa mañana apareciera vestida con pantalones en vez de falda.

En el bus, Ester, normalmente se sentaba en el primer asiento, y se enfrascaba en la lectura del libro de turno, que también era su forma de decir: —no quiero que nadie me moleste—. Así que para tratar el tema de la vestimenta de ella, se realizó una reunión de urgencia en la parte trasera.

—Si permitimos esto tan sólo una vez, no le vamos a ver nunca más las piernecitas y con lo que a mi me gustan esos tobillos firmes y para que decir de las pantorrillas, —dijo el Huacho que fue el primero en hablar y agregó—, no saben ustedes cuantas noches he soñado que me despierto y las tengo aquí, suavecitas, calientitas —y colocó sus manos sobre el vientre, mientras entornaba los ojos, movía lentamente su cabeza de un lado a otro y se mordía el labio inferior.

El Maleta de Gásfiter, que decía las verdades sin anestesia y por eso el sobrenombre, dijo —yo hablo con ella y le digo que …

Antes que terminara de hablar varios saltaron de inmediato oponiéndose a esa opción. —Este hueón va a dejar la cagada— decía uno y otro añadía, —sería como echarle bencina a la hoguera.

El Rascabuchas, —que no se caracterizaba por opiniones inteligentes— sugirió presentar el caso al sindicato. Todos lo miramos con cara de sorpresa por propuesta tan absurda y el Maleta de Gásfiter sin despeinarse le dice: —compadre, siga calladito rascándose las que le dije que eso usted lo hace bien.

El Richi, tipo respetado y muy querido por todos tomó la palabra:

—Yo tengo al candidato para que hable con ella, es tranquilo, diplomático y no se por qué, me tinca que la Estercita lo escucharía con atención —y señalándome a mi, agrega—, el Flaco.

—No es mala idea —dijo el Maleta de Gásfiter y termina con su sentencia final—, Flaquito, aquí te las estay jugando el todo por el todo, no podís fallar.

Todos aprobaron la propuesta, el único que se opuso fui yo, pero mis argumentos no fueron escuchados, así que me vi en la obligación de aceptar la misión.

El Gitano, —tenía ese sobrenombre porque nadie sabía en que casa ni con quien iba a dormir esa noche— me preguntó: —Flaco, ¿cuál es la estrategia?

—Si estuviéramos en Santiago, la invitaría a almorzar o a servirse un cafecito con unos pastelitos a la salida de la oficina, pero aquí…

—A ver, a ver —dijo el Huacho—, Flaquito, con cuidado, no se esté pasando de listo.

—Huacho, tú sabís que para mi la Ester es un solcito de invierno, alumbra pero no entibia. Además, a ti no te pesca mucho, le respondí.

—Mira Flaco, esa frutita jugosa en algún momento caerá, es cuestión de tiempo, —contestó medio mosqueado el Huacho.

—Bueno si hay tanto problema, que otro se haga cargo de esta situación.

—Nada que ver, Flaquito, usted está a cargo de la misión y diga como podemos ayudar, —acotó el Maletín de Gasfiter y continuó—, Huacho, lo siento, tenís que apoyar no más y seguir trabajando el bla, bla, a mi también me tinca que esa frutita no quiere nada contigo.

—Voy hablar con ella a la hora de almuerzo. Necesito que me dejen una mesa solo para los dos. Cuando la Ester los invite a almorzar ustedes se hacen los lesos, que tienen un equipo fallado, que no pueden, cualquier excusa. ¿Estamos?.

—¡Estamos!— Dijeron todos y se disolvió la reunión.

Al día siguiente, mientras nos acercábamos a plaza Italia la expectación aumentaba. Para mi tranquilidad, Ester vestía falda en vez de pantalones. Todos de forma disimulada me felicitaron, algunos me dieron una palmada en el hombro, otros levantaban el pulgar. El hecho es que me gané la aceptación final del grupo y una sonrisa de agradecimiento del Huacho.

Dos años después, el Huacho Correa cantaba “Somos Novios”, de Armando Manzanero, en la fiesta de matrimonio a la que, Estercita y yo,  lo habíamos invitado.

Viernes, diecinueve de septiembre de 1969

En ese segundo, todos mis segundos

En ese segundo, sólo un segundo

En ese segundo, la Nada

Alfonso Pino P.

A un departamento del edificio ubicado frente a la plaza de Linares, en la provincia del Maule, llegaron a vivir en mayo del año 1969 un matrimonio joven y sus dos hijos —una niña de tres años y cuatro meses de edad y un niño de tan sólo un mes de vida—. De todo el equipaje que llevaban, cuidaban con esmero una maleta atiborrada de proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas.

El viernes, diecinueve de septiembre de ese mismo año, ellos, más los padres y la hermana de él partieron en una citroneta, por un camino secundario, con destino a las Termas de Panimávida. Día de campo que comenzaba a llenarse de flores.

Juan Riba Holgado y Sylvia Barrera Correa. Él nació en 1944. Ella dos años después. Él, pelo castaño, tez blanca, varonilmente buen mozo, simpático, divertido, querido, respetado por compañeros y amigos. Ella trae de Copiapó, la tez morena, el pelo color azabache y liso, ojos color café grandes, dulzura en la mirada.

En el año 1960, con las melodías y letras de las canciones de Elvis Presley, The Platters, Ray Charles, Los Cuatro Ases entre otros, Juan y Sylvia comenzaron a pololear. Lentamente se fueron enamorando. Cada año que pasaba, el amor era más intenso. Juan y Sylvia, Sylvia y Juan se amaron. Se amaron con pasión. Se amaron con ternura. Se amaron con la irresponsabilidad de la juventud.  Guardaron con celo un secreto. Sin que nadie se diera cuenta, ni los padres de ellos, ni sus hermanas, ni sus amigos. Para sorpresa de todos, el 1 de diciembre de 1965 nació Marcela. Es el primer fruto del amor de Juan y Sylvia que al año siguiente se casan. Él continuó con sus estudios de agronomía, que cursaba en la Universidad Católica y una vez que se recibió de Ingeniero Agrónomo lo contrataron en la CORA (Corporación de Reforma Agraria) de Linares. Se fueron a vivir a esa ciudad, eran cuatro, en abril del año 1969 había nacido Juan Andrés, el segundo hijo de esta pareja. Juan conducía la citroneta, era un conductor experto. Sylvia, a su lado, llevaba en brazos a su hija Marcela.

Asunción, hermana de Juan. Muchacha silenciosa, callada. En una familia donde se hablaba fuerte, nunca se le escuchó levantar la voz. Estudiosa, buena alumna. Siempre al lado de su madre, ayudándole a ovillar la lana. No molestaba, no era problema. Se suponía que su vida transcurriría segura y tranquila. En dos meses, ese tiempo desde que salió del colegio hasta que entró a estudiar leyes a la U de Chile, Asunción cambió. Ya no era una niña, era una mujercita. Los demás ya no piensan por ella, eso se acabó y va tomando sus propias decisiones. La Universidad tiene eso que te acerca a otras vivencias, la diversidad enriquece. Descubrió que existían otras realidades, más allá del mundo tranquilo y ordenado del hogar familiar. A diferencia del resto de su familia, orientó su pensamiento político hacia la izquierda, se relacionó con muchachos que pertenecían al partido comunista. El año 1969, uno de ellos tuvo la suerte de conquistarla. Ella era toda vitalidad, encantadora, tierna. En la citroneta, Asunción, la muchacha de veintiún años,  va sentada atrás de Sylvia. Con seguridad mirando el paisaje, encantada con el inicio de la primavera y pensando en ese joven que la esperaba en Santiago.

Juan Riba Selva y Dora Holgado Martín. Padres de Juan y Asunción. Dora la cocinera. Capaz de preparar la mejor paella para un regimiento hambriento. Dora la que se apegaba al cuerpo de su marido en el pasodoble, los dos se movían como si fueran uno solo entre las parejas que bailaban, celebrando el día de San Juan, en el living de la casa de Serrano Nº 472. Dora la tejedora, sus manos aleteaban como si fueran las alas de un colibrí al tejer los chales que luego vendía a la tienda Peñalba. Es ella la que va sentada en la citroneta detrás de su hijo, tal vez pensando que su vida entraba en otra etapa, más tranquila. Su hijo mayor casado, dos nietos y su hija en la Universidad, éxito impensado para ella que no terminó la secundaria.  Juan padre, no sólo de sus hijos, también de aquellos que por circunstancias de la vida nos faltó uno. Galante, caballero, atento con las mujeres, jóvenes o mayores. Juan el carpintero, el electricista. Juan el querendón con los hijos propios y ajenos. Juan el de la sonrisa y la palabra de aliento, el que estaba siempre dispuesto a ayudar. Juan el que no sabe de horas, para él, el tiempo era relativo, una hora no tenía sesenta minutos sino lo que duraba una conversación o una botella de vino. Juan, el abuelo, el yayo de todos. En la citroneta va sentado atrás, al centro. Lleva en sus brazos a su nieto Juan Andrés. En esos brazos, el niño, a pesar de tener sólo tres meses de edad, se debía sentir seguro, lo cuidaba su yayo, el que probablemente le pellizcaba con cariño la nariz y también las mejillas.

La ruta a las Termas de Panimávida estaba despejada. No tenían prisa, se movían a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora.

En sentido contrario se acerca un convoy militar, compuesto por cuatro o cinco camiones —regresan a Linares de un desfile en Colbún—.

El convoy y la citroneta están cada vez más cerca. Pasa el primer camión. Los vehículos militares se mueven a muy corta distancia uno de otro. Los militares van riendo, se hacen gestos de un camión al otro. Repentinamente, sin causa alguna, el tercer vehículo del convoy se abre hacia su izquierda. El camión cubre toda la pista contraria. Juan tuvo menos de un segundo para reaccionar, lo intentó. El camión militar impactó a la citroneta haciéndola retroceder varios metros.

El lugar es un caos, fierros retorcidos, quejidos. Dos personas con vida, el yayo y Juan Andrés.

El niño fallece antes de llegar al hospital de Linares adonde, mal herido y en estado grave es trasladado el yayo Juan.

Los demás, Juan, Sylvia, Marcelita, Asunción y Dora fallecieron en el mismo lugar del accidente.

Al día siguiente, varios autos acompañan a los tres vehículos que transportan los féretros de regreso a Santiago. ¿En cuánto tiempo se recorrieron  esos trescientos kilómetros?. En horas, meses, años, en silencios profundos, en millones de lágrimas derramadas en la ruta. Un llanto para no olvidarlos nunca.

Tres meses después, el yayo Juan pudo ser trasladado desde el hospital en Linares a Santiago, al hogar de su hermano Germán y de su cuñada María, hermana de su esposa Dora, donde pasó varios meses más postrado hasta lograr su recuperación física.

El yayo Juan, nunca preguntó por su esposa o sus hijos y nietos. El yayo Juan continuó por el resto de sus días, hasta el 2 de diciembre del 2005, repartiendo cariño, amor y sonrisas. ¿Cómo soportó el sufrimiento, el dolor de perder a toda su familia?, es una incógnita. Se transformó en el yayo, el abuelo de todos.

 

Septiembre

El invierno da sus últimos estertores resistiéndose a entregar el fruto de sus lluvias.

El ciclo de la vida vence y podemos disfrutar la voluptuosidad de la naturaleza.

Los gritos alegres y aromáticos de los aromos anuncian que se acerca la primavera.

A los sones de trompetas, las añañucas inician el desfile.

Pasan alegres los dedales de oro, cimbrándose al compás de las últimas brisas del invierno.

Los tropaeolum tricolor muestran sus colores rojo, azul y amarillo, justificando que los llamen “soldaditos”.

Las alstroemerias se acicalan para lucir hermosas.

Cientos de pequeñas flores azules, rosadas, rojas, blancas, amarillas las acompañan en silencio, llenando montes y llanuras, ofreciendo una hermosa paleta de colores.

Desde la orilla del camino saludan los huilles, también las lánguidas pasitheas.

Por aquí y por allá se asoman las orquídeas.

Apoyadas en las rocas, indiferentes al desfile, se asolean las garras de león.

Canelos, pataguas, peumos, corontillos, quillayes, chañares, muestran sus mejores trajes en esta fiesta de la naturaleza.

Añoso, desgreñado, cansado de tiempo y olvido cubre con flores amarillas el espino su digna pobreza.

La araucaria, el alerce y la palma, se yerguen orgullosas y vigilantes.

Cruzan la comarca una bandada de tordos.

El chercán, como siempre, apuradito prepara desordenadamente el nido para su cría.

Familias de codornices se juntan para ser parte de la fiesta.

La tenca ordena y cuida el desfile, mientras la turca marca el compás.

Alegres cantan los chirigües.

Septiembre, mes de recuerdos, algunos muy tristes, otros alegres.  Mes de nacimientos, el tuyo y el mío.

Pero hubo uno, que fue de sangre, fuego, odio, asesinatos, venganza, rabia, discursos. Ruido de metralleta, explosión de una bomba, llanto de un niño, grito desesperado y desgarrador de una mujer, toque de queda, exilio de un amigo y de otros que aún no sabemos donde están. Septiembre triste en mi tierra, ese que no debemos olvidar para jamás repetir, el que nos tiene todavía entrampados. EL DE 1973.