DE BICICLETAS (I)

EL GIRO DE ITALIA

 Soy el primer chileno en correr el Giro de Italia. Día marcado desde el año anterior  al inicio del entrenamiento. Esta es mi etapa. 180 kilómetros, 5.500 metros de desnivel. Cimas famosas por delante, Campolongo, Pordoi, Sella, Gardena, Falzarego más el mítico Giau. La estrategia clara y el equipo está conmigo. Anoche no dormí bien, nadie duerme bien en las Dolomitas.

Partimos. Acelera el vehículo del comisario, todos a máximo para estar adelante y evitar las caídas. Ninguno de los competidores conversa, todos serios, concentrados. Es de esos días en que cualquier cosa puede pasar. Son muchos descensos, todos técnicos, peligrosos, a alta velocidad, un descuido, adiós Giro y probablemente el resto de la temporada.

Van quedando atrás todos los puertos. La meta, en la cumbre del Falzarego, previo el Giau, con sus 10 Km, 14% pendiente promedio y rampas sobre el 20%. Con mi equipo, los nueve, somos los primeros en iniciar el ascenso. El pelotón es una larga culebra multicolor. Faltan 4 Km. para la meta. Mis rivales sufren, yo siento que mis piernas están bien. Entramos a una curva cerrada, en U (un tornanti), y acelero. Abro una brecha, varios tratan de alcanzar mi rueda, no lo logran.

Voy pedaleando al máximo, la meta está cerca a sólo 600 metros. Los fanáticos me van abriendo la ruta, gritan, aplauden y me alientan. Cruzo la meta, alzo los brazos y grito.

Mi mujer me zamarrea, -despierta tienes pesadillas-. No, le digo, es que gané una etapa del Giro d’Italia.

Me dice, -¡huevón!-. Se da vuelta y sigue durmiendo.  Yo, sonrío.

 

PERSEVERANCIA

 Gamero con Maruri, lugar habitual de los encuentros del grupo del barrio, ahí llegábamos a pie, en bici o en patines. Martín, al llegar siempre hacía lo mismo, con la bici aún en movimiento se paraba sobre los pedales, tomaba con la mano el sillín y saltaba hacia atrás, cayendo de pie y sin soltar la bici, quedaba detenido en medio del grupo recibiendo los aplausos de todos, especialmente de las chicas. Era el campeón, arrogante, con aire de superioridad. Honestamente, le tenía envidia y su actitud triunfalista me molestaba. Un día se me acerca Ximena, me dice al oído, -inténtalo tú- y me da un beso en la mejilla.

Temprano al día siguiente partí a un lugar apropiado y me puse a practicar. Después de tres sacadas de cresta, suspendí por ese día el entrenamiento, pero volví al siguiente más varios otros. Tras diecisiete porrazos más dos pantalones rotos, logré dominar la técnica. Estaba listo.

Un día, cuando el grupo estaba reunido, Martín y Ximena incluidos, hice mi entrada triunfal. Pelotudo que soy, terminé despanzurrado en el suelo.  La bici estrellada contra una pared. El grupo entero riéndose de mi, machucones por todos lados, pero mi mayor dolor fue ver a Ximena, alejándose tomada de la mano de Martín.

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