Fuimos pa’ Quellón

Todo comenzó por querer transformar canastos en pantallas de lámparas colgantes. Claro que tenían que ser de quilineja —paupauhuen en mapudungun—; enredadera que crece en los bosques de Chiloé, cuyo grosor y también su color más o menos rojizo varían según el árbol —laurel, patagua, canelo, ulmo, tepa y luma— al que está adosada.

—Lo que usted busca, eso ya es una pieza grande, se necesita muchísimo material. Antes se usaba para diferentes fines: cabos, canastos chicheros, paneras, recoger los choros, escobas y hasta cercos se hacían, pero ahora pequeñas cositas de adorno. Fíjese que se está plantando de nuevo, pero se demora 50 años en poder usarla y no sé si para entonces habrán artesanos en la isla— me dijo la señora Lucy de Lapahué, cerca de Ancud, cuando hablé con ella por teléfono.

—Se entra al bosque y se camina hasta que encuentra a la quilineja, ahí, pegadita a un árbol que con cariño la acoge y si no tiene donde aferrarse crece a ras de suelo. Es siempre verde y se adhiere a los troncos por sus raíces finas. Los tallos son delgados, muy ramificados, flexibles, resistentes, y nacen de un rizoma subterráneo. Hay que tirarla con cuidado, desenrrollándola del árbol para no cortarla, como quien le roba un crío. Ya no voy al bosque, hay que dejarlo tranquilo. Así que toda la cestería la hago de junquillo o manila— me dijo una artesana, de la zona de Dalcahue, cuando la llamé a sus celulares, antes de partir a Chiloé, y agregó: —además todo lo que tenía ya lo entregué y ahora estoy sembrando papas y si no lo hago pierdo la temporada—.

Igual partimos a Chiloé, mal que mal hacía más de diez años que no visitábamos la isla, pero fuimos con la idea de saber más de la quilineja y traer canastos de junquillo o manila para usarlos como pantalla.

—La belleza de la quilineja me tiene loco.

—A mi también—, me dijo Annemarijken Katrien Van Meurs Valderrama, directora del museo de Ancud, y agregó: —acompáñeme, le mostraré unos tesoros—.

—Señora deme un par de minutos que voy a buscar a mi esposa, —otra loca por la quilineja, quien me mencionó por primera vez la existencia de esta fibra— para que no se pierda estas maravillas.

Bajamos a un subterráneo y ahí, en una pieza a oscuras, puestas cada una de las 15 a 20 obras en su respectivo receptáculo de vidrio y cubiertas por una sábana blanca, se encontraban estas esculturas, todas confeccionadas por la familia Marilicán Lyndsay, que pronto serán expuestas en el museo de Ancud y ojalá algún día puedan ser exhibidas en el de Santiago. Dos piezas fueron las que más llamaron nuestra atención —no recuerdo que miembro de la familia las confeccionó—, produciendo nuestras exclamaciones de asombro y alegría cuando Annemarijken las descubrió: un copón o cáliz de aproximadamente 35 a 40 cm. de alto por 25 en su boca y un pie de alrededor de 10 cm, hecha de quilineja fina, de color rojizo tirando a café; todo tan tupido y bello que el Papa lo podría utilizar para decir misa en la basílica de San Pedro y escanciar en él el vino de la consagración; una obra perfecta. La otra fue una caracola marina de más o menos 35 cm de largo y 15 en su parte más ancha, es cierto que no podría vivir en ella un molusco, pero se ve tan perfecta que si la hubiera podido acercar a mi oído habría escuchado el sonido del mar. Don Clodomiro Marilicán Lindsay —el último artesano de esta familia— falleció el 2 de mayo del 2018; dos años antes fue reconocido, junto a su hermano Dagoberto, como Tesoro Humano Vivo por sus conocimientos ancestrales y destrezas en la artesanía en quilineja. —Está escasa la quilineja, antes uno caminaba un poquito, iba un poco más allá y ya encontraba quilineja. Había bosques grandes por aquí. Ahora cada vez hay que ir más lejos, hay que caminar un día entero para encontrar algo y no siempre hay— decía don Clodomiro en una entrevista.

Cuatro artesanas fueron las que visitamos: Olga en Ancud; Fedima en Tocoihue, cerca de Tenaún; Ismenia en Ahoni cerca de Queilen y Marly al llegar a Quellón. Cuatro mujeres humildes, cuatro rostros distintos, diferentes cuerpos y edades; cuatro sonrisas, alegres, felices con lo que hacían, orgullosas de sus trabajos. Artesanas que justifican que la cestería chilota sea considerada Patrimonio Cultural Inmaterial. Nos faltó visitar a la artesana Raquel en Yaldad, cerca de Quellón; esperamos verla pronto cuando exponga sus obras en Montecarmelo.

Chiloé se retuerce entre la modernidad y lo tradicional. Llama la atención que casi todos los caminos, principales y secundarios, están pavimentados permitiendo visitar las iglesias grandes, medianas y pequeñas, que existen en las diferentes localidades; eso si todas cerradas, con excepción de Chonchi.

Ancud y Castro son ciudades de mucho movimiento, con accesos únicos que cualquier accidente provoca gran congestión vehicular, en algunos casos de kilómetros de extensión. Ciudades que tienen pintadas en sus paredes las mismas consignas que se encuentran en Santiago: “Libertad a los presos políticos del estallido”; “No a la colusión”; “No + AFP”… Por otra parte, en sus alrededores se encuentran lomajes suaves de color verde con grandes manchones blancos de calle calle, que alimentan el espíritu del afuerino. Ver amanecer en el fiordo de Castro, en el sector de Gamboa, es una visión que por si solo justifica visitar la isla. La marea estaba baja y los palafitos mostraban sus piernas flacas de Papelucho; a lo lejos se veían cisnes de cuello negro.

Entre Castro y Quellón abundan las áreas con bosque nativo y hasta la fecha y ojalá nunca se vea —como en otras partes de la isla— el ulex o retamo espinoso,  que fue introducido a Chile por colonos alemanes, con el objetivo de confeccionar “cercos vivos”  y para usarla como combustible, es invasora y se ha convertido en una amenaza para la agricultura y la silvicultura, también para la flora nativa a la cual destruye por completo.

En el sector de Puñihuil, al poniente de Ancud en la costa del Pacífico, se pueden avistar pingüinos. Único enclave donde cohabitan los de Humbolt con los de Darwin. Para acceder al avistamiento se debe ir en lanchas y como no hay un muelle, los lancheros emplean una plataforma con ruedas, a la cual se suben los visitantes y que es empujada por cuatro o cinco personas acercándola hasta las lanchas que están flotando en el mar. La comunidad de Puñihuil trabaja unida la explotación de este fenómeno de la naturaleza. Además del avistamiento, se encuentran restaurantes que ofrecen las delicias del mar chilote.

En Castro nos llamó la atención, especialmente por su sonido, la palabra “Veliche”, de hecho es el nombre de un hotel. Preguntando y escarbando en Google encontramos que antes de la llegada de los españoles la población indígena estaba compuesta por huillichespayos y chonos. Los dos primeros hablaban veliche, el dialecto chilote del mapudungun, mientras que los chonos tenían un idioma propio del que no se sabe casi nada. La llegada de los españoles produjo mestizaje y fue una población que quedó aislada, lo cual mezcló también los idiomas. Dicen que por allá en los siglos XVII y XVIII, la mayoría de la población de la isla era bilingüe, y que los españoles preferían el veliche porque lo consideraban más bonito. A fines del siglo XIX el dialecto veliche prácticamente había desaparecido.

En esta oportunidad no visitamos la zona de Cucao, ni el sector de Punta Pirulil, lugar de instalación de “El muelle de las almas” y donde algunos aseguran que por las noches se pueden escuchar los lamentos de las ánimas llamando al balsero Tempilkawa para que —cual Caronte— las lleve hasta el horizonte o al cielo, viaje que por supuesto no es gratis.

No sé si volveremos a ir pa’ Quellón, probablemente no será hasta que se pueda cruzar el canal de Chacao por el puente más largo del país, que se espera esté listo en el año 2025, siempre y cuando los brujos de Chiloé lo permitan y que la isla esté preparada para recibir a muchos más turistas de los que hoy la visitan.

 

 

“Entonces, en eso, vino la ola grande, llevó la casa como estaba, clavada. Se fue al mar como si hubiera sido un bote, como ya estaba clavada no le entraba agua (…) y mi papá adentro, en el segundo piso iba, despidiéndose de la gente (…) Muchas personas lo vieron irse”.

Calisto, Rosario

 

Alfonso Pino P.

Noviembre 2021

4 comentarios

  1. Avatar de Carlos Aranís
    Carlos Aranís · noviembre 8, 2021

    Relato ameno con algún tinte político.

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  2. Avatar de Fernando Varas
    Fernando Varas · noviembre 10, 2021

    Bonito relato, me trajo lindos recuerdo. Chiloé vale la pena visitarlo. Gracias Alfonso.

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