El terremoto de La Ligua

Ese domingo 28 de marzo de 1965 me encontraba junto a mi hermano, y un amigo de él, en la pequeña sala de estar de nuestro hogar en Santiago cuando comenzó a temblar. Desde el fondo de la casa, escuchamos los gritos desesperados de nuestra madre instándonos a salir hacia la calle; eran las 12:33 del medio día.

Los registros indican que el epicentro fue en las cercanías del pueblo La Ligua. La  magnitud: 7,4. Fallecieron 248 personas y se contabilizaron más de 300 heridos. El 80% de las viviendas de esa ciudad y de otras a su alrededor se destruyeron o quedaron muy dañadas. En esa época casi todas las construcciones eran de adobe; una masa de barro mezclada con paja. La mayor tragedia ocurrió al ceder el muro de contención del tranque de relaves de la mina El Soldado, que arrasó aguas abajo al pequeño poblado El Cobre de 150 habitantes; solo hubo 10 sobrevivientes.

Desde el mismo día lunes 29, el Centro de Alumnos de la Escuela se puso en campaña para ver como podíamos ayudar en lo que fuera necesario. A nosotros los “eléctricos” nos asignaron participar en la “reconstrucción” de San Felipe, ubicada a 80 km del epicentro.

Han transcurridos 56 años, la memoria es frágil, no recordamos elementos básicos. ¿En que mes fuimos a San Felipe? ¿Viajamos en bus o en tren? En mayo o junio, —ya que adelantamos las vacaciones de invierno— y en bus desde Santiago, directo a nuestro destino, son las respuestas que he recibido —no sin ciertas dudas— al conversar con algunos de mis ex compañeros.

¿Cuántos éramos? Más de 20 y menos de 30 estudiantes de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado. Cada uno tenía una colchoneta, más un saco de dormir y por lecho: el suelo. De almohada: la ropa que cada uno llevaba. El lugar: una gran sala en el segundo piso de la Comisaría de San Felipe que, por dos a tres semanas, fue nuestro hogar. Es la única vez que he dormido en un recinto como ese.

Temprano en la mañana comenzaba cada día. Después de una corta ducha teníamos el desayuno, servido en un gran tazón de café con leche junto a un par de panes con queso; no faltó el que me dijo que había palta —yo no la vi, no lo recuerdo—. De ahí, —con frío, mucho frio y las manos heladas— a la estación del ferrocarril a pasar los tableros, desde los carros del tren a los camiones. Cada chofer junto a un  grupo de 3 o 4 de nosotros partíamos a un lugar definido. Después de descargar los camioneros se iban, y volvían a recogernos en la tarde cuando ya habíamos levantado una mediagua para la persona o familia más necesitada del caserío.

De todo lo vivido, la anécdota —y hay muchas—, que todos recordamos fue la despedida que nos dieron los choferes.

El valle fértil del Aconcagua, rico en buenas parras, es famoso por la producción de chicha y si es en El Almendral más aún. Ahí nos llevaron los choferes la última noche que pasamos en San Felipe.

Muchos litros de chicha a nuestra disposición, y por si se nos quitaba la sed había un kilo de charqui para comer. Beber; reír; recordar lo que habíamos vivido hasta que algunos comenzaron a cabecear y ya era hora de regresar. ¿Qué hora era? No lo recuerdo. Sí tengo claro que tuvimos que amarrar a varios —por recomendación de los choferes— para que no se cayeran de los camiones durante el regreso por el áspero camino de tierra. Otros volvimos en una furgoneta; uno me dijo que esta era un vehículo de carabineros —no puedo asegurarlo, ni desmentirlo—.

Debe ser la primera vez que más de veinte personas llegan juntas, por propia iniciativa, borrachos a una Comisaría. Después, por una eterna escalera, tuvimos que subir al segundo piso y esa fue otra aventura de alto riesgo —más de alguno pudo haber perdido la vida en ese trayecto—. La noche fue un asco y los rostros de cada uno al despertar, de terror.

Qué experiencias a los 20 años de edad. Conocer la generosidad de las personas de la zona, que compartían lo poco que ellos tenían como señal de agradecimiento; la alegría de los lugareños al vernos llegar con las mediaguas que reemplazarían, “temporalmente”, a sus hogares; el compañerismo; sentir que habíamos ayudado, en la medida de nuestras posibilidades, a muchas familias damnificadas; las felicitaciones que recibimos de las autoridades, son recuerdos de grandes emociones.

Felices volvimos a Santiago, habíamos cumplido nuestro deber de ciudadanos y, traíamos variadas anécdotas que amenizaron nuestra vida universitaria.

Algo bueno resultó de ese terremoto: se creó lo que hoy es la Oficina Nacional de Emergencia. En cuanto a mi; no he vuelto a beber chicha.

2 comentarios

  1. Avatar de Fernando Varas
    Fernando Varas · agosto 1, 2021

    Felicidades a ese grupo de jóvenes voluntarios por su gran ayuda en esos momentos tan tremendos para los damnificados.
    Que bueno que de ese episodio se haya creado «Oficina Nacional de Emergencia»

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    • Avatar de alfonsopino
      alfonsopino · agosto 5, 2021

      Gracias Fernando por tu comentario y también por la conversación que tuvimos sobre este relato

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