Caminaba erguida por la Alameda hacia el oriente. La gente se asomaba a los balcones y la saludaban. De las calles laterales aparecieron personas que comenzaron a seguirla; venían desde todas las comunas de Santiago. Ella se cubría con una túnica blanca; su rostro era el de todos y de cada uno en particular. Cuando llegó a la plaza Baquedano, mas de un millón de marchantes coreaban su nombre: ¡Dignidad! ¡Dignidad!
Espero que todos la recibamos. Buen relato
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La Dignidad no se reparte, es inherente al ser humano.
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