La primera vez que la vi fue un día de otoño y de eso ya han pasado seis años.
Es una anciana que por su forma de caminar, el pelo totalmente blanco, las arrugas en su rostro y la curvatura de su espalda, calculo debe tener más de noventa años.
Vive en el cuarto piso del edificio de enfrente —al otro lado de una calle secundaria—, aparentemente sola o a lo más con alguien que —a veces diviso a través de los ventanales de su departamento como si fuera un fantasma—, le ayuda en los quehaceres del hogar.
Lo único que sé de ella es que cada mañana y en las tardes, sale a caminar por el balcón. Sí, ese es su ejercicio.
Son no más de doce pasos en un sentido, y otros tanto de vuelta, que recorre una y otra vez. Lo hace rápido, con energía, afirmada de la baranda; una vez que llega a un extremo se detiene, observa con curiosidad hacia abajo y a su alrededor e inicia el retorno. Quince o veinte minutos de ejercicio y desaparece en el interior de su hogar, hasta que, con sol o lluvia, vuelve a hacer su rutina.
En los días fríos, especialmente en su caminata mañanera, se le puede ver arropada con una bata gruesa y bufanda; seguramente calzando zapatillas forradas y a lo mejor con calcetas gruesas para mantener los pies calentitos.
Imagino que es una mujer con cientos de historias entretenidas y por la forma como fuma, —claro, porque todas las mañanas durante su paseo inhala el humo con fruición, de forma que le llena por completo sus pulmones y después, lentamente, lo deja escapar observando su libertad—, debe ser una mujer gozadora, con vitalidad, que se empecina en ser autosuficiente y defiende su libertad; decidida a darse los gustos que, por muchos años, más de alguien se los prohibió. Lo más probable es que todas las noches, mientras lee alguna novela o juega un solitario, se acompañe con un vaso de vino blanco y, en invierno, con uno caliente de tinto con naranja, ahorrándose así las pastillas para dormir.
Quisiera saber detalles de su vida, de sus amores y desamores. Averiguar si tuvo un amante secreto cuyo nombre aún no revela, y que, a pesar del tiempo, de vez en cuando lo rescata del olvido. Me veo que estoy sentado junto a ella y mientras compartimos un té, acompañado de un trozo de torta de chocolate, dejarla que hable, hable y siga hablando…
A medida que avanza la primavera, el arce negundo plantado frente al balcón de la anciana y que alcanza hasta el piso seis, comienza a llenarse de hojas cubriendo la vista del balcón. Ya no la vuelvo a ver hasta el próximo otoño y —debo reconocer— me da gusto verla de nuevo. Mentalmente le envío un saludo y un beso.
Hoy, según el calendario comienza un nuevo otoño. Claro que la naturaleza no es tan exacta, tiene su propio ritmo —hace y deshace de acuerdo a sus propias leyes, aún desconocidas— y desde varios días atrás han comenzado a caer las hojas que dificultaban mi vista del balcón de la anciana. He estado expectante y ansioso por verla nuevamente. Hace un año que no la veo…
El arce está preparado para recibir el frío y las lluvias del invierno. Desnudo. No tiene más hojas que botar. En vez de verla a ella, sólo diviso un letrero que dice: SE VENDE.
Nota: Este relato quedó calificado finalista entre más de 300 que se presentaron al I CONCURSO LITERARIO DE RELATOS BREVES BIBLIOTECA PÚBLICA DE NETANYA (Israel), sección español, año 2019.
Felicitaciones Alfonso!!!!!!
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Gracias Maffita
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Felicitaciones nuevamente estimado amigo Alfonso,
tu espera fue larga como para nosotros poder leer un nuevo cuento tuyo.
Un abrazo
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Gracias Fernando y que este sea muy buen año para ti. Un abrazo, saludos
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