El arco de la novia

Estoy aquí cantando, el viento me lleva.

Sigo las pisadas de aquellos que se fueron.

Los del infinito me han hablado.

Las pisadas de los que se fueron están aquí.

Lola Kiepja (*)

 

La madre de él y la de ella habían parido una al lado de la otra, mientras los esposos de ambas mujeres esperaban fuera de la tienda hecha de piel de guanaco. Cada vez que las familias coincidían en su zonas de caza, Selcha y Elichen, jugaban y rían. Selcha, después de un año de completar el hain, como indicaba la tradición, habló con su padre:

—Quiero que Elichen sea mi mujer —le dijo en voz baja y mirándolo a los ojos.

—¿Hablaste con ella?

—Antes de hacer el hain, ella me dijo: —cuando lo completes nos vamos juntos.

—Entonces hablaré con su padre, —y agregó— anda tú donde el anciano Toin para que te fabrique el arco que debes entregarle a Elichen.

Llevaba horas esperando que aparecieran, Selcha era fuerte y paciente. Estaba considerado como uno de los mejores cazadores de su grupo. Mientras otros tenían como trabajo corretear a los guanacos, él debía, una vez que aparecían, disparar sus flechas para cazarlos. Mientras más guanacos mataba, más sería el alimento que tendría su familia. Nunca sabían cuándo podrían cazar de nuevo, o cuánto tendrían que caminar para obtener su alimento principal. Eso sí, no salía nuevamente a cazar hasta que fuera necesario.

Su mujer, Elichen, se ponía al hombro todas las cosas, los cueros con los que hacían su hogar, incluyendo a Jaro el hijo de ambos y partían a buscar comida. Él llevaba el arco, las flechas y muy bien resguardo la pirita y el pedernal para encender el fuego. Indicaba el camino y la ayudaba a sortear las dificultades de la ruta. Dos o tres días era el tiempo que a menudo pasaban en un lugar. De vez en cuando coincidían con otras familias.

Pero ahora no estaba esperando por guanacos, alimento tenía suficiente y lo había dejado en medio del bosque en una caverna que solo ellos —los selk’nam—, conocían su ubicación. Su objetivo era unos koliots, esos que no hacía muchos años atrás habían llegado a su tierra, colocando cercos y vallas, impidiendo que él y todos los suyos se movieran libremente de un lado para otro buscando alimento.

A los koliots, los antiguos los habían visto pasar con sus navíos por el estrecho. Rara vez se detenían y cuando lo hacían se quedaban en la costa, sin internarse a la isla grande. Ahora era distinto, no solo habían usurpando su territorio sino que también trajeron al guanaco blanco, rifles y caballos. Los guanacos habían huido hacia el sur haciendo cada vez más difícil obtener alimento. En cambio los guanacos blancos estaban ahí, en lo que fueron sus territorios y por lo tanto tenían derechos sobre ellos, pero los koliots mataban por eso, a pesar que tenían miles de esos animales. Selcha y su familia no podían tomar uno o dos para alimentarse, especialmente en invierno que escaseaban aún más los guanacos.

Estaba apostado en cuclillas detrás de unos matorrales. El lugar era estratégico, en altura. A su espalda, y a no más de trescientos metros tenía el bosque. Allí los koliots no se atrevían a entrar. Eran cobardes. Hacia el frente, pradera con matorrales bajos, se veía el rio que llegaba hasta el mar. Llevaba dos días esperando que apareciera alguno de los koliots, cualquiera de ellos, le daba lo mismo. Tenía tiempo, al anochecer se iría a dormir a su refugio. No podía encender fuego ya que con eso podía delatar su presencia, pero no le importaba, sabía soportar el frío.

Piensa en Jaro, su hijo. Sabe  que no lo verá pasar la prueba de hain, esa en que cada uno de ellos se hace hombre, la iniciación a la madurez y responsabilidad. Tampoco jugar con el arco que le entregó a Elichen, en señal de que quería hacerla su mujer. En un gesto instintivo, Selcha acaricia su muñeca derecha donde tiene el cordón de seis cuerdas, que Elichen tejió con sus propias manos y anudó en señal de aceptación.

A su hijo lo había dejado al cuidado de su familia, ellos se harían cargo del pequeño. ¿Por qué los koliots nos odian tanto? ¿que habremos hecho para que nos humillen? Nosotros llegamos antes que ellos a esta tierra. Hace muchos años le había dicho su abuelo y a él se lo había dicho el suyo, así hasta muchos abuelos atrás. Ahora cada vez eran menos.

Había pasado el mediodía cuando divisó a lo lejos a tres koliots. Él, al igual que todos sus hermanos selk’nam, tenía muy buena vista y un fino oído. Lo necesitaban para vivir en su tierra. Los koliots  andaban a caballo y buscaban huellas, ¿de guanacos o de selk’nam? Estaban muy lejos para atacarlos, debía esperar. Podía estar muchas horas en la misma posición.

Paulatinamente se acercan los koliots, pronto estarán al alcance de sus flechas. Debía hacer algún movimiento que los distraiga y dispararles cuando estuvieran de lado, nunca de frente. Sabía que podía herir a uno de ellos y después tendría que correr hacia el bosque, ese era su lugar seguro. Ellos no podrían entrar a caballo, tendrían que hacerlo a pie. No se atreverían.

¿Podría alcanzar el bosque sin que lo hirieran? Sí, estaba seguro. Era el más rápido entre sus hermanos. Más incluso que las bestias que montaban los koliots, a los que los matorrales les impediría andar rápido.

Estaba desnudo, había dejado caer la capa de cuero de guanaco, que lo protegía del frio. Solo tenía cubierto los pies. Así estaba más libre.

El cuerpo inclinado hacia atrás, la frente hacia el cielo. Los ojos era lo único que se asomaban sobre el matorral. Había decidido cual de los tres era su objetivo.

Sin previo aviso, desde su derecha a unos doscientos metros, un guanaco joven sale desde el bosque. Los koliots lo ven y se detienen. Bajan de los caballos. Los tres hombres disparan casi al unísono. El guanaco cae herido. El eco de los disparos se repite una y otra vez. Aves de distintas especies salen de diferentes partes aleteando y generando gran ruido.

Los hombres comienzan a caminar hacia el guanaco. Selcha lanza su flecha. Atraviesa el cuello de uno de los koliots. Selcha se cambia de matorral y tensa de nuevo el arco. La segunda flecha atraviesa la pierna izquierda de otro hombre blanco. El tercero está asustado. Mira hacia todos lados buscando a sus atacantes.

Selcha se levanta, su metro ochenta de estatura es imponente, su cuerpo desnudo y pintado atemoriza. Agachado corre en zigzag hacia el bosque. El tercer hombre blanco, dispara y dispara. Escucha como las balas pasan cerca de él. Sigue corriendo, entra al bosque, su hogar, la seguridad.

Mañana será otro día. Varios koliots vendrán a buscarlo y él los estará esperando.

¿A cuantos invasores deberá matar? A todos los que pueda, hasta que ya no tenga fuerza para lanzar más flechas. No hay cantidad que compense la maldad de lo que hicieron.

En la cueva descansará, dormirá al lado de su mujer.

Él no sabe dónde morirá, tampoco si alguien cavará una tumba para él como hizo con Elichen. La encontró cerca de la costa donde ella había ido a pescar. Tendida en el suelo, sangrando, boca abajo. Además de una herida de bala que había penetrado por su espalda, hiriendo también al niño, le habían cercenado ambos senos. Tendido a su lado estaba Jaro amarrado a la cestilla, que Elichen utilizaba para llevarlo de uno a otro lado. Él los cargó hasta un lugar seguro, la cueva que ahora era su hogar. Trató de curar las heridas de ambos. Elichen murió después de dos días de agonía.

(*) Lola Kiepja: La última selk’nam, murió el 9 de octubre de 1966 a la edad estimada de noventa años.

NOTA: Este relato fue galardonado, junto a otros 7 entre los 311 cuentos presentados, en la VIII versión del Concurso de cuentos «HORACIO QUIROGA», organizado por la Sociedad de Escritores de Argentina, Sede Norte (San Isidro, Buenos Aires). Noviembre 2018

2 comentarios

  1. Avatar de FERNANDO VARAS V.
    FERNANDO VARAS V. · diciembre 16, 2018

    Felicitaciones, cada día mejor.

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