Vuelven de nuevo los recuerdos,
las horas jóvenes que di
y desde el mar llega un fantasma
hecho de cosas que amé y perdí.
(Los Pájaros Perdidos)
Mario Trejo – Astor Piazzolla
Ricardo Gallardo pase a toma de muestras —se escucha por unos parlantes—.
«¿Será él?, ¿cuantos años atrás?, ¿sería capaz de reconocerlo?, ¿me reconocería?, claro que podría ser él, ahora calvo, barrigón, pero el mismo perfil.
Él desaparece tras una puerta, la misma que deberá cruzar ella cuando la llamen para hacerse el exámen de sangre, que le solicitó el cardiólogo.
Observa a su alrededor. Al frente una anciana tejiendo, que la mira y sonríe.
«¿Se estará riendo de mi?.
La anciana le dice: —El culpable fue Eladio Rojas, ¿no cierto?.
—Fue el dieciséis de junio de mil novecientos sesenta y dos —dice ella y agrega— nunca lo olvidaré.
—¿Y donde estabas?.
—En la casa de Manuel, era el único que tenía televisión en el barrio, —y continúa:
»Estábamos los dos de pie con la espalda apoyada en la pared, en un rincón de la sala de estar que estaba llena de amigos y vecinos. Habían cerrado las cortinas para oscurecer la habitación. A mi me gustaba mucho Ricardo, a menudo venía a mi casa, —era compañero de mi hermano en la universidad. Antes que terminara el primer tiempo me había tomado la mano y nos hacíamos cariños.
—No me digas nada, al minuto noventa Eladio Rojas convierte el gol de Chile.
—Sí, sí. Y él me abrazó y me besó, yo sentía que me desmayaba. No quería que me soltara. Todos saltaban alrededor y nos abrazaban y él seguía besándome y sus manos, sus manos no se quedaban quietas y yo aferrada a él.
—Tú también te fuiste con ellos a la plaza Italia, al carnaval, a celebrar el tercer puesto de Chile en el mundial, —afirma la anciana.
—Siiií, los dos íbamos abrazados y nos besábamos a cada rato. Él me llevó a la pensión donde vivía, —toda su familia era del norte— ahí estuvimos horas, los dos solos.
»Cuando ya era de noche me fue a dejar a casa. Me contó que al mes siguiente partía a Estados Unidos, a estudiar, se había ganado una beca y todos estaban orgullosos de él, —imagínate, de Vallenar a Boston— me dijo.
»Me faltaban seis meses para terminar la secundaria. Del colegio me pasaba a su hospedaje. No estudiaba, lo único que quería era estar con él, aprovechar ese mes. Me dijo: —te juro que cada semana te enviaré una carta.
—Tú te retiraste del colegio porque estabas embarazada, —dice la anciana con una expresión de disgusto en el rostro.
—Y la panza comenzó a crecerme, tú te diste cuenta de todo, me dijiste que había sido una tonta, te pusiste a llorar. Estabas más preocupada de lo que dijeran tus amigas que de mi. Hablaste con tu cura para que me confesara, pero yo no había cometido ningún pecado.
»Yo quería tener ese niño, me dijeron que había sido niña. Me sentí mal y aborté. Sí, nació muerta, no se si nació, y a él nunca le conté, yo lo amaba.
—¡Él te mintió, nunca te escribió!
—Cada semana recibía una carta, después se distanciaron, las leía una y otra vez, llegué a decirlas de memoria pero nunca se las respondí, tampoco le conté a nadie que me escribía. Aquí en la cartera tengo la última que me escribió, ¿quieres que te la lea?.
»No la encuentro, no sé donde la tengo. No, no puedo haberla perdido, ¿qué habrá pasado?.
—Hija, ahí viene —susurra la anciana.
Despierta sobresaltada, transpirando, agitada y escucha.
—¡Abuela!, ¡abuela!, —es la voz de una niña, que desde el baño pide ayuda.
Están buenos tus sueños. Me gusto. Saludos
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Muchas gracias. Saludos
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