Una imagen, mil recuerdos

Tu me amabas y yo te amaba.
Pero la vida separa a aquellos que se aman,
suavemente, sin hacer ruido,

Jacques Prévert

Me llamo Daniel Gallardo, chileno, fotógrafo profesional, actividad que aprendí y desarrollé en Francia adonde, por “razones administrativas”, con veinticinco años me tuve que ir a vivir en el año 1974. Regresé al país treinta y cinco años después, —mi mujer nunca quiso retornar a Chile, excepto, por una corta estadía, poco antes que falleciera su madre—. Hoy, con sesenta y siete años cumplidos, vivo en Santiago.

También me dedico a impartir cursos de fotografía y como parte del taller del año en curso solicité a mis alumnos obtener a través de la cámara, rostros, aglomeraciones, tratar de mostrar, por medio de la fotografía, la belleza de lo cotidiano. Cada uno debía traer, al menos cinco fotos instantáneas con ese tema, no podían ser retratos familiares ni personas posando.

Al revisar el trabajo entregado por Rodrigo Cortés, —el de mayor edad entre los alumnos del curso, un año menor que yo—, me encontré con la imagen más inesperada de las miles de fotografías que he visto en mi vida, al extremo que llamé de inmediato por teléfono a Rodrigo:

—Hola Rodrigo, habla Daniel, disculpa que te llame a esta hora, ¿puedes hablar?

—Sí, por supuesto, ¿en que le puedo ayudar?

—Me gustaría conversar contigo de la foto que tomaste en el parque Forestal, pero no por teléfono, ¿podría ser mañana tipo ocho de la noche?

Después de algunos segundos de silencio, para sorpresa mía Rodrigo me responde:

—Esa foto es muy importante y especial para mi, conversar sobre ella no va a ser fácil, tiene toda una historia personal, —de nuevo un silencio, aló Rodrigo, ¿estás ahí?— sí, es que … estaba pensando…, tal vez sea el momento de hacerlo, ok, dígame el lugar y yo llego.

Acordamos juntarnos en un pequeño bar, —cerca de la plaza Ñuñoa— donde podríamos conversar con calma y sin el ruido ambiental típico de los restaurantes de Santiago.

Cuando llegué al bar, Rodrigo ya estaba ahí. Ordenamos una tabla de quesos y salame para comer y una botella de Merlot para ayudar a soltar la lengua.

Mientras nos traían lo ordenado hablamos de fotografía en general y en cuanto nos llegó el vino hicimos un brindis por una buena conversación, y le dije:

—Ya Rodrigo, por favor hablemos de esta foto, —y saco de entre mis cuadernos la foto en cuestión—, me interesa saber cuando la tomaste y por que es especial para ti. Es una muy buena toma, los autos en primer plano dejando una suave estela para indicar que están en movimiento, las personas cruzando la calle, el suelo cubierto por hojas de color amarillo y otras rojizas indican que el otoño estaba en su apogeo, todo acompañado por una luminosidad especial hacen que sea una fotografía que a mi me gusta mucho. — Y agregué— hay unas mejoras de encuadre que se deben tener en cuenta, pero eso puede quedar para otra oportunidad.

Rodrigo bebe un par de sorbos de vino y comienza a hablar:

—Gracias por los elogios. La foto es de un día de otoño del 2003, lo recuerdo porque recién había comprado mi primera cámara digital réflex, una Canon de 6 mega pixeles, último modelo y quería probarla, familiarizarme con ese nuevo juguete, —usted sabe lo que es eso—.

»—La toma es desde el puente Loreto mirando hacia el sur, —como puedes ver había mucha gente alrededor— hice varios disparos probando distintos ajustes, jugando con la velocidad de los autos que pasaban por la Avenida José María Caro y las personas que, al otro lado de la avenida, cruzaban Ismael Valdés Vergara. Un par de días después revisé lo que había hecho y analicé con cuidado ésta imagen.

Rodrigo hace una pausa, bebe nuevamente y me dice:

—Nunca he hablado esto con nadie, ni siquiera con mi esposa, no sé por que se lo cuento a usted.

—Estimado, a lo mejor se debe a que los dos somos fotógrafos y tratamos con este arte provocar emociones en aquellos que ven nuestras obras. Además, la vida presenta coincidencias y sorpresas que van mucho más allá de la ficción. Por favor continúa.

»—En ese análisis observo a esta mujer que está como mirando hacia la cámara, —y me la señala con su dedo—, a la que jamás hubiera esperado encontrar en la ciudad, —y pensé, yo tampoco en esa foto y él continúa—.

»—Pocas veces he sentido esa mezcla de dolor, pena y, también de alegría. —Rodrigo hace otra pausa, sigue bebiendo como para tomar fuerza, se pasa la mano derecha por las mejillas y el mentón, siento que está nervioso, reviviendo la sorpresa de ese momento y yo conteniendo mi ansiedad, tratando de hacerlo sentirse cómodo para que siguiera con su historia, y, agrega:

»—Es la mujer que más he amado en mi vida. No sé si ella a mi, tengo mis dudas. Fue una relación hermosa, breve, a veces pienso que la he idealizado a través de los años, y puede ser porque no alcanzó a estar contaminada con la rutina diaria. Hasta el día de hoy la recuerdo con nostalgia.

Me conmueve y asombra lo que escucho, pero quiero saber más y, —tratando de mantenerme sereno—, le pido que si no tiene inconveniente me cuente como la conoció y que pasó con ella.

—Para allá voy, pero antes necesito un poco más de vino, se me está secando la garganta, —me responde y continúa:

»—La conocí a fines de febrero de 1973. Yo llevaba pocos días trabajando en la compañía, —era mi primer trabajo, recién había terminado la universidad—. Ese día coincidimos temprano en el hall del edificio esperando el ascensor. En cuanto la vi, me cautivó su rostro alargado de tez blanca, cejas bien tupidas, dos lunares al lado derecho de la boca, —que en la foto no se aprecian porque está tomado su lado izquierdo— en esos años pelo liso, negro azabache, —ahora se ve algo platinado— y especialmente su hermosa sonrisa, —tiempo después me dijo que se había sonreído al ver la cara de tonto que yo puse cuando la vi—. Literalmente la perseguí hasta que logré que fuéramos amigos, —hablábamos de cine y mucho de poesía— después, en forma natural comenzamos a pololear, a su ritmo, es decir era ella la que definía cuando nos veíamos y las circunstancias, —Rodrigo sigue bebiendo, tiene los ojos brillosos, pienso que está conteniendo el llanto, yo también, y continúa—. La última vez que estuve con ella, fue el lunes 10 de septiembre de 1973, —almorzamos juntos como lo hacíamos a menudo—, habló muy poco era muy reservada. Cuando le pregunté que le pasaba, me dijo que estaba preocupada por un asunto familiar, y que en cuanto saliera del trabajo debía irse de inmediato para su casa a buscar a su madre. El martes fue el golpe. Yo había llegado a la oficina a la hora normal, —me extrañó que ella no llegara—, así que cuando nos avisaron que, por el toque de queda, debíamos abandonar el trabajo y retornar a nuestros hogares la fui a buscar a su oficina y no la encontré. Ninguno de sus compañeros la había visto, no se había presentado.

»—Dos días después se levantó el toque de queda y volvimos a trabajar, no llegó… Desapareció, se esfumó o se evaporó, no sé. Nunca más supe de ella, fui a su casa, era hija única y su madre no sabía nada, juntos fuimos a dar cuenta a carabineros y no nos prestaron mucha atención, excepto un cabo que se nos acercó y nos dijo: —mejor váyanse para sus casas, está todo muy revuelto y hay muchos casos como los de ustedes.

»—Hice averiguaciones con los milicos y no obtuve nada. Un amigo periodista me contactó con la que en esa época era la Vicaría de la Solidaridad, y no tenían ninguna información de ella. Me cambié de trabajo y también perdí contacto con su madre. A veces pensaba que todo no había sido más que un sueño, hasta ese día de la foto en que apareció como si fuera un fantasma y trajo a mi memoria todos los recuerdos, esos inolvidables momentos juntos y también la esperanza, que poco a poco se va perdiendo, de que un día cualquiera apareciera en mi casa y me dijera:—aquí estoy—. Verla en esta foto, después de tantos años, igual de hermosa, —al menos para mi—, como si estuviera mirándome y con eso diciéndome, —perdóname—, me produjo gran pena, y también alegría por saber que estaba con vida y en el país. Recorrí el barrio Lastarria, —que era donde vivía en el año 73— con fotografía en mano preguntando en distintos edificios por ella, nadie la conocía o había visto. La busqué por Facebook y otras redes. Una vez más se había esfumado. Volví varias veces al mismo lugar del que había tomado la foto, como si con ello pudiera repetir ese día, ese instante y volví a llorar al igual que treinta años atrás…

Rodrigo calla. Vuelvo a tomar la fotografía entre mis manos y otra vez la observo con detención. Me cuesta contener la emoción. Para no llorar bebo vino y con voz entrecortada le digo a Rodrigo: —esa mujer se llama Berta y a raíz del golpe tuvo que pasar a la clandestinidad, pertenecía a las juventudes comunistas. Después salió del país, nunca fue detenida ni nada de eso.

—Sí, ese es su nombre, ¿tú la conoces?

—Claro, —Rodrigo se pone tenso, levanta la cabeza, frunce el ceño, empuña sus manos— y continúo, la conocí en Francia siempre llevaba con ella “Los Versos del Capitán”, como si fuera un libro sagrado. Cuando le pregunté por qué el apego a ese libro, me dijo que se lo había regalado un amigo chileno del cual no quiso despedirse, para no ponerlo en una situación difícil. Nunca mencionó su nombre. ¿Se lo regalaste tú?

—Yo le regalé ese libro de Neruda, supongo que será el mismo ejemplar. ¿Sabes donde está? ¿Como la puedo contactar?, sólo para cerrar un capítulo, no podemos volver atrás, pero conversar con Berta después de tanto años sería especial.

—Lo lamento mucho Rodrigo, —extiendo mi brazo por sobre la mesa y tomo su mano—, ya es tarde, Berta falleció cinco años después que le tomaste esa foto. El hombre que, difusamente, aparece en la fotografía a su lado, soy yo, era mi esposa, fue mi compañera en el exilio. Aún enferma era hermosa. Pienso que nunca te olvidó…

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8 comments

  1. Mafalda Migliaro · junio 19, 2017

    Muy bien lograda la narración.
    Impacta el relato. Me gustó mucho
    Abrazos Maffi

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    • alfonsopino · junio 19, 2017

      Maffita, muchas gracias por tu comentario y me alegra que te haya gustado.Un abrazo

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  2. SERGIO VARAS V. · junio 19, 2017

    Muy buena amigo, siempre impactando con tus relatos. Felicitaciones

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  3. Eduardo Alonso · junio 20

    Conmovedor. Profundo y casi testimonial. Tierno y cruel. Qué cuento !!! ¿cuento?. Felicitaciones.

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    • alfonsopino · junio 21

      Muchas gracias Eduardo por tus comentarios, motivan a seguir escribiendo estos ¿cuentos?

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  4. María Vargas · junio 28

    Son muy entretenidos tus cuentos, fáciles de leer y tienen mucha historia real entre trama. Me gusta mucho como escribes. Saludos

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