En cuanto llegué del colegio tomé la bici y me fui a dar vueltas por el barrio. De pronto la vi, estaba en la esquina de Gamero con Independencia. Mi corazón se aceleró y apuré las pedaleadas. Le ofrecí llevarla a casa. Me miró con esos ojos grandes color café y sonrió, quise besarla pero me contuve.
—¿Damos una vuelta?
—Ok, pero una larga.
—Buena idea —respondí, más contento que un perro con dos colas.
Partimos, ella se sentó de lado, en el marco de la bici, en ese espacio entre el sillín y el manubrio. Yo, feliz
De repente, giró su cara hacia mí. Sus labios me parecían el más maduro y jugoso de los duraznos. Ella entreabrió la boca y sin pensarlo la besé…
Desperté en el hospital. A mi lado ella me miraba preocupada y divertida. Le pregunté como estaba.
—Bien —contestó, a pesar de que tenía el antebrazo izquierdo enyesado, las rodillas parchadas y el uniforme del liceo roto.
—¿Y la bici? —pregunté.
—Mejor que tú.
—¿En qué estábamos?
Acercó su boca y disfruté de sus labios tibios. Los porrazos pasan, los besos quedan en el recuerdo y en un relato.
Me encantó!!!!
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Gracias hija
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Alfonso,
Bueeena romanticón adolescente !!!!
Eduardo
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Eduardo, muchas gracias. La historia me la contó un primo lejano que vivía en la misma calle de mi adolescencia
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Lindo y emocionante pequeño accidente…..muy bien condenzado.
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Paula, muchas gracias
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Estimado Alfonso, el relato está entretenido, es humano y además romántico.
Para hacer una comparación con mi vida, como a los 10 años, un día andaba en bicicleta, y pensé qué se sentiría manejar con los ojos cerrados. Así lo hice por unos 5 segundos. No fui a parar al hospital porque Dios es grande, porque choqué con un árbol, sólo quedé con un chichón. pero no le estaba dando un beso a ninguna niña.
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Carlos, muchas gracias por el comentario. En cuanto a tú experiencia de vida ojalá no la repitas manejando el auto. Un abrazo
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