GABRIELA

Estaba sentada en la sala de embarque del aeropuerto de Santiago, esperando la salida de su vuelo con destino a París. Era una mujer de aspecto interesante, pelo crespo, color negro azabache, ojos color café, nariz levemente aguileña que, junto a pómulos salientes y un mentón cuadrado le daban carácter a su rostro, atenuado por cierta tristeza en la mirada. Vestía pantalones grises, sueltos, cómodos para viajar, camisa blanca, chaleco sin mangas color burdeos, chaquetón 3/4 azul, zapatos de taco bajo. Completaban su indumentaria una cartera, no muy grande, de esas que se cuelgan al hombro, porta documentos sencillo y un típico impermeable color crema. No se había vuelto a casar. Amores, algunos, sin mayor trascendencia que no habían dejado huellas.

Gabriela, interrumpió la lectura de “El general en su laberinto” y miró su reloj. Faltaban aún, al menos, diez minutos para que anunciaran el embarque.

Observó a su alrededor y en ese momento lo vio. Sus miradas se cruzaron, tal vez, por una décima de segundo. No supo porqué, pero un escalofrío recorrió su espalda.

Recordó su primer viaje a París. Había ocurrido, veinticinco años atrás, a fines de 1.974 con sólo 23 años recién cumplidos.

En esa oportunidad viajó con su hija Amalia que, a esa fecha, tenía un año y algo más de vida. Hacía tres meses que no la veía, desde que la secuestraron junto a su marido Gonzalo. Sus padres, que durante su detención habían quedado a cargo de ella, se la entregaron poco antes de pasar por policía internacional junto al decreto de expulsión de ambas.

De su marido, no sabía nada. La última vez que estuvo con él, debe haber sido unos 15 días después del secuestro. Los pusieron frente a frente y les dijeron que se despidieran. –Espérame- le dijo él y agregó -perdóname por haberte metido en esto-.

Ahora viajaba a un congreso en Ginebra, invitada a exponer sobre el impacto del libre mercado en las sociedades latinoamericanas.

Antes estaría algunos días con Amalia en París. Su hija, nunca quiso regresar a Chile, se sentía más francesa que chilena, además, quiso estudiar filosofía igual que su padre y para eso nada mejor que La Sorbona. En cambio ella, había vuelto al país en 1.993, con su título académico de doctorado en Sociología y se desempañaba, desde entonces, en un organismo internacional.

En cuanto anuncian el embarque, Gabriela se pone de pie, quiere ser de las primeras en abordar el avión, sentarse en su puesto y dejar que tranquilamente transcurran las horas que dura el vuelo hasta su destino. Una vez más mira su tarjeta de embarque. Confirma su asiento, 17-B, pasillo, sector de sólo dos asientos. Se pregunta, -¿Quién será mi acompañante?-, -ojalá que nadie-, se responde, y en cualquier caso da lo mismo ya que, inmediatamente, después de la cena se tomará una pastilla para dormir y despertará poco antes de aterrizar en Charles de Gaulle.

Están por cerrar las puertas del avión, nadie ocupa el 17-A, parece que es su día de suerte.

De pronto lo ve, es el mismo hombre con el que cruzó una mirada en la sala de embarque. Él, camina lentamente por el pasillo, mirando la numeración de las filas en busca de su lugar. Se detiene al lado de ella y caballerosamente le dice, –buenas tarde, ¿me da permiso por favor?-. Al escuchar ese timbre de voz, se pone nerviosa. Se levanta para darle la pasada. Cuando él se mueve para pasar a su asiento, ella siente ese olor del perfume que lo tiene impregnado en todo su cuerpo. Comienza a temblar. Él estira los brazos y dice, -señora, ¿la puedo ayudar?-. Gabriela grita desesperada -¡¡No me toque!!, ¡¡no me toque!!, ¡¡no vuelva a tocarme nunca jamás!!-. Las convulsiones aumentan y comienza a vomitar, vomita y sigue vomitando encima del hombre que se protege la cara y se revuelca para evitar el vómito. Gabriela hace un esfuerzo para controlar sus esfínteres y todo, todo el dolor, la angustia, el vejamen, las violaciones sufridas, y en el nombre de sus compañeras y compañeros que pasaron por lo mismo que ella y también en el de su marido que nunca apareció, sigue vomitando sobre el cuerpo del hombre que los torturó en Londres 38, sanando un poco, tan sólo un poco, porque hay dolores y penas que quedan para siempre.

Gabriela, seguirá esperando … ya no a su marido, sino que a la señora de los ojos vendados, que tiene en su mano derecha una espada y en la izquierda una balanza, que se llama Justicia. Ahí están puestas sus energías.

 

 

8 comentarios

  1. Avatar de Maffi Migliaro
    Maffi Migliaro · octubre 27, 2016

    Impactante!
    Se podrá decir que ya se ha escrito escrito sobre el sufrimiento, pero nunca es suficiente.
    Siempre impacta.

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  2. Avatar de Paula Donoso
    Paula Donoso · octubre 28, 2016

    Que fuerte e impactante tu relato!!!!Me gusto que puedas narrar con la misma maestria un relato campecino y esta intensa anecdota politica con un poder de sintesis admirable… Felicitaciones!!!.

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  3. Avatar de Carlos
    Carlos · noviembre 3, 2016

    Buen relato.

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  4. Avatar de Maricarmen Pino
    Maricarmen Pino · noviembre 20, 2016

    Me gustó mucho! No sólo la justicia enfocada en castigar a los culpables no llegó de manera oportuna, sino más grave aún, no han habido acciones reales tendientes a facilitar el proceso de reparación de Gabriela, esa reparación que comienza cuando el agresor reconoce que sus actos causaron un daño y luego pide disculpas por haber causado, en el caso de Gabriela, un dolor imborrable.

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