LA SEÑORA

Vivía, en uno de los tantos cerros del puerto. Desde la ventana de su dormitorio divisaba un pedacito de mar. Ahí estaban sus sueños, conocer otros lugares, recorrer el mundo.

A fines del siglo 19, Valparaíso era el puerto más importante del Pacífico sur, muchos de los marinos que desembarcaron ahí, olvidaron por un momento de donde venían. Se quedaron en tierra para siempre. Uno de ellos fue John, de origen inglés, se casó dos veces.

Con su segunda esposa, la que soñaba con aventuras, tuvieron cinco hijos, dos hombres y tres mujeres.

En los inicios del siglo XX, se iniciaba la explotación de una gran mina de cobre. Necesitaban gente trabajadora, John, ingeniero de profesión, entendía y conocía de máquinas. La paga era buena, incluyendo casa.

Para ella, los sueños de aventuras se iban quedando enredados entre pañales que lavar, mamaderas que preparar, cuidar cinco niños, además de atender al marido, así que conocer nuevos lugares era motivante.

Salieron un día de Valparaíso, con sus cinco hijos, algunas maletas y una canasta con comida, hacia un destino desconocido. Llegaron a Santiago, otro tren a Rancagua, finalmente un tercero, este, de trocha angosta, que iba lentamente encaramándose por el cerro, cruzando un sin número de puentes. Ellos, arriba de un carro de madera, que se quejaba por el esfuerzo de recorrer los 70 kilómetros y subir hasta los 2.100 metros de altitud para llegar a Sewell.

John, atento al sonido acompasado de la locomotora, observaba ese paisaje distinto al de Inglaterra, su tierra natal. Calculaba, cuantos kilos de dinamita fueron necesarios para transformar, lo que fue una huella de mulas en línea férrea, cuantos hombres trabajaron en esa obra, y el número de ellos que murieron en esa tarea, sin imaginarse que años más tarde él sería, uno de tantos que perdieron la vida en las faenas de la Braden Copper Company.

Ella, miraba el paisaje fascinada. Era primavera, la montaña tenía bordada en sus laderas flores de variados colores.

Llegaron al anochecer a Sewell, la ciudad de las escaleras, construida en la ladera del Cerro Negro, y que a esa fecha vivían ahí más de 14.000 personas.

John, trabajaba más de 14 horas diarias, salía muy temprano a la faena minera, volvía cansado, hambriento, sólo con deseos de comer y dormir.

Ella, desde la ventana de su dormitorio no veía el mar, pero sus sueños de aventura no habían cesado.

No era fácil salir de Sewell, el tren que bajaba a Rancagua, se utilizaba para llevar el mineral, el último carro era para pasajeros. Al regreso traía los víveres para alimentar a toda la población y también entretenerla.

Un día, se anuncia en Sewell, a viva voz con megáfonos, la presencia de Ciro el boxeador, que desafiaba a quien quisiera a enfrentarse con él. También se invitaba al público en general a presenciar el combate. No se admitían niños, así que mientras John cuidaba de los cinco hijos, su esposa fue a presenciar la lucha.

No se sabe en que circunstancia, Ciro y la esposa de John entablaron una relación de amistad, que se transformó en algo más profundo.

Mientras John trabajaba, Ciro le contaba a ella los lugares que conocía y hacia donde se dirigiría una vez que se fuera de Sewell. Fue en una de esas conversaciones en que ella le pide que la lleve, que está cansada de la vida en el campamento, cansada de subir y bajar escaleras, cansada del invierno con la ciudad cubierta de nieve, pero más aún, cansada de ver un cañadón que se perdía ahí, a sólo unos pocos kilómetros más allá.

Un día, John parte temprano al trabajo. Su esposa prepara una maleta con un poco de ropa, levanta a sus tres hijas y parte con ellas a la estación para seguir a Ciro en su vida aventurera.

En la estación, Ciro le dice que no pueden llevar a las niñas. Ella decide dejarlas ahí. Al momento de partir el tren, sólo una de las niñas corre detrás de su madre. Unos metros antes que termine el andén logra subirse al tren. Las dos hermanas de 8 y 6 años gritan, lloran y ven como su madre las ha abandonado en la estación.

En los siguientes 80 años, ninguna de las dos hermanas volvió a pronunciar su nombre ni referirse a ella como mamá. La llamaban La Señora, mordiendo con rabia y pena cada letra que pronunciaban.

 

12 comentarios

  1. Avatar de Maffi Migliaro
    Maffi Migliaro · julio 11, 2016

    Muy buen relato, Alfonso.
    Está redondito.
    Un abrazo
    Maffi

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  2. Avatar de alfonsopino
    alfonsopino · julio 11, 2016

    Maffita, muchas gracias. Un abrazo

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  3. Avatar de Fernando
    Fernando · julio 11, 2016

    Bien

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  4. Avatar de alfonsopino
    alfonsopino · julio 11, 2016

    Fernando, muchas gracias por el comentario. Esa locuacidad motiva a continuar escribiendo

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  5. Avatar de Eduardo Ruben Alonso Gramajo
    Eduardo Ruben Alonso Gramajo · julio 11, 2016

    Alfonso,

    Crudo pero de fácil lectura, pues en todo momento uno quiere seguir leyendo, y se apura, e imagina pasos que no se cumplen … en definitiva, esa es la misión del que escribe, sorprender mientras hace amena la lectura.

    Sigue Alfonso, sigue escribiendo … y yo disfrutándolo.

    Un abrazo,

    Eduardo

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    • Avatar de alfonsopino
      alfonsopino · julio 12, 2016

      Eduardo,
      Gracias por tus comentarios. La vida tiene muchas historias algunas mas duras que esta, lo importante es saber sobreponerse a ellas. Espero seguir escribiendo y que de algo sirva

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  6. Avatar de Paula Donoso
    Paula Donoso · julio 13, 2016

    Gracias por hacerme soñar cada cierto tiempo…Me dejaste con ganas de saber que paso con la pareja fugitiva y del pobre gringo a cargo del resto de los niños.Eso es lo bueno, quedar con ganas ďe mas.

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    • Avatar de alfonsopino
      alfonsopino · julio 14, 2016

      Paula, muchas gracias por tus comentarios. La gracias de los relatos breves es que el lector puede imaginarse distintas situaciones. Un beso

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  7. Avatar de Carlos
    Carlos · julio 13, 2016

    Hola Alfonso, me refiero a tu escrito «La Señora»; lo encontré entretenido, pero justo cuando comenzó a interesarme el argumento, me encuentro con el final. Bueno el relato, pero queda la impresión de un final forzado.

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    • Avatar de alfonsopino
      alfonsopino · julio 14, 2016

      Muchas gracias Carlos por tus comentarios y observaciones. Pienso que el final podría aparecer forzado por la situación misma, es discutible. Cortázar, uno de los mas grandes escritores de cuentos decía que el cuento y en especial el relato breve tiene que ganar por knock out, en cambio la novela gana por puntos. En todo caso pondré atención a tu observación. Nuevamente gracias.

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  8. Avatar de Carlos
    Carlos · julio 28, 2016

    Podrías escribir la segunda parte de La Señora, dando satisfacción a las dudas de Paula y las mías.

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