El terremoto de La Ligua

Ese domingo 28 de marzo de 1965 me encontraba junto a mi hermano, y un amigo de él, en la pequeña sala de estar de nuestro hogar en Santiago cuando comenzó a temblar. Desde el fondo de la casa, escuchamos los gritos desesperados de nuestra madre instándonos a salir hacia la calle; eran las 12:33 del medio día.

Los registros indican que el epicentro fue en las cercanías del pueblo La Ligua. La  magnitud: 7,4. Fallecieron 248 personas y se contabilizaron más de 300 heridos. El 80% de las viviendas de esa ciudad y de otras a su alrededor se destruyeron o quedaron muy dañadas. En esa época casi todas las construcciones eran de adobe; una masa de barro mezclada con paja. La mayor tragedia ocurrió al ceder el muro de contención del tranque de relaves de la mina El Soldado, que arrasó aguas abajo al pequeño poblado El Cobre de 150 habitantes; solo hubo 10 sobrevivientes.

Desde el mismo día lunes 29, el Centro de Alumnos de la Escuela se puso en campaña para ver como podíamos ayudar en lo que fuera necesario. A nosotros los “eléctricos” nos asignaron participar en la “reconstrucción” de San Felipe, ubicada a 80 km del epicentro.

Han transcurridos 56 años, la memoria es frágil, no recordamos elementos básicos. ¿En que mes fuimos a San Felipe? ¿Viajamos en bus o en tren? En mayo o junio, —ya que adelantamos las vacaciones de invierno— y en bus desde Santiago, directo a nuestro destino, son las respuestas que he recibido —no sin ciertas dudas— al conversar con algunos de mis ex compañeros.

¿Cuántos éramos? Más de 20 y menos de 30 estudiantes de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado. Cada uno tenía una colchoneta, más un saco de dormir y por lecho: el suelo. De almohada: la ropa que cada uno llevaba. El lugar: una gran sala en el segundo piso de la Comisaría de San Felipe que, por dos a tres semanas, fue nuestro hogar. Es la única vez que he dormido en un recinto como ese.

Temprano en la mañana comenzaba cada día. Después de una corta ducha teníamos el desayuno, servido en un gran tazón de café con leche junto a un par de panes con queso; no faltó el que me dijo que había palta —yo no la vi, no lo recuerdo—. De ahí, —con frío, mucho frio y las manos heladas— a la estación del ferrocarril a pasar los tableros, desde los carros del tren a los camiones. Cada chofer junto a un  grupo de 3 o 4 de nosotros partíamos a un lugar definido. Después de descargar los camioneros se iban, y volvían a recogernos en la tarde cuando ya habíamos levantado una mediagua para la persona o familia más necesitada del caserío.

De todo lo vivido, la anécdota —y hay muchas—, que todos recordamos fue la despedida que nos dieron los choferes.

El valle fértil del Aconcagua, rico en buenas parras, es famoso por la producción de chicha y si es en El Almendral más aún. Ahí nos llevaron los choferes la última noche que pasamos en San Felipe.

Muchos litros de chicha a nuestra disposición, y por si se nos quitaba la sed había un kilo de charqui para comer. Beber; reír; recordar lo que habíamos vivido hasta que algunos comenzaron a cabecear y ya era hora de regresar. ¿Qué hora era? No lo recuerdo. Sí tengo claro que tuvimos que amarrar a varios —por recomendación de los choferes— para que no se cayeran de los camiones durante el regreso por el áspero camino de tierra. Otros volvimos en una furgoneta; uno me dijo que esta era un vehículo de carabineros —no puedo asegurarlo, ni desmentirlo—.

Debe ser la primera vez que más de veinte personas llegan juntas, por propia iniciativa, borrachos a una Comisaría. Después, por una eterna escalera, tuvimos que subir al segundo piso y esa fue otra aventura de alto riesgo —más de alguno pudo haber perdido la vida en ese trayecto—. La noche fue un asco y los rostros de cada uno al despertar, de terror.

Qué experiencias a los 20 años de edad. Conocer la generosidad de las personas de la zona, que compartían lo poco que ellos tenían como señal de agradecimiento; la alegría de los lugareños al vernos llegar con las mediaguas que reemplazarían, “temporalmente”, a sus hogares; el compañerismo; sentir que habíamos ayudado, en la medida de nuestras posibilidades, a muchas familias damnificadas; las felicitaciones que recibimos de las autoridades, son recuerdos de grandes emociones.

Felices volvimos a Santiago, habíamos cumplido nuestro deber de ciudadanos y, traíamos variadas anécdotas que amenizaron nuestra vida universitaria.

Algo bueno resultó de ese terremoto: se creó lo que hoy es la Oficina Nacional de Emergencia. En cuanto a mi; no he vuelto a beber chicha.

El cuidador de los recuerdos

Polvo de estrella hundida en tierra oscura,

nieve de soledades abrasada,

cuchillo de nevada empuñadura,

 rosa blanca de sangre salpicada…

Salitre (Pablo Neruda)

Junto a lo que quedaba de una gruesa muralla de costra y adobe, como única muestra de que alguna vez ahí vivió gente, se encontraba el anciano que ese día no estaría solo. A través del aire, que el sol del mediodía hacía reverberar en el desierto, divisó al caminante que a paso lento se acercaba hasta él.

¿De adonde me dice que viene uste’ compañero?

No le entendí, hábleme más fuerte, mire que estoy un poco sordo.

¿Desde la capital iñor y qué ha recorrido cuanto? ¿Mil ochocientos kilómetros y que es la primera vez por estas soledades? ¿Y solo pa’ saber algo de lo qué pasó hace tantitos años atrás? Mire uste’.

Como no hay naiden más por aquí, y pa’ que no pierda el viaje, yo le contaré lo que escuché varias veces y de buena fuente iñor. Le advierto que a lo mejor me sale la cosa yendo de un lado pa’ otro, como ese remolino de waira que ve ahí. Es que hace mucho tiempo no hablo estos recuerdos; pero están en mi cabeza y también aquí, donde se quedan las penas y alegrías hasta que deja de latir.

Póngase cómodo, y mire que hay harto donde elegir; que ahorita partimos.

Ese día…

La camanchaca comenzaba a huir de los rayos del sol cuando la Hildita se despertó. A lo más tres horas es lo que había dormido. Si uste’ quiere mi amor, yo también, le había dicho a mi paire la noche anterior y antes que cerraran los ojos pa’ tratar de dormir, con gran ternura, sin apuro hicieron el amor; en silencio como siempre, pa’ que no se enteraran los vecinos.

Suavemente, la Hildita levantó el brazo de Eliberto que rodeaba su cintura o lo que quedaba de ella y puso los pies en el suelo que estaba frío, como el amanecer mesmo.

Era de tierra compañero, todavía no les cumplían con ponerles los tablones que les habían prometido. Tampoco con otros acuerdos ya firmados con los patrones; con decirle que en la pulpería seguían vendiendo porotos con gorgojo y harina sucia para hacer el pan. Aún compraban con fichas entregadas por los patrones, y que cada día valían menos; pa’ que decir de trabajar solo ocho horas diarias, que se habían acordado hace tiempo. Por eso fue que los pampinos cansados de solo, bla, bla, bla, se levantaron en huelga, y tomaron el control de la pulpería y de toitita la salitrera.

Es que uste’ ha de saber que pesan mucho más las piedras cuando no hay esperanzas y el viento de la pampa solo trae amarguras. Pero queda la dignidad y esa compañero, nunca se debe perder. Ve, ya me fui pa’ otro lado, ahora mesmo me enderezo.

Deme unos minutitos, mientras busco algo. Aquí está, tome esta botellita. Es solo agua, cuídela, mire que por aquí vale oro. ¿Qué usted tiene vinacho? No iñor, eso si que no puedo aceptarlo, mire que esta es zona seca y naiden ha levantado eso, así que con agüita no ma’. ¿Pa’ ahogar las penas? No compañero, las penas flotan, ellas saben flotar. Mejor retomo el camino.

La Hildita echó agua en la jofaina y se lavó, primero la cara y después sus intimidades. Cuando abrió la puerta pa’ botarla a la calle, una corriente helada le recorrió el cuerpo. Nunca antes había visto carroñeros que a esa hora volaran en torno a la Oficina. Era como si les hubieran pasado el dato que pronto tendrían tanta comida, que no podrían arrancar el vuelo.

Es que el día anterior no hubo acuerdo. Los pampinos querían que les cumplieran la palabra empeñada, como corresponde a los hombres. Para la Autoridad, lo primero, restablecer el orden y por eso que La Oficina amaneció sitiada; podían salir niños, mujeres y los pampinos que renunciaban a la huelga. De los hombres, ninguno se fue. Ahora, como me dijo mi viejita, iba a actuar la sin razón, de lao’ y lao’.

Todo eso me lo contó la Hildita, mi mamita, aquí mesmo donde estamos parados hoy.

¿Qué si vengo todos los años me pregunta uste’?

Si compañero, toititos, no he faltado a ni uno. Cuando era niño me traía la Hildita. Aquí nací un día como hoy, hace ya noventa lentos años atrás.

Ese día de junio mi paire, antes de irse, le tocó la barriga a mi maire con sus manos de pampino, duras, ásperas, cuarteadas por el sol y el salitre y le dijo: viejita linda, esta criatura va a venir al mundo en dos meses más, ándate ahora pa’ Pozo Almonte. No viejo, te espero aquí, me dijo que le respondió mi mamita linda.

Quinientos, ochocientos, dos mil seres humanos. Nunca se supo cuantos pampinos, mujeres y niños fueron asesinados ese día. Me lo contó la Hildita, y cada vez que lo hacía, lloraba y lloraba. Se le caían los mocos, despotricaba contra todos, milicos; políticos; patrones y también contra los curas que nunca trajeron a Dios pa’ que conociera esta vida.

Están toítos enterrados en este mismo lugar donde estamos parados hoy, me decía don Celerino, el viejo que me adoptó como si fuera su hijo y que se enamoró de los ojos de mi mamita linda. Aquí no hay monumentos ni mausoleos, como en las ciudades, solo esa cruz de hojalata que uste’ ve ahí y la rosa, hecha de papel, que hasta el viento la respeta.

La Hildita me contó que mi viejo era de oficio cachorrero, de los que reducían los grandes bolones a punta de dinamita, así que en cuanto comenzaron los milicos a disparar fusiles y ametralladoras, se imaginó a su Eliberto en primera fila, encendiendo las mechas y lanzando los cartuchos.

¿Uste’ quiere saber como fue que yo nací ese día, que no debía haber nacido?

Es que el ruido era terrible y la Hildita se puso muy nerviosa. Le comenzaron los dolores y supo que ahí mesmito iba a ser madre; sola compañero, como mujer de pampino.

Usted me mira con cara de incredulidad, piensa que estoy inventando o que con tanto sol se me achicharraron los sesos y que estoy loco. No iñor, nada de eso. A mi me lo contó la Hildita y si no léalo ¿No le enseñaron en la escuela sobre la matanza, del cinco de junio de mil novecientos veinticinco, en la Oficina salitrera de La Coruña y en las otras del cantón de San Antonio? No, ya sé que no. No ve que les da vergüenza o, a lo mejor miedo. Disculpe estas lágrimas de un viejo pampino; pensaba que el tiempo ya las había secado. Es que son recuerdos y con algunos uno sonríe y con otros lloriquea no ma’.

La Hildita me contó que de repente todo se hizo silencio, ella pujaba y pujaba, hasta que yo salí y me aparecí en este mundo. Así me lo contó ella. Se abrió la puerta del cuarto y apareció un milico, con carabina en la mano y bayoneta calá’. Era un muchacho iñor, que al verla en la cama con un recién nacido la miraba con cara de asustao y la Hildita que le grita: ¡Saca esa bayoneta y corta el cordón que pa’ algo bueno que sirva esa tontera! Más que un llanto fue un grito de guerra el que lancé, me dijo la Hildita.

Yo no hice nada señora, disparé siempre pa’ arriba. Nos obligaron, hay muchos muertos afuera, los primeros en caer fueron los que lanzaban la dinamita. A mi me engancharon en el sur pal’ servicio militar, eso fue lo que él le dijo, con lágrimas en los ojos, es un niño señora, un hombrecito. Pero yo no los dejo aquí, hay carretas que se llevan pa’ Pozo Almonte a las mujeres y niños que se salvaron. Así que levántese que yo le ayudo poh.

Sí, eso me lo dijo la Hildita y antes de subirse a la carreta, conmigo envuelto en un saco de harina, le pregunta el nombre. Por ese milico con cara de cauro chico yo me llamo Estanislao.

¿Uste’ me dice que eso mesmo se lo contó su abuelo, al que le prometió venir algún día por estos lados?

¿Qué uste’ se llama igualito que yo?

Deme un abrazo compañero que ya puedo morir tranquilo.

Ahora váyase, está bajando la camanchaca. Mire que en un rato más no va a encontrar el camino de vuelta, ni las manos se las va a ver. ¿Yo?… Seguiré hasta la Oficina Santa Ana. Ahí tengo mi covacha y una payasa pa’ echar mis huesos en estas soledades y cuidar los recuerdos, que ahora son suyos también compañero.

Mariposas negras

En México, la mariposa negra —desde antes que llegaran los españoles ha tenido mala prensa— se asocia con la muerte y el mal agüero. En inglés la llaman black witch (bruja negra). En Chile: «Polilla de la muerte», y se considera un visitante ocasional en el país —cómo sería si fuera uno normal—.

Los habitantes de Sarajevo, con pena; llanto; asombro; incredulidad; rabia, decían que el cielo se había cubierto de mariposas negras. Eran los restos de los libros que, el domingo 25 de agosto de 1992, se quemaron a raíz del intenso bombardeo con bombas incendiarias, intencional y dirigidas a la biblioteca de esa ciudad —por las fuerzas serbias que, desde abril, sitiaban la ciudad—. La biblioteca albergaba unos dos millones de libros; miles de manuscritos y documentos de valor incalculable, conservados a lo largo de los siglos por musulmanes, serbios ortodoxos, croatas católicos y judíos.

Un visitante asiduo de ella era el profesor Nicola Koljevic que dictaba, en la Universidad de Sarajevo, un curso de “Poesía y crítica”. Su alumno Alexsandar Hemon, escritor de origen bosnio, en la nota titulada “El libro de mi vida” lo recuerda así: “el maestro que desenvolvía poemas como si fueran regalos de Navidad y la solidaridad creada por aquellos descubrimientos grupales invadía la caldeada atmósfera del aula en el ático de la facultad de filosofía”. Según Hemon, el profesor Koljevic era una persona increíblemente culta, que citaba de memoria tramos enteros de Shakespeare.

Koljevic terminó sus días dedicado al alcohol, y en 1997 se suicidó en Belgrado. Seguramente no soportó el cargo de conciencia de haber sido él quien dirigió el bombardeo de la biblioteca. Alexsandar Hemon —que como alumno admiraba al profesor Koljevic—, señala: “su maldad tuvo una influencia mucho más profunda en mí que sus enseñanzas literarias”.

Detrás de la poesía se ocultaba un fanático nacionalista.

El médico croata Mirko Grmek, a raíz de lo que estaba ocurriendo en los Balcanes acuñó, en el año 1991, el término “memoricidio” para referirse a la destrucción intencionada de libros o del tesoro cultural del adversario, ya que este acto lo que pretende es matar la memoria de un pueblo, raza, cultura, religión.

En todas las épocas se han destruidos libros en forma intencional. En la guerra civil española se quemaban los libros escritos por adeptos a la República, y, en la Alemania nazi, los escritos por judíos.

En el artículo “Cuando la memoria se convierte en cenizas… (Memoricidios durante el siglo XX), escrito por el Lic. Edgardo Civallero, se detallan distintos actos abominables de quemas y destrucción de millones de libros provocados por: talibanes en Afganistán; serbios en Bosnia-Herzegovina y Croacia; mujaidines en Kabul; israelíes en Ramallah (Palestina).

Durante la Revolución Cultural organizada por Mao Zedong, los libros políticamente “incorrectos” fueron sacados de las bibliotecas y quemados en actos públicos. Soldados de ocupación, principalmente de Estados Unidos, hicieron la vista gorda, miraron hacia el cielo mientras la turba entraba al Museo Arqueológico, la Biblioteca Nacional, los Archivos Nacionales y la Biblioteca Coránica de Irak, en Bagdad, quemando, destruyendo y robando cuanto había en su interior.

La iglesia católica quemó miles de libros durante la inquisición; y en el siglo XX todavía prohibía la lectura de ciertos ejemplares que atentaban contra su doctrina y ejercieron presión para su publicación y distribución.

Cuando la memoria se convierte en cenizas —como dice Civallero—, el cielo se cubre con mariposas negras o con polillas de la muerte como ocurrió en Santiago el 23 de septiembre de 1973, durante la quema de libros realizadas por los militares —frente a las torres San Borja, en Santiago—, después de un allanamiento.

Este proceder, nos llevó a muchos —en un acto de auto censura lectora— a quemar, romper o esconder nuestros propios libros por el temor de su tenencia.

Sin libros, no tendríamos memoria, leyes, conocimiento…, cada día deberíamos inventar la rueda y no hubiéramos contado con este silencioso compañero, por medio del cual hemos vivido tantas vidas; aventuras, y que nos ha ayudado a sobrellevar esta pandemia.

23 de abril, declarado por la UNESCO, día Mundial del Libro y del derecho de autor

23, abril, 2021

Alma de maestro, pasión por el fútbol

Hoy, veintitrés de junio, desperté pensando en usted —tal vez, porque alrededor de un mes atrás lo recordé cuando leí un relato de Sacheri titulado: “Señor Pastoriza”—, así que desde temprano comencé a buscar y leer todo lo que encontraba en internet. Mire que coincidencia —de esas que me vuelven loco y que a menudo me suceden—, se cumplen treinta y seis años de su fallecimiento. Para ser honesto don Luis, eso no lo recordaba.   

­­Ya sé que le molesta todo exhibicionismo pero debe saber que, aún es el entrenador más ganador del fútbol chileno ¡Sí señor! Cuatro campeonatos nacionales con la “U”, otro con Colo Colo y  una Copa Chile con ellos.

De todos esos, para mi, el más importante fue el del año mil novecientos cincuenta y nueve, con los del uniforme azul y la “U” de color rojo en el pecho.

Era la primera vez que un equipo dirigido por usted era campeón y además al que había llegado a jugar con veintitrés años, en un largo viaje desde Copiapó donde obtuvo su título profesional de profesor normalista. Si eso no fuera suficiente, con los jugadores que eran sus polluelos, los que había formado. Mire lo que digo: formados. Más que eso don Luis, con creces.

¿A quien otro se le podría haber ocurrido que un jugador de hockey en patines, de apellido Navarro, podía ser un buen lateral izquierdo? Y llegó, nada menos que a capitán de la selección chilena, la del sesenta y dos.

¿Le digo otra? Ubicar como centro delantero a un muchacho grande y fornido que jugaba como defensa ¿En que se convirtió Carlos Campos? En el máximo goleador contra el eterno rival.

O mover a Leonel un poco a la izquierda, a pesar de que no tenía tanta velocidad para ese puesto. Claro que dándole libertad, esa que usted no tuvo cuando era jugador y lo transformaron en “un pata dura”, según sus propias declaraciones.

¿Y que me dice de llevar de la mano al Chepo Sepúlveda para que fuera ese gran mediocampistas de depurada técnica?

Mientras leo, viene a mi mente como si fuera hoy, el martes tres de noviembre cuando en  la penúltima fecha nos enfrentamos al Colo. Ese día se ganó el campeonato.

Fíjese que no pude ir al Nacional y ser uno de los cuarenta y cinco mil espectadores. Y no por ser un partido nocturno —ya que sabía moverme solo por toda la ciudad—, o que al otro día tuviera clases. No don Luis, es que estaba castigado; de pura vergüenza no le voy a decir la razón. Me castigó mi vieja, súper estricta, colega suya. Así que para escuchar el relato de Darío Verdugo le pedí prestada la radio a mi abuela —privándola de escuchar el capítulo de ese día del “Gran Radio Teatro de la Historia”—  y, ahí,  con la oreja pegada a la RCA Victor escuché los goles de Bello y Hormazábal y el descuento de Osvaldo Díaz para la “U” en el primer tiempo.

Ahora, cuando escribo estas líneas, me imagino que en el entretiempo los convenció que podían ganar y, recurrió a Musso como capitán para que dirigiera a los pichones adentro de la cancha. Eyzaguirre, que era un mocoso se comprometió a dejar el alma en cada jugada y que por su lado con suerte pasaría el viento, y Navarro le dijo: por el mío, Moreno o el balón pero no los dos. Leonel le pedía a Dios que le concediera sólo un tiro libre. Mientras la Vieja Álvarez fumaba su pucho, pensando lo que tenía que hacer para sacarse de encima a los centrales rivales.

En cambio yo, esa noche no podía saber nada de eso y durante el descanso lloré. Mi querida abuela me decía que era solo fútbol y le retrucaba que era mucho, mucho más que eso, que todavía nos faltaban dos goles para llevar al Colo a un partido de desempate y por primera vez, a mis doce años de vida, ver a la “U” campeón.

Por eso don Luis, cuando escuché a los cincuenta y cuatro minutos de juego que el árbitro cobraba un penal a favor de los azules, me tapé los oídos y puse la cara en el regazo de mi abuela, que impasible movía la naveta del frivolite.

—Hijo, fue gol de la Chile —me dijo ella al destaparme los oídos.

Habíamos empatado. Vea usted que uso el plural, ya que además de los jugadores de azul, usted, sus ayudantes, los que estaban en el estadio y los miles como yo pegados a la radio, todos fuimos parte de la mente, alma y zurda maravillosa de Leonel pateando la pelota, para que Verdugo extendiera en el tiempo ese grito de ¡Gooooooool!  

En mi fantasía lo veo don Luis, parado al borde de la cancha, empujando y empujando a sus niños para que fueran por el tercero. Pero ellos no necesitaban de su aliento. En las divisiones inferiores usted los había acostumbrado a ganar. Ahora, con la impetuosidad y rebeldía de la juventud, se fueron con todo en busca del triunfo, porque si ganaban el partido, nadie los detendría.

El fútbol tiene eso que no se puede descifrar: un minuto no son sesenta segundos, es una eternidad, el tiempo entre la dicha, la gloria y el sabor amargo de la derrota.

Porque los partidos de fútbol tienen noventa minutos y Darío Verdugo diciendo que la “U” era más que los albos, que todos iban al ataque con decisión, entusiasmo y calidad. Hasta que en el último segundo el árbitro cobra ese tiro libre que Leonel cuelga en el área y Verdugo gritando que, sale Escuti a cortar el centro y juntos entran Sepúlveda, Contreras y Campos en busca del balón y es este último —quien otro podía ser— que de cabeza la mete adentro.

Fue en ese partido con el tres a dos como resultado final que usted supo que íbamos a ser campeones. El dos a uno en la final de desempate a favor de la “U”, no existiría si el resultado de ese día hubiera sido otro.

Ese año nació el “Ballet Azul” y durante los diez siguientes estuvo la “U” en el primer plano del fútbol nacional, con esos muchachos que usted formó por su vocación de maestro y pasión por el fútbol. Gracias don Luis (Zorro) Álamos Luque, por traer este recuerdo al presente. No es nostalgia, ni que todo tiempo pasado fue mejor. Es tan solo una sonrisa en mi rostro de viejo, que se agrega a los gritos, saltos y carreras de ese día de mi niñez, mientras mi abuela seguía haciendo frivolite.

Quién…

Si algo bueno ha tenido la pandemia, es que la necesidad de generar ingresos ha impulsado la creatividad, principalmente apoyado por la tecnología.

Uno de estos casos es la aparición de TALLERES DE BOLSILLO, que en sus propias palabras tuvieron como objetivo: “encontrar una forma de hacer que referentes de nuestra cultura tengan una ventana para llegar a más audiencias, y que a la vez, esas audiencias puedan acceder a estas experiencias en un formato amigable.

Y,… lo lograron. Diferentes personajes, como: Cristian Warken, María José Viera-Gallo, Agustín Squella, Héctor Noguera y muchos otros exponen —en dos o tres sesiones de dos horas cada una—, sobre temas que dominan a cabalidad utilizando Zoom, reduciendo a cero las distancias geográficas.

Hasta la fecha he asistido a tres talleres, todos muy, muy buenos. El último con Francisco Mouat, periodista, dueño de Librería Lolita, escritor, cronista; orador entretenido, carismático, que contagia su entusiasmo. Las sesiones programadas eran tres de dos horas cada una, pero todas se extendieron como mínimo en una hora más, por la generosidad de Mouat de seguir compartiendo la conversación. El tema era sobre la crónica como género literario y el título: “La crónica en tres miradas, Joseph Mitchell (estadounidense), Roberto Merino (chileno) y Clarice Lispector (que si bien nació en Ucrania, se le considera escritora brasileña)”.

A través de los textos de estos tres escritores, fuimos analizando los estilos, temas que trataban y que hacen de la crónica un género tan especial y entretenido.

Pienso que al final del taller cada participante se formó su propia idea sobre este género literario. En mi caso, me llamó mucho la atencíón una crónica breve de Lispector, titulada: ¿CÓMO SE ESCRIBE? Lispector entrega la siguiente solución: “Sé que la respuesta, por más que intrigue, es esta única: escribiendo”.

Así que apoyado en este consejo, me senté frente al computador y coloqué como título: “Incertidumbre”, y me largé a escribir; pero todo se me fue hacia la pandemia. Que llegamos de estar en la playa un 14 de marzo del 2020 y dos días después, cuando todavía no terminábamos de sacarnos la arena de los zapatos estábamos encerrados. Que no podíamos abrazarnos y menos darnos un beso, a riesgo de contagiarnos. Que mirábamos a otros con desconfianza ¿y si es asintomático? Que había que desinfectar todo, hasta los pensamientos. Que nunca había tenido una chasca tan larga. Que ya había pasado Navidad, y estábamos en el 2021. Que son ya diez meses y escribo mucho, mucho más. Cuando pensé que ya estaba listo, revisé el texto; sentí que el título no era el adecuado, y recuerdo una canción de Sabina. Borro el título y lo cambio por: “Quién puta nos robó el 2020”.

Alfonso Pino P.

Febrero 2021, Santiago, Chile

Amor al primer párrafo

Claro que puede darse el amor a primera vista, y por eso que existe esa hermosa canción “Extraños en la noche”, en la voz incomparable de Frank Sinatra: “Algo en tus ojos fue tan emocionante/ Algo en tu sonrisa fue tan atractivo/ Algo en mi corazón/ Me dijo que debo tenerte…”

Fue en el último instante, antes que nos separáramos de nuestra tradicional caminata semanal, que mi hija me dice que ha recibido muy buenas críticas y comentarios elogiosos de ese libro, así que en cuanto llegué a casa le pedí a mi amigo Google que me entregara lo que sabía de él y ahí leí: “Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados”. Es el primer párrafo del Prólogo y la voz de Irene Vallejo, autora —solo una mujer puede hacer esa descripción— de “El infinito en un junco”, me susurra esas palabras desde el computador.

Llamo a la Librería Lolita y me dicen que les queda solo un ejemplar; les pido que me lo guarden, que voy de inmediato a buscarlo.

Mientras camino, el otro yo me dice que es un ensayo y a ti no te gustan, te aburres, además que debe ser caro, —qué carajo— le digo, y agrego —la belleza no tiene precio,  y cuantas veces te he hecho caso y después me he arrepentido, así que calladito más bonito—.

Con el libro en mis manos, me instalo en el café Filippo, no para leerlo; primero quiero observarlo, sentirlo, tocarlo; ir lentamente introduciéndome en él. Tiene una portada preciosa con la imagen de un junco y la textura, que me imagino de un papiro; hecho del mismo junco de la portada, como los que crecían (o aún crecen) a orillas del Nilo. En la contratapa se puede leer: “Este es un libro sobre la historia de los libros…”

Mientras a sorbos cortos bebo el jugo de maracullá que ordené, sigo familiarizándome con el libro y en la solapa de la portada aparece información de la autora: que nació en Zaragoza en el año 1979; estudió filología clásica en las universidades de Zaragoza y Florencia; que ya tiene un par de libros a su haber y que lleva a cabo una intensa actividad de divulgación del mundo clásico.

Irene Vallejo muestra, en las siete palabras de la dedicación del libro: —“A mi madre, mano firme de algodón”—, todo el amor a su progenitora y la capacidad de esta para conducir el barco de la familia en las tormentosas aguas de la vida.

Mientras me traen la cuenta, leo, varias veces, los cinco epígrafes relacionados con el libro y la escritura: “Parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces” (Mia Couto, Trilogía de Mozambique), se lee en el primero.

Regreso lentamente a casa, no tengo prisa. Llevo el libro en la mano izquierda, pegado a mi pecho, al corazón; el mismo que me dijo que debía tenerlo, como en la canción “Extraños en la noche”.

Enero, 2021, Santiago de Chile

Prohibición

Señora, la enfermedad que ha tenido su hijo es grave; debe cuidarse mucho y a partir del próximo lunes puede ir al colegio. Aquí le entrego un certificado que lo exime de asistir a clases de gimnasia; no debe hacer ejercicios ni practicar deportes le dijo —con voz ronca y el ceño fruncido como enojado— el doctor a mi madre y siguió hablándole de los remedios que debía tomar, pero yo no escuchaba nada e imaginaba mi vida sin jugar fútbol y atiné a preguntarle si podía andar en bicicleta y me dijo que tampoco. Mi mamá le preguntó por cuanto tiempo y él sin inmutarse, mientras escribía en un papel, —sin levantar la vista pero mirándome de reojo— le dijo que para siempre y yo me imaginé por esa mirada que me dio que no estaba enojado y era su manera de dar una mala noticia, porque a nadie le gusta dar malas noticias y por eso me atreví a preguntarle que podía hacer y él me dijo estudiar solo estudiar pero eso yo lo hacía y debería hacerlo más ya que había faltado un mes al colegio y de seguro estaría atrasado y estaría mas atrasado en el fútbol porque sentía mis piernas débiles, e igual iba a querer jugar a la pelota y andar en bicicleta y no sabía como lo iba a hacer pero de que lo haría eso sí porque nadie le puede prohibir a un niño jugar a la pelota y andar en bicicleta. Y todo esto comenzó cuando le conté a mi mamá —porque le había prometido a la mamá de José Luis que haría eso— que me había desmayado en la casa de José Luis y que yo estaba parado afirmado en la pared y desperté en el suelo y la mamá de José Luis me preguntó que me había pasado y yo no sabía y le dije que estaba parado pero que ahora estaba sentado en el suelo y no sabía como había llegado ahí; ella me dio agua y me paré con mucha vergüenza así que me vine para la casa. Mi mamá me preguntó si me había pasado antes le dije que sí una vez en la micro cuando venía del colegio e iba de pie tomado de la barra y desperté en el suelo y la gente me miraba y una señora me ayudó a pararme y otra me dio el asiento y me tiraban aire y otra me preguntaba donde vivía pero ya me sentía bien y les dije que me bajaba en Independecia con Gamero y que me sentía bien, pero tenía vergüenza porque todos me miraban como bicho raro y quería bajarme pero eso no lo hice. Por eso mi mamá me llevo al médico y estuve un mes en el hospital y me trataron muy bien y había una enfermera joven que me hacía mucho cariño y a mi me gustaba más me gustó cuando me dio un beso en la boca. Yo estaba solo en una pieza grande y mi mamá me venía a ver los domingos pero no podía entrar a la pieza y la veía a través de un ventanal y conversábamos por señas. A veces yo no sabía que me preguntaba y le tiraba un beso, pero no le habría contado que la enfermera me había besado porque no tenía que saberlo mi mamá ya que era un secreto entre la enfermera y yo. Mi mamá ese lunes me fue a dejar al colegio y hablamos con el inspector que le decían Pichulín; y él le dijo a mi mamá que como yo había faltado tanto iba a tener que repetir el año ahí si que estaba enojado y le dije que iba a estudiar y que no repetiría porque en ese curso estaba mi amigo Juan y Pichulín dijo que íbamos a ver que pasaba, pero que no podía tener malas notas en ningún ramo. Juan me prestó sus cuadernos y copiaba la materia en las clases de gimnasia a las que no podía ir y en los recreos porque tampoco podía jugar a la pelota, así que también ahí estudiaba pero eso lo hice solo un mes y después en los recreos me iba a jugar y como todavía sentía las piernas débiles me ponía al arco y descubrí que era un muy buen arquero. A final de año aprobé todos los ramos y en el único que tuve problema fue en Castellano ya que el profesor —que se llamaba Morales pero nosotros le decíamos Pajarito porque tenía la cabeza como la de un chincol— me pidió que contara lo de mi ausencia del colegio, así que escribí hasta el último punto seguido de este texto que era el punto final, me dijo que las comas en mi relato eran como las hojas de otoño que caen en cualquier parte, que no dejaban respirar, pero que en el otoño es por su belleza pero aquí por no poder tomar aliento y los punto aparte brillaban `por su ausencia y parecía que yo estaba apurado por escribir, como atorado me dijo y eso sí que era verdad porque estaban por tocar la campana e iba a comenzar el recreo largo que ahí se jugaba la mejor pichanga. Mi mamá estaba muy contenta con mi resultado escolar y además porque le había regalado la bicicleta a Manuel, pero la verdad es que él sólo la guardaba en su casa y así la podía usar sin que me viera ella; pero un día en el verano llegó temprano a casa y me vio andando en bici; me retó mucho y me dijo que estaba castigado, que no podía salir de la casa y ahí fue que le dije que había leído en un libro que uno debía tratar de ser feliz, y que yo lo era cuando me subía a la bici y mi mamá se puso a llorar, por eso no le dije que también me arrancaba a jugar fútbol los días miércoles en la tarde que jugaba al arco y que era muy buen arquero, al igual que mi papá cuando estaba vivo y mi mamá me dijo que solo podía andar en bici en el barrio, sin alejarme mucho que debía cuidarme y se lo prometí y ella me abrazó me dio un beso y me dijo que me quería mucho y corrí a decirle a Manuel que la bici la guardaría en mi casa y al día siguiente partí con todos mis amigos del barrio a subir en bicicleta el cerro San Cristóbal y nunca se lo dije a mi mamá para que ella estuviera tranquila y yo feliz.

Sucedió un 25 de octubre

Caminaba erguida por la Alameda hacia el oriente. La gente se asomaba a los balcones y la saludaban. De las calles laterales aparecieron personas que comenzaron a seguirla; venían desde todas las comunas de Santiago. Ella se cubría con una túnica blanca; su rostro era el de todos y de cada uno en particular. Cuando llegó a la plaza Baquedano, mas de un millón de marchantes coreaban su nombre: ¡Dignidad! ¡Dignidad!

Breves relatos futboleros

Padre versus hijo

Esa noche del once de noviembre de mil novecientos cincuenta y nueve, mientras el padre alumbrado con una vela escribía poemas en una humilde choza de las que poblaban en esos años el Cerro Blanco, el hijo, iluminado con las luces del Estadio Nacional recibía el apodo de “Ciego” al no ver el balón que, lanzado desde treinta cinco metros de distancia por un zurdo vestido de azul con el once en la espalda, traspasaba la raya de cal a dos metros, cuarenta y cuatro centímetros de altura, y pegado al vertical derecho del arco norte.

Esos dos se aman

Él, en la posición de puntero izquierdo; a su lado un checoslovaco fornido. Por el aire un balón viaja hacia la posición de ambos. Los dos jugadores —cara al cielo de esa noche en el Nacional—, sin perderle mirada corren a buscarla. De repente, el esférico que gira y gira, exclama en un idioma que solo uno de ellos es capaz de descifrar: “Espérame ahí”. Él, inmediatamente se detiene. La pelota toca el césped. Mientras el checo sigue corriendo para alcanzarla; ella se devuelve donde la espera Pelé, para que nuevamente la acaricie.

Rivales

Uno vestía camiseta y medias blancas más pantalón negro. El otro, todo de azul. Delante de ellos una pelota de fútbol. El blanco, con el codo de su brazo izquierdo hundido en las costillas de su adversario intentaba llegar primero al balón, mientras que el de azul, con su brazo derecho extendido a la altura del pecho de su contrincante, pretendía lo mismo que su rival. Sus rostros mostraban el esfuerzo que estaban haciendo para doblegar al otro. El partido terminó para siempre el domingo 22 de mayo de 1960 a las 15:11 horas, cuando se cayó la figura de porcelana que adornaba la sal de estar de nuestra casa.

Otoño

La primera vez que la vi fue un día de otoño y de eso ya han pasado seis años.

Es una anciana que por su forma de caminar, el pelo totalmente blanco, las arrugas en su rostro y la curvatura de su espalda, calculo debe tener más de noventa años.

Vive en el cuarto piso del edificio de enfrente —al otro lado de una calle secundaria—, aparentemente sola o a lo más con alguien que —a veces diviso a través de los ventanales de su departamento como si fuera un fantasma—, le ayuda en los quehaceres del hogar.

Lo único que sé de ella es que cada mañana y en las tardes, sale a caminar por el balcón. Sí, ese es su ejercicio.

Son no más de doce pasos en un sentido, y otros tanto de vuelta, que recorre una y otra vez. Lo hace rápido, con energía, afirmada de la baranda; una vez que llega a un extremo se detiene, observa con curiosidad hacia abajo y a su alrededor e inicia el retorno. Quince o veinte minutos de ejercicio y desaparece en el interior de su hogar, hasta que, con sol o lluvia, vuelve a hacer su rutina.

En los días fríos, especialmente en su caminata mañanera, se le puede ver arropada con una bata gruesa y bufanda; seguramente calzando zapatillas forradas y a lo mejor con calcetas gruesas para mantener los pies calentitos.

Imagino que es una  mujer con cientos de historias entretenidas y por la forma como fuma, —claro, porque todas las mañanas durante su paseo inhala el humo con fruición, de forma que le llena por completo sus pulmones y después, lentamente, lo deja escapar observando su libertad—, debe ser una mujer gozadora, con vitalidad, que se empecina en ser autosuficiente y defiende su libertad; decidida a darse los gustos que, por muchos años, más de alguien se los prohibió. Lo más probable es que todas las noches, mientras lee alguna novela o juega un solitario, se acompañe con un vaso de vino blanco y, en invierno, con uno caliente de tinto con naranja, ahorrándose así las pastillas para dormir.

Quisiera saber detalles de su vida, de sus amores y desamores. Averiguar si tuvo un amante secreto cuyo nombre aún no revela, y que, a pesar del tiempo, de vez en cuando lo rescata del olvido. Me veo que estoy sentado junto a ella y mientras compartimos un té, acompañado de un trozo de torta de chocolate, dejarla que hable, hable y siga hablando…

A medida que avanza la primavera, el arce negundo plantado frente al balcón de la anciana y que alcanza hasta el piso seis, comienza a llenarse de hojas cubriendo la vista del balcón. Ya no la vuelvo a ver hasta el próximo otoño y —debo reconocer— me da gusto verla de nuevo. Mentalmente le envío un saludo y un beso.

Hoy, según el calendario comienza un nuevo otoño. Claro que la naturaleza no es tan exacta, tiene su propio ritmo —hace y deshace de acuerdo a sus propias leyes, aún desconocidas— y desde varios días atrás han comenzado a caer las hojas que dificultaban mi vista del balcón de la anciana. He estado expectante y ansioso por verla nuevamente. Hace un año que no la veo…

El arce está preparado para recibir el frío y las lluvias del invierno. Desnudo. No tiene más hojas que botar. En vez de verla a ella, sólo diviso un letrero que dice: SE VENDE. 

Nota: Este relato quedó calificado finalista entre más de 300 que se presentaron al  I CONCURSO LITERARIO DE RELATOS BREVES BIBLIOTECA PÚBLICA DE NETANYA (Israel), sección español, año 2019.