De gorriones, abejas e insectos

Édith Giovanna Gassion, nació en Paris, un día de diciembre de 1915. Hija de un acróbata de la calle y una administradora de un burdel. Edith tuvo una infancia dura y complicada, durante sus primeros años fue criada por su abuela y años más tarde se fue a vivir en el burdel que su madre administraba; a menudo quedaba bajo el cuidado de las prostitutas. Cantaba en las calles del barrio Pigalle, cuando Louis Leplée, propietario del cabaret Gerny’s, uno de los más conocidos de París se detuvo a escucharla y la bautizó como «Môme Piaf» («pequeño gorrión»), había nacido una nueva estrella: Edith Piaf, que nos dejó hermosas canciones —“No me arrepiento de nada”; “Himno al amor”; “Bajo el cielo de Paris”, …— e impulsó las carreras artísticas de Charles Aznavour e Ives Montand entre otros. Este gorrioncillo murió en octubre de 1963, a la temprana edad de 48 años.

Estaba escuchando a la Piaf —las coincidencias que me llevan cada vez más a pensar en la transmisión de pensamientos—, cuando Edna me anima a leer un artículo sobre los gorriones en China que atrajo su atención. Así, buscando en Google encontré variada información sobre este tema. Un extracto:

“En el año 1958 el gobierno chino de Mao Zedong, decide exterminar los gorriones de China porque estos se comían las semillas de granos y frutas. Supuestamente se obtendrían más toneladas de grano al desaparecer un ave que se alimentaba de ellos. Entre los métodos de exterminio, se movilizó a la población para que golpease ollas y sartenes hasta que los gorriones y otros pájaros cayeran muertos de agotamiento.

En China murieron millones de gorriones, ni siquiera se salvaron los que se refugiaron en zonas extraterritoriales como embajadas. El ave fue prácticamente extinguida de China y cómo consecuencias de esta absurda decisión en contra de la naturaleza, llegaron plagas de insectos —como la langosta— que asolaron los cultivos siendo uno de los detonantes de la “Gran Hambruna China”. El historiador holandés Frank Dikötter calcula en 45 millones los muertos. El gobierno chino tuvo que rectificar la decisión. Solución: importar gorriones desde la Unión Soviética”.

No solo los gorriones han tenido problemas con los seres humanos.

El antropólogo Jason Hickel, en su libro “Menos es más”, relata: “A fines del año 2017 un grupo de científicos, que durante décadas llevaban contando minuciosamente la cantidad de insectos en varias reservas naturales de Alemania, informaron que tres cuartas partes de los insectos voladores de esas áreas habían desaparecido en un periodo de 25 años. La causa era la conversión de los bosques circundantes en terrenos agrícolas y el subsiguiente uso intensivo de productos agroquímicos”.  Un miembro del equipo indicó a The Guardian: “Parece que estamos convirtiendo enormes extensiones de tierra en lugares inhóspitos para la mayoría de las formas de vida y vamos encaminados al apocalipsis ecológico. Si nos quedamos sin insectos, todo lo demás se viene abajo”.

En el diario electrónico bbc.com, se publicó el 3 de septiembre del 2019 un artículo que se titula: “Por qué han muerto 500 millones de abejas en Brasil en solo 3 meses”. En el artículo se indica: “Quienes investigan las causas apuntan como culpables a los pesticidas usados para matar las plagas y advierten de las consecuencias de la muerte de estos seres con un papel tan importante en la cadena alimentaria de todo el planeta”.

Las abejas tienen problemas de subsistencia en muchos otros países.

El 20 de mayo del 2021 se publicó en biobiochile.cl un artículo titulado: “Las abejas en Chile están en serio peligro y es culpa de sus habitantes”. En este artículo se señala que cerca de 450 especies se han descrito para Chile, aunque se cree que hay unas 800 en total. De ellas, un 70% son endémicas y muchas de estas abejas se encuentran en serio peligro debido, principalmente, a la pérdida de hábitat provocada por la expansión de la agricultura intensiva y la urbanización”.

Diversos científicos que se han dedicado a estudiar la importancia de los insectos —y de las abejas en particular— en la naturaleza, señalan que aproximadamente un tercio de los alimentos que comemos hoy en día dependen de la polinización, de la que se encargan principalmente las abejas.

En el número 58 del libro “The Economist: 100 Obituarios”, se encuentra el de Karl Kehrle. Un salvador de las abejas, murió el 1 de septiembre de 1996, a los 98 años.

“Este monje benedictino crió una muy digna abeja británica. Donde sea en el mundo que se reúnan los apicultores, siempre hablan con asombro de la robusta abeja de Kehrle, que produce mucha miel y es reacia a picar —se lee en el libro y continua más adelante— . Su abeja Buckfasts —llamada así por la abadía en Devon donde era monje— se convirtió en un producto no tradicional de exportación y le hizo ganar muchos miles de libras a la congregación. Kehrle era insuperable como criador. Les hablaba a las abejas. Las acariciaba. Aportó a las colmenas una calma a la que, según aquellos que lo vieron trabajar, respondieron las sensibles abejas”. Un ejemplo de un ser sintiente.

En la web de las Naciones Unidas se encuentra el siguiente artículo: “Las abejas y otros polinizadores, como las mariposas, los murciélagos y los colibríes, están, cada vez más, amenazados por los efectos de la actividad humana”.

“La polinización es un proceso fundamental para la supervivencia de los ecosistemas, esencial para la producción y reproducción de muchos cultivos y plantas silvestres. Casi el 90 por ciento de las plantas con flores dependen de la polinización para reproducirse; asimismo, el 75 por ciento de los cultivos alimentarios del mundo dependen en cierta medida de la polinización y el 35 de las tierras agrícolas mundiales. Los polinizadores no solo contribuyen directamente a la seguridad alimentaria, sino que además son indispensables para conservar la biodiversidad”.

“Para crear conciencia sobre la importancia de los polinizadores, las amenazas a las que se enfrentan y su contribución al desarrollo sostenible, las Naciones Unidas declararon el 20 de mayo como Día Mundial de las Abejas. El objetivo principal es proteger a las abejas y a otros polinizadores para que puedan contribuir de forma significativa a resolver los problemas relacionados con el suministro de alimentos en el mundo y acabar con el hambre en los países en desarrollo”.

Todos dependemos de los polinizadores y por ese motivo, es crucial controlar su declive y detener la pérdida de biodiversidad.

Hoy, 12 de julio del 2023, la Unión Europea discute una ley para proteger el hábitat de las abejas y restaurar la vida en aguas y territorios desgastados producto del uso indiscriminado de plaguicidas. ¿La aprobarán?

A lo mejor en un futuro cercano, cuando ya sea demasiado tarde, la sociedad se verá enfrentada a la paradoja de las abejas (también insectos) y los diamantes: ¿Qué es más valioso?

 

Alfonso Pino P.

Los 10K versión 14.05.2023

Ayer, al igual que un año atrás, nuevamente, mi hija y yo, estábamos en el parque O’Higgins esperando la partida de los 10K.

Que diferencias entre uno y otro evento. Comenzando por el clima; este año hizo calor y se notó, a pesar de estar a mediados de mayo la máxima fue de 27 grados. Como era el mismo recorrido que la versión 2022, la ciudad estaba más preparada y no noté la congestión del año pasado. A pesar que se trató de que la maratón no coincidiera con el “día de la madre”, —de hecho originalmente estaba programada par el 07 de mayo—, por las elecciones se postergó una semana; también se tuvo que cambiar el lugar de la entrega de kits: pasamos de la comodidad de la Estación Mapocho a la incomodidad del Espacio Riesco. El Metro lo encontré con una frecuencia más lenta, lo que produjo alta congestión en la estación Los Héroes —combinación de las lineas 1 y 2—, al extremo que nos fuimos hasta la estación Santa Ana y ahí nos subimos al tren hacia el Parque O’Higgins .

El “plan de entrenamiento”, si es que lo podemos denominar así, se vio alterado por diversas situaciones: compromisos familiares, tanto sociales como de visitas al médico que a esta edad son cada vez más frecuentes; despedidas de amigo(a)s, que se van a vivir a otros países; nos agarró el covid; lesiones por exagerar en el entrenamiento; estado gripal pocos día antes del domingo 14 de mayo, entre otros aspectos disminuyeron nuestra confianza en cuanto a mejorar o al menos igualar el resultado anterior.

Y al fin llegó la hora señalada. En esta oportunidad nos asignaron la largada a las 10:10, el del segundo pelotón: los más lentitos.

Lo que no cambió respecto a la pasada Maratón, fue la alegría de los paticipantes y del público alentándonos en el recorrido. En esta oportunidad se hicieron presente aquellos que manifiestan justas posiciones ecológicas o políticas, por ejemplo, sobre el actuar de las salmoneras, también, los que en vez de la polera oficial visten una que lleva estampada el rostro de un familiar detenido desaparecido.

En la Maratón de Santiago, me admira ver a esa personas que con tanto esfuerzo, a pesar de sus limitaciones físicas, de exceso de peso o de los años a cuesta caminan trotan y siguen adelante para tratar de llegar a la meta y cumplir con lo que se propusieron.

Como no emocionarse al ver a la señora que representa más de 85 años que acompañada, seguramente, por su hija que la anima a avanzar y que le dice: vamos, vamos la meta está ahí a solo un kilómetro.

O el matrimonio a lo mejor de mi edad que él le ayuda, animándola, empujándola, diciéndole que están ahí que ya se ve la meta.

O la que camina al lado nuestro y nos dice: faltan tres kilómetros y voy con todo aunque me lesione.

Y nosotros que vamos con lo justo; que nos duele todo; que el calor lo sentimos, junto a ese dolorcito que apareció en la planta de los pies cuando cruzamos ese largo trayecto de malditos adoquines al recorrer Tupper hasta Beauchef. Pero llegamos: cansados, adoloridos, recibimos nuestra merecida medalla y nos fuimos a sentar a la sombra de un añoso árbol para descansar y  servirnos la naranja, el plátano y la bebida isotónica que entrega la organización de la maratón.

Nos costó ponernos de pie, sinceramente no fue muy elegante la forma en que lo hicimos. Lentamente fuimos dejando el parque para llegar hasta el Metro, nos separamos en la estación U. de Chile, cada uno para su casa, y quedamos de acuerdo que nos vamos a inscribir para la versión del próximo año.

Tiempo oficial: 1 hora, 30 minutos, 30 segundos; a un ritmo de 9:03 min/km. Todo un éxito.

Los dolores y el cansancio pasarán; la satisfacción y el recuerdo quedará por siempre de haber sido partícipe, junto a mi hija, de esta fiesta con más de trece mil personas que nos inscribimos en los 10K de la Maratón de Santiago.

 

Alfonso Pino Pizarro

15 de mayo, 2023

Pegadito a la linea

Sí, el fútbol es como la vida; quien entienda uno, podrá entender el otro. Es cierto lo que usted dice: que en este ritual —de final incierto— él es un personaje especial, siempre pegadito a la línea y por el lado de afuera. Buena idea que cuente los hechos de ese domingo en el Santa Laura y trate de llegar a un responsable. Vaya al encuentro de sus actores; ojo con las “cachañas”.

Yo no vi lo que pasó, estaba guardando las herramientas y los materiales. Cuando escuché la sirena de la ambulancia ahí me asomé pa` cachar lo que pasaba. —Ta’ güeno el pipeño—. La cancha estaba tiqui taca, pa’ eso me pagan y me rompo el lomo hace veinticinco años cuidándola. Esas piedras no son mi responsabilidad; no sabe usted las veces que les he dicho: saquen las piedras, antes que sea tarde. —¿Puede ser otra copita? Gracias—. Mi hijo vio a los que las recogían, ahí, al lado de los pacos y ellos no hicieron nada. Ahora andan todos con el culo a dos manos. Después mueven algunos hilos o billetes por aquí, otros por allá y nadie recordará lo que pasó, mire que ese mismo día —eso sí que lo vi—, ya estaban hablando con unos políticos que habían llegado a ver el partido y gratis como siempre. Sí pues, de ambos equipos y los mismos que se pelean en la tele ¿Quiénes hablaban con los políticos? Adivine usted; yo no, a uno no lo pescan ni en bajá’. ¿Las piedritas? Ahí están, saqué las que cayeron a la cancha; se lo dije: pa’ eso me pagan.

Fue un buen partido, de meta y ponga. —¿Le molesta que fume este habano?— Bien el árbitro al expulsar a Amaya por esa acción en contra de Mujica. —Perdone la tos, mi mujer me dice que debo dejar el vicio—. Usted entenderá que este club no puede ser responsable por unos hinchas visitantes que ensucian de esa forma un evento sano y familiar, poniendo en riesgo la integridad física de nuestros jugadores. Como presidente de esta institución haré valer nuestros derechos y afirmo que cumplimos con las disposiciones vigentes. Fíjese que de la Intendencia y la Municipalidad nos dieron el pase. Un incidente —por el cual usted me consulta— a los ochenta minutos, ganando holgadamente, no puede invalidar todo lo realizado en la cancha.

Adelante, asiento. Ese día los ánimos se caldearon cuando nos expulsaron a Amaya. —Le ofrezco café, agua. ¿Nada?— Algo feo le debe haber dicho Mujica; recuerde que ese pajarito se crió con nosotros, lo conocemos y, de que se las trae, se las trae. Al llegar al estadio, le hice ver a mi colega presidente la cantidad de piedras al interior de su recinto deportivo y lo que eso significaba para la seguridad del espectáculo. Ya ve usted lo que pasó casi al final del encuentro. Dígame ¿Dónde estaban las fuerzas de orden para resguardar debidamente al público y jugadores? Presentaremos nuestros argumentos y solicitaremos que el partido se juegue de nuevo, en un ambiente adecuado para un espectáculo de esta naturaleza, con garantías de imparcialidad y seguridad para todo el mundo ¿Los políticos? Uno es libre de conversar con quien quiera; estamos en democracia, ¿o no?

Tuvimos un despiste al comienzo y eso nos pasó después la cuenta. La roja al Amaya terminó de condicionar el juego. —¡Manolo, más rápido la entrega!—. No sé si fue injusta, tengo la costumbre de no comentar las decisiones arbitrales, son seres humanos ¿Usted nunca se ha equivocado? —¡Más atento Chancho! ¡Qué pasa!—. Al finalizar el partido los jugadores de ambos equipos se saludaron; lo que sucede en la cancha, ahí queda. —¡Palmatoria, si no corre en los entrenamientos no pretenda jugar el domingo!—. ¿Los incidentes? Son hechos que ocurren en cualquier parte del mundo. Ahí tiene usted la Europa League entre el Sturm Graz y el AEK Larnaca, muy parecido a lo de ese día, pero en el primer mundo después de veinte minutos se reanudó el juego. Acá, faltando diez más los agregados, se suspende y quedaban, entre pitos y flautas, doce o catorce minutos… una eternidad ¿no le parece a usted?

—Calladitas tías—, nos gritaron cuando con la María les decíamos que no hicieran tonteras. Pero esos chiquillos —usté sabe como es la juventud hoy día— nunca hacen caso y menos después de no sé cuantos pitos que se habían fumado. A eso vienen al estadio, ni siquiera ven el partido de lo volados que están. Así que seguimos haciendo los sánguches de potito pa’ tenerlos listos cuando termine el partido ¿Quiere probar uno? Son sanitos.

Vamos al bar de la esquina y nos servimos algo mientras conversamos ¿Cuentista aficionado me dijo? Mire usted. Curioso, como periodista nunca lo había pensado antes, es verdad, son actores de bajo perfil. Claro que son fundamentales en el juego, pueden influir en el resultado. Hasta donde yo sé, nunca han sido portada en El Gráfico o la Revista Estadio, tampoco una entrevista en televisión. Cierto, con sol, lluvia o frío están ahí, una carrerita para allá, otra de vuelta. Recuerdo que, a mediados de los setenta, en la Romareda, sí, en Zaragoza, tenían que usar canilleras; los aficionados metían entre la reja unas varillas con las que les pegaban en las piernas para atemorizarlos. No, no lo filmamos, es que seguíamos a Cruyff, usted sabe, eso vende. Efectivamente, la regla Nº 11 es de su exclusiva responsabilidad ¿Usted la ha leído y analizado? En ese caso concordará conmigo que deben tener más ojos que las moscas si no ¿cómo podrían hacer bien su trabajo? ¿El nombre de él? ¿Guzmán, Gutiérrez? No sé, me confundí.

Iba a todos los partidos que lo nominaban aquí en Santiago. Es una costumbre desde que estaba en la Primera B. Ese día estaba preocupado, corazonada de padre. Usted sabe que esa cancha es difícil; da lo mismo si le toca el lado de la tribuna o la popular, esto no es cuestión de posición social. Lo que falta aquí son valores, respeto, eso que antes entregaban los padres, los abuelos, la familia ¿Me entiende? Estaba por irme a los camarines donde nos reuníamos para devolvernos juntos, cuando lo veo caer. Mientras más sangre salía, más rugían los desgraciados y más piedras tiraban los infelices… Disculpe las lágrimas… Solo recordar ese momento me pone mal. Ojalá pudiera pillar a uno de ellos, solo a uno.

¡Si el hueón no levantaba el banderín, que debería habérselo metido en el hoyo, no pasa na’! Lo hizo y con eso nos cagó el invicto cuando expulsaron al Amaya ¿Cuántos fuera de juegos cobró a favor nuestro? Ni uno ¿Aonde la viste que no hubo ni uno? Claro que estaba lejos, pero uno sabe de fútbol. Le digo otra cosa más, cuando nos metieron el tercero se pusieron a celebrar en nuestras propias narices y el Mujica se reía de nosotros, con todo lo que lo apoyamos cuando era de los nuestros. Eso es provocación. Fue pura mala suerte o justicia divina lo que pasó con el pisa raya ¿Culpable? ¿De qué? ¿Tiene unas moneditas pa’ ir a apoyar al equipo el domingo?

Pase nomás, está un poco desordenada la casa. Nunca fui al estadio, tampoco lo veía por televisión; es que me ponía muy nerviosa. Cuando recién nos casamos le escondía los botines y el banderín. Siempre tuve miedo que le pasara algo. Usted ve como está la cosa, cada día peor. Ese día fue terrible, nuestro hijo mayor estaba jugando en la calle y entró corriendo, llorando y gritando: ¡mamá, mamá, algo le pasó a mi papá, lo llevan en una ambulancia al hospital! Ya no será necesario esconderle nada. Egoístamente lo tendré más tiempo a mi lado. Sí, está despierto y tranquilo.

Que bueno verlo de nuevo ¿Le ha ido bien con lo suyo? Me alegro ¿Yo? Jodido y sin novedad. Todavía con dolor de cabeza y aún me mareo al ponerme de pie. Cuatro meses desde aquel día ¿Se da cuenta usted? Pensar que estaba en la pre nómina para ir al mundial ¿Cuántas oportunidades como esas se dan en la vida? Todo se fue al carajo. La gran puta que los parió —discúlpeme el exabrupto—. ¿Volver a la cancha? No sé. Por ahora, lo importante es recuperarme, volver a mi trabajo de contador y dejar de ser una carga para mi mujer. Gracias por venir, vuelva cuando quiera. Recuerde, Efraín Gómez para servirle, juez de línea, siempre pegadito a la línea de cal.

¿Y? ¿Responsables?

Fuente Ovejuna señor. Como la vida, usted lo dijo.

 

EL CUENTISTA

 

MENCIÓN HONROSA EN LA VERSIÓN “XXIII CONCURSO LITERARIO VITAMAYOR 2022, CON LAS PALABRAS UN CUENTO” DE LA MUNICIPALIDAD DE VITACURA

 

 

 

 

 

 

Fuimos pa’ Quellón

Todo comenzó por querer transformar canastos en pantallas de lámparas colgantes. Claro que tenían que ser de quilineja —paupauhuen en mapudungun—; enredadera que crece en los bosques de Chiloé, cuyo grosor y también su color más o menos rojizo varían según el árbol —laurel, patagua, canelo, ulmo, tepa y luma— al que está adosada.

—Lo que usted busca, eso ya es una pieza grande, se necesita muchísimo material. Antes se usaba para diferentes fines: cabos, canastos chicheros, paneras, recoger los choros, escobas y hasta cercos se hacían, pero ahora pequeñas cositas de adorno. Fíjese que se está plantando de nuevo, pero se demora 50 años en poder usarla y no sé si para entonces habrán artesanos en la isla— me dijo la señora Lucy de Lapahué, cerca de Ancud, cuando hablé con ella por teléfono.

—Se entra al bosque y se camina hasta que encuentra a la quilineja, ahí, pegadita a un árbol que con cariño la acoge y si no tiene donde aferrarse crece a ras de suelo. Es siempre verde y se adhiere a los troncos por sus raíces finas. Los tallos son delgados, muy ramificados, flexibles, resistentes, y nacen de un rizoma subterráneo. Hay que tirarla con cuidado, desenrrollándola del árbol para no cortarla, como quien le roba un crío. Ya no voy al bosque, hay que dejarlo tranquilo. Así que toda la cestería la hago de junquillo o manila— me dijo una artesana, de la zona de Dalcahue, cuando la llamé a sus celulares, antes de partir a Chiloé, y agregó: —además todo lo que tenía ya lo entregué y ahora estoy sembrando papas y si no lo hago pierdo la temporada—.

Igual partimos a Chiloé, mal que mal hacía más de diez años que no visitábamos la isla, pero fuimos con la idea de saber más de la quilineja y traer canastos de junquillo o manila para usarlos como pantalla.

—La belleza de la quilineja me tiene loco.

—A mi también—, me dijo Annemarijken Katrien Van Meurs Valderrama, directora del museo de Ancud, y agregó: —acompáñeme, le mostraré unos tesoros—.

—Señora deme un par de minutos que voy a buscar a mi esposa, —otra loca por la quilineja, quien me mencionó por primera vez la existencia de esta fibra— para que no se pierda estas maravillas.

Bajamos a un subterráneo y ahí, en una pieza a oscuras, puestas cada una de las 15 a 20 obras en su respectivo receptáculo de vidrio y cubiertas por una sábana blanca, se encontraban estas esculturas, todas confeccionadas por la familia Marilicán Lyndsay, que pronto serán expuestas en el museo de Ancud y ojalá algún día puedan ser exhibidas en el de Santiago. Dos piezas fueron las que más llamaron nuestra atención —no recuerdo que miembro de la familia las confeccionó—, produciendo nuestras exclamaciones de asombro y alegría cuando Annemarijken las descubrió: un copón o cáliz de aproximadamente 35 a 40 cm. de alto por 25 en su boca y un pie de alrededor de 10 cm, hecha de quilineja fina, de color rojizo tirando a café; todo tan tupido y bello que el Papa lo podría utilizar para decir misa en la basílica de San Pedro y escanciar en él el vino de la consagración; una obra perfecta. La otra fue una caracola marina de más o menos 35 cm de largo y 15 en su parte más ancha, es cierto que no podría vivir en ella un molusco, pero se ve tan perfecta que si la hubiera podido acercar a mi oído habría escuchado el sonido del mar. Don Clodomiro Marilicán Lindsay —el último artesano de esta familia— falleció el 2 de mayo del 2018; dos años antes fue reconocido, junto a su hermano Dagoberto, como Tesoro Humano Vivo por sus conocimientos ancestrales y destrezas en la artesanía en quilineja. —Está escasa la quilineja, antes uno caminaba un poquito, iba un poco más allá y ya encontraba quilineja. Había bosques grandes por aquí. Ahora cada vez hay que ir más lejos, hay que caminar un día entero para encontrar algo y no siempre hay— decía don Clodomiro en una entrevista.

Cuatro artesanas fueron las que visitamos: Olga en Ancud; Fedima en Tocoihue, cerca de Tenaún; Ismenia en Ahoni cerca de Queilen y Marly al llegar a Quellón. Cuatro mujeres humildes, cuatro rostros distintos, diferentes cuerpos y edades; cuatro sonrisas, alegres, felices con lo que hacían, orgullosas de sus trabajos. Artesanas que justifican que la cestería chilota sea considerada Patrimonio Cultural Inmaterial. Nos faltó visitar a la artesana Raquel en Yaldad, cerca de Quellón; esperamos verla pronto cuando exponga sus obras en Montecarmelo.

Chiloé se retuerce entre la modernidad y lo tradicional. Llama la atención que casi todos los caminos, principales y secundarios, están pavimentados permitiendo visitar las iglesias grandes, medianas y pequeñas, que existen en las diferentes localidades; eso si todas cerradas, con excepción de Chonchi.

Ancud y Castro son ciudades de mucho movimiento, con accesos únicos que cualquier accidente provoca gran congestión vehicular, en algunos casos de kilómetros de extensión. Ciudades que tienen pintadas en sus paredes las mismas consignas que se encuentran en Santiago: “Libertad a los presos políticos del estallido”; “No a la colusión”; “No + AFP”… Por otra parte, en sus alrededores se encuentran lomajes suaves de color verde con grandes manchones blancos de calle calle, que alimentan el espíritu del afuerino. Ver amanecer en el fiordo de Castro, en el sector de Gamboa, es una visión que por si solo justifica visitar la isla. La marea estaba baja y los palafitos mostraban sus piernas flacas de Papelucho; a lo lejos se veían cisnes de cuello negro.

Entre Castro y Quellón abundan las áreas con bosque nativo y hasta la fecha y ojalá nunca se vea —como en otras partes de la isla— el ulex o retamo espinoso,  que fue introducido a Chile por colonos alemanes, con el objetivo de confeccionar “cercos vivos”  y para usarla como combustible, es invasora y se ha convertido en una amenaza para la agricultura y la silvicultura, también para la flora nativa a la cual destruye por completo.

En el sector de Puñihuil, al poniente de Ancud en la costa del Pacífico, se pueden avistar pingüinos. Único enclave donde cohabitan los de Humbolt con los de Darwin. Para acceder al avistamiento se debe ir en lanchas y como no hay un muelle, los lancheros emplean una plataforma con ruedas, a la cual se suben los visitantes y que es empujada por cuatro o cinco personas acercándola hasta las lanchas que están flotando en el mar. La comunidad de Puñihuil trabaja unida la explotación de este fenómeno de la naturaleza. Además del avistamiento, se encuentran restaurantes que ofrecen las delicias del mar chilote.

En Castro nos llamó la atención, especialmente por su sonido, la palabra “Veliche”, de hecho es el nombre de un hotel. Preguntando y escarbando en Google encontramos que antes de la llegada de los españoles la población indígena estaba compuesta por huillichespayos y chonos. Los dos primeros hablaban veliche, el dialecto chilote del mapudungun, mientras que los chonos tenían un idioma propio del que no se sabe casi nada. La llegada de los españoles produjo mestizaje y fue una población que quedó aislada, lo cual mezcló también los idiomas. Dicen que por allá en los siglos XVII y XVIII, la mayoría de la población de la isla era bilingüe, y que los españoles preferían el veliche porque lo consideraban más bonito. A fines del siglo XIX el dialecto veliche prácticamente había desaparecido.

En esta oportunidad no visitamos la zona de Cucao, ni el sector de Punta Pirulil, lugar de instalación de “El muelle de las almas” y donde algunos aseguran que por las noches se pueden escuchar los lamentos de las ánimas llamando al balsero Tempilkawa para que —cual Caronte— las lleve hasta el horizonte o al cielo, viaje que por supuesto no es gratis.

No sé si volveremos a ir pa’ Quellón, probablemente no será hasta que se pueda cruzar el canal de Chacao por el puente más largo del país, que se espera esté listo en el año 2025, siempre y cuando los brujos de Chiloé lo permitan y que la isla esté preparada para recibir a muchos más turistas de los que hoy la visitan.

 

 

“Entonces, en eso, vino la ola grande, llevó la casa como estaba, clavada. Se fue al mar como si hubiera sido un bote, como ya estaba clavada no le entraba agua (…) y mi papá adentro, en el segundo piso iba, despidiéndose de la gente (…) Muchas personas lo vieron irse”.

Calisto, Rosario

 

Alfonso Pino P.

Noviembre 2021

El terremoto de La Ligua

Ese domingo 28 de marzo de 1965 me encontraba junto a mi hermano, y un amigo de él, en la pequeña sala de estar de nuestro hogar en Santiago cuando comenzó a temblar. Desde el fondo de la casa, escuchamos los gritos desesperados de nuestra madre instándonos a salir hacia la calle; eran las 12:33 del medio día.

Los registros indican que el epicentro fue en las cercanías del pueblo La Ligua. La  magnitud: 7,4. Fallecieron 248 personas y se contabilizaron más de 300 heridos. El 80% de las viviendas de esa ciudad y de otras a su alrededor se destruyeron o quedaron muy dañadas. En esa época casi todas las construcciones eran de adobe; una masa de barro mezclada con paja. La mayor tragedia ocurrió al ceder el muro de contención del tranque de relaves de la mina El Soldado, que arrasó aguas abajo al pequeño poblado El Cobre de 150 habitantes; solo hubo 10 sobrevivientes.

Desde el mismo día lunes 29, el Centro de Alumnos de la Escuela se puso en campaña para ver como podíamos ayudar en lo que fuera necesario. A nosotros los “eléctricos” nos asignaron participar en la “reconstrucción” de San Felipe, ubicada a 80 km del epicentro.

Han transcurridos 56 años, la memoria es frágil, no recordamos elementos básicos. ¿En que mes fuimos a San Felipe? ¿Viajamos en bus o en tren? En mayo o junio, —ya que adelantamos las vacaciones de invierno— y en bus desde Santiago, directo a nuestro destino, son las respuestas que he recibido —no sin ciertas dudas— al conversar con algunos de mis ex compañeros.

¿Cuántos éramos? Más de 20 y menos de 30 estudiantes de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado. Cada uno tenía una colchoneta, más un saco de dormir y por lecho: el suelo. De almohada: la ropa que cada uno llevaba. El lugar: una gran sala en el segundo piso de la Comisaría de San Felipe que, por dos a tres semanas, fue nuestro hogar. Es la única vez que he dormido en un recinto como ese.

Temprano en la mañana comenzaba cada día. Después de una corta ducha teníamos el desayuno, servido en un gran tazón de café con leche junto a un par de panes con queso; no faltó el que me dijo que había palta —yo no la vi, no lo recuerdo—. De ahí, —con frío, mucho frio y las manos heladas— a la estación del ferrocarril a pasar los tableros, desde los carros del tren a los camiones. Cada chofer junto a un  grupo de 3 o 4 de nosotros partíamos a un lugar definido. Después de descargar los camioneros se iban, y volvían a recogernos en la tarde cuando ya habíamos levantado una mediagua para la persona o familia más necesitada del caserío.

De todo lo vivido, la anécdota —y hay muchas—, que todos recordamos fue la despedida que nos dieron los choferes.

El valle fértil del Aconcagua, rico en buenas parras, es famoso por la producción de chicha y si es en El Almendral más aún. Ahí nos llevaron los choferes la última noche que pasamos en San Felipe.

Muchos litros de chicha a nuestra disposición, y por si se nos quitaba la sed había un kilo de charqui para comer. Beber; reír; recordar lo que habíamos vivido hasta que algunos comenzaron a cabecear y ya era hora de regresar. ¿Qué hora era? No lo recuerdo. Sí tengo claro que tuvimos que amarrar a varios —por recomendación de los choferes— para que no se cayeran de los camiones durante el regreso por el áspero camino de tierra. Otros volvimos en una furgoneta; uno me dijo que esta era un vehículo de carabineros —no puedo asegurarlo, ni desmentirlo—.

Debe ser la primera vez que más de veinte personas llegan juntas, por propia iniciativa, borrachos a una Comisaría. Después, por una eterna escalera, tuvimos que subir al segundo piso y esa fue otra aventura de alto riesgo —más de alguno pudo haber perdido la vida en ese trayecto—. La noche fue un asco y los rostros de cada uno al despertar, de terror.

Qué experiencias a los 20 años de edad. Conocer la generosidad de las personas de la zona, que compartían lo poco que ellos tenían como señal de agradecimiento; la alegría de los lugareños al vernos llegar con las mediaguas que reemplazarían, “temporalmente”, a sus hogares; el compañerismo; sentir que habíamos ayudado, en la medida de nuestras posibilidades, a muchas familias damnificadas; las felicitaciones que recibimos de las autoridades, son recuerdos de grandes emociones.

Felices volvimos a Santiago, habíamos cumplido nuestro deber de ciudadanos y, traíamos variadas anécdotas que amenizaron nuestra vida universitaria.

Algo bueno resultó de ese terremoto: se creó lo que hoy es la Oficina Nacional de Emergencia. En cuanto a mi; no he vuelto a beber chicha.

Alma de maestro, pasión por el fútbol

Hoy, veintitrés de junio, desperté pensando en usted —tal vez, porque alrededor de un mes atrás lo recordé cuando leí un relato de Sacheri titulado: “Señor Pastoriza”—, así que desde temprano comencé a buscar y leer todo lo que encontraba en internet. Mire que coincidencia —de esas que me vuelven loco y que a menudo me suceden—, se cumplen treinta y seis años de su fallecimiento. Para ser honesto don Luis, eso no lo recordaba.   

­­Ya sé que le molesta todo exhibicionismo pero debe saber que, aún es el entrenador más ganador del fútbol chileno ¡Sí señor! Cuatro campeonatos nacionales con la “U”, otro con Colo Colo y  una Copa Chile con ellos.

De todos esos, para mi, el más importante fue el del año mil novecientos cincuenta y nueve, con los del uniforme azul y la “U” de color rojo en el pecho.

Era la primera vez que un equipo dirigido por usted era campeón y además al que había llegado a jugar con veintitrés años, en un largo viaje desde Copiapó donde obtuvo su título profesional de profesor normalista. Si eso no fuera suficiente, con los jugadores que eran sus polluelos, los que había formado. Mire lo que digo: formados. Más que eso don Luis, con creces.

¿A quien otro se le podría haber ocurrido que un jugador de hockey en patines, de apellido Navarro, podía ser un buen lateral izquierdo? Y llegó, nada menos que a capitán de la selección chilena, la del sesenta y dos.

¿Le digo otra? Ubicar como centro delantero a un muchacho grande y fornido que jugaba como defensa ¿En que se convirtió Carlos Campos? En el máximo goleador contra el eterno rival.

O mover a Leonel un poco a la izquierda, a pesar de que no tenía tanta velocidad para ese puesto. Claro que dándole libertad, esa que usted no tuvo cuando era jugador y lo transformaron en “un pata dura”, según sus propias declaraciones.

¿Y que me dice de llevar de la mano al Chepo Sepúlveda para que fuera ese gran mediocampistas de depurada técnica?

Mientras leo, viene a mi mente como si fuera hoy, el martes tres de noviembre cuando en  la penúltima fecha nos enfrentamos al Colo. Ese día se ganó el campeonato.

Fíjese que no pude ir al Nacional y ser uno de los cuarenta y cinco mil espectadores. Y no por ser un partido nocturno —ya que sabía moverme solo por toda la ciudad—, o que al otro día tuviera clases. No don Luis, es que estaba castigado; de pura vergüenza no le voy a decir la razón. Me castigó mi vieja, súper estricta, colega suya. Así que para escuchar el relato de Darío Verdugo le pedí prestada la radio a mi abuela —privándola de escuchar el capítulo de ese día del “Gran Radio Teatro de la Historia”—  y, ahí,  con la oreja pegada a la RCA Victor escuché los goles de Bello y Hormazábal y el descuento de Osvaldo Díaz para la “U” en el primer tiempo.

Ahora, cuando escribo estas líneas, me imagino que en el entretiempo los convenció que podían ganar y, recurrió a Musso como capitán para que dirigiera a los pichones adentro de la cancha. Eyzaguirre, que era un mocoso se comprometió a dejar el alma en cada jugada y que por su lado con suerte pasaría el viento, y Navarro le dijo: por el mío, Moreno o el balón pero no los dos. Leonel le pedía a Dios que le concediera sólo un tiro libre. Mientras la Vieja Álvarez fumaba su pucho, pensando lo que tenía que hacer para sacarse de encima a los centrales rivales.

En cambio yo, esa noche no podía saber nada de eso y durante el descanso lloré. Mi querida abuela me decía que era solo fútbol y le retrucaba que era mucho, mucho más que eso, que todavía nos faltaban dos goles para llevar al Colo a un partido de desempate y por primera vez, a mis doce años de vida, ver a la “U” campeón.

Por eso don Luis, cuando escuché a los cincuenta y cuatro minutos de juego que el árbitro cobraba un penal a favor de los azules, me tapé los oídos y puse la cara en el regazo de mi abuela, que impasible movía la naveta del frivolite.

—Hijo, fue gol de la Chile —me dijo ella al destaparme los oídos.

Habíamos empatado. Vea usted que uso el plural, ya que además de los jugadores de azul, usted, sus ayudantes, los que estaban en el estadio y los miles como yo pegados a la radio, todos fuimos parte de la mente, alma y zurda maravillosa de Leonel pateando la pelota, para que Verdugo extendiera en el tiempo ese grito de ¡Gooooooool!  

En mi fantasía lo veo don Luis, parado al borde de la cancha, empujando y empujando a sus niños para que fueran por el tercero. Pero ellos no necesitaban de su aliento. En las divisiones inferiores usted los había acostumbrado a ganar. Ahora, con la impetuosidad y rebeldía de la juventud, se fueron con todo en busca del triunfo, porque si ganaban el partido, nadie los detendría.

El fútbol tiene eso que no se puede descifrar: un minuto no son sesenta segundos, es una eternidad, el tiempo entre la dicha, la gloria y el sabor amargo de la derrota.

Porque los partidos de fútbol tienen noventa minutos y Darío Verdugo diciendo que la “U” era más que los albos, que todos iban al ataque con decisión, entusiasmo y calidad. Hasta que en el último segundo el árbitro cobra ese tiro libre que Leonel cuelga en el área y Verdugo gritando que, sale Escuti a cortar el centro y juntos entran Sepúlveda, Contreras y Campos en busca del balón y es este último —quien otro podía ser— que de cabeza la mete adentro.

Fue en ese partido con el tres a dos como resultado final que usted supo que íbamos a ser campeones. El dos a uno en la final de desempate a favor de la “U”, no existiría si el resultado de ese día hubiera sido otro.

Ese año nació el “Ballet Azul” y durante los diez siguientes estuvo la “U” en el primer plano del fútbol nacional, con esos muchachos que usted formó por su vocación de maestro y pasión por el fútbol. Gracias don Luis (Zorro) Álamos Luque, por traer este recuerdo al presente. No es nostalgia, ni que todo tiempo pasado fue mejor. Es tan solo una sonrisa en mi rostro de viejo, que se agrega a los gritos, saltos y carreras de ese día de mi niñez, mientras mi abuela seguía haciendo frivolite.

Quién…

Si algo bueno ha tenido la pandemia, es que la necesidad de generar ingresos ha impulsado la creatividad, principalmente apoyado por la tecnología.

Uno de estos casos es la aparición de TALLERES DE BOLSILLO, que en sus propias palabras tuvieron como objetivo: “encontrar una forma de hacer que referentes de nuestra cultura tengan una ventana para llegar a más audiencias, y que a la vez, esas audiencias puedan acceder a estas experiencias en un formato amigable.

Y,… lo lograron. Diferentes personajes, como: Cristian Warken, María José Viera-Gallo, Agustín Squella, Héctor Noguera y muchos otros exponen —en dos o tres sesiones de dos horas cada una—, sobre temas que dominan a cabalidad utilizando Zoom, reduciendo a cero las distancias geográficas.

Hasta la fecha he asistido a tres talleres, todos muy, muy buenos. El último con Francisco Mouat, periodista, dueño de Librería Lolita, escritor, cronista; orador entretenido, carismático, que contagia su entusiasmo. Las sesiones programadas eran tres de dos horas cada una, pero todas se extendieron como mínimo en una hora más, por la generosidad de Mouat de seguir compartiendo la conversación. El tema era sobre la crónica como género literario y el título: “La crónica en tres miradas, Joseph Mitchell (estadounidense), Roberto Merino (chileno) y Clarice Lispector (que si bien nació en Ucrania, se le considera escritora brasileña)”.

A través de los textos de estos tres escritores, fuimos analizando los estilos, temas que trataban y que hacen de la crónica un género tan especial y entretenido.

Pienso que al final del taller cada participante se formó su propia idea sobre este género literario. En mi caso, me llamó mucho la atencíón una crónica breve de Lispector, titulada: ¿CÓMO SE ESCRIBE? Lispector entrega la siguiente solución: “Sé que la respuesta, por más que intrigue, es esta única: escribiendo”.

Así que apoyado en este consejo, me senté frente al computador y coloqué como título: “Incertidumbre”, y me largé a escribir; pero todo se me fue hacia la pandemia. Que llegamos de estar en la playa un 14 de marzo del 2020 y dos días después, cuando todavía no terminábamos de sacarnos la arena de los zapatos estábamos encerrados. Que no podíamos abrazarnos y menos darnos un beso, a riesgo de contagiarnos. Que mirábamos a otros con desconfianza ¿y si es asintomático? Que había que desinfectar todo, hasta los pensamientos. Que nunca había tenido una chasca tan larga. Que ya había pasado Navidad, y estábamos en el 2021. Que son ya diez meses y escribo mucho, mucho más. Cuando pensé que ya estaba listo, revisé el texto; sentí que el título no era el adecuado, y recuerdo una canción de Sabina. Borro el título y lo cambio por: “Quién puta nos robó el 2020”.

Alfonso Pino P.

Febrero 2021, Santiago, Chile

Amor al primer párrafo

Claro que puede darse el amor a primera vista, y por eso que existe esa hermosa canción “Extraños en la noche”, en la voz incomparable de Frank Sinatra: “Algo en tus ojos fue tan emocionante/ Algo en tu sonrisa fue tan atractivo/ Algo en mi corazón/ Me dijo que debo tenerte…”

Fue en el último instante, antes que nos separáramos de nuestra tradicional caminata semanal, que mi hija me dice que ha recibido muy buenas críticas y comentarios elogiosos de ese libro, así que en cuanto llegué a casa le pedí a mi amigo Google que me entregara lo que sabía de él y ahí leí: “Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados”. Es el primer párrafo del Prólogo y la voz de Irene Vallejo, autora —solo una mujer puede hacer esa descripción— de “El infinito en un junco”, me susurra esas palabras desde el computador.

Llamo a la Librería Lolita y me dicen que les queda solo un ejemplar; les pido que me lo guarden, que voy de inmediato a buscarlo.

Mientras camino, el otro yo me dice que es un ensayo y a ti no te gustan, te aburres, además que debe ser caro, —qué carajo— le digo, y agrego —la belleza no tiene precio,  y cuantas veces te he hecho caso y después me he arrepentido, así que calladito más bonito—.

Con el libro en mis manos, me instalo en el café Filippo, no para leerlo; primero quiero observarlo, sentirlo, tocarlo; ir lentamente introduciéndome en él. Tiene una portada preciosa con la imagen de un junco y la textura, que me imagino de un papiro; hecho del mismo junco de la portada, como los que crecían (o aún crecen) a orillas del Nilo. En la contratapa se puede leer: “Este es un libro sobre la historia de los libros…”

Mientras a sorbos cortos bebo el jugo de maracullá que ordené, sigo familiarizándome con el libro y en la solapa de la portada aparece información de la autora: que nació en Zaragoza en el año 1979; estudió filología clásica en las universidades de Zaragoza y Florencia; que ya tiene un par de libros a su haber y que lleva a cabo una intensa actividad de divulgación del mundo clásico.

Irene Vallejo muestra, en las siete palabras de la dedicación del libro: —“A mi madre, mano firme de algodón”—, todo el amor a su progenitora y la capacidad de esta para conducir el barco de la familia en las tormentosas aguas de la vida.

Mientras me traen la cuenta, leo, varias veces, los cinco epígrafes relacionados con el libro y la escritura: “Parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces” (Mia Couto, Trilogía de Mozambique), se lee en el primero.

Regreso lentamente a casa, no tengo prisa. Llevo el libro en la mano izquierda, pegado a mi pecho, al corazón; el mismo que me dijo que debía tenerlo, como en la canción “Extraños en la noche”.

Enero, 2021, Santiago de Chile

Prohibición

Señora, la enfermedad que ha tenido su hijo es grave; debe cuidarse mucho y a partir del próximo lunes puede ir al colegio. Aquí le entrego un certificado que lo exime de asistir a clases de gimnasia; no debe hacer ejercicios ni practicar deportes le dijo —con voz ronca y el ceño fruncido como enojado— el doctor a mi madre y siguió hablándole de los remedios que debía tomar, pero yo no escuchaba nada e imaginaba mi vida sin jugar fútbol y atiné a preguntarle si podía andar en bicicleta y me dijo que tampoco. Mi mamá le preguntó por cuanto tiempo y él sin inmutarse, mientras escribía en un papel, —sin levantar la vista pero mirándome de reojo— le dijo que para siempre y yo me imaginé por esa mirada que me dio que no estaba enojado y era su manera de dar una mala noticia, porque a nadie le gusta dar malas noticias y por eso me atreví a preguntarle que podía hacer y él me dijo estudiar solo estudiar pero eso yo lo hacía y debería hacerlo más ya que había faltado un mes al colegio y de seguro estaría atrasado y estaría mas atrasado en el fútbol porque sentía mis piernas débiles, e igual iba a querer jugar a la pelota y andar en bicicleta y no sabía como lo iba a hacer pero de que lo haría eso sí porque nadie le puede prohibir a un niño jugar a la pelota y andar en bicicleta. Y todo esto comenzó cuando le conté a mi mamá —porque le había prometido a la mamá de José Luis que haría eso— que me había desmayado en la casa de José Luis y que yo estaba parado afirmado en la pared y desperté en el suelo y la mamá de José Luis me preguntó que me había pasado y yo no sabía y le dije que estaba parado pero que ahora estaba sentado en el suelo y no sabía como había llegado ahí; ella me dio agua y me paré con mucha vergüenza así que me vine para la casa. Mi mamá me preguntó si me había pasado antes le dije que sí una vez en la micro cuando venía del colegio e iba de pie tomado de la barra y desperté en el suelo y la gente me miraba y una señora me ayudó a pararme y otra me dio el asiento y me tiraban aire y otra me preguntaba donde vivía pero ya me sentía bien y les dije que me bajaba en Independecia con Gamero y que me sentía bien, pero tenía vergüenza porque todos me miraban como bicho raro y quería bajarme pero eso no lo hice. Por eso mi mamá me llevo al médico y estuve un mes en el hospital y me trataron muy bien y había una enfermera joven que me hacía mucho cariño y a mi me gustaba más me gustó cuando me dio un beso en la boca. Yo estaba solo en una pieza grande y mi mamá me venía a ver los domingos pero no podía entrar a la pieza y la veía a través de un ventanal y conversábamos por señas. A veces yo no sabía que me preguntaba y le tiraba un beso, pero no le habría contado que la enfermera me había besado porque no tenía que saberlo mi mamá ya que era un secreto entre la enfermera y yo. Mi mamá ese lunes me fue a dejar al colegio y hablamos con el inspector que le decían Pichulín; y él le dijo a mi mamá que como yo había faltado tanto iba a tener que repetir el año ahí si que estaba enojado y le dije que iba a estudiar y que no repetiría porque en ese curso estaba mi amigo Juan y Pichulín dijo que íbamos a ver que pasaba, pero que no podía tener malas notas en ningún ramo. Juan me prestó sus cuadernos y copiaba la materia en las clases de gimnasia a las que no podía ir y en los recreos porque tampoco podía jugar a la pelota, así que también ahí estudiaba pero eso lo hice solo un mes y después en los recreos me iba a jugar y como todavía sentía las piernas débiles me ponía al arco y descubrí que era un muy buen arquero. A final de año aprobé todos los ramos y en el único que tuve problema fue en Castellano ya que el profesor —que se llamaba Morales pero nosotros le decíamos Pajarito porque tenía la cabeza como la de un chincol— me pidió que contara lo de mi ausencia del colegio, así que escribí hasta el último punto seguido de este texto que era el punto final, me dijo que las comas en mi relato eran como las hojas de otoño que caen en cualquier parte, que no dejaban respirar, pero que en el otoño es por su belleza pero aquí por no poder tomar aliento y los punto aparte brillaban `por su ausencia y parecía que yo estaba apurado por escribir, como atorado me dijo y eso sí que era verdad porque estaban por tocar la campana e iba a comenzar el recreo largo que ahí se jugaba la mejor pichanga. Mi mamá estaba muy contenta con mi resultado escolar y además porque le había regalado la bicicleta a Manuel, pero la verdad es que él sólo la guardaba en su casa y así la podía usar sin que me viera ella; pero un día en el verano llegó temprano a casa y me vio andando en bici; me retó mucho y me dijo que estaba castigado, que no podía salir de la casa y ahí fue que le dije que había leído en un libro que uno debía tratar de ser feliz, y que yo lo era cuando me subía a la bici y mi mamá se puso a llorar, por eso no le dije que también me arrancaba a jugar fútbol los días miércoles en la tarde que jugaba al arco y que era muy buen arquero, al igual que mi papá cuando estaba vivo y mi mamá me dijo que solo podía andar en bici en el barrio, sin alejarme mucho que debía cuidarme y se lo prometí y ella me abrazó me dio un beso y me dijo que me quería mucho y corrí a decirle a Manuel que la bici la guardaría en mi casa y al día siguiente partí con todos mis amigos del barrio a subir en bicicleta el cerro San Cristóbal y nunca se lo dije a mi mamá para que ella estuviera tranquila y yo feliz.

Sucedió un 25 de octubre

Caminaba erguida por la Alameda hacia el oriente. La gente se asomaba a los balcones y la saludaban. De las calles laterales aparecieron personas que comenzaron a seguirla; venían desde todas las comunas de Santiago. Ella se cubría con una túnica blanca; su rostro era el de todos y de cada uno en particular. Cuando llegó a la plaza Baquedano, mas de un millón de marchantes coreaban su nombre: ¡Dignidad! ¡Dignidad!