Trinos, cantos y llantos del bosque nativo chileno
¿Qué es un bosque nativo chileno?
No es un bosque —por más que algunos con fines comerciales quieran asimilarlo a él—, una plantación mono cultivo de pinos o eucaliptos.
“El bosque precede al hombre/ pero lo sigue el desierto/ abrió la puerta al desierto/ y el desierto a la sequía…”. Tema: El Hacha. Letra de Patricio Manns y música de Horacio Salinas del Inti Illimani, compuesta hace treinta años. Las plantaciones de eucaliptos y de pinos en el país, dan cuenta de esta sequía. El eucaliptus, originario de Australia es una bomba de extracción de agua. Los efectos de estas plantaciones se pueden ver en distintas partes del territorio nacional. Recorrer la zona del lago Lanalhue; ir de Purén a Capitán Pastene son kilómetros de kilómetros donde alguna vez hubo bosque nativo; hoy, solo tierra estéril de la que se extrajo la vida y asoman, mudos testigos del extractivismo, los tocones de eucaliptos que quedan después de la “cosecha”. Es un paisaje desolador.
“Entre 1920 y 1940 el territorio de Coihayque y Aysén sufrió el peor embate de su historia al quedar a merced de los incendios, intencionales, de bosques. Hasta mediados del siglo XX se habían quemado un total de 2 millones 800 mil hectáreas, que corresponden a más del 50% de los bosques de lenga, que originalmente cubrían esa zona. Como resultado de esta depredación cuencas completas como las del río Baker por ejemplo, Cisnes, Simpson, Erasmo y Emperador Guillermo, se convirtieron en zonas de desertificación, arrastrando la erosión miles de toneladas de suelos, embancando ríos y lagos y generando una actividad agropecuaria pobre y marginal, denominada de subsistencia” (información extraída de retrucopatagon.com). Hoy, aún se pueden encontrar a orillas, por ejemplo del lago Elizalde, troncos de color blanco y otros en pie que se asoman, por sobre la vegetación que después de casi un siglo vuelve a encontrarse en la zona, como mudos testigos del desastre ecológico y también diciéndonos: ¡nunca más!
En el año 1968, el gobierno de Chile declara Reserva Nacional a un conjunto de terrenos en la comuna de Cunco, y la denomina China Muerta. Esta Reserva Nacional se caracteriza por una rica biodiversidad en la que destacan antiguos bosques de araucaria, en asociación con matorrales de ñirre, bosques de coigüe, lenga y roble. Hábitat de el zorro chilla y culpeo y también del puma, entre otras especies. La Reserva Nacional China Muerta forma parte de la Red Mundial de Reservas de la Biosfera de la UNESCO desde el año 1983, momento en que se crea la Reserva de la Biosfera Araucarias. La araucaria es el árbol sagrado del pueblo originario mapuche-pehuenche que habita esta zona. En 1990 se estableció el monumento natural araucaria araucana, y por tanto, la prohibición de su tala.
A mediados de marzo del 2015 se declaró un incendio en la Reserva Nacional China Muerta. Treinta días pasaron hasta que hubo control del fuego. El 12 de abril, desde la cumbre del Sollipulli éramos testigos de ese incendio, y de la inmensa columna de humo que el viento llevaba a territorio argentino. Pasarán trescientos años para recuperar las araucarias milenarias perdidas en ese desastre ecológico, ocasionado por el ser humano.
Lo esencial es invisible a los ojos, se lee en “El Principito”.
A orillas del canal Beagle, en la isla Navarino, cerca de Puerto Williams, Región de Magallanes, se encuentra el Parque Etnobotánico Omora. Al observar, con anteojos de larga vista, el lado norte del canal se pueden ver las laderas cubiertas de vegetación, hendiduras del terreno, surcos de agua y seguramente se puedan encontrar diversidad de animales dispuestos a la caza de su alimento. En lengua yagán, Omora significa colibrí, siendo este un importante héroe de la cosmología yamana. El parque posee unas mil hectáreas en las cuales existen minúsculos bosques capaces de albergar micro ecosistemas. En ellos se encuentran líquenes, variedad de musgos y extrañas especies de pequeñas flores. Para apreciar estas maravillas naturales a pequeña escala, es necesario recorrer con lupa en mano los diversos rincones que el Parque Omora ofrece para descubrir y descifrar. Al observar con la lupa un tronco de árbol que yace sobre el suelo, cubierto de musgo y líquen, descubrimos, ¡oh sorpresa!, el mismo paisaje que se encuentra en la orilla norte del canal, la diferencia es que ahora si podemos ver gran variedad de insectos que recorren el tronco que con la imagen aumentada parecen inmensos animales.
En la página de Ladera Sur —laderasur.com— se encuentra un artículo escrito por Verónica Droppelman, que se titula “Musgos, picaflores y bosque nativo del sur: una inadvertida interacción clave para mantener la biodiversidad”. En este se indica que: “Un pequeño picaflor chico (Sephanoides sephaniodes) mueve sus alas rápidamente en el bosque nativo del sur de Chile. Ahí, entre coigües, arrayanes y olivillos, junto a muchas otras especies de esta zona, recolecta musgos para poder construir su nido. Esta actividad, que para muchos puede pasar inadvertida, resulta ser clave para mantener la biodiversidad de este ecosistema”.
En la página explora.cl se puede leer un reportaje que se titula: “Bosque en miniatura para salvar el planeta”. De este artículo hemos extraído algunos párrafos:
“En Chile, un total de 14,5 millones de hectáreas están destinadas a la preservación, formando parte del sistema de Áreas Silvestres Protegidas. De este total, un tercio se alberga únicamente en la región de Aysén, lo que corresponde a un 50% del territorio regional, con una de las reservas más grandes de agua dulce del mundo y la mayor superficie de bosque nativo del país.
“Entre los tupidos y húmedos bosques, adheridos a un tronco, una hoja, una roca o cubriendo grandes superficies del suelo encontramos un bosque escondido en miniatura, un bosque que muchas veces es tan pequeño que sólo se puede apreciar a través de una lupa.
“El microbosque, homólogo al bosque en miniatura, es una metáfora utilizada para reconocer y valorar los pequeños organismos que en su co-existencia y co-habitar dan lugar a complejos ecosistemas que muchas veces no alcanzan el centímetro de altura. Estos ecosistemas milenarios se caracterizan por ser tremendamente resilientes, es decir, han evolucionado a través de los años adaptándose al cambio climático y adoptando estrategias de cooperación entre especies que le han permitido sobrevivir en distintos espacios, principalmente en climas húmedos. Está compuesto de briófitos (musgos, hepáticas y antocerotes), líquenes, hongos e invertebrados que se extienden sobre coberturas de bosques, troncos de árboles o las piedras de un estero y hacen posible la continuidad de la vida a través de la interacción entre sus funciones ecosistémicas”.
En un lugar de la Carretera Austral, ubicado a los 44º37´18,5´´ sur, 72º27´48´´ oeste, se encuentra el “Bosque Encantado”. Ingresar y caminar sin prisa por el estrecho sendero de acceso —sin salirse de él para no dañar el bosque—, mirando y viendo; oyendo y escuchando; oliendo el olor húmedo de la tierra, aparece el bosque que no dejaban ver los árboles. Por aquí una telaraña y por allá otra, diferente en forma y tamaño. Pegado a las cortezas de los árboles, infinita variedad de musgos, líquenes, hongos. Barbas de viejo cuelgan de las ramas. Hojas de las que está a punto de descolgarse una gota de agua —anoche llovió—. El sonido de un escarabajo que corre, entre las hojas que cayeron de los árboles para fertilizar la tierra y alimento de infinidad de seres. Ahí va un caracol, habitante endémico del bosque sureño. Silencio, para escuchar el gorjeo potente del chucao. Un picaflor introduciendo su pico para absorber el elixir de esa flor. Enredaderas que entregan su maravillosa floración, estrellitas; botellitas; campanitas, todas de color rojo. Desde lo alto, esquivando las copas de los árboles que fueron a buscar la luz del sol, se filtran sus rayos. El sotobosque generoso, repleto de organismos, devuelve la humedad que no necesita. El bosque nativo es vida, para todos. Es en toda su magnitud —y al mismo instante pequeñez—, el equilibrio inestable de la naturaleza, de la que somos parte, nos guste o no.
Pablo Neruda le canta así:
“… Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno… Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe… Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo…
“…Un tronco podrido: qué tesoro!… Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma… Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes… Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos…”
Ahí está todo. ¿Nooo ciertooo? Diría Nicanor Parra.