El cuidador de los recuerdos
Polvo de estrella hundida en tierra oscura,
nieve de soledades abrasada,
cuchillo de nevada empuñadura,
rosa blanca de sangre salpicada…
Salitre (Pablo Neruda)
Junto a lo que quedaba de una gruesa muralla de costra y adobe, como única muestra de que alguna vez ahí vivió gente, se encontraba el anciano que ese día no estaría solo. A través del aire, que el sol del mediodía hacía reverberar en el desierto, divisó al caminante que a paso lento se acercaba hasta él.
¿De adonde me dice que viene uste’ compañero?
No le entendí, hábleme más fuerte, mire que estoy un poco sordo.
¿Desde la capital iñor y qué ha recorrido cuanto? ¿Mil ochocientos kilómetros y que es la primera vez por estas soledades? ¿Y solo pa’ saber algo de lo qué pasó hace tantitos años atrás? Mire uste’.
Como no hay naiden más por aquí, y pa’ que no pierda el viaje, yo le contaré lo que escuché varias veces y de buena fuente iñor. Le advierto que a lo mejor me sale la cosa yendo de un lado pa’ otro, como ese remolino de waira que ve ahí. Es que hace mucho tiempo no hablo estos recuerdos; pero están en mi cabeza y también aquí, donde se quedan las penas y alegrías hasta que deja de latir.
Póngase cómodo, y mire que hay harto donde elegir; que ahorita partimos.
Ese día…
La camanchaca comenzaba a huir de los rayos del sol cuando la Hildita se despertó. A lo más tres horas es lo que había dormido. Si uste’ quiere mi amor, yo también, le había dicho a mi paire la noche anterior y antes que cerraran los ojos pa’ tratar de dormir, con gran ternura, sin apuro hicieron el amor; en silencio como siempre, pa’ que no se enteraran los vecinos.
Suavemente, la Hildita levantó el brazo de Eliberto que rodeaba su cintura o lo que quedaba de ella y puso los pies en el suelo que estaba frío, como el amanecer mesmo.
Era de tierra compañero, todavía no les cumplían con ponerles los tablones que les habían prometido. Tampoco con otros acuerdos ya firmados con los patrones; con decirle que en la pulpería seguían vendiendo porotos con gorgojo y harina sucia para hacer el pan. Aún compraban con fichas entregadas por los patrones, y que cada día valían menos; pa’ que decir de trabajar solo ocho horas diarias, que se habían acordado hace tiempo. Por eso fue que los pampinos cansados de solo, bla, bla, bla, se levantaron en huelga, y tomaron el control de la pulpería y de toitita la salitrera.
Es que uste’ ha de saber que pesan mucho más las piedras cuando no hay esperanzas y el viento de la pampa solo trae amarguras. Pero queda la dignidad y esa compañero, nunca se debe perder. Ve, ya me fui pa’ otro lado, ahora mesmo me enderezo.
Deme unos minutitos, mientras busco algo. Aquí está, tome esta botellita. Es solo agua, cuídela, mire que por aquí vale oro. ¿Qué usted tiene vinacho? No iñor, eso si que no puedo aceptarlo, mire que esta es zona seca y naiden ha levantado eso, así que con agüita no ma’. ¿Pa’ ahogar las penas? No compañero, las penas flotan, ellas saben flotar. Mejor retomo el camino.
La Hildita echó agua en la jofaina y se lavó, primero la cara y después sus intimidades. Cuando abrió la puerta pa’ botarla a la calle, una corriente helada le recorrió el cuerpo. Nunca antes había visto carroñeros que a esa hora volaran en torno a la Oficina. Era como si les hubieran pasado el dato que pronto tendrían tanta comida, que no podrían arrancar el vuelo.
Es que el día anterior no hubo acuerdo. Los pampinos querían que les cumplieran la palabra empeñada, como corresponde a los hombres. Para la Autoridad, lo primero, restablecer el orden y por eso que La Oficina amaneció sitiada; podían salir niños, mujeres y los pampinos que renunciaban a la huelga. De los hombres, ninguno se fue. Ahora, como me dijo mi viejita, iba a actuar la sin razón, de lao’ y lao’.
Todo eso me lo contó la Hildita, mi mamita, aquí mesmo donde estamos parados hoy.
¿Qué si vengo todos los años me pregunta uste’?
Si compañero, toititos, no he faltado a ni uno. Cuando era niño me traía la Hildita. Aquí nací un día como hoy, hace ya noventa lentos años atrás.
Ese día de junio mi paire, antes de irse, le tocó la barriga a mi maire con sus manos de pampino, duras, ásperas, cuarteadas por el sol y el salitre y le dijo: viejita linda, esta criatura va a venir al mundo en dos meses más, ándate ahora pa’ Pozo Almonte. No viejo, te espero aquí, me dijo que le respondió mi mamita linda.
Quinientos, ochocientos, dos mil seres humanos. Nunca se supo cuantos pampinos, mujeres y niños fueron asesinados ese día. Me lo contó la Hildita, y cada vez que lo hacía, lloraba y lloraba. Se le caían los mocos, despotricaba contra todos, milicos; políticos; patrones y también contra los curas que nunca trajeron a Dios pa’ que conociera esta vida.
Están toítos enterrados en este mismo lugar donde estamos parados hoy, me decía don Celerino, el viejo que me adoptó como si fuera su hijo y que se enamoró de los ojos de mi mamita linda. Aquí no hay monumentos ni mausoleos, como en las ciudades, solo esa cruz de hojalata que uste’ ve ahí y la rosa, hecha de papel, que hasta el viento la respeta.
La Hildita me contó que mi viejo era de oficio cachorrero, de los que reducían los grandes bolones a punta de dinamita, así que en cuanto comenzaron los milicos a disparar fusiles y ametralladoras, se imaginó a su Eliberto en primera fila, encendiendo las mechas y lanzando los cartuchos.
¿Uste’ quiere saber como fue que yo nací ese día, que no debía haber nacido?
Es que el ruido era terrible y la Hildita se puso muy nerviosa. Le comenzaron los dolores y supo que ahí mesmito iba a ser madre; sola compañero, como mujer de pampino.
Usted me mira con cara de incredulidad, piensa que estoy inventando o que con tanto sol se me achicharraron los sesos y que estoy loco. No iñor, nada de eso. A mi me lo contó la Hildita y si no léalo ¿No le enseñaron en la escuela sobre la matanza, del cinco de junio de mil novecientos veinticinco, en la Oficina salitrera de La Coruña y en las otras del cantón de San Antonio? No, ya sé que no. No ve que les da vergüenza o, a lo mejor miedo. Disculpe estas lágrimas de un viejo pampino; pensaba que el tiempo ya las había secado. Es que son recuerdos y con algunos uno sonríe y con otros lloriquea no ma’.
La Hildita me contó que de repente todo se hizo silencio, ella pujaba y pujaba, hasta que yo salí y me aparecí en este mundo. Así me lo contó ella. Se abrió la puerta del cuarto y apareció un milico, con carabina en la mano y bayoneta calá’. Era un muchacho iñor, que al verla en la cama con un recién nacido la miraba con cara de asustao y la Hildita que le grita: ¡Saca esa bayoneta y corta el cordón que pa’ algo bueno que sirva esa tontera! Más que un llanto fue un grito de guerra el que lancé, me dijo la Hildita.
Yo no hice nada señora, disparé siempre pa’ arriba. Nos obligaron, hay muchos muertos afuera, los primeros en caer fueron los que lanzaban la dinamita. A mi me engancharon en el sur pal’ servicio militar, eso fue lo que él le dijo, con lágrimas en los ojos, es un niño señora, un hombrecito. Pero yo no los dejo aquí, hay carretas que se llevan pa’ Pozo Almonte a las mujeres y niños que se salvaron. Así que levántese que yo le ayudo poh.
Sí, eso me lo dijo la Hildita y antes de subirse a la carreta, conmigo envuelto en un saco de harina, le pregunta el nombre. Por ese milico con cara de cauro chico yo me llamo Estanislao.
¿Uste’ me dice que eso mesmo se lo contó su abuelo, al que le prometió venir algún día por estos lados?
¿Qué uste’ se llama igualito que yo?
Deme un abrazo compañero que ya puedo morir tranquilo.
Ahora váyase, está bajando la camanchaca. Mire que en un rato más no va a encontrar el camino de vuelta, ni las manos se las va a ver. ¿Yo?… Seguiré hasta la Oficina Santa Ana. Ahí tengo mi covacha y una payasa pa’ echar mis huesos en estas soledades y cuidar los recuerdos, que ahora son suyos también compañero.