Amor al primer párrafo

Claro que puede darse el amor a primera vista, y por eso que existe esa hermosa canción “Extraños en la noche”, en la voz incomparable de Frank Sinatra: “Algo en tus ojos fue tan emocionante/ Algo en tu sonrisa fue tan atractivo/ Algo en mi corazón/ Me dijo que debo tenerte…”

Fue en el último instante, antes que nos separáramos de nuestra tradicional caminata semanal, que mi hija me dice que ha recibido muy buenas críticas y comentarios elogiosos de ese libro, así que en cuanto llegué a casa le pedí a mi amigo Google que me entregara lo que sabía de él y ahí leí: “Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados”. Es el primer párrafo del Prólogo y la voz de Irene Vallejo, autora —solo una mujer puede hacer esa descripción— de “El infinito en un junco”, me susurra esas palabras desde el computador.

Llamo a la Librería Lolita y me dicen que les queda solo un ejemplar; les pido que me lo guarden, que voy de inmediato a buscarlo.

Mientras camino, el otro yo me dice que es un ensayo y a ti no te gustan, te aburres, además que debe ser caro, —qué carajo— le digo, y agrego —la belleza no tiene precio,  y cuantas veces te he hecho caso y después me he arrepentido, así que calladito más bonito—.

Con el libro en mis manos, me instalo en el café Filippo, no para leerlo; primero quiero observarlo, sentirlo, tocarlo; ir lentamente introduciéndome en él. Tiene una portada preciosa con la imagen de un junco y la textura, que me imagino de un papiro; hecho del mismo junco de la portada, como los que crecían (o aún crecen) a orillas del Nilo. En la contratapa se puede leer: “Este es un libro sobre la historia de los libros…”

Mientras a sorbos cortos bebo el jugo de maracullá que ordené, sigo familiarizándome con el libro y en la solapa de la portada aparece información de la autora: que nació en Zaragoza en el año 1979; estudió filología clásica en las universidades de Zaragoza y Florencia; que ya tiene un par de libros a su haber y que lleva a cabo una intensa actividad de divulgación del mundo clásico.

Irene Vallejo muestra, en las siete palabras de la dedicación del libro: —“A mi madre, mano firme de algodón”—, todo el amor a su progenitora y la capacidad de esta para conducir el barco de la familia en las tormentosas aguas de la vida.

Mientras me traen la cuenta, leo, varias veces, los cinco epígrafes relacionados con el libro y la escritura: “Parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces” (Mia Couto, Trilogía de Mozambique), se lee en el primero.

Regreso lentamente a casa, no tengo prisa. Llevo el libro en la mano izquierda, pegado a mi pecho, al corazón; el mismo que me dijo que debía tenerlo, como en la canción “Extraños en la noche”.

Enero, 2021, Santiago de Chile