La viuda negra y sus viuditas

La investigación de la policía y el resultado de la autopsia que se realizó en la ciudad de Castro demostraron, sin lugar a duda ninguna, que el Pancho, —nacido y criado en una pequeña isla distante a dos horas de navegación de la capital provincial del archipiélago de Chiloé— había fallecido en su hogar, el lunes treinta de enero del año dos mil doce alrededor de las veinte horas, a raíz de mordeduras —mientras cortaba alfalfa para el forraje de sus animales—, cuyas características correspondían a las ocasionadas por la araña del trigo.

El informe pericial indicaba que: —la ropa y el calzado del difunto mostraban trazas claras de haber sido utilizadas en esa faena—. Además agregaba: —no se han encontrado los ejemplares de la o las arañas, lo cual no es extraño ya que esto habría ocurrido en el trigal, y los síntomas de estas mordeduras se sienten algunas horas después de ocurridos los hechos—.

De acuerdo con el expediente judicial, la esposa y sus tres hijas le habían prestado al occiso la asistencia apropiada, —considerando las circunstancias del lugar, que no cuenta con atención primaria de salud, el aislamiento físico y la carencia de servicios de comunicaciones que permitan ayuda médica adecuada y oportuna para este tipo de casos—.

El fin de semana anterior, se había celebrado en la isla la tradicional fiesta anual costumbrista, donde el Pancho se había lucido cantando y tocando el acordeón. Por su parte, doña María, la madre, Justiniana la hija mayor, de dieciocho años y Ernestina la menor de doce años recién cumplidos, se afanaron preparando su especialidad: el mejor pulmay que se conocía en la isla, con un caldo que todos decían —podía resucitar hasta un muerto—, pero que no fue suficiente para que el Pancho, esposo de doña María y padre de las niñas, sobreviviera a ese accidente que le costó la vida —como fue catalogado por la Fiscalía—.

Mientras su madre y hermanas preparaban el curanto, y su padre animaba la fiesta, Rosario, de tan sólo quince años, se dedicaba a los quehaceres domésticos y a preparar chapalele que llevaba hasta la plaza del pueblo; recorrido que hacía lentamente para aprovechar el tiempo en su gran afición: —la búsqueda y recolección de insectos, escarabajos, arañas, que los colocaba, algunos vivos otros muertos, en un insectario que guardaba en un lugar seguro, junto a los aperos, herramientas y otros elementos utilizados en la agricultura, lejos del alcance y la vista de cualquier visitante ajeno a la familia.

El día domingo, una vez terminado el encuentro costumbrista, —como era habitual— las mujeres se retiraron a sus casas y los hombres continuaron bebiendo, celebrando el éxito de la fiesta que cada año atraía más y más turistas. Ese veintinueve de enero no fue la excepción, y tampoco escuchar —como a menudo lo hacía los sábados en que los hombres se juntaban a beber en la cantina—, las maldiciones de Pancho porque Dios no le había dado ni siquiera un hijo varón, en vez de eso, tres mujeres. También era normal oírlo exclamar que el que mandaba en su casa era él, solo él y pobre de la yegua o potranca que no le sirviera con prontitud lo que pedía u ordenara.

Cuando el cuerpo del Pancho, una vez terminada la autopsia, retornó de Castro para ser sepultado en la isla, todo el pueblo asistió al funeral. Fue en ese momento cuando la gente comenzó a murmurar sobre la extraña actitud de su familia.

La esposa del difunto, vestida de riguroso negro —si hasta un velo le cubría el rostro— y sus tres hijas, con recatadas vestimentas, eran las que encabezaban el cortejo —que se hace a pie desde la iglesia hasta el cementerio— pero nadie, nadie, las vio derramar, en ningún momento, ni una sola lágrima y tampoco mostraron congoja durante el velorio que tuvo lugar la noche anterior.

No faltó la vecina que hizo ver este hecho a otras mujeres de la comunidad. A lo mejor se debió —decían las que eran más amigas de la señora María— a que hubo que preparar mucha comida para tantísima gente que vino de otros lugares, y quien va a tener tiempo pa’ llorar en esas condiciones.

Otra añadió más antecedentes y contó que: —mientras el pobre Pancho “toavía” estaba en Castro —y no sé pa’ que llevarlo de aquí pa’ allá si el hombre ya estaba siendo juzgado por el Altísimo— , fui a visitar a doña María por si necesitaba algo y no me van a creer ustedes, desde la casa de doña Feliciana a la que pasé a saludar —que está lejazo de la casa del “finao”—, se escuchaba música extranjera a todo volumen. —Hace varios días que pasa eso, si hasta yo la he escuchado y eso que estoy media sorda, —me dijo doña Feliciana y agregó— tan buen hombre que era el Pancho, siempre listo pa’ ayudar en cualquier minga, aquí o en otra isla. Claro que a veces tenía la mano pesada con doña María y las hijas, especialmente con la Rosarito, que camina tan re lento y siempre mirando el suelo.

Las murmuraciones continuaron con el tiempo, al extremo que a la señora María y sus hijas, se las comenzó a llamar como la Viuda Negra y sus Viuditas. Cierto que esta familia con sus actitudes fomentaba los rumores, tanto era así que algunas personas comentaban que antes de cumplir un mes de enterrado el Pancho, su viuda y sus tres hijas vestían llamativas tenidas de colores, e incluso con polleras afirmadas sólo por tirantes, en ese verano que había sido especialmente caluroso.

Así fue como, algunos meses después de la muerte del Pancho, el pueblo entero llegó a la conclusión que en ese lamentable hecho, no había gato encerrado si no más bien, una araña suelta en el momento oportuno.

Sólo dos personas que, por su investidura, estuvieron relacionadas con el caso sabían o sospechaban lo que pudo haber sucedido.

Uno era el cura, confesor de todo el pueblo, que cuando alguien tocaba el tema de la muerte del Pancho, decía con esa entonación de letanía típica de los sacerdotes: —Dios siempre encuentra la forma adecuada de castigar los pecados del hombre—, levantaba la mirada al cielo y en un susurro apenas audible, exclamaba —Señor, perdona mis pecados— y hacía, tres veces, la señal de la cruz.

El otro, era el Fiscal asignado a este caso que en cuanto llegó a la casa del Pancho —al proceder a interrogar a su mujer e hijas—, le llamó la atención la forma que éstas rodeaban y cuidaban a su madre, en un acto de máxima protección y unión.

—¿Como se hizo esos moretones que tiene en los brazos?, —le preguntó el Fiscal a la señora María.

Antes que ella respondiera, intervino Justiniana diciendo: —mi mamá sufre de vértigo y problemas de mareo, pierde el equilibrio y se cae, con decirle que ni a la lancha se puede subir —y agregó— en el hospital de Castro, una doctorcita que la revisó le dijo que tenía problemas en el “oído del medio” o algo aquí en “la cuchara”, —y con la mano derecha señalaba en el pecho la zona del corazón— ¿me entiende usted?.

—Me imagino que normalmente pierde el equilibrio los días sábado en la noche cuando tu papá regresa de la cantina —dijo el Fiscal.

A ese comentario, las cuatro mujeres al unísono, además de mantenerse en silencio bajaron las cabezas y quedaron mirando al suelo, en una tácita señal de afirmación. Solo Rosario lo miró de reojo…

Dos años después, un día de inicio de marzo, se encuentra temprano en la mañana el Fiscal del caso de Pancho —ahora a cargo de la oficina Regional de esa repartición pública—, bebiendo su primer café y leyendo uno de los diarios de la zona. En la sección Sociedad se encuentra con una fotografía donde se ve a Rosario, junto a su madre y hermanas, recibiendo la bendición del cura. La nota que acompaña a la foto, indica que: “Rosario, se embarca en el transbordador a Castro para iniciar sus estudios en la Facultad de Ciencias de una Universidad en la ciudad de Valdivia, y así hacer realidad su gran sueño que es ser entomóloga. Sus estudios han sido posible gracias a una beca lograda, entre otras cosas, por llegar a formar el más grande e importante insectario que se conoce en todo el archipiélago de Chiloé, —en el cual cada ejemplar está debidamente clasificado con el nombre científico y popular—, donde destancan los dos únicos especímenes hembras de  latrodectus mactans, —más conocida como viuda negra o araña del trigo que se han encontrado en la isla”.

El Fiscal sonríe, recuerda que: «las declaraciones de las cuatro mujeres de como habían ocurrido los hechos, fueron consistentes y coherentes, sin existir contradicciones entre ellas y que, a lo mejor, la gente de la isla tenía razón cuando se refería a la muerte del Pancho; porque dos picaduras de araña del trigo —en un mismo sujeto—, no es casualidad». Deja el periódico a un lado, bebe el resto de café y —cerrando en su conciencia el caso del Pancho—, da inicio a su día laboral.

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6 comments

  1. Maricarmen · marzo 14

    Entretenida historia pelaito! Me gusta Chiloé como escenario y la presencia pueblerina del cura y el fiscal.

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  2. Fernando · marzo 14

    Buen cuento para comenzar el día. Trataré de tratarla mejor, me preocupe.
    Saludos amigo.

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    • alfonsopino · marzo 14

      Comienza por preocuparte de las arañas de rincón. Gracias por tu comentario. Saludos

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      • Paula Donoso · marzo 14

        PERFECTO Te felicito me encanto y lo encontré sutil y perfectamente ubicado en lenguaje y paisaje chilote….
        Sigue asi querido amigo.

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      • alfonsopino · marzo 14

        Muchas gracias Paula. Tus comentarios son siempre motivadores. Un beso

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